La catarsis Zimmerman 31
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El primer día de junio se presentó movidito.

Decenas de mensajes me alertaron de estar en la portada de una popular revista de la prensa amarilla.

Y no, no era por trabajar con uno de los directores más talentosos de la cinematografía europea, sino por el supuesto romance que mantenía con Salvador.

Alguien nos había inmortalizado en el set, con una pose que no concordaba con lo sucedido.

«Pareja dentro, ¿pareja fuera?», rezaba el encabezamiento.

No sabría decir qué me molestó más, si la traición del topo que envió la foto o lo lejos que estaba la noticia de ser cierta.

Como tenía grabación en el turno de tarde, me pasé la mañana desmintiendo la noticia.

Incluso recibí dos ofertas: una para anunciar un lubricante con sabor a frutas del bosque y otra para ser pregonero del orgullo en las fiestas de Móstoles.

Contesté con negativas a ambas por no alimentar más al monstruo.

Entre aclaraciones, llamé compulsivamente a Úrsula para conocer su paradero y aclarar asuntos pendientes, pero no respondió a mis llamadas.

Al llegar al trabajo, fui directo al camerino de Salvador y estampé en su tocador la revista de la discordia.

Me juró que él no tenía nada que ver, que no le gustaba tanto como para exponerse así.

En cuanto me rehíce de su honestidad machacona, insistí: «¿Cuántos “me gusta” vas a conseguir?

». Y me largué dando un portazo. Busqué consuelo en una Águeda más preocupada por pillar al responsable del bulo que de consolarme. Cada uno a lo suyo, excepto Gerard:

—Víctor, siento lo ocurrido.

—El problema es que es mentira.

—Ahí prefiero no entrar. Lo bueno es que, gracias al revuelo de la noticia, han llamado varios patrocinadores interesándose por la película y seguramente contemos con la financiación íntegra.

—Me alegraría si no fuese a costa de perder mi intimidad. No está siendo un rodaje fácil, Gerard.

—Tampoco para mí. Ten paciencia, ya queda poco.

Ni caso. Aproveché que me quedé solo con Águeda para golpear el mobiliario.

No soportaba que un país entero supiera más de mis tendencias que yo.

Águeda insistía en que eran solo rumores, pero yo conocía el daño irreparable que puede causar un rumor.

Fue escuchar mi propia voz y empecé a temblar.

Águeda cogió mi mano, advirtiéndome que, o me calmaba o regresaría al hospital.

Me aparté bruscamente y tropecé con la pata de una silla de maquillaje hasta caer al suelo.

Sonó mi teléfono. La llamada fue tan insistente que me permitió cambiar tres veces de opinión: cogerlo, no cogerlo y finalmente descolgar, aunque fuera para mandar a la mierda al interlocutor.

Su voz me resultaba familiar… ¿Hugo? Eché a Águeda de su lugar de trabajo y ella obedeció sin rechistar.

Conociéndola, seguro que se quedó detrás de la puerta.

Se me fue el norte pensando que era una videollamada y me recoloqué el pelo antes de descolgar.

Mis cinco sentidos se alinearon a favor de la conversación.

Disponía de poco tiempo, así que debía ser sutil, cálido y certero. Controlar el descontrol.

La llamada de Hugo me recargó las pilas, aparte de convertirme en bipolar de cara a la galería.

Qué poder tienen ciertas personas sobre nosotros.

Aun así, no olvidaba que media España conocía el bulo de mi romance.

Tras concluir una toma donde compartía plano con Mariano, le acompañé a retomar un vicio en el que juré no volver a caer, fumar.

Se interesó por mi estado. Me puso la mano en el hombro y me aseguró que en unos días nadie recordaría la noticia, que la sociedad necesita nuevas víctimas para alimentar su inanición.

«Procura que no te afecte, habrás ganado la mitad de la batalla», concluyó Mariano, metido en la piel de psicólogo de tres al cuarto.

Fui críptico en mi respuesta, reconociéndole que había aspectos que no me atrevía a mostrar por razones de peso.

«Pues hay que atreverse, que luego uno se arrepiente de lo que no ha hecho», sentenció Mariano con la frase que le hubiera gustado escuchar años atrás.

Aunque no dejara de hablar de él mismo, sus palabras evitaron un desasosiego mayor, que ya es de agradecer.

Y para colmo, tocaba la secuencia 121, donde por fin se destapaba el gran secreto de mi personaje y, cómo no, volvía a aparecer un desnudo parcial, más discreto que en días anteriores, pero lo bastante provocador para añadir caos a mi periplo.

Por suerte, era el último. Aunque parte del equipo me grababa con su móvil para demostrar que andaban cerca de la noticia del día, yo seguía en un equilibrio perturbador con tal de afrontar la secuencia con garantías.

Y eso que la guionista me echó mal de ojo por obligarle a cambiar diálogos debido a mi arrebato en la secuencia del abuso.

Salvador, por su parte, bastante tenía con reconducir su cara de sota.

SEC.121.INT. DORMITORIO. DÍA.

SENÉN, sentado en su escritorio, revisa el libro de Gramática castellana de Montoliu. SEBASTIÁN se asoma por la puerta.

SEBASTIÁN

Hola, ¿qué haces?

SENÉN

Preparando ejercicios para mañana.

SEBASTIÁN

¿Sigues buscando predicados?

SENÉN

No, me conformo con encontrar el mío. Déjame solo, por favor.

SEBASTIÁN

¿Después de lo del otro día, ahora quieres que te deje solo?

SENÉN

Fue un error más de todos los que estamos cometiendo. Lo siento.

SEBASTIÁN se acerca por detrás a SENÉN y le acaricia la nuca.

SEBASTIÁN

¿Y no te cansas de tanta contradicción?

SENÉN

A cada segundo, pero es mejor así. Nos vemos luego.

SEBASTIÁN obedece y se dirige a la puerta. Cuando está a punto de salir, SENÉN llega por la espalda y lo empuja contra la pared.

SENÉN

Vámonos esta noche, cuando nadie nos vea.

SEBASTIÁN

¿Por qué ahora sí?

SENÉN

Porque estoy harto de enseñar a mis alumnos el camino de la libertad mientras yo voy en la dirección contraria. Me está consumiendo.

SENÉN comienza a besar a SEBASTIÁN por el cuello.

SENÉN

Necesito rebelarme contra esta sociedad.

SENÉN empuja a SEBASTIÁN hasta la cama y empiezan a quitarse la ropa. SENÉN mira hacia la ventana. Algo le resulta extraño.

SEBASTIÁN

¿Qué ocurre?

SENÉN

No he visto salir a tu madre.

SENÉN pide a SEBASTIÁN que se calle. En mitad del silencio, se oye crujir la madera del suelo. De repente, CATALINA entra en el dormitorio. Los tres se quedan paralizados. CATALINA rompe a llorar y empieza a tirar los objetos que tiene a mano.

CATALINA

¿Cómo has podido hacerme esto? Confiaba en ti.

SENÉN

Catalina, no es lo que parece.

CATALINA

Claro que no, es peor. Y tú, sal de mi vista.

SEBASTIÁN sale de la habitación sin rechistar.

CATALINA

Pensabas que no me daría cuenta, que vería normal que ni siquiera me tocaras.

SENÉN

No queríamos engañarte.

CATALINA

No hables en plural. El adulto eres tú; el que tiene la obligación de poner cordura eres tú.

CATALINA escupe a SENÉN a la cara y sale de la habitación.

La secuencia habría sido buena de no ser porque María continuó maldiciendo fuera de plano.

Gerard se fue hacia ella hecho un basilisco, harto de que le diera su toque personal al personaje, aunque en esta ocasión fuera una pataleta por no conseguir su objetivo.

Entretanto, me acerqué a Salvador para que me aclarara una cuestión de la secuencia.

—No teníamos marcados tanto beso cuando me quitas la ropa.

—He improvisado, como tú el otro día. Pero tranquilo, en la siguiente seré más comedido.

—Me vais a volver loco entre unos y otros. Lo mejor será que dejemos de jugar.

—¿Gerard ha dicho acción? Te repito que yo no he tenido nada que ver con la publicación de la noticia.

—No lo digo por eso. En serio, mereces mucho más que un cincuentón perdido.

—¿Y por qué crees que busco un cincuentón perdido?

—Es cierto, ha sonado pretencioso.

—A ver, me gustas. Te conservas bien y esa especie de timidez trasnochada me pone cachondo, pero ya está. Nunca dejaría que nadie tuviera tanto poder sobre mí. Podría acabar como tú.

Salvador dio media vuelta y se alejó, aunque regresaría cinco minutos después para repetir la secuencia.

Aquel día todos seguían el mismo esquema.

Me soltaban una frase rotunda y desaparecían con su dignidad reparada.

Gerard, con la tensión por las nubes, me preguntó si estaba listo para rodar. Cualquiera le decía que no.

La tarde pasó rápido. Con ilusiones pendientes, el acto más tedioso resulta ameno.

Además, hubo perdones y revelaciones. Gerard se disculpó con María y yo hice lo propio con Salvador.

Y aquí es donde entra la revelación. Águeda me juró que, mientras la maquillaba, Angelita le aseguró que fue María la que dio el chivatazo a la prensa.

A Salvador le cuadraba, pero y o dudé, porque un borracho dice la verdad, pero una cocainómana celosa por no recibir cariño de su amante esporádica, no lo tenía tan claro.