La catarsis Zimmerman 33 #2
94%

33 #2

Era viernes. Avisé en la residencia que iría a recoger a mi padrastro.

No recordaba mi desplante, pero su cuerpo llevaba un mes sin su dosis semanal de bocadillo de chorizo.

En el trayecto de la clínica a mi casa, se metió entre pecho y espalda los dos que le preparé.

Al bajar de la ambulancia, Darío me esperaba en la puerta.

Traía novedades. Me reclamó los trescientos euros pactados, asegurándome que no me arrepentiría de la información.

Según sus averiguaciones, Ramón «el extorsionador» se llamaba en realidad Norberto Pérez Portalatín.

Efectivamente, era guarda de seguridad, pero no de una empresa textil, sino de una fábrica de jamones en Tarancón.

La investigación de Darío se centró en la deuda que mantenía con Hacienda y, eureka: el negocio por el que se le reclamaba dinero estaba relacionado con el Cariñitos, un bar de carretera donde cinco mujeres lituanas ejercían la prostitución.

Darío, en un alarde de investigación periodística, contactó con una de las chicas, reconociendo que su jefe las explotaba y que, a pesar de que Norberto se embolsaba el setenta por ciento del servicio sexual, cobraban lo suficiente para vivir tranquilas.

Un delito demasiado grave para acusar sin pruebas.

Entonces encendió el ordenador y, de una de las carpetas, reprodujo un vídeo.

Había conseguido acceder al circuito interno de las cámaras de seguridad del local, donde se mostraba su prolífica actividad nocturna, así como los cobros en negro a las trabajadoras por parte de aquel proxeneta.

Lo que se estaba perdiendo el servicio de inteligencia con este chico.

Me aseguró que no había dejado rastro y me pidió permiso para mandarle un correo electrónico desde una dirección falsa con toda la información y con el siguiente mensaje: «Ahora yo sé más de ti que tú de mí.

Búscate a otro al que chantajear». Y, para colmo, utilizó de firma mi nick en la plataforma de citas, Floren-caliente.

Estaba ante un genio o un psicópata. De cualquier forma, el dinero estaba bien amortizado.

Sería nuestro primer secreto como padrastro e hijastro.

Me vine arriba y preparé una cena improvisada de celebración.

Invité a Águeda y, aprovechando que Darío estaba en casa, también a Úrsula.

Del equipo, solo se apuntaron Lourditas y Pablo.

Intenté convencer a Leo para practicar mis dotes celestinescas, pero su adicción al trabajo era un hándicap insalvable.

Gerard y Luisa también declinaron mi invitación.

Habría estado bien agradecerles en directo los tejemanejes que llevaron a mi costa.

La velada transcurría apacible. Algunas de las personas que más quería estaban en esa mesa.

Braulio se comportaba, aunque era reacio a tomarse sus pastillas para dormir, por si al cerrar los ojos despertaba de nuevo en la residencia.

Se ofreció a partir el melón que trajo Lourditas de postre y, a pesar del riesgo por manejo de cuchillo, no pudimos negarnos.

Se fue a la cocina con la ilusión de un niño pequeño y Darío se levantó antes de terminar, como de costumbre, rumbo a la que ya consideraba su habitación.

En mitad del trasiego, llamaron a la puerta y Úrsula acudió a abrir.

Supuse que sería Luisa, que no descartó pasarse si terminaba pronto su polvo pautado con el pizzero.

Lo siguiente que escuchamos fue un chillido y un trastazo.

Nos pusimos en alerta y, al salir al pasillo, descubrimos el pastel.

Ramón, o mejor dicho, Norberto, había entrado en casa, empujando a Úrsula contra la pared y tirando los cuadros de renos que tanto detestaba.

Llevaba una pistola y, por su actitud, sería capaz de usarla.

Darío seguía en su habitación, ajeno al mundo con sus cascos, como si lo viera.

Norberto me advirtió que no le importaba ir a la cárcel, ya fuera por publicar el vídeo porno o por dispararme en el pecho, que no tenía nada que perder.

Evidentemente, su presencia en mi casa indicaba lo contrario.

Nos exigió que dejáramos los móviles en el suelo.

Daba órdenes con la contundencia de un profesional.

Luego obligó a Pablo, Águeda y Lourditas a meterse en el baño.

Los tres obedecieron sin rechistar, aparcando sus temperamentos para situaciones menos tensas.

Me reclamó todo el material que le había mandado y, por supuesto, el ordenador para asegurarse de que no hubiera copias.

«Darío, no salgas», me repetía. Entré atosigado al salón para cogerlo.

«¡Date prisa!», gritó enfurecido. Perdí la cuenta de las veces que me llamó maricón de mierda.

Encendí el ordenador y me metí en mi correo, pero no recordaba la contraseña.

Igual me influyó que me apuntara con una pistola.

De repente, se oyó un ruido metálico. Entonces apareció Braulio con dos llaves grifa y con una cara de perturbado que me hizo pensar que empezaba a acumular enfermedades mentales.

Norberto, desquiciado, vociferaba sin filtro.

Braulio obvió sus amenazas y empezó a entrechocar las llaves con mayor frecuencia.

Me temía lo peor. «Qué forma de morir tan absurda, muera quien muera», pensé.

Para nuestra sorpresa, la cara del quinqui palideció, un trasvase de miedo repentino.

Braulio se acercaba a él despacio y Norberto retrocedía, perdía terreno.

«Dile al viejo que pare». Lo intenté, pero ni caso.

Braulio se abalanzó sobre Norberto que, al recular, dio un traspiés y cayó al suelo, lanzando la pistola unos metros.

Úrsula, que observaba por una rendija del baño, salió disparada a cogerla.

Para rematar, Braulio se montó encima de Norberto y clavó las llaves al lado de sus sienes.

Cuando llegó la policía local, se toparon con dos mujeres con una pistola, un anciano intimidando con herramientas a un hombre, otro hombre metido en un cuarto de baño y a mí forcejeando con el de las herramientas.

Como costaba averiguar quién era el delincuente, Úrsula se apresuró a delatar al culpable.

A Braulio tuvieron que apartarlo por la fuerza, no sin antes comprobar que se había cagado encima de Ramón-Norberto.

Todavía me da la risa cuando pienso en esa imagen.

Mientras lo esposaban, me amenazó con sacar el vídeo porno a la luz.

Se delató él solito. En cuanto los policías se lo llevaron, se abrió la puerta de la habitación de Darío, que fue el que marcó el 091.

Úrsula, sospechando de nuestras maquinaciones, nos preguntó si lo ocurrido tenía que ver con nuestra quedada, y yo, pese a nuestro acuerdo de sinceridad, no dudé en mentirle, porque hay juramentos que prevalecen sobre otros.

Así concluyó nuestra particular odisea. Águeda estaba como si nada.

«En peores plazas hemos toreado», soltó.

A Braulio lo duchamos y disolvimos el somnífero en la pulpa de una raja de melón, cayendo rendido en cuestión de minutos.

Calculamos que Norberto se enfrentaría a unos siete años de prisión que se quedarían en tres o cuatro, periodo en el que debería hincharme a aceptar proyectos, no fuera a ser que al liberarse tomara represalias y sacara a la luz mis miserias pornográficas.

Úrsula me acompañó a interponer la denuncia, enterándose de la historia conforme declaraba.

Insistió en dormir conmigo, por si soltaban al delincuente y regresaba.

No hizo falta porque, junto a Águeda, nos dieron las ocho de la mañana entre elucubraciones macabras y planes a medio plazo.

Una noche de pijamas atípica. Águeda llegó a expresar que lo que le chiflaba de nuestra relación era que, cada cierto tiempo, tenía posibilidades de morir, ya fuera enterrada o tiroteada.

Úrsula, con alguna copa de más, fue la primera en dormirse y sí, seguía atrayéndome su belleza.

Me alegraba que los últimos acontecimientos no hubieran dañado la esencia.

Podría ser un síntoma de madurez o de locura. En ambos casos merecía la pena.