33
No tenía planeado que Conchita me hipnotizara, no estaba entre las titulaciones que adornaban su sala de espera.
Nunca creí en el hipnotismo, en parte por cómo lo mostró la televisión en los noventa, a medio camino entre el espectáculo y el esperpento.
Aun así, no tuve opción. En una habitación oscura contigua a su despacho, encendió un par de velas con olor a naranja y bergamota, dispuesta a demostrar sus cuestionables dones.
Resultaba tan previsible que ya planeaba buscar otra especialista.
Con su móvil, abrió la aplicación «pendulums and dreams» y sonó una especie de metrónomo eléctrico.
«Este ritmo te irá bien», aseguró Conchita.
Colocó la pantalla delante de mí y me instó a que siguiera la bolita blanca.
«Falta musiquita», pensé despectivamente.
Dicho y hecho, darbukas de fondo. Parecía que estaba conectada a mi cerebro.
—Céntrate en la bola. Vamos a intentar llegar hasta el final.
—¿Cómo?
—Tú relájate. Respira profundo. Eso es, alarga la respiración.
Otra vez. Bien… Limítate a dejar la mente en blanco.
No hay nada que te inquiete ni pueda hacerte daño…
Ahora focaliza a tu padre en el último día que pasasteis juntos.
Jugabas a ser un aprendiz de detective… Tus párpados se vuelven pesados…
No conseguía dormirme. Mi insomnio estaba muy enquistado.
Imposible, impo… Sorteé una neblina que proyectaba recuerdos desordenados, la mayoría agradables, representativos de una vida digna.
La niebla se volvió densa y, con ella, los recuerdos, concentrados y suspendidos como aquellas diminutas gotas de agua líquida.
Un espacio onírico tan poco acogedor que me negaba a transitarlo, aunque fuera por un instante.
—Señor Wilson, la víctima se clavó el cuchillo con la mano derecha, pero el bolígrafo lo dejó al lado izquierdo de la carta.
—¿Y qué? No entiendo lo que quiere decirme.
—Mi querido aprendiz, la víctima era zurda. Alguien la obligó a escribir la carta y luego la asesinó.
—Ostras, papá, no había caído en ese detalle.
—Los detalles son importantes en estas situaciones.
—Soy estúpido, debería haberme dado cuenta.
—Solo estás despistado. Tus hormonas están alteradas, es normal.
—Y encima me convertiré en un monstruo lleno de granos.
—Te estás transformando en un hombre. Tu espalda está ensanchando, y tu voz es cada día un poco más grave.
—Pues eso, feo y deforme. No quiero jugar más a esto. No sirvo, no quiero ser actor.
—Qué tontería. Vas a ser actor y uno de los mejores, además.
—¡Deja de engañarme, es tu sueño, no el mío!
—¿Cómo puedes decir que yo te engaño? Me decepcionas, Víctor.
—Pues por eso. Mejor dejarlo y así no te decepcionaré.
—Víctor, la frustración forma parte del proceso. Estás muy tenso, tienes el cuello rígido. Te daré un masaje para que te relajes.
—Déjalo, papá. Mañana haré deporte.
—Hazme caso, te ayudará. Espera, voy a quitarme la camisa, estaré más cómodo.
—Papá, tu pantalón…
—Es normal. Ocurre cuando nos ponemos contentos. A ti ya te ha pasado, ¿a que sí?
—Alguna vez.
—¿Y cómo lo has solucionado?
—Me froto rápido hasta que se me pasa.
—Pero ¿a que te da gustito?
—Sí.
—Pues a mí me pasa lo mismo. Mira, tócala.
—Pero…
—Tócala, vamos. Eso es… ¿Lo ves? Se pone dura y grande. Dentro de poco la tuya también estará así. ¿Puedo tocarla?
—Vale.
—Todavía está blandita y pequeña.
—¿Eso significa que no estoy contento?
—No, solo necesitas ayuda. Quítate la camiseta, hace mucho calor.
—Yo no tengo calor.
—Pero lo vas a tener. Venga, yo me quito también los pantalones. Esto será un secreto entre tú y yo. Nadie más lo puede saber. ¿Entendido?
—Sí.
—Ven, túmbate en la cama, que de pie no se dan bien los masajes…
—¿Víctor, Víctor?… ¡Víctor!
Tardé en despertarme para evitar enfrentarme a la siguiente fase.
Conchita me observaba preocupada, apuntando en su libreta frases que parecían importantes.
Entre hiperventilaciones y sudores fríos, conseguí llegar al final de mi sueño, aunque el desenlace siguiera difuso.
No para Conchita, segura de haber atado cabos sueltos.
Suspiré, y tras ese suspiro vino otro, después otro y otro, hasta que me puse a llorar.
Llegaron antes las lágrimas que la tristeza.
Mi cuerpo me dejaba atrás, quizá en venganza por haberlo traicionado.
Fueron quince minutos de un llanto incontrolable y nada reparador.
A ratos se hacía presente una ira superlativa con la que hubiera destrozado el despacho entero.
Limitarla a unos cuantos puñetazos al diván fue un acto de solidaridad que nunca se me agradecería.
No tengo claro quién era el receptor de mis golpes, si mi padre, la sociedad al completo o yo mismo, por no reaccionar ante un daño irreparable.
Conchita me ofreció un tranquilizante y un vaso de agua, pero los tiré de un manotazo.
No quería drogas que aplacaran aquel infierno.
Debía quemarme a lo bonzo para quedar reducido a cenizas.
Conchita lo comprendió y me dio la mano, un gesto más tranquilizador que cualquier pastilla.
Con la otra cogió el teléfono y anuló el resto de visitas. Perdió bastante dinero aquella tarde.
Poco a poco recuperé la calma, aunque una parte de mí se negara a verificar aquel sueño.
Conchita se encargó de reconducirme, en esa infatigable búsqueda de equilibrio dentro de su duda metódica.
Me informó que existían casos de pacientes que inventaban hechos que cuadraran con su caos o, dicho de otra manera, buscar culpables que generen respuestas y, de paso, nos eximan de responsabilidades.
Pero de ser cierto el abuso sexual por parte de mi padre, sería una razón plausible para desencadenar mi bloqueo hacia el mundo masculino. Una disociación de manual.
La prudencia artificial de Conchita me empujó a asumir ese desenlace.
¿Ocurrió así, no quedaba otra opción? Dentro del binomio víctima-verdugo, siempre consideré que la víctima podría haber evitado su suerte.
Y, sin embargo, me sentía como el damnificado mayor del reino, demandando que el universo entero se detuviera a consolarme.
Y lo peor era admitir que, a raíz del fallecimiento de mi padre, desarrollé un sentimiento de culpa que provocó mi empecinamiento con ser un gran actor como él.
Lo que fuera con tal de no defraudarlo. Dos horas de disertación resumidas en un párrafo.
Conchita, consciente de que se tambaleaban mis cimientos, reaccionó:
—Víctor, lo que te ha ocurrido es muy delicado y debes darte treguas.
—Es que no entiendo por qué reaccionó así. Antes nunca había intentado nada similar. Confiaba en él, le quería, mucho. Era mi referente. Algo tuvo que torcerse, tanto como para cometer esa atrocidad. En aquella época le costaba conseguir trabajo. Estaría agobiado y lo pagó conmigo.
—¿Hace falta que hagamos una lista de posibles reacciones ante el agobio y que no implican un abuso sexual, Víctor?
—Es que no me cuadra. Y mi madre sin enterarse de nada, qué pena.
—Sé que es difícil de encajar, Víctor, pero no puedes ni justificarlo ni culpabilizarte. Tú no eres el responsable, nunca lo has sido, en ninguno de los escenarios. Sus motivos son totalmente ajenos a ti y por desgracia nunca los sabrás.
—Y, entonces, ¿qué me propones para salir de este bucle?
—Ya has empezado. Lo importante es que hemos llegado a un porqué primario, de los que ayudan a entender.
Es un gran avance. Ahora hay que centrarse en sanar una herida con muchos puntos de fuga, para que puedas desarrollar esa bisexualidad que te ha tenido en jaque.
Lo más difícil ha pasado, aunque regresen las inseguridades, los miedos. Nunca creí en los milagros.
—Yo tampoco. Tengo tanto acumulado que no sé por dónde empezar.
—De momento, trabajaremos el posible doble duelo al que te enfrentas, el de tu padre y el de Hugo. ¿Entiendes la decisión de tu amigo?
—Claro, ¿quién está dispuesto a iniciar una relación treinta años después? No deja de ser otra muestra de lo desesperado que estoy.
—Cosas más raras se han visto. ¿Y ahora qué vas a hacer?
—Descansar, en el amplio sentido de la palabra. Del rodaje, de mi pasado, de mis secretos y mentiras…
—Hablando de mentiras, en la anterior sesión me comentaste que, entre lo que me habías contado en los escritos, existían detalles que no eran ciertos.
—Así es.
—Pero lo de Hugo y Úrsula es verdad, ¿no?
—Sí, sí. Habría sido un delito que mintiera en esa parte.
—¿Entonces?
—Digamos que algún personaje ha salido directo de mi imaginario. Habría estado bien encontrar un apoyo en los últimos años.
—Pero tú lo has tenido. Águeda ha estado a tu… —dijo una Conchita petrificada—. ¿Águeda?, ¿en serio?
—Sí. Por desgracia solo existe en mi imaginación. De pequeño la bauticé como doña «A». Cumplió la función de hermana menor durante una temporada. Ser hijo único tiene ventajas, pero también inconvenientes. Solo la he rescatado y la he obligado a madurar, de ficción a ficción.
—Entonces, ¿nunca cuidó de tu madre?
—La que cuidaba a mi madre se llamaba Paquita, una obesa mórbida sin empatía y con tres hijos igual de gordos que ella. Desapareció el primer mes que no pude pagarla, aunque se lo cobró en especias. Fue ella la que se llevó mi lámina de Picasso. Así que no, nunca hubo ninguna Águeda.
—Y claro, tampoco te acompañó a enterrar a tu madre…
—No, fuimos Braulio y yo solos. Mi madre tuvo un funeral tradicional. En su pueblo, sí, pero ahí acaba la anécdota. Ya te dije que mi madre se había convertido en alguien previsible, convencional.
—No es nada malo ser convencional.
—Cierto, es solo que pensé que a mi novela le iría bien una parte intermedia de suspense, porque lo de Ramón, bueno, Norberto, ha ocurrido casi al final. Eso es verdad, pero tampoco es para tirar cohetes.
—No deberías haberme mentido. Si estaba tranquila con tu caso, era porque sabía que tenías apoyos, y Águeda era una pieza fundamental.
—No nos engañemos, Conchita. Un actor en la ruina, narcotizado y con un trastorno disociativo no es buen reclamo para nadie. Y en mi caso, no habría soportado que estuvieran a mi lado por pena o porque se engancharan a mis problemas para sentirse útiles.
—Bueno, yo intento ayudarte y eso me hace sentir útil.
—Ya, pero a ti, además de lo vocacional, te mueve un interés económico y no estás enganchada a mi problema.
—Después de lo acontecido, igual sí. Lo que te puedo asegurar es que has sido muy bestia. Te empeñas en remarcar lo cobarde que eres, cuando en el fondo tu valentía roza la insensatez. Así que, prueba con otro adjetivo que te defina mejor ahora que vas a tener tiempo libre.
—Espero que no mucho, no soportaría otro parón. Ayer contactó conmigo la revista Fotogramas para hacerme un reportaje. Tres páginas me van a dedicar. «La catarsis Zimmerman», se titulará.
—Enhorabuena, te va que ni pintado. Una última pregunta. ¿Qué es lo que más te gustaba de tu amiga imaginaria para que tenga tanto peso en los escritos? Mejor dicho, en tu novela.
—Águeda representa a esa persona que, aun con sus taras, me hubiera gustado encontrarme por el camino, mi doña «A». Todo habría sido un poco más sencillo, además de renovar mi fe en el ser humano. De sus cualidades, me quedo con su incondicionalidad, su altruismo casi…
—¿Maternal?
—Sí…, supongo que fabriqué un relevo natural de mi madre, mi recurso a la desesperada para no dejarla morir. Por eso no puedo prescindir de Águeda, al menos hasta que termine la novela.
—Entonces dale un buen final.
—Igual me decanto por un final abierto, de esos que no convencen a nadie. O quizá debería centrarme en conseguir un buen final para mí.
—No es mala idea. Te veo la semana que viene y, si necesitas ayuda, mi teléfono está de guardia las veinticuatro horas.
—De acuerdo. Gracias.
—Oye, nuestras conversaciones no las publicarás, ¿verdad?
—Pensaba hacerlo, pero no te preocupes. Cambiaría casi todo. Te convertiría en una psiquiatra directa, hiperocupada y que haga muchas preguntas por teléfono. También puedo decir que descubriste lo de mi padre a través de una sesión de hipnosis.
—Suena poco creíble.
—Ya, pero llegar a la consulta contando que una secuencia de sexo con mi hijastro Sebastián desató el recuerdo real de mi abuso… no tiene mordiente. Ah, y te cambiaré el nombre. ¿Alguna propuesta?
—Hum, mi abuela se llamaba Concepción, pero prefería que la llamáramos Conchita.
—¿Qué es lo que más te gustaba de tu abuela?
—Lo convencional que era.
—Ah, pues no se hable más. Conchita.