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Di por hecho que dormiría fatal aquella noche.
Ni el Dalai Lama hubiera atemperado tanto desorden.
Úrsula se atrincheró en su habitación y no quise forzar la máquina, así que me tiré debajo de la ducha casi una hora, por si el agua pudiera arrastrar mis problemas por el desagüe.
Dejé de lado mi posible paternidad por no adelantar acontecimientos y me centré en el asunto más acuciante, el chantaje de Ramón.
¿Cinco mil euros? Con las calamidades que había pasado, ¿me iba a desprender de tanto dinero así como así?
Ya, pero que me viera toda España masturbándome tampoco me hacía gracia.
Ramón tenía razón, para la moral católica es distinto una paliza a un video porno.
El desgraciado tenía dotes antropológicas.
Intenté sacarle el tema por el chat, así tendría pruebas de su delito.
Imposible. «No sé de qué me hablas», decía el hijo de puta.
Pretendía que encendiera la cámara para toquetearnos, como si nada.
Definitivamente, había nacido para chantajear, qué sangre fría.
Se nos debería prohibir pensar de noche.
La falta de luz nos pone en alerta, como si fueran a devorarnos fieras famélicas.
La secuencia responsable de mis ojeras se programó en horario de tarde, donde Sebastián forzaba a su padrastro a practicar sexo.
Salvador se dedicó a bromear con los compañeros del equipo, su modo de calmar los nervios que aseguraba no tener.
Gerard danzaba malhumorado por el set, obligado a doblegarse a las exigencias de quien pagaba.
Un efecto dominó: nueva secuencia, cambio del plan de rodaje e inadaptación del equipo de fotografía.
Me acerqué a Leo para meterle a Águeda por los ojos, maximizando sus virtudes y obviando sus taras amorosas.
Era inútil. Aquel eunuco anacrónico había nacido exclusivamente para limpiar lentes y pulsar el botón de grabar.
Con aquel panorama, me atrincheré en mi camerino, emperrado en localizar a Hugo sin acudir a Úrsula.
Solo encontré el email del teatro donde representó la mayoría de sus obras.
No era suficiente y la secuencia donde mi hijastro abusaba de mí se acercaba.
Alterado, me quité la ropa delante del espejo para normalizar mi desnudez y, de paso, asumir que, si continuaban los paralelismos del rodaje con la realidad, la posibilidad de acostarme con Salvador ganaba enteros.
En general, no podía quejarme. Había sorteado la calvicie, papada y barriga, aunque manos y cuello siempre te delatan.
De joven me comparaban con Patrick Swayze y por una temporada intenté darles la razón.
La de veces que habré maldecido que en mi país nadie escribiera personajes como el de Johnny en Dirty Dancing , pese a que el guion rebosara clichés machistas.
Quizá una historia compleja le hubiera dado mayor hondura.
Qué sé yo, una trama de bisexualidad, por ejemplo, donde Johnny acabara enamorado tanto de Baby como de un compañero del cuerpo de baile.
Bah, no hubiera tenido tirón. Es dramático que la bisexualidad reste erotismo y sume vicio en quien la observa.
Como era de esperar, pensaba en tonterías con tal de no asumir lo importante.
Escuché alboroto fuera. Me vestí y busqué la canción The Time of my Life para que ejerciera de ruido blanco, pero en el último momento la cambié por Hungry Eyes , un tema a medio tiempo más en consonancia con mi estado emocional.
Me puse a bailar con el único paso de la película que hasta los torpes podemos hacer: pie derecho adelante, al centro, pie izquierdo atrás y al centro.
No me di cuenta de que Pablo estaba detrás.
—Perdona, Víctor, pero no me escuchabas. Empezamos en media hora. ¿Estás nervioso?
—Bastante, aunque no lo parezca.
—Lo parece, lo parece. Tranquilo, saldrá bien. Esta es la ropa que llevas en la secuencia. Los calzoncillos son horribles, soy consciente.
—No te preocupes, me los quitarán enseguida.
En maquillaje, Águeda y Lourditas prepararon unas brochas enormes para repasar nuestros cuerpos.
Por supuesto, Salvador se desnudó en segundos.
Yo hice lo propio, en un alarde absurdo de aparentar lo que no era.
Águeda mostraba esa risa infantil que entra cuando un asunto delicado no te afecta, aunque desde mi posición rozara lo humillante.
Salvador y yo nos miramos con cierta complicidad.
Por momentos, creía que aquella anécdota sería el preludio de una intensa pero breve aventura.
Coincidiríamos en otro rodaje. Salvador habría abandonado su rol de niñato libertino y yo mantendría mi morbo intacto para retomar la historia donde la dejamos.
Recibí dos tipos de susurros: el de Águeda para darme ánimos a pesar de su enfado y el de Salvador, recordándome que lo de vernos desnudos debería haber ocurrido antes.
Nos avisaron antes de lo previsto. Pablo se acercó para abotonarme la camisa, demasiado despechugado para la época.
Le contesté fatal, que podía abrochármela yo o algo así.
Estaba atacado, más inseguro que nunca. Ni siquiera pudimos ensayarla.
Y para más inri, Gerard ideó un plano secuencia de especial dificultad.
En cambio, María estaba relajada porque la presencia de su personaje era testimonial.
Di la espalda a todos y metí la mano en el pantalón para menear mi pene, que mantuviera un tamaño digno.
Si iba a salir en la sección caliente de Fotogramas, al menos que mereciera la pena.
Se oyó «prevenidos» y no me dio tiempo a soltar mi particular suspiro liberador… «acción».
CATALINA, preparada para ir a misa, besa a SENÉN en la puerta principal con una actitud esquiva. Ya solo, SENÉN sube las escaleras, entra en su habitación y cierra la puerta. SEBASTIÁN sale de la suya y, totalmente desnudo, llama a la puerta de su padrastro. SENÉN le da permiso para pasar.
SENÉN
¿Se puede saber qué haces? Vístete, tu madre podría regresar de un momento a otro.
SEBASTIÁN comienza a besarle por el cuello y la cara.
SEBASTIÁN
No va a volver hasta dentro de una hora. Tenemos tiempo.
SENÉN responde con incomodidad a los besos de SEBASTIÁN.
SENÉN
Esto es una locura. Para, para…
Pero Salvador no paró. Tocaba forcejear hasta que se impusiera el brío del más joven.
Me desabrochó el pantalón y me puso boca abajo para pasar a mayores; mi corazón comenzó a latir a mil por hora.
No era como en otras ocasiones. Se parecía al arranque de un motor tras llevar gripado una eternidad.
Cuando Salvador empezó a frotarse con mi trasero, una imagen irrumpió de la nada.
Procedía del pasado y rápidamente se sincronizó con mi presente.
Se trataba de otra secuencia donde se me usaba sin pedir permiso.
El mismo entorno, las mismas intenciones, solo que esta vez, era real y el rostro de Hugo se desvinculaba de la acción.
Ya no me servía de coartada. Otro ocupaba su lugar, con una actitud tan cruel y lacerante que me obligué a desechar de inmediato.
Aun así, mi ansiedad se instaló en la ficción.
Desapareció Senén, me dejó solo mientras notaba cómo se estrechaba mi laringe.
No estaba dormido ni narcotizado. Era una imagen tan real como el aliento de mi hijastro.
Justo antes de ahogarme, detuve la secuencia.
Era eso o vomitar. Pedí perdón en bucle y me aparté a la zona menos iluminada, pero Gerard captó mi agobio.
Si aquel hombre medio ciego podía ver mis miserias, todos lo harían.
Se acercó a mi oreja —el tercer susurro en menos de diez minutos— y me aconsejó que aparcara mis miedos y me dejara llevar. Vaya, otra frase que se repetía.
Conocía la técnica del reseteo, era su socio fundador.
Por desgracia, el éxito de la película pasaba por la credibilidad de esa secuencia añadida, reclamo para un público que pagaría la entrada sin intención de disfrutar de su argumento.
Por eso puse mis cinco sentidos a favor de obra y volvimos a repetirla.
Salvador me observaba desde la escalera, ahora sí, tan inseguro como yo.
Mientras Águeda eliminaba mi sudor con la preocupación del que solo intuye un problema, inspiré despacio para relajarme, porque iba a implosionar.
«Prevenidos». No había vuelta atrás. Mi personaje estaba a punto de que abusaran de él…
o no. «Acción». Salí disparado hacia mi cuarto.
Salvador llamó a la puerta y le di permiso.
Tras las líneas de texto iniciales, vino el forcejeo…
hasta que me salí de guion y comencé a besarlo con una entrega casi asfixiante.
Salvador retomó lo pactado, me tiró en la cama, se quitó la ropa y me bajó el pantalón.
Nuestros jadeos se aceleraron y las erecciones no tardaron en aparecer.
Notamos la presencia de la cámara en un lateral, confiando en que a Gerard no le interesaría sacar empalmes en pantalla.
Otra sobrevolaba nuestras cabezas. Imposible dejar de mirarnos, estábamos rodeados de objetivos.
Regresó aquella imagen macabra que era incapaz de asumir, con la correspondiente sensación de frustración.
Con tal de detener el tormento, volví a improvisar.
Aparté a Salvador y fui yo quien se puso encima.
Su cara presagiaba una toma falsa y, antes de que hablara, le tapé la boca y le obligué a concentrarse en el rol pasivo que le había asignado.
Era el adulto confundido quien, harto de sus temores y líneas rojas, se encargaría de vengarse en la ficción, con una furia basada en décadas de contención.
Salvador intentó ponerse a la altura de mis embestidas simuladas, pero él no actuaba por acumulación.
Su desconcierto me puso cachondo. Esperaba la interrupción de Gerard ante mi libre albedrío, pero me dejó continuar.
Cuando el sudor de ambos daba credibilidad al revolcón, los dos fingimos el clímax.
Entonces, al «corten» de Gerard le siguieron los aplausos de unos compañeros que fueron testigos de mi…
¿catarsis? Quizá no sea la palabra adecuada.
Andrea, la guionista, bendijo el nuevo rumbo de la secuencia y, siendo sinceros, no, mi clímax no fue fingido.
Pablo, que se percató del derrame de fluidos, nos acercó unos albornoces con estampados japoneses y yo me incorporé como si tal cosa.
Salvador hizo lo propio, pero seguía descolocado.
Fue la única batalla que conseguí ganarle, la que no esperaba.
Yendo hacia el camerino, me preguntaba si recibiría su visita para continuar con la dinámica de concluir lo empezado en la ficción.
No ocurrió, y menos mal, porque a los diez minutos mi cuerpo se descompuso.
La miseria del que vence, lo llaman, aunque en realidad no terminara de ponerle cara a mi enemigo. ¿O sí?