Capítulo 2
El primer día en mar abierto tiene una virtud: separa enseguida a los hombres que vomitan de los que no.
No hay forma de fingirlo, porque el estómago no atiende a razones, y al final de la jornada uno ya sabe quién va a serle útil y a quién va a tener que aguantarle las arcadas medio viaje.
Por eso me fijé en que ella no vomitó, y por eso lo apunté, sin darme cuenta, en la lista de cosas que empezaban a no encajarme.
Porque una noble criada entre cojines, que jamás había puesto un pie en un barco, debía pasar aquellas primeras horas verde como una rana y rezándole a su Dios para que la dejara llegar viva a tierra.
En cambio, ella las pasó haciendo preguntas, una detrás de otra, como si en lugar de una cautiva fuera una niña de visita.
—¿Cómo se llama esto? —dijo, señalando la vela.
—Vela.
—Eso ya lo sé. Digo el palo.
—Mástil.
—¿Y la figura de la proa? Porque tiene escamas de serpiente y dientes de perro, y eso no es ningún animal que yo conozca.
—Es lo que el tallador supo hacer.
Frunció el ceño, decepcionada, como si hubiera esperado de mí una respuesta con leyenda.
Le había echado mi capa por encima nada más zarpar, porque una novia muerta de frío no le servía de nada a Hrolf; eso me dije, al menos, que era por la alianza y no por otra cosa que entonces no estaba dispuesto a mirar de frente.
La observaba de reojo mientras remábamos y no terminaba de cuadrarme.
Aquellas manos manchadas de tinta, la manera de mirarlo todo midiéndolo, como quien tasa una mercancía que no es suya, y sobre todo la calma.
Yo había robado mujeres antes —no es algo de lo que presuma, pero es la verdad—, y todas, nobles o siervas, lloraban, maldecían o rezaban, a veces las tres cosas a la vez.
Esta se dedicaba a observar, como si el secuestro solo fuera un contratiempo.
Las nobles son raras, me dije para zanjarlo. Crecen encerradas entre curas y libros, sin ver mundo, y por fuerza tienen que salir un poco torcidas. La explicación me venía cómoda y la di por buena, que es lo más fácil del mundo cuando uno no quiere seguir tirando del hilo.
Ella, por su parte, también me estudiaba a mí, y también sacaba sus propias cuentas, porque al cabo de un rato habló.
—No me has atado —dijo.
—¿Quieres que lo haga?
—No, pregunto por qué no lo has hecho. A las que os lleváis para venderlas las atáis, lo he leído.
Pero a mí no me has atado, ni me has tocado más de lo justo, y encima le has dicho a tu hombre que me echara tu capa.
Eso quiere decir que valgo más entera y contenta que rota, así que dime, ¿para qué sirvo? ¿Para pedir rescate?
Estuve a punto de reírme de lo cerca y lo lejos que andaba al mismo tiempo. Cerca, porque desde luego valía más entera. Y lejos, porque ni de broma se le había pasado por la cabeza la verdad, que no la llevaba a un mercado de esclavos sino a una boda.
—No preguntes tanto —le dije.
—Es lo único que puedo hacer, atada o no. Y preguntar sale gratis.
—No siempre.
Aquello la calló, aunque solo un momento, porque a los pocos minutos ya andaba mirando otra cosa con la misma cara de querer saber cómo se llamaba.
Decidí dejarla pensar lo que le diera la gana.
Que se creyera un rescate, una venta, lo que quisiera; cuanto menos hablara yo, menos podía meter la pata, y un hombre que lleva una novia robada a su señor más le vale callar y remar.
Ya tendría tiempo en el fiordo de entender la suerte que le había tocado, y desde luego no me correspondía a mí explicarle que iba camino de la cama del hombre más temido del norte.
Eso era cosa de Hrolf, o de alguien con bastante más paciencia que yo.
Hacia el mediodía repartimos la comida, si es que se le podía llamar así a un pedazo de pan duro, pescado seco y agua que ya sabía a barril. Le pasé su parte y la miró con el mismo interés con que lo miraba todo.
—¿Esto es todo?
—Esto es todo.
—¿Hasta dónde?
—Cuatro días, si el viento ayuda. Seis, si se le ocurre fallarnos.
Le hincó el diente al pescado, masticó con esfuerzo y tragó con bastante más.
—Seis días de esto —dijo al fin—. Empiezo a entender por qué estáis todos tan enfadados.
A mi lado, Halfdan soltó una risa por la nariz y la disimuló con una tos malísima.
Lo fulminé con la mirada y volvió al remo, pero la verdad es que a mí también me había hecho gracia, y una noble no hablaba así, ni de lejos.
Otra vez me dije que las nobles eran raras, y otra vez lo dejé estar, porque la única explicación que tenía sentido no me convenía nada.
Aquella tarde el viento nos abandonó y hubo que remar de firme, que es el peor trabajo del mundo: la espalda, los hombros y unas manos que se abren en llagas que la sal vuelve a abrir a cada golpe.
Los hombres remaban en silencio, marcando el ritmo con la respiración, y ella, que llevaba un rato observándolos, dejó de mirar y se puso a contar por lo bajo.
—Vais descompasados —dijo, ya en voz normal.
Nadie le contestó, porque remar y escuchar las opiniones de una cautiva no son cosas que se hagan a la vez.
—El de la barba roja entra antes que los demás —siguió, sin inmutarse—. Por eso el barco da un tirón cada cuatro golpes. Si esperara medio respiro, iríais más suaves y os cansaríais menos.
El de la barba roja era Ottar, que tenía el peor genio del barco y levantó la cabeza dispuesto a mandarla callar de malas maneras.
Pero en el golpe siguiente, sin pensarlo, entró a tiempo con el resto, y el barco dejó de dar el tirón.
Lo notamos todos. Nadie dijo nada, pero durante un buen rato remamos más juntos que en lo que iba de viaje, y a ninguno le dio por reconocer en voz alta de quién había sido la idea.
—¿Y tú de qué sabes de remos? —le pregunté después, cuando volvió el viento y pudimos soltar.
—No sé de remos. Sé de coros. —Se encogió de hombros bajo mi capa—.
Cuando cantan muchos a la vez, si uno entra antes de tiempo se nota igual que en un barco, todo suena torcido y el que dirige te mira como si lo hubieras hecho a propósito.
Es lo mismo. Gente haciendo una cosa al unísono.
Lo único que cambia es el ruido que sale al final.
Coros. Una noble podía saber de coros, supongo, que para algo las criaban los curas, y volví a meter la pieza con calzador en el sitio donde no acababa de caber. Así me pasé toda la travesía, encajando a la fuerza cada cosa rara que ella decía o hacía, con tal de no mirar la única que sobraba.
Cuando cayó la noche y el mar se calmó, le señalé un hueco entre los fardos, al resguardo del viento.
—Ahí.
Se acomodó sin protestar, pero no se durmió enseguida. Al cabo de un rato la oí hablarme desde la oscuridad, en voz muy baja.
—¿Cómo te llamas?
Dudé, porque no tengo por costumbre andar dándole mi nombre a lo que transporto, pero la noche era larga y no había mucho más que hacer.
—Gunnar.
—Gunnar —repitió, como si lo guardara en alguna parte—. Yo me llamo Edith.
Lo archivé sin darle más vueltas. El nombre no me decía nada, porque yo nunca había sabido cómo se llamaba la hija de Aldric; Sigmund me había dado un cuarto, no un nombre, así que Edith me valía igual que cualquier otro.
—Duérmete, Edith.
—¿Es muy temible? —preguntó en cambio—. El sitio al que me llevas. La gente.
Me lo pensé antes de contestar, que tampoco es algo que suela hacer.
—Depende de lo que hagas. Al que se porta bien, el norte lo trata bien. Al que no, no.
—Entonces voy lista —dijo, y la oí casi sonreír en la oscuridad—. Portarme bien nunca se me ha dado demasiado bien. Que se lo pregunten a las monjas que me criaron.
La habían criado monjas. Una pieza más para la pila de las que encajaban si uno no se paraba a mirarlas con cuidado, porque una noble bien podía haberse criado entre monjas, faltaría más.
Se durmió al poco, con ese sueño rápido y profundo de quien no arrastra nada, y yo me quedé despierto un buen rato más, al timón, guiándome por las estrellas para no perder el rumbo.
Le llevaba a Hrolf su novia, llegaba antes de lo previsto, con buen viento y sin haber perdido un solo hombre.
Por todas las cuentas que echara, aquella era la misión más limpia de toda mi vida.
Y sin embargo no conseguía dormirme tranquilo, porque había una pieza que sobraba, pequeña y molesta como una piedra en la bota: las manos de tinta, los coros, las monjas, la calma, las preguntas sin fin.
Algo que no terminaba de pegar con la noble que yo creía llevar dormida entre mis fardos.
Pero un hombre no deshace la mejor misión de su vida por una piedra en la bota, así que aparté la idea de un manotazo y seguí remando hacia el norte, hacia el fiordo y hacia Hrolf, con la tonta certeza de que todo iba exactamente como debía.