La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 6
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Capítulo 6

En el norte, durante el invierno, la casa se convierte en el mundo entero. No puedes salir de ella en semanas, y al cabo de tanto encierro acabas sabiendo de la otra persona mucho más de lo que querrías, y ella de ti otro tanto, lo quieras o no.

Así fui aprendiendo que Edith hablaba en sueños, en latín, discusiones enteras con gente que no estaba; que removía las brasas demasiado fuerte cada mañana y casi apagaba el fuego hasta que le enseñé a hacerlo con tiento; que cuando un texto se le resistía se mordía el lado de la pluma, y que por eso tenía todas las plumas mordidas por el mismo sitio; y que canturreaba bajito, sin darse cuenta, cada vez que algo le salía bien.

Ella, por su parte, fue aprendiendo de mí cosas que no me decía pero que yo le veía guardar con esa mirada suya de archivarlo todo.

Vivíamos pegados, separados apenas por una cortina de lana y por una verdad que yo no decía y que pesaba un poco más cada día que pasaba.

Porque la quería para mí. A esas alturas ya no me servía de nada seguir mintiéndome.

Lo supe del todo una noche cualquiera, sin nada de particular: ella leyendo, yo fingiendo trabajar el cuero, el fuego entre los dos, y de repente me sorprendí a mí mismo deseando que no llegara la primavera.

Yo, que llevaba doce años sin desear nada, no quería que pasara el tiempo, y un hombre que no quiere que pase el tiempo es un hombre que ha encontrado por fin algo que tiene miedo de perder.

El problema era de qué tamaño era ese algo.

No quería a una mujer cualquiera, quería a la prometida de Hrolf, a la misma mujer que yo había cruzado el mar para entregársela a mi señor.

Cada día que la quería un poco más era un día que traicionaba a Hrolf en el único lugar donde no podía verme, que era por dentro.

Me prometí no tocarla, y esa promesa la cumplí; lo que no me prometí fue que dejase de gustarme, porque esa no habría podido cumplirla, y un hombre no debería hacerse promesas que sabe rotas de antemano.

Edith, mientras tanto, andaba dándole vueltas a otra cosa, lo notaba porque cuando le rondaba algo por la cabeza leía más despacio y preguntaba menos.

—Gunnar —dijo una noche—. ¿Por qué me trajiste a mí?

—Eso ya lo hemos hablado.

—No. Me has dicho que valgo, que soy útil, que Hrolf me quiere a salvo, pero no me has dicho por qué a mí.

Aquella noche entraste en mi cuarto directo, sin dudar, como si supieras a quién ibas a buscar.

Eso no fue casualidad. Me buscabas a mí, o buscabas a alguien que creías que era yo. —Me miró fijo—. ¿Cuál de las dos cosas?

El corazón me dio un vuelco, porque estaba cerca, más cerca de lo que había estado nunca de tropezar ella sola con la verdad.

—Buscaba a la mujer de aquel cuarto —dije, midiendo cada palabra—. A ti. Me indicaron tu cuarto y allí estabas, así que no, no fue casualidad. Te buscaba a ti.

—¿Y por qué a mí? ¿Qué tengo yo de especial para que crucen el mar a buscarme?

Ahí estuvo el filo, porque la respuesta de verdad —que la creía hija de un jarl, prometida a mi señor— era justo la que no podía darle. Así que hice lo que mejor se me da, que es callar y poner cara de piedra.

—Eso no te lo puedo decir.

—No puedes o no quieres.

—Las dos cosas.

Edith se quedó muy quieta, con esa cara suya de estar trabajando un problema, dándole vueltas a algo que yo no alcanzaba a seguir.

No le cuadraban las cuentas, eso se le veía, aunque entonces no entendí por qué; tardaría en comprender que ella estaba midiendo su propio valor y no le salía, mientras yo la miraba seguro de tener delante a la hija de un jarl.

—No tiene sentido —dijo al fin—. Yo no valgo lo que cuesta un barco y veinte remeros. Copio libros. No tengo familia, ni tierras, ni nadie que pague por mí. Si me buscabas a mí concretamente, Gunnar, es porque alguien te dijo que yo era algo que no soy. —Me miró fijo—. ¿Qué te dijeron que era?

Y ahí, esa noche, estuvo el momento de verdad, servido en bandeja: ella preguntándome justo lo que no debía, preparada para escuchar la respuesta, el fuego y la calma.

Solo tenía que decir un nombre. Que me habían dicho que era la hija del jarl Aldric, la prometida de Hrolf.

Y dejar que ella atara el resto, que lo habría atado en un parpadeo, que para eso era la más lista de los dos. Abrí la boca. Y la cerré.

Porque decirlo era abrir la puerta a todo lo demás: a que entendiera que la había traído para ser la esposa de Hrolf, que la guardaba para la cama de mi señor, que en primavera la entregaría como quien entrega un caballo apalabrado.

Y no me veía capaz de mirarla a la cara mientras se lo decía, ni de aguantar lo que le cambiara la cara cuando lo oyera.

Cobarde, sí. Pero era la clase de cobardía que se disfraza de prudencia para poder dormir.

Lo que entonces no sabía, lo que ninguno de los dos sabía todavía, era que aquel secreto mío era el menor de los dos que dormían en mi casa. Pero eso tardaría aún en estallarme en la cara, y aquella noche yo solo cargaba con el que conocía.

—Iba a por una mujer que un noble del sur había prometido a otro hombre —dije al fin, eligiendo cada palabra como quien camina sobre el hielo—.

Por eso te buscaban. No preguntes más, porque cuanto menos sepas de esto, más tranquila vivirás el invierno.

Te lo juro por lo único que tengo, que es mi palabra.

Lo que no te cuento, no te lo cuento por hacerte daño. Algún día lo entenderás.

Era verdad, toda verdad, dicha de manera que no revelaba nada; la mentira más honrada que he dicho en mi vida. Edith me sostuvo la mirada un buen rato, buscando la grieta de costumbre, pero esta vez no la encontró, porque yo no mentía, solo callaba.

—Algún día —repitió—. Está bien. Te creo.

—Y luego, más bajo, mirando el fuego—: Es raro.

Me he pasado la vida entera sin fiarme de nadie, porque aprendí pronto que fiarse es la manera más rápida de que te hagan daño.

Y mírame ahora, en el fin del mundo, fiándome de un hombre que me sacó de mi cuarto con un cuchillo en la cara. Si las monjas me vieran.

—¿Te arrepientes? —pregunté. No sé por qué lo pregunté; quería oír la respuesta más de lo que me convenía.

Lo pensó de verdad, como pensaba siempre antes de hablar.

—No —dijo—. Y eso es lo que más me asusta.

Que me robaron, me metieron en un barco y me trajeron al fin del mundo a hacer no sé bien qué para no sé bien quién, y no me arrepiento.

Porque por primera vez en mi vida hay alguien que, cuando entra el frío, me echa su capa por encima sin que yo se lo pida.

—Me miró—. Eso no me había pasado nunca, Gunnar.

No supe qué contestar, porque lo que quería contestar no podía, ya que cada palabra verdadera que le dijera era una traición a Hrolf y un peligro para ella.

Así que hice lo único que me estaba permitido: nada.

Me quedé callado, mirándola en silencio.

Ella esperó, y cuando vio que no llegaba nada, asintió despacio, como quien confirma una cuenta que ya se temía, y se levantó.

—Buenas noches, Gunnar.

—Edith.

Se detuvo de espaldas, junto a la cortina.

—Lo que callo no lo callo porque no quiera decírtelo —dije—. Recuérdalo, pase lo que pase. El día que sepas lo que es, y lo sabrás, acuérdate de que lo callé por ti.

Se quedó quieta un momento, sin volverse.

—Eso no ha sonado muy bien, Gunnar. —dijo—. Suena a despedida.

—Será lo que tenga que ser.

Asintió y se metió tras la cortina.

Me quedé junto al fuego hasta tarde, mientras fuera nevaba y dentro dormía la mujer que quería y no me estaba permitido querer, sin saber aún la suerte que la esperaba, protegida de momento por mi silencio y por una mentira de omisión que yo ya no sabía cómo deshacer sin hacerle daño en el intento.

La primavera se acercaba, y con ella venían los de Mercia, la boda y todo lo demás, de golpe, igual que se rompe el hielo del fiordo: no poco a poco, sino entero, en un solo crujido, un día cualquiera, tragándose a quien tuviera la mala suerte de estar pisándolo.

Y los dos estábamos encima. Solo que ella aún no lo sabía.