28
Remoloneaba frente a la puerta de Luisa mientras se ablandaban unos profiteroles que compré en agradecimiento.
La escuché criticar por teléfono a María, mi compañera de reparto, con frases como «tiene un ego que no cabe por la puerta» o «es de las que ha aprendido a actuar, actuando»…
Y es que Luisa hacía la cruz a los actores sin formación, por mucho talento natural que atesoraran.
Pulsé el timbre y esto fue lo que dijo antes de abrir:
—Te dejo, que viene Víctor… Víctor Zimmerman, el actor. Lo ves, este tiene mucho talento, pero el pobre está muy perdido. Ciao .
Cuando abrió, tuve que defenderme.
—Soy el perdido. Qué manía de hablar de los demás cuando solo nos separa una pared.
—Has retrasado un rodaje dos días. Un poco perdido sí que estás.
No me sorprendió que Luisa estuviera al tanto de mis miserias, tampoco que preparara otra dinámica subversiva.
Entramos en su dormitorio y me obligó a tumbarme en la cama.
Ella me secundó para declamar una de las conversaciones cruciales de la película, que grabaría en un par de días.
Luisa, para interpretar a Sebastián, agravó la voz.
SEBASTIÁN
Eres un cobarde, Senén.
SENÉN
Es fácil ser valiente cuando se desconocen las consecuencias de nuestros actos.
SEBASTIÁN
Estoy en este mundo, las conozco de sobra.
SENÉN
No, te las han contado. Yo he visto asesinar a gente delante de mí por una razón similar a la nuestra. Tengo grabado el olor de su sangre.
SEBASTIÁN
No deberías tener miedo. Estás casado, tienes coartada.
SENÉN
Otros también la tenían y acabaron ajusticiados. Sus mujeres daban la voz de alarma porque no consumaban.
SEBASTIÁN
A ti nunca te va a pasar eso porque también te gustan las mujeres.
SENÉN
Sí, pero últimamente tengo a tu madre muy desatendida.
SEBASTIÁN
Pues deberías hacer un esfuerzo por guardar las apariencias.
SENÉN
Sería más fácil si no me hubiera enamorado de ti.
SEBASTIÁN
Me alegro porque a mí me ocurre lo mismo.
SENÉN
No deberías alegrarte. El amor nos vuelve vulnerables, nos hace reaccionar de forma visceral y aquí es peligroso actuar sin pensar.
SEBASTIÁN
No hay nada que pensar. Deberíamos disfrutar y dejarnos llevar.
SENÉN
Tu problema es que eres joven e inmaduro.
SEBASTIÁN
Yo solo quiero que tengamos una oportunidad para empezar de nuevo.
SENÉN
Yo ya lo he hecho, acabo de casarme.
SEBASTIÁN
Te equivocas. Has dado un paso atrás.
SENÉN
No hemos nacido en el momento adecuado. Nos matarían.
SEBASTIÁN
Pues escondámonos hasta que vengan tiempos mejores.
SENÉN
Ningún momento va a ser bueno para nosotros. Pocos entienden lo que no viven en primera persona. Y en mi caso es aún peor. No soy ni blanco ni negro, he salido gris. Soy un engendro mayor si cabe.
SEBASTIÁN
Eres como los de mi trabajo. También has aprendido a resignarte, a arrodillarte ante lo que dicte la mayoría.
SENÉN
He aprendido a sobrevivir. Un paso en falso y perderemos la poca libertad que hemos conseguido.
SEBASTIÁN
La palabra libertad suena demasiado gruesa aquí. No creo que…
Luisa dejó de leer y puso cara de ir a cometer una trastada.
Me preguntó si ese diálogo debía decirlo totalmente desnudo en la cama.
Le corroboré que sí, que los productores pedían carne y había que darles una parrillada entera.
Por supuesto, le pareció una modificación excelente, arriesgada.
Acto seguido, pidió que me desnudara, alegando que me notaba tenso, poco orgánico.
Al principio no la tomé en serio, pero se trataba de Luisa.
Intenté persuadirla, pero fue inútil; era el precio a pagar para que me ayudara.
Allí estábamos, desnudos y con el estómago atestado de bollería industrial.
Cuando me tapé mis partes con las manos, recibí un codazo que indicaba que mi personaje, tras practicar sexo con su hijastro, no tendría pudor en mostrarse tal y como vino al mundo.
Accedí, volvimos a empezar, pero a Luisa ya no le interesaba seguir desgranando el texto de la obra, al menos tal y como estaba escrito.
—¿Eres un cobarde, Víctor?
—¿Qué?
—Déjate llevar, por favor.
—… Posiblemente… Mi profesor de teatro dio en el clavo, somos nuestros peores enemigos. Para mí enfrentarme a Senén es una pesadilla, es un personaje…
—¿Con el que te sientes identificado?
Mi silencio vino acompañado de una apnea involuntaria. Tragué saliva y poco a poco retomé mi rutina respiratoria.
—Puede, solo que Senén rompe esa barrera en una época donde no se superaba casi ninguna y eso me da coraje. La obra me lleva persiguiendo media vida. No ha parado hasta colocarme frente a un espejo.
—Lo de humanizar textos dramáticos para explicar lo que te sucede no tiene mucha lógica. Sinceramente, no creo que sea la causa de tu malestar. Y, en ocasiones, lo que no es causa se convierte en consecuencia.
—Para, con una psiquiatra tengo bastante.
—¿Ya no estás con aquel inútil?
—No, llevo dos meses con una que no deja de atosigarme con que escriba todo lo que me pasa por la cabeza. Dice que me he convertido en un experto en enterrar lo que me angustia y puede que no le falte razón.
—Desde luego. Por ejemplo, tu sexualidad.
—Disfrutaba de mi sexualidad, al menos de una parte.
Miré a Luisa con la esperanza de que cortara el interrogatorio.
—¿Nunca te han atraído otros hombres?
—Sí, pero cuando el asunto podría cuajar, se me disparaba una ansiedad que no podía controlar, así que me prohibía entrar en ese jardín.
—Necesito ejemplos.
—Con Lluis Guardiola tuve un encuentro desagradable entre bambalinas al acabar un ensayo. Se me lanzó al cuello sin avisar.
—Iría puesto hasta arriba. Los del teatro son muy de coca.
—El caso es que, aunque me gustaba, me marché sin dar explicaciones.
—¿Alguna anécdota más? Esta me sabe a poco.
¿A poco? Le daba una exclusiva y Luisa la consumía como las pipas en un banco de parque.
—Durante unos meses me obcequé con un operario de cámara, pero por suerte era heterosexual y no dio pie a incomodidades. El problema ha venido con Salvador, mi hijo en la película.
—Es guapo a rabiar, con esa ceja partida que le da un toque canalla.
—Y con el descaro para hacer felaciones a sus compañeros de rodaje.
—¿Sí? Me declaro fan de ese chico. ¿Y cómo reaccionaste?
—Regular. No consigo disfrutar. Al principio me recordaba a mi amigo Hugo, pero cada día que pasa, ese recuerdo se desdibuja.
Es una versión demasiado actualizada y frívola.
Aun así, eso no justifica que me sienta culpable después de que me hagan una felación.
Es desesperante. No sé por qué reacciono así.
—Deja de fustigarte. Solemos resolver a la desesperada. Si te agobia la relación con este chico, frena. Total, un día más o menos no lo vas a notar. Por cierto, ¿quién es Hugo? Nunca me hablaste de él y mira que tuvimos momentos de sincerarnos.
—Mi mejor amigo en la carrera. Hacer la película lo ha traído de vuelta. Tengo ganas de hablar con él, saber cómo está, si tiene pareja o por qué desapareció de la noche a la mañana sin…
Me detuve antes de soltar lastre. Una decisión de no retorno.
—¿Víctor?
—Sin que pudiera decirle que me estaba enamorando de él.
—Vaya… y, de repente, llega ese momento en un texto donde una frase lo cambia todo.
—En mi caso no cambia nada. Lo peor es que no tengo coartada. Nadie me oprimía ni me quitó la idea de la cabeza. Solo que no pude dar rienda suelta a mis sentimientos y no soy capaz de averiguar por qué.
—Pues hasta la historia más rocambolesca tiene su explicación.
—Intento llegar al origen, pero siempre me topo con un muro. Soy ridículo. Si me viera mi madre…
—No le sorprendería. Tu madre te conocía, Víctor.
—Mi madre bastante tenía con sacarme adelante. Estaba emperrada en que Úrsula y yo le diéramos nietos.
—Deja de subestimarla. Además, hablas mucho de tu madre, pero muy poco de tu padre.
Agaché la cabeza en un signo claro de debilidad.
—Con él, los recuerdos son limitados. Se fue sin despedirse.
—Suena a reproche. ¿Todavía no le has perdonado?
—Tardé lo mío. Luego me sentí tan culpable que me obsesioné con ser actor para satisfacer sus deseos. Pasé de la recriminación a la culpa.
—Deberías haberte quedado en lo primero, con la culpa se convive peor. ¿Cómo vamos de tiempo? ¿Las ocho? El pizzero está al caer.
—Si quieres me espero y lo recibimos los dos en pelotas. ¿Años?
—Solo sé que es mayor de edad, creo.
—¿Y cómo es que lo tienes tan enganchado?
—Digamos que le apasiona mi técnica bucal, sobre todo cuando me quito el puente. Evita rozaduras en zonas sensibles.
—Serás guarra. ¿Hablamos de realidad o ficción?
—Realidad. Ficción sería si consiguiera un buen revolcón. Mucha carne prieta, pero poca experiencia. Tampoco quiero que te vayas así.
—No te preocupes, tengo invitados. Úrsula está en mi casa, con su hijo. Estoy dudando si es hijo mío, así que he cogido su tenedor y he encargado una prueba de ADN.
—¿Cómo? ¿Úrsula de vuelta, un hijo? Cuéntamelo todo ahora mismo.
—Ni hablar, que tu cita está a punto de llegar.
—Pero…
—Hasta la semana que viene.
Me convino cortar la conversación en ese punto.
Demasiados diálogos en los últimos días.
Salí de casa de Luisa recolocándome la ropa como si acabáramos de intimar, seguido de una palpitación aislada que me puso en alerta.
Revisé el móvil, que seguía plagado de llamadas perdidas y mensajes.
Uno de ellos era de Gerard, donde me comunicaba que los productores exigían incluir otra secuencia de sexo entre Senén y su hijastro, que enlazaría con la que acababa de ensayar en casa de Luisa.
Se grabaría en el último turno y con equipo reducido, al ser una secuencia delicada.
Empezaba a pensar que me esperaba un destino todavía más sórdido a la vuelta de la esquina.
Dos palpitaciones más. Tres son multitud.
El de la farmacia bajaba la reja cuando le supliqué que me atendiera, que necesitaba con urgencia la medicación.
Ni caso. Él pretendía volver a su casa de la misma manera que yo me negaba a regresar a la mía.
Como me crucé con el pizzero, se me olvidó rápido el desplante.
A punto estuve de acercarme a él, hacerme pasar por el marido de Luisa y entrar yo con las pizzas para forzar otra master class sobre cómo sobreponerme a secuencias peliagudas.
El pizzero aparcó la moto y entró decidido a sucumbir a la tentación de mechón azul.
Esperé quince minutos por si era de esos que acababan pronto la faena, pero qué va.
Así descubrí una de las razones por las que las pizzas que pedimos llegan tan frías.