La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 1
5%
La cautiva equivocada del vikingo

La cautiva equivocada del vikingo

Por Pandora Zeta

© inepub.com

Capítulo 1

El plan era sencillo: entrar de noche, llevarme a la chica y salir antes de que el monasterio despertara.

Tres horas de trabajo, una alianza sellada y un problema menos para Hrolf.

Llevaba doce años cumpliendo encargos parecidos y casi todos habían salido bien, así que aquella noche no tenía ningún motivo para pensar que iba a ser distinta.

Dejé a mis hombres abajo, en la cala, y subí solo por el sendero embarrado mientras la noche me echaba encima un olor a madera mojada y a incienso barato.

El monasterio no era gran cosa: una tapia tan baja que la habría saltado un niño, un patio en penumbra y dos hermanos dormitando junto al portón, tan convencidos de que nadie querría robarles nada que ni siquiera lo habían cerrado bien.

Allá ellos. Pasé por encima del muro sin hacer ruido y crucé el patio pegado a la pared, contando las puertas a medida que avanzaba.

La cuarta del ala este. Eso me había dicho Sigmund, y Sigmund era de fiar para esas cosas, que se le daba bien averiguar a quién emborrachar y a quién sobornar en cada aldea de la costa.

La hija del jarl Aldric, joven y sin comprometer, la novia que Hrolf necesitaba para sellar de una vez la paz con Mercia y dejar de enterrar hombres en una frontera que no daba más que barro.

Llegué a la cuarta puerta, saqué el cuchillo y empujé la madera despacio, conteniendo la respiración.

Dentro ardía una vela tan pequeña que apenas alumbraba, y a su luz había una mujer inclinada sobre una mesa, de espaldas a mí, tan metida en lo que escribía que ni siquiera oyó la puerta.

El cuarto entero olía a tinta. Había pergaminos por todas partes, amontonados, enrollados, abiertos, y un tintero volcado que alguien había limpiado con prisa y mala maña.

Tendría que haberme fijado en todo aquello, en la tinta y en los pergaminos y en la pluma que arañaba el papel, pero solo vi lo que había ido a buscar: una mujer joven, sola, de noche, en el cuarto que me habían indicado.

Crucé la habitación en tres pasos largos y le tapé la boca con la mano antes de que terminara de girarse.

Ella se revolvió e intentó levantarse, pero la sujeté por el hombro y la obligué a quedarse sentada mientras le ponía el cuchillo donde pudiera verlo bien, a un palmo de la cara, brillando a la luz de su propia vela.

—Ni un sonido —le dije al oído, muy bajo—. Hay cuarenta hombres durmiendo al otro lado de ese muro y veinte de los míos esperando al otro lado del siguiente. Como grites, los despiertas a todos, y entonces esto, que iba a salir bien, sale mal para mucha gente, empezando por ti. ¿Me has entendido?

Noté cómo se le escapaba el aire del cuerpo y cómo el corazón le golpeaba contra mi palma, tan fuerte que casi me dio pena.

Estaba rígida, muerta de miedo, pero no forcejeó, y eso me gustó, porque significaba que era de las que piensan antes de hacer una tontería.

Asintió una sola vez, despacio, y entonces le solté la boca con cuidado, listo para taparla otra vez al primer grito que se le ocurriera.

No gritó. Respiró hondo, un par de veces, y se giró del todo para mirarme con unos ojos enormes en los que, más que terror, había algo parecido al cálculo, como si en lugar de un hombre armado tuviera delante una cuenta que no le salía.

A la luz de la vela le vi el pelo suelto, la cara pálida y las manos manchadas de tinta hasta la muñeca, unas manos que escribían y que no pegaban nada con la idea que yo me había hecho de la hija mimada de un jarl.

Pensé, vagamente, que era una rareza, y enseguida dejé de pensarlo, porque no había tiempo.

—Levántate —le dije—. Coge lo que quieras llevarte, pero rápido.

No se movió. Seguía mirándome con aquella cara de estar resolviendo un problema, y cuando habló lo hizo en voz baja, en mi propia lengua, lo cual me sorprendió aunque no era el momento de andar sorprendiéndose por nada.

—¿A dónde? —preguntó.

—Al barco. —No pensaba darle conversación.

—¿Por qué yo?

—Cállate y muévete.

Dudó un segundo más, mirando la mesa, los pergaminos, la puerta y por último a mí, hasta que por fin se levantó.

Era más pequeña de lo que parecía sentada.

Metió la mano debajo de la mesa, sacó un saco de tela y empezó a guardar dentro unas plumas, un frasco de tinta y un par de pergaminos doblados, todo con los dedos temblándole pero moviéndose deprisa, como quien rescata lo único que tiene antes de que se lo quiten.

Me pregunté qué clase de noble escondía sus cosas debajo de la mesa igual que una sierva, pero tampoco me detuve en eso.

Ya habría tiempo de sobra para preguntas cuando estuviéramos lejos.

—Vamos —dije.

Salimos al pasillo, ella delante y yo detrás con la mano en su hombro y el cuchillo a la vista, los dos pisando despacio para no despertar a nadie.

Cruzamos el patio y la tapia y empezamos a bajar el sendero, y todo iba bien hasta que, a mitad de la cuesta, se paró en seco y a punto estuve de chocar con ella.

—El frasco grande —susurró—. Me lo he dejado.

La agarré del brazo antes de que se le ocurriera dar media vuelta.

—No.

—Es que es tinta de agalla de roble, ¿sabes lo que cuesta…?

—Que no.

Me miró, vio en mi cara que aquello no se discutía y, para mi sorpresa, no insistió. Apretó los labios y siguió bajando, y yo detrás, preguntándome ya entonces en qué lío me había metido sin saberlo.

En la cala me esperaban los botes y mis hombres, que se pusieron de pie en cuanto nos vieron aparecer entre las rocas. Halfdan, que llevaba conmigo desde que los dos éramos unos críos con más hambre que sentido, me miró a mí, miró a la mujer y volvió a mirarme.

—¿La tienes? —preguntó.

—La tengo.

Subimos al bote. Ella se sentó sola en la proa, sin que nadie se lo dijera, abrazada a su saco de plumas y con la espalda muy recta, y se quedó mirando el agua negra sin llorar y sin rezar, con esa misma cara de estar dándole vueltas a algo demasiado grande para entenderlo de una sola vez.

Empezamos a remar y la costa se fue haciendo pequeña a nuestra espalda hasta que la oscuridad se la tragó del todo.

Halfdan se acomodó a mi lado en el remo y, cuando ya estábamos mar adentro, se inclinó hacia mí para que ella no lo oyera.

—¿Ha habido problemas?

—Ninguno.

Me miró de reojo, husmeando el aire como un perro.

—¿Por qué tiene las manos tan sucias?

—No lo sé.

—Los nobles no suelen estar tan manchados, jefe. Y menos de tinta.

—Halfdan.

—¿Qué?

—Rema y calla.

Y remó, y yo con él, mientras delante, en la proa, la mujer que iba a casarse con Hrolf seguía mirando el mar con el saco en el regazo y las manos manchadas de un negro que no se le iba ni con el agua salada que le saltaba a la cara de vez en cuando.

Tendría que haberme preguntado entonces qué clase de hija de jarl tiene manos de escriba, pero Hrolf llevaba dos años esperando aquella alianza, así que me guardé la pregunta para más adelante.

Fue la primera de muchas que aquella noche preferí no hacerme.