La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 3
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Capítulo 3

El fiordo de Hrolf se abre entre dos paredes de roca tan altas que, al entrar, el barco parece encogerse de golpe.

La primera vez que lo crucé, hace ya doce años, pensé que era el lugar más parecido al fin del mundo en el que un hombre podía vivir, y sigo pensándolo, solo que ahora es mi casa y uno acaba tomándole cariño hasta al fin del mundo cuando no tiene otro sitio donde ir.

Entramos al cuarto día, con la última luz, y Edith se puso de pie en la proa para verlo.

Llevaba toda la travesía sentada, mirando y preguntando, pero ahora contemplaba en silencio cómo subían las paredes de roca a los lados, la nieve en lo alto y el humo de la aldea al fondo, sin abrir la boca por primera vez desde que la saqué de aquel monasterio.

—¿Y bien? —le pregunté, porque su silencio me incomodaba más que su charla.

—Es bonito —dijo en voz baja—. No me lo esperaba. Esperaba que fuera horrible.

—Puede ser las dos cosas a la vez.

Me miró de reojo, como si aquella frase no encajara con la idea que se había hecho de mí, y la verdad es que a mí tampoco me cuadró del todo haberla dicho.

Varamos el barco en la orilla y le tendí la mano para ayudarla a bajar.

La miró un instante, calculando si de verdad la necesitaba, hasta que decidió que sí y la aceptó, aunque me la soltó en cuanto pisó tierra firme, deprisa, como quien devuelve una herramienta prestada antes de que le tomen cariño.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora vas a ver a Hrolf. El que manda aquí.

—¿El que decide si valgo?

—Ese mismo.

Tragó saliva, y fue lo primero parecido al miedo que le vi desde su cuarto, pero levantó la barbilla y echó a andar a mi lado sin que se lo pidiera, lo cual, aunque no se lo dije, me gustó.

Y enseguida me molestó que me hubiera gustado, porque a un hombre no debería gustarle nada de la mujer que lleva derechita a la cama de su señor.

La casa de Hrolf olía, como siempre, a humo, a cerveza y a perro mojado.

Él ocupaba el asiento del fondo, esa silla tallada que llamaba trono y que nadie más se atrevía a llamar de ninguna manera, y era un hombre grande al que la edad empezaba a encoger, con una barba gris que le llegaba al pecho y unos ojos que no habían perdido el filo por mucho que el resto de él sí lo hubiera hecho.

—Gunnar —dijo sin levantarse—. Has vuelto pronto.

—El viento ayudó.

Sus ojos se desplazaron despacio hacia Edith y la recorrieron de arriba abajo, sin ninguna prisa, igual que se mira una yegua que te traen de muy lejos.

—¿Es ella?

—La hija de Aldric —respondí—. Como mandaste.

Y si en ese momento hubiera estado mirándola a ella en lugar de a Hrolf, le habría visto la cara.

Pero yo tenía los ojos puestos en el viejo, esperando su veredicto, así que me perdí el primer destello de algo que le cruzó el rostro, un parpadeo, un frunce que se borró antes de cuajar, porque tampoco ella entendió del todo lo que acababa de oír.

Mi nórdico de soldado y el suyo, aprendido a salto de mata, no siempre se encontraban en el mismo punto, y aquel «hija de Aldric» le sonó a ruido, a un nombre que no era el suyo dicho por un hombre que no la conocía en una lengua que apenas dominaba.

Lo dejó pasar. Tenía delante cosas más urgentes, como el viejo del trono que estaba decidiendo si la dejaba vivir de una pieza.

Hrolf se reclinó en el asiento.

—Pequeña —dijo—. Para ser hija de un jarl, es pequeña. Y flaca. Bien podría haberla alimentado mejor Aldric, sabiendo que iba a mandármela.

—Los monjes con los que se crió no eran de mucho comer, señor —improvisé, repitiendo lo que ella misma me había contado en el barco y convencido de que con eso sostenía mi historia—. Pero es lista. Habla nuestra lengua, y la de Wessex, y latín.

—¿Que habla, dices? —Hrolf alzó una ceja—. Pues que hable. Mujer, di algo. Quiero oír cómo suena la paz con Mercia.

Edith lo miró, miró a la sala entera, a los hombres repartidos por los bancos, y por último me miró a mí. Luego habló, en un nórdico claro y pausado, con un acento que no era de allí, pero que se entendía sin esfuerzo.

—No sé si soy la paz con nada, señor —dijo—. Pero sé leer lo que firman vuestros enemigos, y eso suele valer más que la mayoría de las paces, que se rompen en cuanto se firman. Sobre todo si en la sala no hay nadie capaz de leer lo que se ha firmado.

Se hizo un silencio, y entonces Hrolf hizo algo que no le había visto hacer casi nunca: se rió. Una risa corta, sorprendida, de viejo al que ya pocas cosas le arrancan una.

—Tiene lengua —dijo—. Me gusta. Las calladas me aburren y las lloronas me cansan, y esta por lo menos servirá de conversación hasta la boda. —Me miró—. Buen trabajo, Gunnar.

La boda. Lo soltó en nórdico cerrado y a toda prisa, con la palabra enterrada en mitad de una frase larga, y otra vez el oído de Edith la dejó pasar entre tanto sonido nuevo.

Yo sí la oí, claro, porque yo sabía lo que venía, y por algún motivo que en aquel momento no quise nombrar, aquella palabra se me asentó en el estómago como un trago de cerveza agria.

—La quiero entera y sana para la primavera —continuó Hrolf—, cuando se abra el mar y vengan los de Mercia a ver el pacto cumplido.

Hasta entonces respondes tú de ella, Gunnar; tú la has traído y tú la guardas, en tu casa y bajo tu palabra.

Si le pasa algo, te pasa a ti. —Hizo un gesto cansado con la mano—.

Y enséñale lo que tiene que saber una esposa del norte, y qué se espera de ella. No quiero sorpresas la noche de bodas.

—Así se hará, señor.

Nos despidió con la mano y salimos a la noche, que ya había cerrado del todo, con el frío cortando y el cielo limpio de nubes.

Edith caminaba a mi lado, callada, con esa quietud suya que empezaba a reconocer.

Creía haber jugado bien, y en cierto modo así era: le había vendido a Hrolf su utilidad, había comprado su sitio con eso de saber leer.

Lo que no sabía la pobre era que Hrolf no la guardaba por lo que leía, sino para meterla en su cama…

, y allí íbamos los dos, saliendo de la misma sala con dos ideas distintas de lo que acababa de pasar, y yo era el único que cargaba con las dos sin decir ninguna.

—Ha ido bien, ¿no? —dijo—. No me ha mandado matar, ni vender. Eso es que ha ido bien, creo.

—Ha ido bien.

—Y voy a vivir en tu casa.

—Eso ha dicho.

—¿Por qué en la tuya?

—Porque te traje yo, y respondo de ti.

Caminó un trecho dándole vueltas a aquello.

—¿Y qué es eso que tengo que aprender? Ha dicho que me enseñes algo, pero hablaba rápido y no lo he cogido entero.

Y ahí tuve la primera ocasión de decírselo, la primera de muchas que iba a dejar escapar.

Tenía las palabras en la punta de la lengua, «tienes que aprender a ser esposa, Edith, porque en primavera te casas con el viejo del trono», diecisiete palabras nada más, pero no me salieron.

En su lugar solté una mentira pequeña y cobarde, de esas que uno se promete enmendar al día siguiente.

—Las cosas de la casa —dije—. Cocinar, y lo que se hace por aquí.

—Ah. —Pareció decepcionada—. Eso. Eso no se me da nada bien.

—Pues me temo que eso va a ser un problema.

—No será el peor que tengas —contestó, y no supo hasta qué punto tenía razón, ni yo quise pararme a pensar cuánta llevaba yo.

Llegamos a mi casa, que doce años llevaba en silencio. Encendí la lámpara y le señalé el camastro del fondo, separado del resto por una vieja cortina de lana.

—Ahí duermes tú. Yo, junto al fuego.

Miró el camastro, miró el fuego y luego recorrió con la vista la casa entera, pequeña, de hombre solo, con sus armas colgadas, sus pieles y poco más.

—¿Vives solo?

—Sí.

—Y ahora vivo yo contigo hasta la primavera…

—Hasta la primavera.

No dijo nada más. Se metió tras la cortina con su saco de plumas y tinta, lo único que tenía en el mundo, y yo me quedé junto al fuego mirando las brasas y pensando en esa primavera.

Cuando se abriera el mar y llegaran los de Mercia, yo tendría que entregar a aquella mujer rara de manos manchadas a la cama de mi señor, cobrar mi recompensa por una misión impecable y dejar que la casa volviera a ser la que era.

Apagué la lámpara, pero tardé en dormirme, y al otro lado de la cortina la oí dar vueltas también. Los dos estábamos despiertos en la misma casa a oscuras, pero cada uno pensando en una primavera distinta.