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Seis de la mañana. Esperé a que Úrsula terminara de maquillarse dentro de su coche para salir, montarme y que arrancara sin mostrar interés por mi presencia.
Durante la primera media hora, solo concretamos la ruta a seguir.
La tensión era evidente. Desenterrar muertos no es agradable y menos en un habitáculo tan diminuto. El hedor estaba garantizado.
Fue Úrsula la que rompió el hielo, recordando mis frases en la enésima discusión sobre tener hijos, al volver de la gala de los Goya: que no estaba dispuesto a dejar de trabajar para ponerme a criar, que antes de tener un hijo preferiría morirme…
Me abochornaba tanto el eco de mis comentarios que decidí contraatacar.
«Entonces, ¿ya estabas embarazada aquella noche?
». Úrsula resopló. Tardó en confesar que no, que nuestra historia se truncó al día siguiente de la gala, en los servicios de señoras del Teatro Español.
Sació su instinto maternal con un técnico de sonido veinteañero que le había tirado los trastos en varias ocasiones.
Qué decepción. Siempre pensé que la lealtad era nuestro punto fuerte en la relación, que por mucho que ladráramos, esa parte se mantendría intacta.
Digerí tan mal la noticia que saqué el sobre, lo hice pedazos sin abrirlo y los tiré por la ventanilla.
Solo me había preparado para que Darío fuera mi hijo, o sea, para un escenario de venganza.
Destruir aquel informe era la única manera de seguir alimentando la hipótesis de la mentira, incluso con las pruebas a mi alcance. Suena absurdo, pero fue lo que ocurrió.
El silencio incómodo del inicio del viaje fue un aperitivo en comparación con aquellos minutos en los que mi cerebro no dejaba de fabricar insultos, a cual más dañino.
Úrsula no dio tregua y continuó su exposición.
Cuando descubrió que estaba embarazada, barajó dos posibilidades: decir la verdad o hacerme creer que el hijo era mío.
«No sé cuál de las dos opciones me hubiera dado más asco», le contesté.
Por eso se decantó por una tercera: aprovechó el rebufo de nuestra desidia como pareja y se marchó sin dar explicaciones.
Es cierto que, en los últimos cinco años, nuestra relación se movía en la cuerda floja.
Apenas coincidíamos y, cuando lo hacíamos, nos lanzábamos reproches sobre la falta de comunicación, la escasez de sexo y, cómo no, los hijos.
Vale, nunca fui un animal especialmente sexual.
Disfrutaba cuando tocaba, pero la testosterona nunca me dominó y, para colmo, mis fantasías se dividían entre lo conocido y lo que restaba por conocer. Lo puse fácil, muy fácil.
Se me amontonaban las preguntas: ¿tuviste tentaciones de decírmelo?
, ¿cómo te apañaste los primeros años?, ¿el padre llegó a conocer a la criatura?
La primera pregunta se contestaba sola. No, no tuvo tentación.
De hecho, su cabreo fue en aumento conforme llegaron las complicaciones.
Respecto a la segunda, era evidente que salió adelante matándose a trabajar y dejando a Darío con desconocidos que no establecieron rutinas educativas.
Y la tercera respuesta cerró el círculo.
Utilizó a ese chico como banco de esperma gratuito, mejor un polvo que una jeringuilla.
Sentí una mezcla de tristeza, indignación, celos y fracaso, un cóctel explosivo.
La contienda estaba en tablas. «Ocultar mi condición sexual» versus «cuernos con premio», aunque me sintiera responsable de todo.
Nos pedimos perdón, se nos saltaron las lágrimas, reímos, gritamos, generamos nuevos silencios, diálogos, monólogos…
¿Quién dijo que un viaje largo es un tostón?
Tardamos bastante en cambiar de tema, pero sucedió.
—¿Qué le vas a decir a Hugo cuando lo veas?
—No sé si seré capaz de articular palabra.
—Pues imagínate el papelón, los tres ahí sentados mirando al techo.
—Ya sé lo que decirle, que si le hubiera elegido a él, probablemente no sería el cornudo que soy ahora.
La carcajada repentina de Úrsula desencadenó nuestra complicidad habitual, como si acercarse a los lugares que marcaron nuestra juventud fuera un bálsamo para tantas heridas de guerra.
Llegamos a la casa a mediodía. Estaba muy cambiada.
Hugo había invertido un dineral en rehabilitarla a su gusto.
Entre las novedades, una bóveda acristalada que servía de cochera y una fuente modernista de tres niveles en medio de la explanada, coronada por Afrodita, diosa griega del amor.
¿Sería una premonición? El hórreo parecía restaurado, al menos la cubierta y los pegollos, mejor alineados.
Úrsula y yo bajamos del coche con reparos, nos imponía el reencuentro.
El porche estaba repleto de adelfas y buganvillas fucsia, también de avispas.
La puerta se abrió y apareció Hugo. Conservaba su magnetismo juvenil, aunque algo demacrado, el precio a pagar por evitar la gordura proclive en la madurez.
Me acerqué a él con esa estúpida timidez que mostraba en ocasiones importantes y nos abrazamos con ganas.
Reconocí su olor corporal, mezcla de naranja y sudor limpio.
Úrsula le dio un abrazo estándar. Eran tantos los frentes abiertos que olvidé la amistad encubierta de ambos. Desde luego, mi fuerte no es el rencor.
Al pasar a la casa, comprobamos que Hugo había sucumbido a la moda de paredes lisas con papel en tonos terracota y moho.
Echaba de menos aquellas Nancys que nos vigilaban.
Eso sí, no faltaba el bote de regalices rojos en el hall de entrada.
Mientras nos redescubría cada estancia, no dejaba de observar a Hugo.
Fallé tantas veces en su búsqueda que estaba convencido de que jamás lo volvería a ver.
Úrsula pidió entrar al mismo baño donde desaté parte de mis pulsiones.
En cuanto nos quedamos solos, mi única pretensión era averiguar si tenía pareja.
Comentó que parte del dinero que ganaba con la arquitectura lo invertía en dirigir obras de teatro.
Hasta aquí, nada que no supiera. Que le costaba delegar en el trabajo y que, al encargarle la restauración de varias estancias de la Villa Quijano de Gaudí, se pasaba largas temporadas en Asturias.
Que su madre se divorció, volviéndose a casar con un militante de la Falange y que su padre desarrolló un alzhéimer galopante que no le impidió seguir instigando a su hijo para que dejara Arte Dramático, porque hay obsesiones que no acaban ni después de resueltas.
Para Hugo, su mayor quebradero de cabeza era su hermano, que cada dos por tres le pedía dinero para saldar deudas contraídas por su ludopatía.
Ninguna pista sobre si tenía pareja, ni una mísera foto, y a mí me resultaba brusco sacar el tema.
No tardó en ponerme al nivel de Úrsula, que regresó del baño alabando la rehabilitación de la antigua bañera.
Hugo preparó la mesa para comer en la terraza del piso de arriba.
El aroma del solomillo Wellington se esparcía por el aire.
Para beber, un merlot del 2010, obsequio de un cliente multimillonario que acabó satisfecho con su trabajo.
Como había preparado una batería de preguntas para no dejarme nada en el tintero, arranqué sin más.
Obvié lo de que usara un nombre distinto al de su partida de nacimiento y me centré en averiguar por qué acabó en Barcelona dirigiendo teatro.
Paradójicamente, la causa también fue el declive de su padre.
Le dieron buenas referencias de una clínica especializada y no dudó en trasladarse a vivir allí.
Antes, en Bilbao, ya había dirigido varias obras con el pseudónimo de Carlos Domenech y lo mantuvo aunque no hiciera falta.
Ya instalado ―y aquí viene lo interesante—, conoció a Manel, un joven actor con el que mantuvo una relación de cinco años y que, a la postre, fue quien lo introdujo en el círculo teatral barcelonés.
De hecho, Hugo se inició como ayudante de dirección en su compañía hasta llegar a dirigirla.
Fue el exceso de horas juntos lo que propició la relación; también lo que la deterioró.
Bueno, eso y la promiscuidad de Manel. Un alma libre, dijo con retintín.
Acabó fugado con un empresario teatral y su vacante fue cubierta por el hijo de la gran actriz Virginia Dicenta que, como madre abnegada, no faltó al estreno de su hijo.
Quedó tan impresionada por la dirección de actores que quiso contratar al artífice de sacar oro del nulo talento de su vástago.
Y desde entonces, Hugo compaginó su trabajo de arquitecto con el de director.
Aunque el padre nunca conoció su doble faceta, sí que descubrió su homosexualidad una noche que se levantó a beber agua.
Cuántos secretos desvelados gracias a la sed, cuánto le debemos.