La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 7
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Capítulo 7

Llevaba semanas posponiendo una conversación, y las conversaciones que uno pospone tienen la fea costumbre de estallarte encima el día que menos te conviene y por el motivo más tonto.

El motivo, aquella vez, fue un par de zapatos.

Hrolf había mandado a una vieja del fiordo, Thora, con un fardo de tela buena y la orden de empezar a preparar a la novia para la primavera, que las bodas de un jarl no se improvisan y hay que coser, medir y enseñar durante meses.

Thora se plantó en mi casa al amanecer, soltó el fardo sobre la mesa, le dio dos vueltas a Edith mirándola como se mira una res en el mercado y dictaminó que había que estrecharle el talle y alargarle el bajo, y que con esos pies tan pequeños habría que encargarle unos zapatos como Dios manda, que una señora del fiordo no podía casarse con las botas remendadas de una sierva.

Yo estaba afilando un arpón en el rincón y no levanté la vista, porque aquello me parecía un asunto de mujeres en el que más valía no meterse. Edith, en cambio, dejó la pluma muy despacio.

—¿Casarme? —dijo— ¿Con quién?

—Pues con el jarl, criatura, con quién va a ser —contestó Thora, con la paciencia de quien le explica a un niño que el agua moja—.

Con Hrolf. En primavera, cuando se abra el mar.

Mira que sois raras las del sur, que una se cría entre libros y curas y ya no sabe ni con quién la prometió su padre.

Anda que no vas a estar guapa de señora del fiordo.

Y se marchó tan contenta con sus medidas, dejando un silencio en la casa que yo, como un imbécil, no supe tratar a tiempo.

Seguí afilando el arpón. Pasaron unos segundos. Y entonces, sin levantar la vista del filo, dije la frase más cara de toda mi vida, convencido de que no hacía más que confirmar algo que ella ya sabía de sobra.

—Te lo tenía que haber dicho yo antes que Thora, supongo. Pero el final es el mismo: en primavera te casas con Hrolf. Por eso te traje. Por eso te guardo. Es la alianza con Mercia.

El silencio que vino después fue de otra clase. Levanté la vista.

Edith me miraba con una cara que no le había visto nunca, ni en el barco, ni delante de Hrolf, ni con un cuchillo en la nariz aquella primera noche.

Una cara a medio camino entre el espanto y la risa, como quien no sabe todavía si lo que acaba de oír es una tragedia o el chiste más absurdo del mundo.

—A ver —dijo, muy despacio, como si hablara con alguien corto de entendederas—. Repíteme eso. Pero despacito. ¿Qué me caso con el jarl en primavera?

—Eso he dicho.

—¿Y por qué iba yo a casarme con el jarl, Gunnar?

—Porque eres la hija de Aldric —dije, y empecé a notar, no sé cómo, que el suelo se movía un poco bajo una conversación que hasta hacía un momento me había parecido la mar de firme—. La novia de la alianza. Eso eras cuando crucé a buscarte y eso eres ahora.

Y entonces Edith hizo algo que no me esperaba en absoluto.

Se rió. Primero una risa pequeña, incrédula, que se le escapó por la nariz; luego una más grande, que la dobló sobre la mesa; y al final una carcajada entera, ronca, de las que salen de muy adentro y arrastran lágrimas, mientras yo la miraba sin entender nada con el arpón olvidado en la mano.

—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? —pregunté, y ya empezaba a no gustarme nada el cariz de aquello.

—Tú —consiguió decir, secándose los ojos—. Tú me haces gracia. Ay, Gunnar. Ay, pedazo de bruto. —Tomó aire para serenarse y me miró por fin, todavía con la risa temblándole en la boca—. Yo no soy la hija de Aldric.

—Sí lo eres.

—Que no.

—Sigmund lo confirmó. Cuarta puerta del ala este. La hija del jarl.

—Pues Sigmund contó mal las puertas, o le contaron mal a él, porque la cuarta puerta del ala este era la del cuarto de las copias, que es donde yo dormía porque era donde trabajaba.

—Lo dijo despacio, paladeando cada palabra, viéndome la cara descomponerse poco a poco—.

Soy Edith. Copista. Bastarda, para más señas: hija de un monje que no debía tener hijos y de una sierva que se murió al parirme.

Me criaron por caridad para copiar libros gratis hasta que me muriera.

No tengo padre con nombre, ni madre con tumba, ni una mísera gota de sangre noble en todo el cuerpo.

La hija de Aldric, que no sé quién es, estaría una puerta más allá, durmiendo entre plumas, mientras un vikingo enorme se llevaba a la copista del cuarto de al lado convencido de que se llevaba una princesa.

Dejé el arpón sobre la mesa muy despacio, porque me temblaban las manos de una manera rara y no quería que se notara.

—No —dije.

—Sí.

—No puede ser. Llevas meses… Hrolf te tiene por… —No me salían las frases enteras, que es lo que pasa cuando a un hombre se le cae el mundo encima en mitad de una mañana cualquiera—. Te presenté como la hija de Aldric. Delante de todo el fiordo. Hrolf va a casarse contigo.

—Hrolf va a intentar casarse con una copista bastarda creyéndola noble, eso es lo que va a hacer —corrigió ella—, hasta el día en que llegue el verdadero Aldric con su verdadera hija y diga «oigan, que esa no es».

Y ese día, Gunnar, te lo digo con todo el cariño que le he cogido en estos meses, a ti te cuelgan.

Y a mí seguramente también, por el engaño, aunque yo no haya engañado a nadie a propósito.

Me senté en el banco, porque las piernas habían dejado de parecerme de fiar.

Repasé mentalmente todo el invierno: la presentación ante Hrolf, las cartas, las miradas de la aldea, la dichosa boda de primavera, los zapatos que la vieja Thora acababa de encargar.

Cada pieza, vista a la nueva luz, se volvía una catástrofe distinta.

—Sigmund —dije al fin, con un hilo de voz— me dijo la cuarta puerta.

—Pues a Sigmund habrá que darle las gracias —dijo Edith— por el matrimonio más raro de la historia del norte. —Y, al ver mi cara, suavizó el tono, aunque no del todo, porque suavizarse del todo no iba con ella—. No pongas esa cara de funeral, que el muerto todavía no eres. De momento.

Y a pesar de todo, a pesar de la soga que veía ya colgando sobre mi cuello y del desastre del tamaño de un fiordo que acababa de descubrir que llevaba meses alimentando con mis propias manos, me di cuenta de una cosa que no me esperaba sentir en aquel preciso instante.

Alivio.

Porque si no era la hija de Aldric, no era la novia de Hrolf.

Y si no era la novia de Hrolf, no era de nadie.

La barrera que me había prohibido todo el invierno mirarla como me apetecía mirarla acababa de venirse abajo con el mismo crujido con el que se me venía abajo la vida, y yo, en lugar de pensar en la soga, pensé en el hielo y en el beso que no le di.

Soy consciente de que aquello dice de mí cosas que no me dejan en muy buen lugar.

—Lo callabas —dijo entonces ella, mirándome con esa atención suya que desnudaba, atando cabos a toda velocidad como ataba siempre todo—. Lo de la boda. Lo sabías desde el principio y te lo callabas. —Ladeó la cabeza— Por eso ponías esa cara cada vez que se hablaba de la primavera.

—Sí.

—Eres el pergamino más fácil que he tenido nunca delante, Gunnar. Lo que pasa es que tardé un poco en aprenderme tu letra. —Se sentó frente a mí, al otro lado del fuego, y por primera vez desde que la vieja Thora había abierto la boca, se le borró la risa—. ¿Y ahora qué hacemos?

Y me fijé en que había dicho «hacemos», no «vas a hacer» ni «voy a hacer». Hacemos. Como si los dos fuéramos ya una sola cosa con un solo problema enorme. Ella también se dio cuenta, lo vi, pero no se desdijo.

—No lo sé —reconocí, que tampoco era plan de mentirle precisamente entonces—. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo ni idea de qué hacer.

—Bueno. —Edith se remangó, literalmente, los puños del vestido, con ese gesto suyo de ponerse a trabajar un problema imposible—.

Pues ya somos dos. Tú tienes el hacha y yo tengo la cabeza, y resulta que, equivocados y todo, hacemos un equipo bastante decente.

Algo se nos ocurrirá. —Me señaló con un dedo manchado de tinta—.

Lo que tengo clarísimo es que no pienso casarme con tu jarl.

Eso, por encima de mi cadáver. Y, ya puestos, preferiría que fuera por encima del cadáver de otro.

Me reí. No sé cómo, con la que se me venía encima, pero me reí, de alivio y de miedo y de todo a la vez.

Porque la verdad por fin estaba dicha, toda entera, y porque, contra todo sentido común, decirla no nos había alejado al uno del otro.

Estábamos del mismo lado de la mentira. Que es otra manera de decir que, por fin, estábamos juntos en algo, aunque ese algo fuera un desastre con forma de boda y una soga esperándonos en primavera.