La catarsis Zimmerman 34
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Aforo completo. La sala tres de los cines Callao fue el lugar elegido para el preestreno de La rebelión del predicado .

Generó un gran revuelo mediático. Una historia repleta de sexo, la salida del pozo de un actor acabado y un supuesto romance entre sus protagonistas.

Una combinación ganadora. Eso y que cuando no hay guerras o crisis con las que alertar a la población, la prensa suele prestar atención a la cultura.

Afuera, hordas de nuevos seguidores exigían toda nuestra atención. Y se la concedimos.

Ha pasado una semana del fusilamiento de SENÉN.

FELIPE retoca la caja de pesca de su cuñado mientras observa con deseo el trasero de su hermana CATALINA, que prepara la comida en silencio. Mira con asco a su hijo SEBASTIÁN, que está fuera cortando leña compulsivamente.

FELIPE

Pues esto ya está, reconvertida en caja de herramientas. Así te acordarás menos de ese desgraciado.

CATALINA

No vas a conseguir que se me vaya de la cabeza. Me voy a dormir.

FELIPE ¿Ya? Pero si es de día.

CATALINA Pues yo lo veo todo oscuro.

FELIPE

Si te encuentras mal, me paso a dormir contigo.

CATALINA

Te aseguro que si haces eso, estaré peor, muchísimo peor.

CATALINA sale de la cocina. FELIPE se echa vino en una copa, intentando gestionar una sensación de mezquindad que le resulta familiar. SEBASTIÁN, a lo lejos, continúa desatando su furia a base de hachazos.

Gerard aprovechó un plano detalle de los trozos de madera cayendo al suelo, para insertar los títulos de crédito de la película.

A pesar del riesgo, se decantó por el blanco y negro.

Eso sí, con un ritmo de montaje lejano al tono reposado de las películas antiguas.

Yo llevaba veinte minutos con un nudo en la garganta, arropado además por la excelente partitura de Rafa Baños.

Los asistentes nos obsequiaron con una ovación cerrada, irrelevante debido a los cientos de familiares y amigos dispuestos a alabar el mayor disparate.

Águeda se abalanzó sobre mí, con el rímel resbalando por sus mejillas y de rebote, en las mías.

Los críticos, sentados en la segunda fila, se unieron a la celebración poniéndose en pie.

Gerard había conseguido de nuevo transformar un rodaje caótico en una d elicatesen para entendidos.

Quino Boyero, crítico de El País, conocido por despedazar películas de directores nacionales de renombre, escribió en su columna: Una combinación perfecta entre erotismo y drama.

Te excita y te conmueve a partes iguales.

Nunca había salido del cine con esa sensación .

El resto de críticas siguieron la misma tónica e intuíamos que, en esta ocasión, la gente acudiría a los cines.

Además, en la opinión pública resurgía la necesidad de reivindicar la sexualidad libre a raíz del asesinato de un chaval gallego a gritos de maricón por parte de un mastodonte homófobo.

Se alineaban los astros para un taquillazo.

Gerard disfrutaba de su obra maestra con la serenidad que dan los años y con la limitación de un incipiente desprendimiento de retina.

Chocaba verlo tan vulnerable, con la mala baba que se gastaba.

No me acostumbro al declive de personas con talento, con la de parásitos que deambulan por ahí sin nada que ofrecer.

Joder, ya lo estaba matando. O desahuciando, como diría mi madre.

Antes de que tomara la palabra, desde megafonía se anunció un minuto de silencio por nuestra compañera Angelita, fallecida hacía mes y medio por una sobredosis.

La encontraron en unos baños del festival Rock in Río de Londres, puesta hasta arriba de coca y LSD.

Una pena, porque si hubiera administrado su consumo (que es lo que hace el ochenta por ciento de los actores de este país), habría tenido futuro en la industria.

De hecho, sonaba fuerte como candidata a mejor actriz revelación.

Lo ganará. En España somos fanáticos de lo póstumo.

El discurso de Gerard fue breve y certero.

El mío, agradecido con quien había propiciado mi definitivo punto de inflexión.

Me preparé para recibir halagos impostados, aunque la mayoría sonaron sinceros.

Realmente, la película había convencido.

Me hubiera encantado presenciar la reacción de Luisa.

Puso de excusa que se había quedado en casa leyendo el borrador de mi novela, salvo estas últimas páginas, claro.

Me dio a elegir: «O la crítica de la película o de la novela».

Elegí la segunda. Tenía serios problemas para rematarla.

Úrsula aprovechó su abrazo para meterme en el bolsillo un sobre con cinco de las fotos que nos hicimos cuando visitamos a Hugo.

Por la fuerza con que me abrazó, supe que le había convencido la versión.

Nunca fue de dorarme la píldora, quizá porque intuía que, en ese terreno, mi ego estaba servido.

Iba acompañada de Darío y Joan, que había viajado esa semana a visitarla.

Pretendían reconducir su relación, una segunda oportunidad con visos de prosperar.

A Darío lo tenía más visto. Lo contraté para que modernizara mi página web y, en menos de un mes, multiplicó por diez mis seguidores en redes.

También consiguió los derechos del vídeo de mi palizón y monetizó sus visualizaciones, casi dieciséis millones.

Ya había recibido un primer ingreso de dos mil euros que doné a asociaciones sin ánimo de lucro.

Incluso sacaron un tema «reguetonero» que amenazaba con auparse en canción del verano, con un estribillo que decía: «Te voy a dar un pali-pali-zón-zón».

Ojalá supiera música para transcribir su horrible melodía.

Tras cinco meses sin vernos, ni la muerte repentina de Angelita pudo eclipsar el cotilleo estrella de la noche.

Salvador y María estaban juntos. Inverosímil para cualquiera menos para ellos.

Bueno, para ellos también. Por supuesto, eligieron el preestreno para declarar su amor.

María conocía el mecanismo a la perfección y no iba a consentir que nadie arruinara la exclusiva.

Bajó de la limusina elevando la barbilla en modo triunfal y, acto seguido, Salvador, alzando su pulgar con una amplia sonrisa.

Cómo detesto el gestito del pulgar. Llegaron y se fueron de la mano.

Eso sí, durante el cóctel, Salvador visitó el cuarto de baño como si tuviera la próstata de un octogenario.

Eso sí, acompañado de tres maromos distintos. Una afición convertida en costumbre.

Yo también tenía mi sorpresa preparada y la habría destapado de no ser por lo poco que le gustan los circos a Pablo.

Nuestra relación arrancó de forma discreta, quedando una tarde a pasear.

Se mostró infinitamente más tímido que en el rodaje.

Lo mismo que yo, pero sin disimular. Prefería escuchar, aunque su discurso era interesante y no imponía argumentos.

Me empecé a fijar en su físico mucho después de lo que en mí era habitual y nunca pensé que una clavícula pudiera resultarme sexy .

Estaba relajado, lejos de excentricidades o terremotos informativos.

No es por falta de aceptación, solo me estoy haciendo viejo.

A pesar de que nos separaban quince años, procurábamos disimular: yo no mencionaba mi dolor de espalda y él no me atosigaba con salir a correr.

Durante toda la noche, se mantuvo en un segundo plano por voluntad propia para evitar habladurías.

Era un gran avance, o al menos así me lo recalcaba Conchita.

Veremos cómo se toma que reproduzca nuestros diálogos en la novela que espero publicar a finales de año.

Igual Pablo tampoco acepta que le nombre en un libro de tirada nacional.

El caso es que me siento bien con él, aunque, a nivel sexual, el ritmo lo marquen mis traumas en proceso de sanación.

A la una de la madrugaba solo quedaban borrachos sociales y los que no trabajábamos al día siguiente.

Insistí a Pablo para que durmiera en casa, pero se negó.

Entre lo pronto que debía levantarse para cuidar de su sobrina (ahora también mi sobrina) y lo tarde que iba a acostarme contestando mensajes, no íbamos a dormir tranquilos, según sus palabras.

Se me olvidaba, su independencia también me atraía.

Así que invité a Águeda a cenar pizza congelada y comentar las jugadas polémicas.

Eché en falta a Mariano, inmerso en su ansiada gira teatral con la compañía Bestiario .

Tuvieron tanto éxito que firmaron contrato por Latinoamérica.

Por lo menos allí le saldría caro llamar a su amor platónico.