26
Paz. En el metro, sentía esa extraña quietud del que ha sido apaleado por todos los frentes.
Aunque salí tocado de aquella secuencia porno-agresiva, me liberé de un gran peso.
En casa, me esperaba un reto igual de demandante: sincerarme con Úrsula.
Otra conversación trascendental, esta vez sobre paternidades ocultas. Debería dosificarlas.
Al llegar, la habitación de Darío estaba abierta y las sábanas amontonadas en la cama.
Subí los escalones de dos en dos para averiguar si la de Úrsula seguía el mismo patrón.
Casi, porque ella, además de quitar las sábanas, las metió en el cesto de la ropa sucia.
En su mesita de noche, una nota escrita a lápiz: «Me han cogido en la serie.
Gracias por alojarnos estos días y perdona por empeñarme en repetir errores».
Entré en «modo acosador» y la llamé, diez o quince intentos, pero no hubo suerte.
En cuanto desistí, comprobé que Águeda también me acosaba.
Siete llamadas perdidas y un mensaje diciéndome que estaba en la puerta.
—Águeda, ¿qué haces aquí?
—Ya me lo estás contando todo, porque no sé si eres mi amigo o un señor de Murcia. No te conozco. Así que, para no molestar a Úrsula, damos entre una y catorce vueltas a la manzana y me lo explicas.
—Tranquila, Úrsula se ha marchado.
—Mejor, así puedo gritarte. Y te advierto que como no me cuadren todas las piezas, no te vuelvo a hablar en la puta vida.
Vimos amanecer, bueno, lo intuimos. La ciudad no ofrece amaneceres puros.
Para saborear una auténtica noche de pijamas, nos tomamos tres cafés.
Sobre las cuatro de la madrugada, Águeda ya manejaba las claves básicas de mi pasado y presente.
A mí me sirvió para afianzar hipótesis. Águeda alucinaba, o al menos fue la expresión que más repitió, pero evitó aleccionarme.
Exprimido cada secreto, Águeda soltó amarras y reconoció que fue ella la que dejó la peluquería.
El cuerpo le pedía empezar de cero. Me lo ocultó porque le parecía obsceno rechazar un trabajo mientras yo lo buscaba desesperadamente.
También confesó que había vuelto con su ex.
No podía regañarla, era experto en el arte de la contradicción.
Nos quedamos dormidos en el sofá un par de horas, suficiente para ir a trabajar sin desmayarnos.
Un dolor punzante de cabeza me avisó de que ya no estaba para esos trotes.
De camino al autobús, Águeda no paraba de repetir «qué fuerte» cada vez que recordaba nuestra conversación nocturna y yo no hacía otra cosa que preguntarme cuál sería el siguiente paso.
En la agenda inicial teníamos el día libre, pero nos convocaron para recortar las tres sesiones de retraso.
Al llegar al set, algo no iba bien. Gerard gritaba por teléfono y en francés, dando mayor sensación de gravedad.
Por supuesto, no entendí nada. Si el inglés fue mi materia pendiente —en parte porque los profesores nos hablaban en castellano—, con el francés ni lo intenté.
Que era un reducto, decían. ¿Y qué? Los idiomas abren fronteras.
Hasta el afgano sería una elección válida.
Gerard colgó y ordenó una reunión urgente con el equipo.
No hizo falta, ya estábamos allí para enterarnos de lo que ocurría.
Gerard, desencajado, nos contó que uno de los productores principales se bajaba del proyecto por falta de liquidez, así que no quedaba otra que suspender el rodaje.
Tras el bofetón de realidad, Mariano preguntó de cuánto dinero se trataba.
Cincuenta mil euros, espetó Gerard con un marcado acento francés.
Se alzaron las primeras voces desesperanzadoras.
Improbable conseguir ese dineral a corto plazo.
En otro momento del rodaje, no me hubiera atrevido, pero al ver algunas secuencias montadas, intuía que la película podría funcionar, al menos con la crítica, así que me lancé a ser un héroe: «Por mi parte, renuncio al resto de mi salario».
Venía de la nada absoluta, no me costaría acostumbrarme de nuevo a ella.
Y eso sin contar el chantaje de Ramón. El equipo reaccionó con tímidos aplausos, en parte porque ni siquiera conocían mis honorarios.
Gerard agradeció el gesto, pero enseguida nos echó otro jarro de agua fría: faltaba por cubrir el alquiler de la casa y de material.
Entonces, María se erigió en la verdadera salvadora de la jornada y se comprometió a hacerse cargo de ese gasto.
El aplauso fue unánime. Gerard, sacando su orgullo francés, se negaba a aceptar nuestra generosidad.
Entonces le devolví la frase que me soltó días atrás, cuando los productores requerían carne fresca en la película: «Lo siento, pero no estás en disposición de elegir».
Gerard empezó a balbucear «putos españoles», al tiempo que se le humedecían los ojos.
Volvimos a aplaudir, conmovidos por ver llorar al capitán del barco.
Entre reflexiones y broncas, perdimos medio día más, pero salvamos el otro medio.
Aproveché que el equipo técnico ultimaba detalles para regresar a mi cueva y arañar minutos de intimidad.
Pablo me dejó en el sofá el vestuario de la siguiente secuencia, un minúsculo bañador años cuarenta.
Me lo probé y, aunque el talle quedaba un poco alto, remarcaba los muslos.
Luego retomé la búsqueda de Hugo. Tenía tantos frentes abiertos que ni siquiera podía dedicarle exclusividad.
Escribí un email al teatro Tívoli con la esperanza de que reenviaran el mensaje a su correo personal.
Tardé bastante en redactarlo, no encontraba el tono adecuado.
De las distintas versiones que reescribí, me quedé con la de menor implicación emocional.
Al final, eso sí, mi número de teléfono.
Como si el proyecto nunca hubiera peligrado, sonó la bocina que anunciaba la siguiente secuencia.
Nos trasladamos al riachuelo que cruzaba la finca para afrontar otro diálogo incómodo con denominador común: una persona que no piensa en las consecuencias de sus actos y otra que no deja de hacerlo.
Era como si el destino me obligase a ser Senén el resto de mis días.
La primera toma se descartó. Salvador no pronunció con suficiente lascivia la frase «cuando estamos en la cama, no me consideras tan crío».
Y eso que, a lascivia, precisamente, no había quien le tosiera.
SEBASTIÁN
Desde el otro día estás más frío que de costumbre.
SENÉN
Te dejé claro que debíamos ser precavidos. Hay ojos por todas partes.
SEBASTIÁN
Y lo somos. Apenas te has dirigido a mí en el trayecto hasta aquí.
SENÉN
No, si nos acostamos en la cama donde luego duermo con tu madre.
SEBASTIÁN
Son excusas. En el fondo es por la diferencia de edad, ¿verdad?
SENÉN
Ojalá fuera el único inconveniente. Sebastián, estamos maniatados.
SEBASTIÁN
Dilo otra vez.
SENÉN
¿El qué?
SEBASTIÁN
Mi nombre. Me gusta cómo lo dices… Comentan que en otros países la situación es diferente. Podríamos irnos a Suiza, a una cabaña en mitad del campo. O al fin del mundo si hace falta.
SENÉN
Ese lugar no existe. No seas crío.
SEBASTIÁN
Cuando estamos en la cama no me consideras tan crío.
SENÉN
¿Sabes? A veces tengo la impresión de que solo soy un capricho para ti. O peor aún, una forma de vengarte de tu madre.
SEBASTIÁN mira hacia otro lado.
SENÉN
Lo mejor será que dejemos de jugar.
SEBASTIÁN
¿Me estás dejando?
SENÉN
Es solo una tregua, hasta que asumas lo que ocurre.
SEBASTIÁN intenta besar a SENÉN, pero este le aparta la cara. SEBASTIÁN se levanta y se marcha. SENÉN se queda preocupado.
Gerard, incomprensiblemente, se conformó con la segunda toma. O aligeraba para recuperar tiempo o le dábamos por fin lo que pedía. Mi autoestima prefirió pensar lo segundo.
A mediodía, se instaló una carpa para almorzar fuera.
Águeda se dormía por los rincones. Llevaba puestas sus gafas de sol, es decir, había llorado, porque a Águeda que el sol queme su retina le trae sin cuidado.
O estaba en su particular encrucijada amatoria o le entristecían mis secretos.
Me dolían las costillas de tanto vomitar y estirarme a por agua era un suplicio.
Salvador buscaba la oportunidad para acercarse, momento que llegó cuando los técnicos que comían a mi lado se levantaron:
—Oye, todavía no me has explicado tu improvisación en la secuencia de ayer —me abordó Salvador, directo a la yugular.
—Te aseguro que no fue premeditado, pero sentí ese impulso.
—¿Quién, Senén o tú?
—Puede que los dos necesitemos rebelarnos contra las situaciones que nos rodean… y contra nosotros mismos.
—Esa impresión me dio, aunque no termino de averiguar lo que ocurre. Quizá deberíamos seguir ensayando en mi casa.
Dejé de masticar, dejé de tener consideración.
—La secuencia ya se ha grabado, no hace falta repetirla.
—Ya, pero como improvisaste, no la disfruté mucho. ¿Qué me dices? ¿O te estás reservando para Hugo?
—¿Cómo sabes eso?
—Indagué un poco. Puse el nombre que leí en tu ordenador, pero encontré un artículo donde contaba que su verdadero nombre era Hugo y que trabajaba de arquitecto.
—Vaya, yo he tardado casi treinta años en dar con esa información.
—Los cincuentones sois torpes con internet. Pero vamos que, si estás con él, no se tiene por qué enterar. Soy muy discreto.