32 #3
Finalizada nuestra improvisación, aplaudimos y celebramos que recordábamos el texto, que nos recordábamos.
Se acercaba la hora de regresar a Madrid.
Hugo insistió para que pasáramos la noche allí, pero al día siguiente debía afrontar la misma secuencia con la que acabábamos de juguetear.
Cierto que las ojeras le vendrían bien a un Senén acorralado por los miembros de su nueva familia, pero solo pensar en contratiempos o en los bufidos de Gerard si la secuencia no le convencía, se me quitaban las ganas.
Hugo no ocultó su decepción. Con independencia de su modo de vida ermitaño, supongo que agradecía la compañía de seres humanos.
Úrsula se despidió de Hugo sin alharacas y se apresuró hacia el coche para dejarnos solos de nuevo.
Yo me abracé a él con una contención que deseché durante el propio abrazo, que no percibiera que conocía su enfermedad.
Me era imposible mostrar arrepentimiento en un solo gesto, así que los evité todos y elegí meter la pata.
—¿Sería posible retomar nuestra relación desde donde lo dejamos?
—Suena bien, pero no estamos en el mismo punto, Víctor.
—Vaya, siempre llego tarde.
—No es tarde. Yo solo soy el último peldaño en el que te quedaste. Te deseo mucha suerte con tus proyectos y con tu nueva vida.
—Gracias. Espero que mi final sea más indulgente que el de la película.
—Los finales agridulces son los mejores. Anda, vete, que empieza a refrescar.
—Luego te mando las fotos que nos hemos hecho. Y coloca alguna en la casa, para que nos recuerdes. Se te quiere mucho.
Y regresé al coche, arrepentido de soltar afirmaciones impersonales, que a la postre es el modo más cobarde de mostrar nuestros sentimientos.
¿Se te quiere?, ¿por qué me erigía en portavoz de otros?
Una sensación de fracaso me poseyó como un diablo esperanzado en huir de las tinieblas y eso que fui el que tomó la iniciativa.
Me prometí volver a visitarlo cuando ya no esperara nada de él. Probablemente en otros treinta años.
Nada más entrar al coche, abrí la ventanilla.
Úrsula fumaba como un personaje de cine negro y presa de una histeria que había ocultado a la perfección.
Mi versión de niño caprichoso le pidió que arrancara.
No se habían cumplido mis expectativas, por improbables que fueran.
Úrsula me ignoró y abrió la guantera del coche.
Dentro, una hoja amarillenta con un dibujo mío de joven, aunque la técnica al carboncillo envejece a cualquiera.
Sin dar más explicaciones, supe lo que nos traíamos entre manos.
Por detrás, la dichosa carta que Hugo me escribió para empujarme a dar un paso que nunca di. La prueba del delito.
Mientras la leía, un orbayu persistente comenzó a envolvernos.
A veces, la meteorología se mimetiza con nuestras emociones, aunque no descarto que se burle de nosotros.
Lo que me temía, la carta era toda una declaración de intenciones, además de un retrato preciso de mi personalidad.
Úrsula tuvo la deferencia de respetar mi prolongado silencio.
No intentaba asimilar nada, solo me dejé llevar por la tristeza que arrastraba meses, años, quizá la vida entera, y empecé a llorar.
Qué gusto, llorar. Por todo y nada en concreto.
Me aferré a la imagen de mi madre, que regresaba para consolarme.
También la de mi padre, provocándome una furia que nunca había experimentado.
Aun así, Úrsula se hizo responsable de mi llanto:
—No debiste dejarme hacer tu maleta. Fue duro averiguar que eras tú el objetivo y no yo. Quise decírtelo, muchas veces, pero tú no dudaste y mi sexto sentido estaba atrofiado. Tampoco podía soportar la idea de perderte. Lo siento.
—Tranquila, el debate interno era solo mío.
He sido mi peor enemigo. Ojalá hubiera descifrado antes los mensajes de D.
Amador. Hubiera preferido conocer su existencia, no te voy a engañar, pero hace treinta años mi capacidad analítica era similar a la de una ameba.
La carta no habría cambiado nada. De hecho, sigue sin hacerlo.
Úrsula arrancó el coche para soltar la culpa por el tubo de escape. Al alejarnos, cerré los ojos y mi imaginación se encargó de continuar la escena con una Úrsula que me empujaba a no repetir errores.
—Eso lo puedes solucionar. Tu personaje busca predicados, ¿no? Pues yo te daré uno: Víctor Zimmerman bajó del coche, corrió hacia su amigo Hugo y se fundieron en un beso capaz de superar cada impedimento.
—Sí, es un predicado muy completo.
Obedecí. Salí destartalado del coche y arranqué a correr ante la mirada sorpresiva de Hugo.
Me sentía más joven a cada zancada, como si el devenir del tiempo me otorgara la tregua que no concede jamás.
A la altura de Hugo, mi transformación se había completado.
Con un ímpetu adolescente, me lancé a dar un beso de los que invitan a la euforia.
Hugo me correspondió, tan joven como yo, retorciéndonos para encajar nuestras mandíbulas.
Un beso en mitad de la lluvia, el que debí dar hace tres décadas.
Volvía a pasar ese tren que solo da una oportunidad.
Así debería haber sido la última secuencia, la última página.
El frenazo de Úrsula me devolvió a la realidad, en concreto, al cruce con la carretera comarcal, rumbo a un Madrid que no nos esperaba.
Por delante, un trayecto donde debía llegar a conclusiones beneficiosas para mantener nuestra amistad.
Le propuse estar cerca de Darío, actuar como el padre que nunca tuvo, aunque el tal Joan siguiera presente.
No era el ansia por colocar cada pieza del puzle, sino resarcirme con los que habían significado tanto, aparcar el egoísmo por una temporada.
Además, nunca abrí la prueba de paternidad, todavía existía una remota posibilidad de que Darío fuera hijo mío.
El que no se consuela es porque no quiere.
Úrsula se emocionó, pero se esforzó para que no se notase.
A la altura de la Laguna de los Negrillos, Hugo me envió al teléfono un vídeo grabado por él aquella tarde.
Barruntaba que debía verlo solo, así que no se lo comenté a Úrsula.
¿Existirá al final el sexto sentido? El vídeo empezaba con el título «Una película muda».
En el plano, Hugo camina hacia el hórreo, sube con torpeza y abre la cerradura.
Al encender la luz, el supuesto trastero es en realidad un estudio de trabajo.
La imagen se centra en recortes de periódicos clavados con chinchetas por las paredes.
En cuanto la cámara termina de enfocar, compruebo que están relacionados con obras de cine y teatro donde yo había participado.
La mano de Hugo tiembla ligeramente y la escasa luz no deja apreciar con nitidez los titulares de los artículos.
Al recorrer la pared, muestra fotos de ensayos en la escuela.
Se detiene ante una que yo también tenía, donde Hugo y yo repasábamos un texto en la biblioteca.
La imagen se funde a negro. Recibí un mensaje de texto: Aun a riesgo de que me taches de psicópata, te enseño mi guarida.
Los recuerdos los amontono aquí. Es mi lugar favorito. Buen viaje de vuelta.
Y así fue cómo la aflicción por la despedida se transformó en una sonrisa. Todavía no se me ha borrado.
D E PREDICADOS, DE REBELIONES.