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En el set de rodaje me recibieron como el hijo pródigo cansado de deambular fuera de su zona de confort.
Gerard se me acercó con la cautela de quien juguetea con una granada de fragmentación y, mientras contestaba a sus preguntas, buscaba indicios de mi desequilibrio.
Y puede que los encontrara, pero mantuvo las formas.
Los dos lo hicimos. Águeda no me dirigía la palabra.
Me llamó para interesarse por mi estado y, para variar, no cogí el teléfono.
Sin embargo, ante la indiferencia de Salvador, me apetecía ponerle al día, pero me contuve.
Él ofrecía frialdad, yo daba frialdad. Quid pro quo .
Mi primera secuencia transcurría en los alrededores de la casa, así que me adelanté y salí a tomar contacto con el entorno.
Me topé con Mariano, que hablaba con el manos libres dentro de su coche.
Una voz de mujer le amenazaba sin piedad.
Como aún me quedaban fuerzas para escuchar miserias ajenas, me agaché detrás de un coche contiguo y simulé atarme los cordones.
En cuanto me enteré de que era su amor platónico y que iba a denunciarlo por acoso si no vendía su casa, abandoné mi espíritu Matahari.
Hice lo mismo que criticaba en los demás, pasar del problema.
Esperaba que asimilase la amenaza, porque nos tocaba juntos la mayoría de secuencias y no estaba para tonterías.
Media hora después, Felipe, el personaje interpretado por Mariano, se pasea por un camino cercano a un río.
Al escuchar un ruido, se detiene y se desvía de la senda.
Con cautela, avanza detrás de unos matorrales y, para su sorpresa, se convierte en testigo del romance entre su cuñado Senén y su sobrino Sebastián, que se besan creyendo no ser vistos.
Hicieron falta solo tres tomas para que Gerard diera el visto bueno. Digo «solo» porque la media se acercaba peligrosamente a cinco. Por desgracia, recuperamos la tendencia en la siguiente.
SEC.89. INT. COCINA. TARDE.
FELIPE y su hermana CATALINA discuten acaloradamente.
FELIPE
Te digo que es verdad. Se estaban besando, en el río.
CATALINA
Cómo puedes ser tan ruin. Yo sé lo que te pasa. Senén arruinó tu plan, ¿verdad? Hubieras preferido que me quedara soltera para hacer conmigo lo que quisieras, que es lo que has hecho toda la vida.
FELIPE
No es eso. Confía en mí, por favor.
CATALINA
Cómo quieres que me fie de alguien que ha dejado embarazada a su propia hermana.
FELIPE
Cállate. Juramos que no volveríamos a sacar ese tema.
CATALINA
Es que me cuesta mucho olvidarlo.
Llegan SENÉN y SEBASTIÁN.
SENÉN
Ya estamos aquí. ¿El qué te cuesta olvidar?
CATALINA
Nada. ¿Habéis pescado mucho?
SEBASTIÁN
Qué va, hoy los peces estaban esquivos.
Silencio incómodo. FELIPE sale de la cocina sin mediar palabra. CATALINA continúa callada.
Cuando María iba a declamar su frase, un claxon de coche se metió por el sonido ambiente. Gerard soltó un Qui est l’diot y solicitó cinco minutos de descanso. Como aquella tarde apenas sacó a relucir su sarcasmo, me acerqué para averiguar qué le ocurría.
—Gerard, ¿qué te pasa? Estás muy serio.
—Vamos con retraso y aún no hemos asegurado a todos los patrocinadores. Y encima, los productores me exigen incluir escenas de sexo explícito, aunque eso no será ningún problema para ti.
—Quizá sea un problema para la historia en general, ¿no crees?
—Sin los productores no somos nadie.
—Entonces qué quieren, ¿una película porno?
—Víctor, yo nunca accedería a eso, no dentro de sus cánones. Pero debo ceder en determinadas cuestiones, estoy atado de pies y manos.
Terminamos la secuencia, no sin polémica.
El del claxon era un vecino de la zona, harto de tanto ruido.
Antonia, la directora de arte, estuvo a punto de agredirle porque durante la discusión la llamó enana, y a ella, orgullosa de su metro cincuenta, nadie la insultaba sin que tuviera consecuencias.
Gerard estaba al borde del colapso y yo era incapaz de asimilar tanto cambio.
Darío puede ser mi hijo…, tengo que localizar a Hugo, ¿querrá hablar conmigo?
… ¿Qué hago para impedir el chantaje de Ramón?
… ¿Más escenas de sexo con Salvador? Con semejante bombardeo, regresé a mi camerino a practicar los ejercicios de relajación que me mandó Conchita para evitar un segundo un ataque de ansiedad.
En la quinta inspiración me detuve y decidí que lo mejor sería empezar a resolver.
De todo lo acumulado, lo único atajable era el asunto de Hugo.
Me tomé dos orfidales y escribí en Google su nombre ficticio, Carlos Domenech.
Y la odisea por encontrar una imagen suya terminó.
Fue fácil reconocerlo. Con signos de vejez tan sutiles, nadie diría que contaba con más de medio siglo a sus espaldas.
Me emocioné elucubrando si se habría hecho vegano o retocado la cara, porque tanto la frivolidad como la hondura formaban parte de mi repertorio.
Llamaron a la puerta. Me sequé las dos lágrimas que resbalaban por mi mejilla y abrí.
Era Salvador, ese ser capaz de devorarte para después mostrar un desinterés insultante.
Venía con un regalo, un dibujo de alguien que se parecía mucho a mí, practicando sexo en una orgía gay .
Era curioso, llevaba esperando un retrato treinta años y, mira por dónde, aquel día se cumplió mi deseo.
Y de fondo, la imagen de Hugo en el ordenador, de convidado de piedra.
—Muchas gracias, Salvador. Es… impactante.
—Mira, este soy yo dándote placer.
—Muy realista tu miembro.
—Me tengo cogida la medida. Que sepas que estoy muy solicitado. María no para de tirarme los trastos. Unas tanto y otros tan poco.
—Deberías darle una oportunidad.
—No lo descarto, pero es muy pesada y ser pesada no es sexy .
—Cada uno utiliza sus tácticas.
—Pues yo todavía no he averiguado la tuya. ¿Cuándo darás otro paso?
Traté de no ser borde. Estaba claro que a Salvador ni se le pasaba por la cabeza que pudiera necesitar ayuda.
—Créeme, estoy dando bastantes.
—Pues no se nota. Te pusiste muy nervioso el otro día.
—Era la primera vez que llegaba tan lejos con un chico, no todos somos tan adelantados como tú.
—Bueno, más vale tarde que nunca. De todas formas, tengo la sensación de que estás acostumbrado a que vayan detrás de ti. ¿Quién es?
—¿Quién?
—El del ordenador.
—Ah, un viejo amigo.
—Es muy guapo. A ver… Carlos Domenech, director teatral.
—Eh, deja de fisgonear en mis cosas. No tenemos tanta confianza.
Salvador, ofendido, abandonó el camerino con una chulería que seguía sin conectar con mi estilo de flirteo.
Tenía razón, estaba acostumbrado a que fueran detrás de mí, tanto como él a conseguir lo que se proponía.
Lamentablemente, aquella noche los dos recibimos nuestra dosis de frustración.
Una parte de mí, pedía a gritos pasar a mayores con él, imbuirme en una historia que, aunque empezara a lo Instinto Básico , la forzaría hasta transformarla en Los Puentes de Madison .
Pero no, me mantuve en mi sitio. Supongo que fue entonces cuando entendí que Salvador jamás suplantaría a Hugo, por mucho que jugara con la baza de la juventud.
Allí estaba, acompañado de la imagen ampliada de Hugo en el ordenador.
Era como el Moisés de Miguel Ángel, daba igual donde me colocara. Me seguía mirando.