La catarsis Zimmerman 32 #2
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32 #2

A punto de preguntarle si había tenido otras parejas después del tal Manel —que ya me caía mal sin conocerlo—, Hugo cambió de tercio para interesarse por mi película.

No le impresionó que relatara la fijación de los productores por salpicar la trama con secuencias de sexo.

Gajes del oficio, pensaría. Fue entonces cuando revelé en voz alta (que tiene mérito) que la película me estaba obligando a afrontar aspectos inabordables de mi vida sexual.

Me impactó mi propia afirmación. Hugo soltó un «vaya » que incluía un sesenta por ciento de nostalgia y un cuarenta de reproche.

Úrsula, hasta ese momento interesada en la conversación, agachó la cabeza, incómoda con el giro del diálogo.

Hugo aprovechó para confesar que se había enterado del affaire con mi compañero de reparto debido al hábito de almorzar con la tele generalista de fondo.

Lo desmentí, parapetándome en que la inmadurez de Salvador impedía que aquello derivara en una relación.

«Una pena, porque el chico está para comérselo», sentenció Hugo.

A Úrsula, tanta sinceridad la empujó a cambiar de tema, sin sutilezas.

Preguntó por la nueva utilidad del hórreo, que tenía justo enfrente, y Hugo se limitó a decir que era una pocilga que usaba para almacenar proyectos.

Como ninguno asimiló el artificioso cambio de conversación, acabamos partidos de risa entre anécdotas reales y ficticias, como siempre.

Qué rabia, esta reunión podría haber sido una constante desde 1986, pero no.

Tuvo que ocurrir treinta años después, harto de ser mártir de mis emociones.

Sería un jugoso argumento para una película, aunque la coletilla de «basada en hechos reales» condicionara su trascendencia a producto televisivo.

Tras la comida, a petición de Úrsula, nos acercamos al río a dar un paseo.

Llevaba la mitad de agua que de costumbre, otra muestra flagrante para los escépticos del cambio climático.

Úrsula nos advirtió que debía hacer varias llamadas.

Sonaba a excusa para que pudiera quedarme a solas con Hugo, pero se lo agradecí igualmente.

Nos sentamos cerca de la orilla, en una de las pocas zonas que no habían sido invadidas por la maleza.

—Me alegra que te quedaras con la casa. Echaba de menos este lugar.

—Supongo que, además de emprendedor, soy masoca. Mis recuerdos no eran tan agradables como los tuyos.

—Si te sirve de consuelo, lo que vino después no fue fácil. Son los daños colaterales de tener que elegir.

—¿Elegir?

—Así es. Que te atraigan tus dos mejores amigos no es habitual. El problema es que… me temo que me enamoré de la opción que deseché.

Hugo buscó refugio visual en el agua con tal de no enfrentarse a mi afirmación que, para no variar, llegaba tarde. Intenté arreglarlo.

—Perdona. Ha sido brusco incluso para mí. No creas que lo tengo asumido.

—Entiendo que Úrsula no sabe nada.

—No, aunque quizá no haga falta. Lo vivió a fuego lento.

—Vaya… Durante años creí que me había cargado nuestra amistad imaginando conflictos que no existían, a pesar de la última noche. Lo que me sorprende es que hayas tardado tanto en romper esa barrera.

—Hay barreras con muchas capas. Úrsula tiene razón, opté por el camino fácil. Fui cobarde.

—Te recuerdo que el que salió huyendo de aquí fui yo.

—A ti te obligó tu padre, lo recuerdo perfectamente.

—No…, mi padre solo llamó para saber qué tal estaba.

Lo que me hubiera gustado entender mal esa frase o que me hubiera mentido con el único propósito de quedarse por encima.

—¿Tu abuelo no empeoró?

—No, aunque lo hizo poco después. Fui yo el que decidí irme a Bilbao a hacer arquitectura. Necesitaba alejarme de ti.

—¿Te fuiste por mí?

—Por lo que no comprendía de ti. Lo que decías no se correspondía con lo que mostrabas, Víctor. Era como ver dos películas en una.

—Pues sí, era el protagonista de las dos. ¿Y lo demás?, la carrera, tus padres, tus amigos. Sacrificaste demasiado.

—Enamorarse implica perder la referencia de lo que es un sacrificio.

Fantaseaba contigo desde el primer día. No fue fácil verte durante un año sin aspirar a nada.

Cuando llegamos aquí, tu actitud cambió, me tratabas diferente.

En el río, en la habitación… Y justo cuando quise descubrir hasta dónde eras capaz de llegar, vino el hachazo.

Ahora era yo el que se refugiaba en el agua para no ahogarme con tantas imágenes. Por suerte, Hugo cogió carrerilla.

—Cuando me fui, todo empeoró. Te tenía muy presente. Esperé dos años a que dieras señales de vida y te aseguro que, en aquella época, el tiempo no pasaba tan rápido.

—¿Cómo iba a hacerlo? Desapareciste del mapa.

—Te lo dejé escrito en la carta…

—Espera, ¿qué carta?

—La del dibujo detrás, la que coloqué dentro de tu maleta.

—¿Qué dibujo? ¿Y qué decías en la carta?

—Ya no importa. Lo práctico estaba al final, la dirección de mis abuelos y su número de teléfono. Las primeras semanas no dejaba de mirar el buzón. ¡Qué estúpido!

—Te juro que…

—Para, ya está. No hubiera cambiado nada. Deberíamos dejar de martirizarnos. Lo importante es que ahora estamos aquí.

Y Hugo me cogió la mano, repitiendo el único gesto que llegué a permitirme en el pasado.

Ahora era él quien no aclaraba sus objetivos.

Podría tratarse de una declaración de intenciones o solo pura condescendencia.

Qué molesta es la incertidumbre. Al menos había ternura en su gesto, eso sí lo podía asegurar.

—Cuando estudiaba en Bilbao, visitaba a menudo la playa de Ereaga.

Solía quedarme hasta que anochecía, fantaseando con que el día menos pensado volverías para rescatarme.

Te sentarías a mi lado y nos limitaríamos a disfrutar del atardecer.

Sería el principio de nuestra historia. Esperanzas para no volverme loco.

Escuché un ruido de cámara de fotos. Era Úrsula, inmortalizando el instante.

Su euforia por los doce mil euros que cobraría en la serie difuminó una revelación para la que no tenía antídoto.

También se preguntaba si sería el último anzuelo, el típico miedo actoral que comienza justo cuando te han lanzado un salvavidas.

La Úrsula fotógrafa era la principal candidata a cleptómana de misivas, aunque prefería culpar a la casuística antes que a ella.

No era justo pasarla de víctima a verdugo.

«Os veo muy secos, ¿no?», dijo nuestra sospechosa.

Y esa simple frase sirvió para lanzarnos al agua y dejarnos llevar por una corriente distinta a la de hace treinta años, como si nunca se hubieran invertido nuestros destinos, como si todo estuviera aún por descubrir.

De vuelta a la casa, nos centramos en comentar la película que, a fin de cuentas, era el nexo que unía pasados y presentes.

Pese a los obstáculos, Hugo estaba convencido de que la adaptación sería un éxito y que saldría reforzado.

Úrsula me preguntó si habían mantenido el final.

Yo asentí con mi sonrisa pícara habitual.

—¿Qué piensas hacer?

Úrsula no entendía mi pregunta. Entonces volví a formularla con la entonación adecuada, es decir, con preocupación y nerviosismo.

SENÉN

¿Qué piensas hacer?

CATALINA

Lo mejor será no airear los trapos sucios. No estoy dispuesta a que se me siga estigmatizando.

SENÉN

Sé que es difícil, pero podríamos volver a intentarlo.

CATALINA

Imposible. Has convertido nuestro hogar en un infierno.

SENÉN y SEBASTIÁN agachan la cabeza.

SENÉN

Necesito salir de aquí. Creo que iré un rato a pescar, solo.

Y volví a hacerlo. Si mi personaje accedía a otra habitación, yo también.

Me metí en la de Hugo, simulando buscar una caña de pescar mientras mi hijastro y mi mujer discutían agriamente.

Deambulé por un espacio que podría haber frecuentado hasta la saciedad.

Buscaba indicios de haberme echado de menos todos estos años.

Pero nada, ni fotos ni recuerdos que ocuparan un lugar destacado.

Tampoco lo había de otros amores, ninguna devoción por nadie, lo cual me consolaba.

Úrsula y Hugo avanzaban en el texto, una sucesión de reproches cruzados entre madre e hijo.

Al no encontrar respuestas en lo visible, me lancé a descubrir inmundicias en lo invisible.

Contaba con poco margen. Abrí su armario, tan perfectamente ordenado que suponía un sacrilegio examinarlo.

Entonces hurgué en el cajón de su mesilla, la mejor expresión de lo cotidiano.

Descubrí que sufría taponamiento nasal y que, como las actrices glamourosas de los cincuenta, dormía con antifaz.

No debería haber abierto el segundo cajón, de la misma forma que no debería haberle dado cancha a la maquilladora de Recuerdas quién soy , cuando me mostró los retrovirales con los que se medicaba el redactor del programa.

La caja era tan llamativa que se quedó grabada en mi retina.

Por eso, cuando la encontré en aquel cajón, supe de inmediato lo que significaba.

Me sentí tan despreciable que quise desaparecer.

Úrsula y Hugo concluían su texto y no había tiempo para borrar mi cara de preocupación.

Casi mejor, haría más creíble mi actuación.

Silencio, me tocaba. Cogí un bastón apoyado en la pared que hiciera de caña de pescar y salí con el objetivo de disimular mi inquietud por un virus que, aunque ya no era letal, contaba con el poder de trastocar una vida. Y la de los demás.