La catarsis Zimmerman 31 #2
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31 #2

Nada más llegar a casa, abrí el buzón. Estaba tan atestado de publicidad que cualquier ladrón pensaría que estaba deshabitada.

Dejé los folletos en el salón y fui directo a la ducha.

Los huesos me dolían como cuando Patricio me dio el palizón.

Saqué energía para masturbarme pensando en el cuerpo de Salvador, pero con la personalidad de lo que recordaba de Hugo.

Buscaba al hombre perfecto y durante tres minutos lo encontré.

Mi cuerpo pedía a gritos una tregua y más valía que se la concediera.

Retiré el montón de publicidad para hacerle hueco a la sopa de sobre que preparé y fue entonces cuando descubrí que, entre tanta oferta, asomaba un sobre blanco.

Era de la clínica especializada en aclarar parentescos.

Conforme lo cogí, llegué a una conclusión salomónica impropia en mí.

Dado que iba a digerir fatal cualquier resultado, decidí no abrirlo hasta que estuviese listo para asumirlo.

Metí el sobre en mi mochila y me desentendí del asunto.

No reconocía mi paciencia, ella a mí tampoco.

Supuse que sería un efecto secundario de tanto ansiolítico a destiempo.

Dormí ocho horas del tirón, impensable hace meses, con o sin pastillas.

Lo malo de dormir tanto es que aumentan las probabilidades de revivir las pesadillas de mi catálogo particular, como así ocurrió.

Esta vez mi pesadilla estrella se prolongó lo suficiente como para disipar mis dudas.

Cuando desperté, aún podía recordarla con precisión milimétrica.

También la sensación de amargor que me acompaña desde entonces.

A media mañana, deambulaba por el salón con una manzanilla en la mano.

En la mochila asomaba la carta de la clínica, pidiéndome ser liberada de su esclavitud.

Aún tendría que esperar. Llamé a Úrsula y, como seguía sin dar señales, contacté con Darío.

Como buen adolescente enganchado a las tecnologías, tardó diez segundos en facilitarme su ubicación.

Aproveché su indiscreción para proponerle si podría buscar información de una persona que me estaba chantajeando.

Me preguntó que cuánto le iba a pagar y yo le ofrecí cien euros; él subió a doscientos y por trescientos me aseguraba que se le quitarían las ganas de seguir chantajeando.

Vi los trescientos. Le mandé toda la información con la condición de que la solución que se le ocurriese no desembocara en un centro de menores.

Me vestí con lo más moderno de mi fondo de armario y me trasladé a la otra punta de Madrid.

Tuve mil tentaciones de abrir el dichoso sobre, pero prefería que fuera Úrsula la que reconociera que Darío era hijo mío, un clímax más estimulante y perverso.

La puerta de la calle estaba abierta, así que subí sin avisar.

Me quedé escuchando en el rellano antes de llamar al timbre, un clásico.

Se oía movimiento de cajas y reproches de Úrsula hacia Darío, que seguía sin mover un dedo para ayudar.

No era vaguería, sino desarraigo. Ese chico no sentía ningún sitio como su hogar.

Úrsula, sorprendida, me preguntó cómo había conseguido la dirección, y yo, a pesar de que le prometí confidencialidad a Darío, le conté la verdad, porque nuestra historia no admitía más mentiras.

Darío, con los cascos a tope de volumen, saludó desde el sofá, ajeno a que su madre lo hubiera masacrado si se lo permitiera el código penal.

Como si me leyera la mente, me aclaró que el piso era de una amiga que se había mudado a París y prefería que alguien de confianza lo cuidara.

Por ahorrarme silencios incómodos, me ofrecí a desembalar cajas, aunque no tardara en soltar la frase estelar que me llevó allí: «Ya sé que Darío va a cumplir diecisiete años».

Úrsula miró a su hijo y reconozco que antes fui injusto.

Fue en ese momento cuando lo hubiera matado.

Aproveché su perturbación transitoria para sacar el sobre de la clínica, elevando mi mano con una cadencia lenta, teatral, hasta detener la carta a la altura de mi boca.

—Es una prueba de paternidad. Todavía no la he abierto.

Úrsula se quedó unos segundos paralizada y cruzó los brazos para protegerse de mi cuchillada. Pasado el susto, arrancó a hablar.

—No hace falta, puedo contártelo yo. Este monólogo también lo tengo muy meditado.

—Mejor mañana. En media hora cojo el autobús. Madrid y las distancias.

—¿Y vas a aguantar hasta mañana sin abrir la carta?

—Tranquila, estoy muy entretenido.

—Está bien, ¿dónde nos vemos?

Cogí aire, porque hay peticiones que requieren de un extra en el fuelle.

—Pues si quieres, en tu coche rumbo a Asturias para visitar a Hugo.

—¿Cómo? ¿Estás loco?

—Casi. Le mandé un correo hace unos días y ayer por fin me llamó. Está hasta arriba de trabajo, así que si la montaña no va a Mahoma… He tenido que hacer cambios para poder ir, pero ninguno se amolda a los horarios de los trenes.

—¿Y qué pinto yo allí? ¿No crees que ya ha sido suficiente?

—Suena a masoquismo, lo sé, pero necesito cerrar este capítulo.

—Madre mía… ¿Y Darío?

—Puede quedarse solo. No creo que note la diferencia.

—Debería acompañarte alguien con su mundo en orden.

—Esa persona no existe, por lo menos en mi entorno.

Me fui pensando que Úrsula no acudiría en mi ayuda, que me acribillaría a excusas para evitar el mal trago.

Al fin y al cabo, la batalla por averiguar cuál de los dos se había especializado en joderle la vida al otro se encontraba en tablas.

Ya lo dijo Unamuno, el silencio es la peor mentira. Por suerte, me equivocaba.