La catarsis Zimmerman 26 #2
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26 #2

Salvador se acercó a mi boca más de la cuenta, pero en esa ocasión su falta de escrúpulos no me resultó erótica y me levanté de la silla.

Nuestras diferencias habían tocado fondo y amenazaban con ser irreversibles.

Fue entonces cuando descubrí que María nos observaba desde el otro lado de la mesa.

Puede que por fin me viera como competencia directa.

Dos viejos luchando por conquistar al cachorro de la manada.

Era patético. Salvador no entendía que sus palabras subrayaran mi pasado.

Y es que cualquier frase me reconducía a la historia primitiva, como si al personaje de Hugo, por oculto que estuviera, le faltara mucho texto por declamar.

Nos aventuramos a la siguiente secuencia.

La tenía muy presente, no por su relevancia en la trama, sino porque era de las pocas que conservaba el texto original.

Recordaba a la perfección el ensayo en la casa de verano de Úrsula.

La secuencia comenzaba con los hermanos Felipe y Catalina revisando fotografías de Senén y Sebastián besándose.

Recuerdo que pusimos una fregona del revés para simular el personaje de Felipe mientras Hugo declamaba el texto desde fuera de la cocina.

Catalina estaba abochornada, las pruebas eran irrefutables.

Su marido la engañaba con su hijo, una estampa cruel para cualquier época.

Felipe le ruega que no vuelva a desconfiar de él, pero a Catalina le es imposible olvidar a quién tiene por hermano.

Debido a la tensión, acaba desvanecida encima de la mesa.

A Úrsula le costaba contener la risa por interactuar con un mocho.

Felipe impuso el siguiente paso: Catalina se encargaría de Sebastián y él de Senén, a lo que ella se negó por conocer cómo se las gastaba su hermano.

Al escuchar pasos, Felipe decide huir por la parte trasera de la casa.

Retiré la fregona y entré, bueno, entraron Senén y Sebastián, que regresaban del río.

Catalina sale detrás de su hermano y Sebastián pregunta en voz alta qué hay para cenar.

Tuña, 1986. Mañana del lunes

SEBASTIÁN abre el frigorífico, que está casi vacío.

SEBASTIÁN

No hay mucho donde elegir. Me haré una ensalada.

SENÉN

Tu madre tiene mala cara. ¿Y si sospecha?

SEBASTIÁN

No creo. De todas formas, qué más da, si todo ha acabado.

SENÉN

Solo te he pedido tiempo. Espero que lo medites.

SEBASTIÁN

No me alecciones. Yo no soy uno de tus alumnos.

CATALINA entra en la cocina.

CATALINA

Estoy mareada. Me voy a dormir.

SENÉN

¿Te ha sentado algo mal?

CATALINA

Sí, seguro.

CATALINA coge un cuchillo y lo observa con cara enajenada por unos instantes. Lo mete en un cajón y sale de la cocina.

La complicidad que destilaban los personajes masculinos se esfumó en cuanto dejaron de actuar.

Úrsula pidió repetir la escena, se notaba sobreactuada.

No entendía por qué Catalina no acuchillaba al hermano por violador y al marido por pederasta.

Hugo seguía ausente, con esa formalidad tan impropia en él.

A punto de retomar la escena, el ruido de un teléfono les pilló desprevenidos.

Úrsula ni siquiera recordaba que funcionara aquel cacharro oxidado.

No tenía intención de cogerlo, no fuera a ser su madre para contar algún drama irreparable o, aún peor, su padre, para obligarlos a marcharse y así poder disfrutar de la siguiente jovencita.

Dejó de sonar y al momento volvió a la carga.

Úrsula no sabía si arrancar el cable o contestar. Acabó haciendo lo segundo.

—¡Hugo, es tu padre! —anunció Úrsula al regresar a la cocina.

Hugo frunció el ceño y acudió rápido al teléfono.

Úrsula aprovechó para tratar a Víctor como si fueran una pareja consolidada, a golpe de caricias en el cuello, aunque Víctor parecía preocupado.

Úrsula, hambrienta por la marihuana, se hizo un sándwich de jamón y queso.

Minutos después regresó Hugo, con una cara que le llegaba al suelo.

Su abuelo había empeorado de su enfermedad y su padre le exigía coger el primer tren que hubiera a Bilbao, que ellos ya habían salido hacia allí.

Y de no haber trenes, autobús o taxi, que él lo pagaría, dijo sin ofrecer posibilidad de escapatoria.

Además, no volverían a Oviedo hasta que el abuelo mejorara o muriera.

Hugo no sabía si reír o llorar. Tanto Úrsula como Víctor le incitaron a la insubordinación, pero Hugo no permitió debates.

Zanjó el tema con un «debo hacerlo», que con asuntos familiares su padre era intransigente y, si le llevaban la contraria, su madre pagaba los platos rotos.

No estaba dispuesto a escuchar otra excusa, otra caída fortuita sobre el lavabo.

Hugo se comportó como un robot implacable en su ejecución.

A golpe de llamada local, apalabró con un taxista el viaje hasta Bilbao.

En una hora lo recogería. Impaciente, hizo la maleta mientras abortaba cada sugerencia de Úrsula, que no descartaba hablar con el padre y convertirse en una experta en cantar las cuarenta a los padres descarriados del mundo.

Por si fuera poco, Víctor reparó en que sería Carlitos y su tartamudez quien se encargaría de sustituir a Hugo llegado el caso.

Pasada media hora, Hugo ya estaba listo para marcharse.

Sin testigos delante, sacó de la maleta su cuaderno de dibujos y lo abrió por la última hoja.

Se trataba de un retrato de Víctor, más preciso que el resto de bocetos.

En el reverso, un texto encabezado por la siguiente frase: «¿Cuándo empezará nuestra rebelión?

». Afuera, Víctor y Úrsula reconocían ser muy negativos.

Probablemente Hugo retomaría los ensayos en unos días y acabaría la carrera.

Además, Úrsula se aferró a la metáfora de la obra para vaticinar que Hugo se rebelaría, aunque Víctor hiciera de la duda su principal argumento.

El taxi llegó puntual. Hugo se presentó apesadumbrado en el jardín, tal y como le exigía don Amador en alguna escena.

Víctor y Úrsula hicieron el último intento.

Estaban dispuestos a acompañarle a Bilbao y hablar con su padre.

Hugo les dio las gracias, con su consiguiente negativa.

La despedida fue sencilla. Daban por hecho que en unos días volverían a ver a su amigo.

Fue Hugo el encargado de alargar cada abrazo como si fuera el último.

Cargó rápido el equipaje, se montó en el coche y desapareció.

Víctor y Úrsula permanecieron mudos por un rato.

Se quedaron solos, la misma soledad que se encarga de minar parejas a diario, solo que al principio se camufla de enemigo al que puedes neutralizar yendo a tomar unas cañas o al cine.

Antes de decidir si adelantar el regreso a casa, Úrsula quiso aclarar su postura:

—Víctor, escúchame. Sé que estás agobiado, yo también.

Me gustas. Nunca te dije nada porque pensaba que tú no sentías lo mismo.

De hecho, sigo sin estar segura. Hemos empezado a lo bruto y no me arrepiento.

Es excitante, divertido, pero ya está. Entendería que esta historia acabara aquí.

No quiero que sigamos por seguir y que dentro de un tiempo descubras que nunca quisiste estar conmigo.

Si lo dejamos ahora, me va a fastidiar, pero lo superaré.

También lo haría después, aunque sería más doloroso.

Mi madre dice que nadie se muere por nadie y es cierto.

Creo que hasta podría seguir siendo amiga tuya, así que por eso no te preocupes.

Víctor cogió la mano de Úrsula y sonrió aliviado, con independencia de la capacidad de Úrsula para asimilar sus propios titulares.

Aquella última noche hubo sexo ralentizado, del que sella relaciones.

Ya de madrugada, Víctor se levantó a la cocina para beber un vaso de agua de un solo trago y, al volver, se detuvo en la habitación donde dormía con Hugo.

Indeciso, se tumbó boca abajo en la cama de su amigo y comenzó a oler las sábanas con recato para pasar a hacerlo con ansia.

Miró a un lado para cerciorarse de que Úrsula no descubriera su particular ritual y se recostó boca arriba.

Cerró los ojos y extendió su mano, palpando alrededor como un ciego en busca de su bastón…

hasta que sonrió, como si en su imaginación hubiera encontrado lo que buscaba.

La voz repentina de Úrsula lo sacó del trance. Desde la otra habitación, lo alentaba a que regresara para descansar juntos o puede que para reafirmarse que lo que estaba viviendo no era un sueño. Víctor se incorporó y lanzó un suspiro, similar, quizá demasiado, a los de su madre.