La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 4
19%

Capítulo 4

Lo entendí la primera mañana, cuando salí a por leña y me encontré con que media aldea había descubierto de repente una necesidad urgentísima de pasar por delante de mi puerta.

Tener en casa a la prometida del jarl, y ser además el encargado de guardarla intacta hasta la boda, resultó ser un asunto de muchos filos, y todos cortaban hacia mí.

La noticia había corrido en una sola noche, como corren siempre las que más conviene callar: Gunnar había traído del sur a la novia de Hrolf, y la novia de Hrolf dormía bajo el techo de Gunnar.

En una aldea cerrada a cal y canto por el invierno, aquello daba más conversación que cualquier otra cosa que hubiera pasado en todo el año.

—Te están mirando —dijo Edith, asomada a la puerta, mientras una tal Gerd fingía buscar una cabra que los dos sabíamos perfectamente que estaba en su corral.

—Te miran a ti.

—¿Y eso por qué? Si no he hecho nada.

—Eres nueva y eres rara. Por aquí, con eso basta y sobra.

No le dije la verdad, que la miraban porque era la futura señora del fiordo durmiendo en la casa que no le tocaba. Cada día sumaba una mentira nueva por no decir la primera, y empezaba a resultarme una costumbre cara.

El primer problema de verdad llegó cuando intenté cumplir el encargo de Hrolf y enseñarle a ser una esposa del norte, porque resultó que Edith no sabía hacer absolutamente nada de lo que en el norte se espera de una mujer en una casa.

No sabía ordeñar, no sabía hilar, y la primera vez que le pasé el cuenco de gachas para que las removiera mientras yo cortaba el pescado, las removió como quien remueve tinta, por encima y con mucho cuidado, de modo que se pegaron al fondo, se quemaron y dejaron la casa entera apestando a desastre.

—Esto no se me da bien —dijo, contemplando el cuenco ennegrecido con la dignidad intacta.

—Ya lo veo.

En el monasterio cocinaban los hermanos legos. Yo copiaba. Cada cual tenía su oficio y el monasterio funcionaba bien así.

Que una noble no supiera cocinar tenía todo el sentido del mundo, pensé, que para eso tienen siervos, así que me tragué también aquella pieza y la sumé a la pila de las que encajaban a la fuerza.

Lo que no encajaba de ninguna manera era lo otro, lo que pasó esa misma tarde cuando abrí el arcón viejo donde guardaba unos papeles que un mercader me había dejado años atrás a cuenta de una deuda y que jamás había sabido leer.

Edith se abalanzó sobre ellos como otra mujer se habría abalanzado sobre un cofre de joyas.

—Oh —dijo—. Oh, esto es bueno.

—¿Sabes qué dicen?

—Todavía no, acabo de empezar, pero mira el sello.

—Pasó el dedo por la cera rota con una ternura que no le había visto poner en nada—.

¿Y esto lo teníais metido en un arcón, criando polvo?

La gente os manda cosas y vosotros las guardáis como si fueran piedras bonitas.

Aquí podría poner que alguien viene a mataros en primavera y os enteraríais el día que vierais el humo.

Y se puso a leer, moviendo los labios, soltando de cuando en cuando un bufido, un chasquido de lengua o una risa corta, como si conversara con la gente muerta que había escrito todo aquello.

Una noble culta, me dije una vez más, que para algo las educan los curas; pero ninguna noble que yo hubiera conocido leía con aquella hambre, como si las letras fueran lo único que la sujetaba al mundo.

Aparté el pensamiento, como tanta otras veces.

Se me estaba dando de maravilla apartarlos por aquellos días.

—¿De qué te ríes? —le pregunté.

—De este de aquí. Un obispo le escribe a otro para quejarse de que el vino que le mandaron está agrio.

Le dedica media página a Dios y la otra media al vino, y mira por dónde, le echa más insultos al vino que alabanzas a Dios.

—Levantó la vista—. La gente importante es igual de mezquina que la demás.

Lo único que cambia es que ellos lo escriben en latín, y eso lo hace parecer sabiduría.

Me reí. No fue una carcajada, pero me reí, y resultó ser la primera vez en muchos días, hasta el punto de que el sonido de mi propia risa me sorprendió como sorprende una herramienta que llevabas tiempo sin usar y que todavía funciona.

—Vaya —dijo, mirándome con interés—. Conque te ríes. Empezaba a pensar que no sabías.

—Sé.

—Pues lo guardabas muy bien.

—No tengo muchos motivos por aquí.

—Pues ya tienes uno fijo en tu casa hasta la primavera, así que ve practicando.

La primavera otra vez. Lo dijo a la ligera, sin saber lo que significaba, y a mí se me borró la risa de golpe, porque yo sí lo sabía.

Para ella, la primavera era el final de su cautiverio; para mí, el día en que tendría que llevarla a la cama de Hrolf.

La misma palabra abriéndose en dos abismos distintos, y yo el único que veía los dos.

—¿Qué he dicho ahora? —preguntó, que no se le escapaba una—. Has puesto cara rara.

—Nada. El humo del cuenco quemado, que aún me pica en los ojos.

No me creyó, pero por una vez no insistió.

Aquella noche cenamos las gachas que tuve que rehacer desde el principio, mientras ella me observaba con la misma atención con que leía los pergaminos.

—Cocinas muy bien —dijo, en tono de descubrimiento—. Un guerrero del norte que sabe que las gachas se remueven por abajo. Quién lo iba a decir.

—Vivo solo. El que vive solo, o aprende o se muere de hambre.

Aquello la calló, y me miró distinto, ya sin la burla.

—¿No tienes a nadie? —preguntó—. ¿Mujer, familia, algo?

—Tuve. —Removí las gachas para no mirarla—. Ya no.

Esperé la pregunta siguiente, la que viene siempre y obliga a contar lo que uno no quiere, pero no llegó. Se quedó callada, mirando el fuego, y al cabo de un rato dijo en voz más baja:

—Yo no he tenido a nadie nunca. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña y mi padre me dejó con las monjas y no volvió a por mí. Por eso sé tantas lenguas, ¿sabes? Cuando no le perteneces a nadie, los libros acaban siendo la única familia que no puede dejarte.

No dije nada, porque no se me ocurría nada que no fuera a estropearlo.

Le pasé el cuenco, ya en condiciones, y cenamos en silencio junto al fuego mientras fuera empezaba a caer la nieve, despacio, sobre el fiordo.

Y fue un buen silencio, no el incómodo del barco ni el tenso de la casa de Hrolf, sino otro distinto, de esos que no recordaba haber compartido con nadie en mucho tiempo.

Y ahí, cenando gachas, debería haber sentido lo que sentí, pero no haberlo dejado crecer, porque aquella mujer no era mía para que yo sintiera nada por ella.

Era de Hrolf. La guardaba para él, igual que se guarda un caballo o una espada o cualquier cosa de valor que pertenece a tu señor y que tú, simple hombre de su mano, no tienes ningún derecho a querer.

Me lo dije con esas mismas palabras aquella noche, mirándola fregar su cuenco junto al agua sin que nadie se lo hubiera pedido: no es tuya, no la quieras tener.

Es la clase de orden que uno se da cuando ya es demasiado tarde para obedecerla, solo que aún no lo sabe.

—Mañana sigo con esos papeles —dijo de camino a su camastro—. Y si la tal Gerd vuelve a rondar buscando la cabra, dile que entre a saludar como la gente, que me pone de los nervios que ande acechando ahí fuera.

—No va a entrar. Te tiene miedo.

—¿A mí? Pero si soy lo menos temible de todo el fiordo.

—Eres la prometida del jarl, extranjera y con letras, viviendo en casa de su guerrero. En esta aldea no hay nada más temible que eso.

Lo solté sin pensar, así, la verdad entera escondida dentro de una broma sobre una vecina y una cabra.

Era la ocasión perfecta para que preguntara qué prometida, qué jarl, para que el malentendido se rompiera allí mismo, una noche cualquiera y sin sangre de por medio.

Pero la oí reírse al otro lado de la cortina, ya medio dormida, y comprendí que no lo había cogido; para su oído, lo de la prometida del jarl había sido una más de mis frases en nórdico cerrado, ruido de fondo de una broma cuyo remate era la cabra.

Se rió de la cabra. De lo otro no, porque lo otro ni siquiera lo había oído.

—Buenas noches, Gunnar.

—Buenas noches, Edith.

Y me quedé junto al fuego con la verdad flotando por la casa, sabiendo que algún día tendría que decirla de manera que sí la oyera, y deseando como un cobarde que ese día fuera cualquier otro menos el de mañana.