La catarsis Zimmerman 26
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Salir de la consulta de Conchita fue como abandonar una cárcel con grilletes.

Se arriesgó a dar un diagnóstico y, por la fama que la precedía, no lo habría hecho de no estar segura.

¿Disociación? Me negué a ampliar información por internet.

Para flagelarme me bastaba lo conocido. Lo único seguro era lo verde que estaba para asumir acciones pasadas, en caso de que hubieran sucedido.

Y por si aquel veredicto no fuera suficiente, debía enfrentarme a la nueva versión de Úrsula sobre el paradero de Hugo, mi proyecto de abusador. Imposible levantar cabeza.

El ansia de respuestas me empujó a mi casa sin recurrir a un chamán o un exorcista.

Darío y su lengua viperina seguían atrincherados en su cuarto desde nuestro paseo matutino y Úrsula cocinaba merluza a la riojana, su especialidad, solo que sustituyó el tomate por salsa ponzu .

Un chantaje gastronómico que no estaba dispuesto a aceptar.

—¿Qué tal fue el casting ?

—Me quedé en blanco, pero remonté como pude. Pronto saldré de dudas. Habría estado bien que me echaras una mano, que menudo plantón me diste.

—Perdona. Terminamos tarde y, al llegar a casa, estabais acostados.

—Bajé a beber agua, pero no te encontré. Luego, cuando subía las escaleras, me pareció verte tumbado al lado del sillón.

—Eso es imposible.

—He dicho «me pareció» por educación. Te reflejabas en el espejo.

—Me quedaría traspuesto. En cualquier caso, verás como tienes suerte sin mi ayuda. Así dejarás de vender patatas fritas.

—Te lo ha contado Darío, ¿verdad? Le advertí que no dijera nada.

—Supongo que otros te advirtieron a ti de lo mismo.

—¿Qué otros? No sé de qué me hablas.

—¿Por qué viniste a verme cuando llegaste a Madrid?

—Por saber cómo te iba, nada más.

—Úrsula, llevamos años sin hablar. Hemos demostrado que no necesitamos saber el uno del otro. ¿Por qué viniste?

A Úrsula le cambió la cara y tomó distancia para coger carrerilla.

—Porque vi tu entrevista en televisión.

—¿Qué entrevista?

—Esa en la que contabas que era el amor de tu vida.

—Ah…, lo siento. Buscaban titulares y me negué a inventarme otra relación. Perdona si te he generado falsas expectativas.

—Es fácil que ocurra si declaras eso en público y te acuestas conmigo la primera noche que paso en tu casa.

Lo que me pesa es haber traicionado a Joan, aunque nuestra relación no pase por su mejor momento.

Intenté olvidarme de ti, centrarme en tus defectos, en tu desidia, tu egoísmo, tu independencia extrema.

Con Joan, creí que lo había conseguido. Pero me bastó verte una vez en televisión para tirarlo todo por la borda.

Y encima declaras que me seguías queriendo.

En fin, que soy estúpida. Debería haber recordado lo buen actor que eres.

—En eso tampoco te quedas atrás.

—¿A qué te refieres?

—Según tú, nunca volviste a ver a Hugo, ¿verdad?

A Úrsula se le quedó pequeña la cocina. Se dirigió a la ventana del salón, no sé si con la intención de coger aire o de saltar a través de ella.

—¡Puto niño! Siempre que intento meterle en vereda, me la lía.

—¿Qué dices? —pregunté, aun habiéndola entendido a la perfección.

—Nada. Veo que el paseo de la mañana os ha cundido.

—Más de lo que esperaba.

—No sé por dónde empezar. Al mes de llegar a Barcelona, una amiga me invitó al musical Flor de nit .

Iba recelosa, no soy de musicales. Al acabar, me impresionó tanto el montaje que le pedí que me presentara al director.

Me quedé de piedra cuando comprobé que era Hugo, más que nada porque en el programa de mano aparecía como Carlos Domenech.

Fue lo primero que me aclaró. Se cambió de nombre para que su padre no se enterara de sus inquietudes artísticas.

—Ese padre… ¿Y ha vivido en Barcelona todos estos años?

—Iba y venía, según el proyecto que le encargaran. A Hugo se le valora más en el extranjero. Nos veíamos solo cuando asistía a sus montajes.

—¿Y por qué no has sido capaz de decírmelo?

—Supongo que tenía miedo a que se repitiera la historia.

—¿Qué historia?

Úrsula entrelazó las manos y se apoyó en la pared para dar otro vuelco a la conversación.

—Hugo me contó lo que pasó en la casa de Tuña, que se había enamorado de ti y que llegó a pensar seriamente que fue recíproco.

—Es curioso, porque la teoría de mi psicóloga dista bastante del amor. Úrsula, yo me enamoré de ti.

—Víctor, te observé la última noche. Me asomé al salón y allí estabas, tumbado en el sofá, llorando como un niño pequeño.

Yo no sé cómo no me escuchaste, porque la tarima del suelo hacía un ruido infernal.

Tenía intención de darte un susto o hacerte cosquillas, esas cosas que hacen las parejas que aspiran a quererse, pero no tuve opción.

—Estaría agobiado por los exámenes.

—No era ese tipo de llanto, Víctor. Te levantaste del sofá y yo regresé a mi habitación para que no me pillaras.

Observar a alguien en silencio es un acto de amor y no quería exponerme tanto.

Me acosté y, al momento, apareció tu sombra.

Supuse que entrarías en mi habitación para darme explicaciones, pero no. Entraste en la habitación de Hugo.

—Allí no pasó nada.

—Tampoco es cierto, Víctor. Intentaste llegar más allá con Hugo, pero no lo conseguiste.

Te boicoteaste, te bloqueaste, no sé, y acabaste empujándolo contra la ventana.

Fue él mismo quien se encargó de poner imagen a los sonidos que recordaba, solo que veinte años después y sentados en un bar de la Barceloneta.

Aquella confesión me abrió los poros y empecé a sudar. También me alivió. Agradecía que lo ocurrido fuera diferente a mis pesadillas y, sin embargo, no podía desprenderme de mi cinismo.

—Me alegra que hayáis llegado a ese nivel de intimidad.

—No habría hecho falta, Víctor. Lo tuve claro la tarde que perseguiste a Hugo bajo la lluvia. Tu cara estaba desencajada.

—Pero si llegaste a pensar que eras tú la que le gustaba.

—Sin duda soy mejor actriz que vosotros.

—Joder, ¿y qué más da? Te quería a ti, Úrsula.

—A eso me aferraba para no martirizarme, aunque sintiera que habías cogido el camino fácil.

—¿Os habéis puesto todos de acuerdo para decir lo mismo?

—No serías el primero que oculta su homosexualidad.

—Yo no soy homosexual.

—Pues bisexual, da igual. Desde que he vuelto lo tengo claro. Además, vi cómo te metías en el servicio con Salvador en la fiesta de María.

—Vaya, no se te escapa una.

—Siempre abarco más de lo que presupones. ¿Me vas a asegurar que no sentías nada por Hugo, que ni siquiera te atraía?

Agaché la cabeza hasta que mi barbilla se juntó con mi esternón.

—Venga, dímelo, dímelo.

—No puedo.

—Claro que no, es evidente. ¿Y por qué no fuiste capaz de experimentar? Eran los ochenta, rodeado de artistas. Lo tenías todo a favor.

—¡No lo sé!

—¡Pues ya es hora de que lo averigües!

Dejé de gritar para pasar a un silencio lleno de matices, de los que le encantaban a don Amador. Úrsula se puso una rebeca y cogió su bolso. Al llegar a la puerta principal, se giró con la contundencia de un personaje cansado de asumir su destino y asestó un punto final a la conversación:

—Estar a tu lado ha sido un despropósito, Víctor. Tus ausencias, tus líneas rojas. Igual tu psiquiatra no anda desencaminada. Indaga, oblígate a recordar. Así dejarás de hacerte daño y, de paso, de hacer daño a los demás.

Y Úrsula se marchó, dejándome con la palabra en la boca.

Concluía así el nudo de mi historia, un nudo plagado de tramas con desenlace incierto.

¿Obligarme a recordar? Asumía que me quedaba por subir una cuesta pronunciada, solo que sin nadie que me cogiera de la mano ni me advirtiera de los peligros.

Pobre Úrsula. Merecía sus reproches, sus hipótesis.

Ella había jugado conmigo durante días, pero ¿y si yo lo hubiera hecho durante décadas?

Qué va, no puedo caer en esa trampa. Yo quería estar con ella.

Comer, dormir, follar con ella. Eso es amor, no eran elucubraciones mías.

¿O sí?… En cualquier caso, tenía mucho que agradecerle.

Úrsula volvía a dinamitarme para que avanzara. Una auténtica aparición estelar.

Se abrió una puerta. Pensé que Úrsula había regresado para zanjar los asuntos que se quedaron a medias, pero no. Se trataba de Darío. Se acercó a mí sin dejar de mirar la tablet y, aun así, sin chocarse con ningún objeto.

—Te he escuchado discutir con mi madre. ¿Qué ha pasado?

—Nada que un niño de quince años tenga que saber.

—¿Quince? Tengo dieciséis. De hecho, cumplo diecisiete en enero, por si quieres hacerme un regalo.

—Tu madre también te había prohibido que me contaras esto, ¿verdad?

—Sí, pero estoy harto de sus amenazas.

—Entonces, cabe la posibilidad de que…

—Echa tus cuentas, yo paso. ¿Habéis cenado ya?

—No, cena tú si quieres.

—Huele raro.

Efectivamente, la merluza comenzaba a pegarse en mi cazuela antiadherente.

La apagué sin inquietarme y serví una ración a Darío.

Yo había perdido el apetito. Aquel día, cada vez que Darío abría la boca, era para darme un vuelco al corazón.

Durante media hora, recorrí el pasillo sin descanso.

La posibilidad de que hubiera un hijo mío cenando merluza chamuscada ganaba enteros, aunque prefería pensar que Úrsula no sería capaz de ocultarme semejante noticia.

Darío me observaba preocupado y quizá arrepentido de destapar la caja de Pandora.

En cuanto se encerró en su cuarto (sin recoger la mesa), agarré una bolsa transparente para congelar alimentos, metí dentro su tenedor y lo guardé en mi mochila.

Estaba preparado para dar un nuevo vuelco a mi historia, porque se conoce que con los que ya llevaba no tenía suficiente.

Me equivocaba. La trama seguía enredada en su nudo. Así era complicado divisar desenlaces.