La catarsis Zimmerman 33
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El rodaje llegaba a su fin, un cansancio que mitigábamos con bromas forzadas y gominolas.

Se preparaba una secuencia trascendental, de las que te encumbran o te hunden como actor.

Gerard, consciente de jugárselo todo a una carta, mezclaba castellano y francés más que nunca.

María alternaba entre anestesiarnos con sus neuras y perseguir a Salvador.

Decidí obviar lo de las fotos de mi supuesto romance.

No podía permitirme vetos de actores resentidos.

Salvador me evitaba o yo le evitaba a él, no podría concretarlo.

Seguro que le excitaba que le ninguneara, aunque no lo hiciese adrede.

La impronta de la visita a Hugo estaba tan reciente que, en la comparativa, Salvador perdía por goleada.

Águeda hacía virguerías para quitarle brillos a Mariano, que sudaba a borbotones en pleno síndrome de abstinencia por no poder contactar con su amor platónico de juventud.

La que nunca desarrollaría síndrome alguno era Ángela, que se mantuvo encocada hasta el último día.

Eso sí, sus pupilas dilatadas subrayaban la indignación contenida de su personaje.

Igual hasta la nominan al Goya, alegando «una transformación verosímil e inquietante», que tiene narices.

Pablo seguía transmitiendo esa paz propia de quien tiene el ego en su sitio.

Era la última vez que me daba ánimos, mi última intervención.

Prevenidos para otro plano secuencia que marcaría el destino de la película. Ojalá haberla podido rodar con Úrsula y Hugo y ojalá no haber abierto ese cajón. Así no sentiría un afán irrefrenable por cuidarlo… Acción.

SENÉN

¿Qué piensas hacer?

CATALINA

Lo mejor será no airear los trapos sucios. No estoy dispuesta a que se me siga estigmatizando.

SENÉN

Sé que es difícil, pero podríamos volver a intentarlo.

CATALINA

Imposible. Has convertido nuestro hogar en un infierno.

SENÉN

Necesito salir de aquí. Iré un rato a pescar, solo.

SENÉN entra en su habitación mientras su mujer y su hijastro discuten.

Aturdido y ansioso, se sienta en la cama y se cubre la cara con sus manos.

Segundos después, se oye un portazo y se hace el silencio.

SENÉN se levanta, coge la caña que está detrás de la puerta y sale.

No hay nadie en el salón, lo que le extraña profundamente.

Fuera escucha voces. Se acerca a la puerta de entrada y descubre a una pareja de guardias civiles que esperan junto a CATALINA, SEBASTIÁN, FELIPE, JACINTA y varios padres de alumnos de la escuela.

SENÉN, extremadamente nervioso, pretende salir por la puerta de atrás, pero también está vigilada por otro guardia.

GUARDIA VICIL 1

¿Senén Juárez?

SENÉN sale fuera de la casa.

SENÉN

Sí, ¿qué ocurre?

GUARDIA CIVIL 2

Tiene que acompañarnos.

SENÉN

¿Por qué?

GUARDIA CIVIL 2

Se le acusa de abusar de su sobrino Sebastián.

SENÉN

¿Qué? Eso no es cierto.

GUARDIA CIVIL 1

Su mujer lo ha reconocido y tenemos pruebas que lo demuestran.

PADRE 1

Sepa Dios lo que les haya hecho a nuestros hijos.

JACINTA

Sí, porque a su mujer le hacía poco.

SENÉN Los trapos sucios en casa, ¿verdad? A lo mejor les interesa saber que Sebastián no es sobrino de mi mujer, sino su hijo.

Los guardias se miran, estupefactos.

FELIPE

Perro desgraciado.

JACINTA

Además de depravado, chivato.

GUARDIA CIVIL 2

Acompáñenos.

SENÉN

Sebastián, di la verdad.

SEBASTIÁN Me amenazaba con hacer daño a mi madre si no accedía a sus deseos.

SENÉN ¿Cómo puedes decir eso? Mírame.

SEBASTIÁN agacha la cabeza.

El GUARDIA CIVIL 1 coge del brazo a

SENÉN para llevárselo.

SENÉN Suéltame, no tenéis derecho a hacer esto. No he hecho nada malo.

GUARDIA CIVIL 2 ¿Te parece poco ser un bujarra?

SENÉN

Solo soy culpable de enamorarme de una persona y, aun así, intenté contenerme. Sois unos cínicos. Con una mano os santiguáis en la iglesia y con la otra apretáis el gatillo. Dais asco. Sois vosotros los que deberíais ser perseguidos.

El GUARDIA CIVIL 2 mete varios puñetazos a SENÉN en el estómago y cae arrodillado al suelo. CATALINA mira hacia otro lado.

GUARDIA CIVIL 2

Siento que hayan tenido que presenciar esto. Ahora intenten rehacer su vida y, Catalina, si es verdad que es su hijo, procure que nadie se entere. Bastante tiene con lo que tiene.

CATALINA

No tengo nada, me lo habéis quitado todo.

GUARDIA CIVIL 1

En su caso, no va a perder mucho.

El GUARDIA CIVIL 1 obliga a levantarse a SENÉN y, junto a su compañero, se alejan de la casa.

CATALINA

¿Dónde lo lleváis? No quiero que le pase nada malo.

GUARDIA CIVIL 1

No se preocupe, señora, estará bien. Con Dios.

SENÉN y los GUARDIAS CIVILES desaparecen entre la arboleda. FELIPE se acerca a SEBASTIÁN y le susurra al oído.

FELIPE

Has hecho lo correcto.

SEBASTIÁN se aparta y se acerca a su madre, bastante afectado.

FELIPE

Alegrad la cara. Ese desgraciado está lleno de pecado.

CATALINA

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Cuando CATALINA se dispone a entrar en la casa, escucha dos disparos. SEBASTIÁN rompe a llorar. CATALINA lanza un grito desgarrador y corre en dirección a la arboleda. FELIPE detiene a su hermana, que empieza a darle puñetazos en el pecho.

Gerard nos hizo repetir dos veces la toma, más por sus problemas de visión que por estar descontento con el resultado. Se negaba a airearlo en público y yo tampoco lo hubiera hecho. Tendemos a la condescendencia con quien sufre calamidades.

Era mi última secuencia y deseaba que pronto vinieran otras.

No podía permitirme otro parón de tres años.

Me despidieron con vítores. No pretendía que valoraran mi funambulismo existencial, aunque fuera esa cualidad lo que mereciera una gran ovación.

Me conformaba con que admiraran mi capacidad para transmitir, ser una versión mejorada de mi padre.

Me regalaron un ramo de rosas y, cuando lo elevé en señal de triunfo, me clavé sus espinas en la mano. Soy imbécil.

Al equipo aún le quedaba un plano. María, Salvador y Mariano ensayaban cambios de última hora mientras Águeda me curaba los pinchazos.

Tenía a Hugo presente, más que nunca. Lo que hubiese dado por compartir rodaje con él, da igual en qué espacio y tiempo.

Todavía recuerdo la cara de don Amador al enterarse de que su alumno tartamudo ocuparía el puesto que dejaba Hugo.

De hecho, no pasó por ese aro. A dos semanas del estreno, convenció a su sobrino Ángel para representar el papel de Sebastián (o al menos él dijo que era su sobrino).

Sin ser un animal escénico, resolvió la papeleta con solvencia.

Seguía sublimando a Hugo pese a conocer sus intenciones, que ya tiene delito.

Es curioso, pensé que ahondar en lo masculino me reportaría ilusiones nuevas, que destapar lo enterrado serviría para invertir procesos.

No asimilé el consejo tan manoseado en reuniones de autoayuda, ese que promueve que, para avanzar en la vida, uno debe estar conforme consigo mismo.

Todos aplaudieron. La secuencia concluyó y con ella dos meses de trabajo electrizante.

Se estableció entonces un juego de miradas complejo.

Águeda seguía a Angelita, Angelita a María, María a Salvador, Salvador a mí y yo me centré en disfrutar de la cara de satisfacción de Gerard.

Ah, y Mariano a su móvil, rompiendo con las directrices de su terapia.

Los técnicos acorralaron a Gerard y empezaron a mantearlo.

Volaba por los aires con su enfermedad degenerativa, su diabetes y su autoexigencia.

María y Angelita desaparecieron juntas, puede que a retomar viejas costumbres o a despedazar a quien no hubiera caído en sus redes.

En cuanto Gerard se recompuso del vapuleo, se acercó:

—Víctor, se acabó. Has hecho un trabajo excepcional. Gracias.

—Gracias a ti por confiar en mí, aunque nunca entenderé qué fue lo que te convenció. Lo de aquel programa de televisión fue una aberración.

—¿Qué programa? Yo no veo la televisión. Es mi secreto para mantener la mente lúcida.

—¿Entonces?

—Digamos que tienes buenas amigas que confían en tu talento.

—¿Quién? ¿Luisa?

—Sí. Esa mujer es buena estratega. Me dijo que la película o te ayudaba o te destruía, pero que yo saldría ganando. Y ha acertado de lleno.

—Esto es de locos.

—Prometí no decírtelo, pero no me resigno a que pienses que consumo programas del corazón.

Me despedí de Gerard intuyendo que sería su última película.

Me conformaba con que le reportase beneficios para vivir sin quebraderos de cabeza el resto de sus días.

Mientras le abrazaba, Salvador le apretó un morreo antológico a uno de los técnicos que solo me provocó indiferencia.

Mi luto particular me protegía de escarmientos.

Pablo se acercó para darme las gracias y se encontró con un agradecimiento mayor por mi parte.

Fue la despedida más sincera, quizá la única.