Prisionera del Príncipe de las Sombras
yra Veyne despertó esperando cadenas.
Fue el primer pensamiento que cruzó su mente al abrir los ojos.
No dolor.
No miedo.
Cadenas.
Eso era lo que les ocurría a los enemigos que entraban en la cámara de un gobernante con una daga envenenada.
Los interrogaban. Los quebraban.
Los utilizaban.
Se había preparado para todo aquello.
Pero cuando abrió los ojos, se encontró acostada en una gran cama cubierta con mantas de color azul oscuro. La luz de la mañana entraba por los altos ventanales que daban a las montañas que rodeaban Vareth.
Durante varios segundos, Lyra no se movió. Estudió la habitación.
Una mesa junto a la ventana. Una chimenea.
Una silla.
Una puerta sin cerradura.
Sus armas descansaban ordenadamente sobre la mesa. Se incorporó lentamente.
Eso estaba mal.
Todo en aquella situación estaba mal.
Un prisionero no despertaba junto a sus propias armas. Un prisionero no tenía una puerta sin llave.
Un prisionero no tenía una habitación más grande que aquella en la que había vivido dentro de la Corte de Plata.
Lyra extendió la mano hacia su daga. Estaba exactamente donde la había dejado.
Se levantó, se vistió rápidamente y registró la habitación. Ningún guardia oculto.
Ninguna restricción mágica. Nada.
La incertidumbre la inquietaba más de lo que lo habría hecho el cautiverio.
Al menos una jaula era honesta. Esto era algo diferente.
Una estrategia.
Un juego.
La puerta se abrió.
Lyra se giró al instante, con la hoja en la mano.
Una sirvienta que llevaba una bandeja se detuvo al ver el arma.
—El desayuno.
Lyra la observó fijamente. La sirvienta miró la daga. Después a Lyra.
—¿Debería volver más tarde?
La pregunta era tan normal que tomó a Lyra desprevenida.
La mayoría de las personas se quedaban paralizadas al ver sus armas.
Aquella mujer simplemente parecía molesta por la interrupción.
—No.
La sirvienta dejó la bandeja sobre la mesa.
—El príncipe Kaelan pidió que comiera. Lyra bajó ligeramente la hoja.
—¿Te dio una orden?
La mujer pareció confundida.
—Sí.
—¿Y la obedeciste?
La sirvienta sonrió levemente.
—Normalmente así funcionan las órdenes. Lyra la estudió.
—No le tienes miedo.
La mujer hizo una pausa.
—¿Debería tenerlo? Lyra no tuvo respuesta. La sirvienta salió.
Y una vez más, Vareth le había dado una pregunta en lugar de una respuesta.
—-
Kaelan la encontró en el salón principal menos de una hora después.
Estaba junto a un gran ventanal, leyendo informes de sus comandantes.
Parecía diferente al hombre que había conocido la noche ante-rior.
No menos peligroso.
Más humano.
No había trono.
Ni una exhibición de autoridad.
Solo un gobernante cargando con responsabilidades. Lyra se acercó.
—Me permitiste conservar mis armas. Kaelan no levantó la mirada.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quitártelas no impediría que intentaras escapar.
—Eso es confianza.
—No.
Cerró el informe.
—Eso es experiencia. Lyra cruzó los brazos.
—No me estás tratando como una prisionera.
—No lo eres.
La respuesta la sorprendió.
—Entré en tu habitación con la intención de matarte.
—Sí.
—¿Y aun así dices que no soy una prisionera? Kaelan la miró.
—Viniste aquí porque alguien te dijo que yo era el enemigo. Hizo una pausa.
—Ahora sabes que quizá eso no sea cierto. La expresión de Lyra se endureció.
—¿Esperas que confíe en ti?
—No.
La respuesta rápida la hizo dudar. Kaelan continuó:
—La confianza no es algo que se exige. Es algo que se gana.
Eso no era lo que esperaba.
Se había preparado para manipulación. Amenazas.
Una exigencia de lealtad. No esto.
—Entonces, ¿qué soy? Kaelan caminó hacia la mesa.
—¿Por ahora?
La miró.
—Una invitada.
Lyra casi se rio.
—Me capturaste.
—Te detuve antes de que tomaras una decisión basada en una mentira.
—¿A eso le llamas misericordia?
—No.
La expresión de Kaelan se volvió seria.
—Lo llamo evitar un error. Ella se acercó un paso.
—¿Y si decido marcharme?
—Puedes intentarlo. La respuesta la irritó.
—¿Intentarlo?
—Eres libre de atravesar las puertas. Lyra entrecerró los ojos.
—¿Pero?
Kaelan miró hacia las murallas de la fortaleza.
—Pero en el momento en que cruces las fronteras de Vareth, la Corte de Plata lo sabrá.
Silencio.
—No me están buscando porque haya fracasado.
—No.
—Entonces, ¿por qué?
La expresión de Kaelan cambió.
Porque sabía que la respuesta importaba.
—Porque sabes demasiado. Lyra no dijo nada.
Él continuó.
—Y porque no pueden permitir que descubras por qué te en-viaron.
Las palabras permanecieron con ella. Quería rechazarlas.
Quería llamarlas otra manipulación.
Pero una pequeña parte de ella recordó la forma en que Seraphine la había mirado antes de enviarla lejos.
No como una comandante enviando a un soldado.
Sino como alguien observando cómo un sacrificio caminaba hacia su destino.
Lyra miró alrededor de la fortaleza.
—Esta es una prisión extraña.
Kaelan siguió su mirada.
—No es una prisión.
—Entonces, ¿qué es? Volvió a mirarla.
—Un lugar donde por fin puedes hacer preguntas sin que alguien te diga las respuestas.
Por una vez, Lyra no tuvo una respuesta inmediata. Más tarde, caminó por la fortaleza sola.
O al menos, eso creía.
Rápidamente comenzó a notar pequeños detalles. Los guardias no la seguían.
Las puertas no estaban cerradas con llave.
La gente no dejaba de hablar cuando ella se acercaba.
Un gobernante que temiera una traición jamás permitiría algo así.
A menos que confiara completamente en su gente.
O a menos que estuviera ocultando algo mucho más grande.
Lyra se detuvo junto a un balcón que daba al patio interior. Abajo, los soldados entrenaban.
Se movían con disciplina. No con miedo.
Un comandante gritó instrucciones. Un soldado cometió un error.
El castigo que ella esperaba nunca llegó. En su lugar, el comandante lo corrigió. Con paciencia.
Lyra observó más tiempo del que pretendía.
Un reino construido sobre la crueldad no debería verse así. Odiaba ese pensamiento.
Porque aceptarlo significaba admitir que podía haberse equivo-cado.
Y Lyra Veyne había construido toda su vida alrededor de no equivocarse jamás.
Una voz interrumpió sus pensamientos.
—Pareces decepcionada. Se giró.
Cael Draeven estaba detrás de ella.
Tenía los brazos cruzados y una expresión cautelosa.
—Esperaba algo diferente.
—¿Como qué?
—Un reino de monstruos. Cael miró hacia el patio.
—¿Y qué encontraste?
Lyra permaneció en silencio. Cael asintió levemente.
—Eso es lo que todos encuentran. Ella lo miró.
—¿Qué significa eso?
—Significa que la gente llega aquí creyendo que ya conoce la verdad.
Hizo una pausa.
—Después tienen que decidir si son lo bastante valientes como para cuestionarla.
Cael se alejó antes de que ella pudiera responder. Lyra permaneció en el balcón.
Observando un reino que había sido enviada a destruir.
—-
Lyra Veyne había pasado la mayor parte de su vida estudiando enemigos.
Sabía cómo se movían. Cómo mentían.
Cómo protegían sus debilidades.
Pero Vareth se estaba convirtiendo en un problema. Los enemigos debían tener sentido.
Debían dejar señales de su crueldad. Miedo.
Destrucción.
Sufrimiento.
Vareth dejaba preguntas.
Habían pasado tres días desde que entró en la Fortaleza de las Sombras, y cada respuesta que encontraba creaba otro misterio.
Por eso pidió permiso para abandonar la fortaleza. No para escapar.
Todavía no.
Quería ver el reino con sus propios ojos.
Una mentira era más fácil de reconocer cuando estaba justo frente a ella.
Kaelan aceptó. Eso la sorprendió.
Esperaba resistencia.
En cambio, simplemente dijo:
—Cael te acompañará.
Lyra miró al comandante que estaba a su lado.
—No.
Cael levantó una ceja.
—¿No?
—No necesito escolta.
—Eres una desconocida en un reino que no conoce tus inten-ciones.
—Sé protegerme. Cael miró sus armas.
—Me di cuenta. Kaelan casi sonrió. Casi.
—Llévalo contigo. Lyra miró al príncipe.
—Otra vez me estás dando órdenes.
—No.
Kaelan tomó un documento de la mesa.
—Estoy haciendo una sugerencia.
—Haces sugerencias como un gobernante.
—Por desgracia, lo soy.
La respuesta fue irritantemente tranquila. Lyra no soportaba no tener un argumento. Se dio la vuelta.
—Está bien. Cael la siguió.
—¿Eso fue un acuerdo?
—No.
—Sonó como uno.
—Entonces tu oído necesita mejorar. Por primera vez, Cael sonrió.
Solo un poco. Pero Lyra lo notó.
—-
Las calles de Vareth no se parecían en nada a lo que esperaba.
La ciudad se extendía bajo la Fortaleza de las Sombras, constru-ida entre montañas y bosques.
Edificios de piedra oscura se alzaban junto a jardines llenos de flores plateadas. Los mercaderes anunciaban sus productos en mercados abarrotados. Los niños corrían por las calles estrechas jugando.
La gente notó a Lyra.
Por supuesto que lo hicieron.
Una desconocida con armas era difícil de ignorar. Pero no la miraban con miedo.
La miraban con curiosidad.
Una mujer que vendía hierbas sonrió al ver a Cael.
—Comandante. Cael asintió.
—¿Cómo está tu hijo?
El rostro de la mujer se iluminó.
—Volviendo a caminar.
Lyra miró entre ambos.
—¿Qué ocurrió?
La mujer respondió antes de que Cael pudiera hacerlo.
—Su pierna resultó herida durante los ataques en la frontera. Miró hacia la fortaleza.
—El príncipe Kaelan envió sanadores. Lyra no dijo nada.
La mujer notó su silencio.
—No eres de aquí.
—No.
—¿Es tu primera vez?
—Sí.
La mujer sonrió.
—Entonces probablemente crees las historias. La expresión de Lyra permaneció neutral.
—¿Qué historias?
La mujer soltó una risa suave.
—Aquellas donde nuestro príncipe se despierta cada mañana y decide cuántas personas destruir.
Cael suspiró.
—Todos conocen esas historias.
—Y todos saben que son falsas.
La mujer volvió a ordenar sus hierbas. Lyra la estudió.
—Confías completamente en él. La mujer levantó la mirada.
—No.
Esa respuesta la sorprendió. La mujer continuó:
—Confiar en alguien no significa creer que es perfecto. Miró hacia la fortaleza.
—Significa conocer su corazón.
Lyra apartó la mirada. Corazón.
Una palabra extraña.
La Corte de Plata nunca la usaba al hablar de líderes. Hablaban de fuerza.
Orden.
Control.
No de compasión.
Mientras continuaban recorriendo la ciudad, Lyra notó algo más. La presencia de Kaelan estaba en todas partes.