La catarsis Zimmerman 25
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Me desperté rodeado de todo el equipo. Andaban angustiados, no por mí, sino por si se trataba de un ictus y la película se quedaba colgada. Agradecí que ninguno me grabara con su móvil. La ambulancia tardó media hora en llegar, debido a recortes sanitarios cada vez menos sutiles.

En Urgencias, el chequeo confirmó lo que intuía: crisis de ansiedad con pérdida de conocimiento.

Gracias a la química intravenosa, mi cuerpo reseteó, aunque los problemas siguieran incrustados en mi cabeza.

El doctor, cumpliendo con su código deontológico, juró que no filtraría mi estado de salud a la prensa.

Ahora, que también lo hicieran las enfermeras, auxiliares y celadores de la planta, se antojaba complicado.

Quería huir. No podía permitirme parar ni las tres horas que llevaba en aquella sala atestada de enfermos.

En cuanto lo manifesté, me dieron el alta.

Necesitaban mi cama para otro paciente al que también echarían lo antes posible.

Salí del hospital con un moratón en el cuello —más trabajo para el departamento de maquillaje— y con la fuerza justa para caminar.

Habría regresado al rodaje de no ser porque me derivaron a psiquiatría esa misma tarde. Suerte que Conchita estaba de guardia.

—¿Cómo te encuentras, Víctor?

—Agotado.

—No me extraña. Me hubiera gustado atenderte antes de que perdieras el control.

—Es que nunca me había dado un ataque de ansiedad tan fuerte.

—Los hay peores. Tómatelo como un aviso.

—Lo que me da rabia es que sea cuando he empezado a remontar.

—El cuerpo tiene memoria y es traicionero. Si te consuela, nadie hubiera aguantado tanta presión. He leído tus veintidós escritos y no tienen desperdicio.

—¡Qué vergüenza! Pensé que te aburriría.

—Al contrario, aportas datos relevantes. Una pena que muchos se nieguen a escribir, porque es una técnica esclarecedora, para vosotros y para mí. Antes de ahondar en el asunto, ¿es cierto lo que cuentas?

Tragué saliva. No tenía previsto contestar a esa pregunta.

—Sí. Hay algún elemento novelado, pero la mayoría, sí.

—¿Cómo que novelado?

—Te seré sincero. Se me ocurrió usar los escritos que me mandaste para publicar una novela autobiográfica. Estaba desesperado y creía que sería mi último recurso para sacar un dinero extra.

—Ya me extrañaba que los enumeraras por capítulos.

—Con la película ha perdido su sentido, pero sigo adelante.

Me relaja escribir, aunque no espero nada.

La gente tampoco lee y mi figura no despierta interés más allá de YouTube .

Al menos contigo cumple una función práctica.

Lo único que, bueno, siempre he sido muy ingenioso.

De pequeño llegué a inventarme una amiga imaginaria.

—Eso ya lo había leído en un capítulo.

—El caso es que hay partes que son de mi cosecha. El público exige entretenimiento.

—Y claro, hay que dárselo. Mientras no sea nada relevante…

—No, por desgracia, lo básico es verídico. La cuestión es por dónde empiezo. ¿Por la película, por la relación con mi ex, por haber localizado a Hugo, por mi primer encuentro sexual con alguien que podría ser mi hijo, por el maromo que me chantajea?

—¿A quién te refieres?

—A Ramón. Lo explico en un capítulo reciente que aún no te he mandado. Ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Estaba tan nervioso que bebí del vaso de Conchita. Así me enteré de que le gusta el agua con gas.

—Las cinco opciones son tentadoras. También me interesan esos sueños inconclusos con tu padre, pero ahora prefiero centrarme en Hugo. En los últimos escritos ha cobrado protagonismo.

—Sí, desde que empecé el rodaje lo tengo muy presente.

—Lo primero que me gustaría aclarar es si continúan las pesadillas con Hugo y desde cuándo las sufres.

—Van y vienen. Así llevo treinta años.

—Y, según me contaste por teléfono, suceden en aquella casa de verano, ¿es así?

—Sí.

—¿Y por qué no las comentas en tus escritos?

Mi cuerpo reaccionó en forma de sudor frío, mi semáforo en rojo.

—Cuando escribo, suelo transformar el drama en humor, pero en este caso me cuesta tanto que prefiero omitir esa información.

—¿Y si te pido que hagas un esfuerzo y especifiques en qué consisten?

—Básicamente son encuentros íntimos con Hugo y siguen el mismo patrón.

Nos quedamos solos, ensayamos y, justo al acabar, Hugo se acerca y me acaricia el brazo, pidiéndome que me relaje porque me nota tenso.

Él sabe que me incomoda y, aun así, continúa.

Se acerca y pasa a darme besos por el cuello y la nuca.

Empalmado, se quita la camisa y desabrocha la mía.

Mete la mano en mi pantalón y empieza a masajear mis partes.

Yo estoy paralizado. Creo que es la profunda sensación de asco la que me impide reaccionar.

Para cuando quiero darme cuenta, estamos los dos desnudos y tumbados en la cama, acelerados.

Hugo, por excitación; yo, por incertidumbre.

A pesar de mi rigidez, consigue colocarme boca abajo y empieza a penetrarme.

Yo me limito a cerrar los ojos, como si al hacerlo tuviera el poder de hacerme invisible, pero como Hugo no se detiene, le acabo empujando contra la ventana y desaparezco corriendo. Y justo ahí es cuando me despierto.

—¿Y esto que cuentas guarda relación con la realidad?

—Claro que no, lo recordaría.

Conchita avanzó como si la cosa no fuera con ella.

—Existen experiencias traumáticas que pueden generar amnesia y sin duda un abuso sexual podría ser una de ellas. ¿Hubo algún momento tenso en aquel viaje?

—Sí. Allí perdí la virginidad con Úrsula y a Hugo le costó aceptarlo.

—¿Por qué?

—Porque estaba enamorado de mí.

—Podría ser el detonante de una reacción violenta.

—Eso no tiene sentido. Nadie abusó de mí en aquella casa.

—De acuerdo, supongamos que fue así, pero… ¿nunca tuviste dudas ni le diste falsas esperanzas?

—En la casa tuvimos un ensayo incómodo. Una escena en la que Hugo se me acercaba hasta terminar boca con boca. Es cierto que la alargamos más de la cuenta, pero no dejaba de ser un ensayo.

Conchita se detuvo a recalibrar datos.

—¿No disfrutaste?

—No especialmente. Fue a raíz de la muerte de mi madre cuando me propuse ser honesto con lo que sentía, tomarme en serio.

—Antes podrías haber inhibido esa atracción hacia los hombres y, hasta que no sucedió un hecho doloroso, no se desató esa pulsión. No serás el primero que oculta su identidad.

—¿Y quién aguanta tanto tiempo ocultando su identidad?

—Alguien que haya desarrollado una parte de ella.

Ahora el que requería una pausa era yo. Era difícil escapar de aquel lodazal sin mancharme.

—Solo son pesadillas, como caer al vacío o que te atropelle un tren.

No significan nada, no son parte objetiva de mi realidad.

Hugo solo es un amigo que desapareció de la noche a la mañana.

Mi intención es encontrarlo y retomar lo que nunca se debió romper.

No quiero indagar en mi pasado. Es el presente lo que me agobia.

—El pasado y el presente están relacionados. De hecho, has comentado que Salvador te recordaba a Hugo.

—Solo en lo físico.

—¿Y no podría ser que estuvieras intimando con Salvador para resarcirte por lo que no te atreviste a hacer con Hugo?

—Salvador me atrae, sin más, y me he propuesto dejarme llevar, aunque todavía no consiga disfrutar.

—Eso es lo que me llama la atención, que reacciones a la defensiva cada vez que tratas de intimar con un hombre. Por eso intento averiguar qué ha ocurrido, porque sospecho que tu reacción está relacionada con tu pasado, Víctor. Quizá con lo que ocurrió en aquella casa.

Levanté la voz y Conchita me imitó.

—¿Por qué? ¡Solo fueron cuatro días dentro de una vida de cincuenta y cinco años!

—Los desencadenantes no entienden de cronologías. Víctor, aunque es pronto para hacer valoraciones, cabe la posibilidad de que hayas sufrido una disociación.

—¿Cómo? ¿Eso qué es?

—Normalmente sucede cuando se experimenta un trauma. Es una falta de conexión entre elementos que habitualmente están asociados entre sí. Puede afectar a la conciencia, a la identidad, a la percepción o a la memoria, como podría ser tu caso.

—¿Disociación? ¿Qué elementos? Me estoy agobiando.

Conchita lanzó un suspiro para recuperar la paciencia perdida.

—Perdona, estamos yendo muy rápido. Aparcamos este asunto para cuando estés más tranquilo. Si lo prefieres, podemos hablar de tu exmujer o de tu padre.

—Mejor lo dejamos para otro día.

—Está bien. La consulta era dentro de dos semanas, podemos retomar entonces. Eso sí, antes de irte, te pido que, desde la serenidad, hagas un esfuerzo por despejar incógnitas. Sé que es como levantar un castillo de la nada, pero es fundamental para avanzar.

—¿Crees que no lo he intentado en todo este tiempo?

—Si no se usan los mecanismos adecuados, solo conseguiremos enredar más la madeja.

Las pautas de Conchita se me acumulaban, también los dilemas. Tocaba dudar de mi pasado, de mis recuerdos. No hay nada más desasosegante. ¿Podría ser Hugo el causante de tanto estropicio? Otra razón para encontrarlo, aunque tuviera que sacar fuerzas de flaqueza para formular según qué preguntas.