La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 5
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Capítulo 5

Knut apareció al quinto día, que es más o menos lo que tarda en presentarse un problema en cuanto huele que hay algo nuevo que ganar.

Era el sobrino de Hrolf, hijo de una hermana suya ya muerta, un hombre joven de sonrisa fácil y ojos que no acompañaban a la sonrisa.

Llevaba años rondando la sucesión del fiordo como un perro ronda una mesa puesta, sin acercarse del todo y sin marcharse nunca, esperando a que cayera algo.

Hrolf no tenía hijos vivos, lo cual convertía a Knut en heredero por pura falta de otra cosa, y a un heredero por descarte no le conviene nada en este mundo que su tío viejo se traiga del sur a una novia joven con la que todavía podría engendrar un hijo propio y dejarlo a él con una mano delante y otra detrás.

Lo comprendí todo de golpe en cuanto lo vi entrar en mi casa sin llamar, con dos hombres pegados a la espalda, y posar los ojos en Edith con la cara de quien calcula cuánto va a costarle quitar de en medio un estorbo.

—Así que esta es la famosa novia —dijo—.

La que ha cruzado medio mar para calentarle la cama a mi tío en su vejez.

—Sonrió de esa manera suya—. Pequeña. ¿De verdad te crees que el viejo va a darte un hijo, mujer?

Porque de eso depende todo, ¿sabes? De que le des un heredero.

Como no se lo des, no serás más que una boca cara de mantener.

Edith, que no había pillado ni la mitad de las palabras, pero sí el tono de sobra, dejó a un lado el pergamino que tenía entre manos.

—No sé de qué cama me hablas —contestó despacio, en su nórdico cuidadoso—. Pero sé reconocer a un hombre al que le estorba que yo respire. ¿Quién eres, que mi sola cara te amarga tanto la mañana?

Knut perdió la sonrisa medio segundo, lo justo para que yo lo notara, antes de recuperarla más afilada que antes.

—Muerde —dijo, divertido—. Me gusta. Soy Knut, mujer, el sobrino del jarl, el que lo heredaría todo si mi tío tuviera el buen juicio de morirse sin descendencia.

—Se inclinó sobre la mesa—. Tú y yo deberíamos entendernos, porque tenemos un interés común, aunque tú todavía no lo sepas: a los dos nos vendría de maravilla que esa boda no llegara a celebrarse en primavera.

—No sé de qué boda me hablas —repitió Edith, y esta vez decía la verdad, aunque a Knut le sonó a pura astucia.

—Claro que no. —Se enderezó—. Lista, muy lista.

Ya nos entenderemos. —Por fin reparó en mí, como si acabara de acordarse de que yo seguía en la habitación—.

Gunnar. Guardando el tesoro de tu señor, qué fiel y qué útil.

Debe de ser durísimo dormir cada noche a tres pasos de la futura esposa del jarl sabiendo que es para él.

—La sonrisa se le afiló todavía más—. O a lo mejor no es tan duro.

A lo mejor es hasta demasiado cómodo. La gente habla, primo.

Una novia, un guerrero que vive solo, una casa pequeña…

Yo que tú andaría con cuidado con lo que la aldea cree estar viendo.

Apreté el cuchillo con el que estaba arreglando una correa, pero no dije nada, porque sabía de sobra lo que Knut buscaba: que yo saltara, que confirmara de un golpe lo que él insinuaba con palabras.

—Lárgate, Knut.

Se marchó riéndose, con sus dos hombres detrás, y dejó la casa más fría de como la había encontrado. Edith se quedó mirando la puerta por la que había salido.

—Ese hombre es el peligroso de verdad —dijo—.

Hrolf da el miedo de un acantilado: lo ves, lo respetas, no te acercas al borde y vives tranquilo.

Pero este da el otro miedo, el de la grieta en el hielo que parece firme hasta que te traga.

—Se volvió hacia mí—. Y ha dicho cosas que no he entendido del todo.

Algo de una boda, algo de que yo soy para alguien. ¿Para alguien soy, Gunnar?

Y ahí estaba otra vez la pregunta directa, la ocasión limpia y servida en bandeja. Sí, Edith, eres para Hrolf, te casas con él en primavera, por eso te guardo y por eso no me dejo ni mirarte como me gustaría mirarte. Lo tenía en la boca, pesándome como una piedra.

—Eres para el fiordo —dije al fin—. Eres valiosa, y Hrolf te quiere sana y a salvo. Eso es lo que ha venido a decir Knut, lo retuerce a su manera para hacer daño, pero en el fondo es eso. No le des más vueltas.

Media verdad, que es la peor forma de mentir, porque suena casi honrada.

Edith me sostuvo la mirada un buen rato, con esa atención suya que dejaba a uno desnudo, y supe que no la había convencido del todo; pero no tenía con qué rebatirme, porque no había entendido a Knut entero, así que eligió creerme, que es lo que hacemos con la gente en la que ya hemos decidido confiar aunque algo nos diga que falta una pieza.

—Está bien —dijo—. Pero hay algo que no me cuentas, Gunnar. Lo leo en ti como en un pergamino mal raspado: por debajo de lo que pone todavía se adivina lo que ponía antes. No sé qué es, pero está ahí.

—No hay nada.

—Mientes fatal. Para ser un hombre de tan pocas palabras, mientes de pena. —Pero lo dijo sin enfado, casi con cariño, y volvió a su pergamino.

Para quitarme a Knut de la cabeza, y quizá para quitármelo ella también, hice aquella tarde algo que no había hecho por nadie en años: dejé el trabajo a medias y la saqué de casa.

—Coge la capa, la mía, esa que ya no piensas devolverme. Nos vamos fuera.

—¿A dónde?

—A que te dé el aire, antes de que te quedes del color del pergamino.

Bajamos hasta el fiordo, que en invierno se hiela desde el fondo hasta donde rompe el mar y deja una lengua de hielo blanco y liso, gruesa como el brazo de un hombre, por la que se puede caminar.

Los críos patinaban con huesos de vaca atados a los pies y las mujeres tendían el pescado a secar sobre las rocas, y Edith se quedó parada en la orilla mirándolo todo con la boca un poco abierta, igual que el primer día desde la proa del barco.

—No sabía que se pudiera andar sobre el mar —dijo.

—Solo unos meses al año. Después se rompe y se traga al que no sabe entenderlo, como casi todo por aquí: bonito y dispuesto a matarte. Ven, que te enseño por dónde aguanta.

Vino agarrada a mi brazo, dando pasitos de gata sobre algo de lo que no se fiaba ni un pelo, y le fui enseñando a leer el hielo igual que ella me leía a mí: el color, los crujidos, dónde pisar y dónde no.

Resbaló dos veces, y la segunda me arrastró con ella, de manera que acabamos los dos sentados en mitad del hielo, riéndonos como dos críos más, con el frío trepándonos por la ropa y sin ninguna prisa por levantarnos.

Y entonces pasó. La miré, ella me miró, se le había soltado el pelo y tenía las mejillas encendidas por el frío, y los dos dejamos de reírnos a la vez.

Se hizo el silencio. Ella no apartó los ojos, yo tampoco, y por un instante, sentado en el mar helado, estuve más cerca de besar a alguien de lo que había estado en doce años.

No lo hice. Me levanté demasiado rápido, le tendí la mano con la cortesía seca de quien ayuda a un extraño, mascullé algo de que se hacía tarde y le devolví el aire a la tarde a fuerza de palabras tontas.

Porque me acordé justo a tiempo de las dos cosas que me lo prohibían: la primera, que era de Hrolf, y que besar a la novia de tu señor se paga con la cabeza; la segunda, más vieja y más honda, la que no le conté, que tuve una mujer una vez, Ingrid, y que se me murió de fiebre un invierno como aquel, en esta misma casa, mientras yo andaba fuera ganando una plata que no sirvió de nada.

Desde entonces me había encargado de que la casa siguiera vacía, porque lo que no tienes, nadie puede quitártelo.

Edith se levantó, se sacudió el hielo de la ropa y no dijo nada, pero la conocía ya lo suficiente para saber que lo había notado, que había visto abrirse una puerta y me había visto cerrarla yo mismo de un portazo.

Volvimos a casa callados, y no era el silencio bueno de antes.

Antes de sentarse otra vez al pergamino, dijo sin mirarme:

—Sea lo que sea eso de lo que acabas de salir corriendo, Gunnar, no tienes por qué contármelo. Pero no me trates como a una desconocida para huir de ello, porque eso sí que no te lo paso.

Y se puso a copiar.

Aquella noche, por culpa de Knut y por culpa mía, dormí con el cuchillo más cerca de la mano que de costumbre.

No por mí, sino por ella, porque Knut había dicho en voz alta lo que yo no me dejaba ni pensar: que tenerla a tres pasos cada noche no era tan duro como debería.

Y porque un hombre que lo pierde todo si hay boda hará lo que haga falta para que no la haya, y lo que haga falta, tratándose de Knut, bien podía empezar por quitar de en medio a la novia.