24
—La segunda pregunta tiene que ver con el cuchillo. Hay algo que no me cuadra.
—¿El qué, detective Striker? ¿Era un cuchillo de punta redonda?
—No, mi querido aprendiz, era un cuchillo estándar, de los que se clavan en cualquier parte, aunque la víctima no tuviera esa intención.
—¿Cómo dice? Señor Striker, lo he revisado todo, llevo horas aquí.
—Ay, señor Wilson. Debería ser más observador. ¿Qué me dice de la carta?
—La escribió ella. Es su letra, no hay duda.
—No la habrá movido de sitio…
—Claro que no. La leí sin tocarla, sin mover las pruebas, como usted me enseñó.
—Eso está bien. Aprende rápido, pero le falta sutileza. ¿Dónde está el bolígrafo?
—¿Qué bolígrafo?
—El bolígrafo con el que la víctima escribió la carta.
—Ah, aquí está, justo al lado.
—¿Y no le dice nada?
—No, es un bolígrafo normal, mordisqueado. ¿Lo desarmo por si hay una nota dentro?
—Señor Wilson, la víctima se clavó el cuchillo con la mano derecha, pero el bolígrafo lo dejó al lado izquierdo de la carta.
—¿Y qué? No entiendo lo que quiere decirme.
—Mi querido aprendiz, la víctima era zurda. Alguien la obligó a escribir la carta y luego la asesinó.
—¡Víctor, Víctor!
Me quedé dormido esperando a que regresara la cobertura para rastrear el paradero de Hugo.
Suerte que fue en el sofá del camerino y no tuve que salir escopetado para disculparme.
Por fin terminé aquel sueño, el juego improvisado que me propuso mi padre al llegar de la escuela, aunque no tuviera sensación de final.
Era Águeda la que aporreaba la puerta y, antes de que le diera permiso para entrar, ya estaba dentro.
En apenas dos semanas de rodaje, Águeda se convirtió en la centinela de los secretos del equipo.
Al parecer, la fijación de Mariano por el móvil estaba relacionada con aquella chica de su instituto que se había enamorado de él.
Aunque Mariano sentía lo mismo, la rechazó por no estar preparado para iniciar una relación.
Antes debía dejar de fumar, seguir una dieta estricta y hacer deporte, un plan demasiado lento para que cuajara el amor.
Meses después, su amada conoció al que se convertiría en su marido y en un cardiólogo de prestigio.
Ahí arrancó su locura. Empezó a perseguirla para reconquistarla, un cortejo estéril marcado por un efecto rebote en su dieta.
El punto álgido de su enajenación llegó dos décadas después: se mudó al mismo bloque de edificios que el matrimonio, como si se tratara de una decisión fortuita.
Mariano solía llamarla con número oculto solo para escuchar su voz, la vida que podría haber sido y no fue.
Era preocupante lo que me relajó aquella historia, con tintes tan sórdidos como la mía, pero aderezados por una pátina de delito.
Por su parte, Angelita admitió que solo se drogaba durante los rodajes, sobre todo LSD y cocaína.
Que lo hacía para abstraerse de los interminables horarios y de las críticas de sus compañeras de profesión, que no tenían reparos en ponerla verde en su cara.
«Ellas me destruían por un lado y yo por otro», contó emocionada para, justo después, extenderse una raya de coca en el antebrazo del sillón de maquillaje.
Cuando ya pensaba que había terminado la retahíla de cotilleos, sacó a relucir a María y su obsesión por Salvador.
Aunque se le resistiera, estaba segura de que caería en sus redes.
Yo solté una carcajada maliciosa que enseguida transformé en perplejidad para disimular.
Águeda pensaba que lo tenía crudo, porque se rumoreaba que Salvador tuvo un encuentro tórrido con un hombre en casa de María.
Por el soniquete que usó, di por hecho que sabía de lo que hablaba. Ups, me equivocaba.
—Iba muy borracho.
—¿Cómo?… ¿Fuiste tú?
—¿Por qué te haces la sorprendida?
—Primera noticia. ¿Te gustan los hombres, eres maricón?
—Ya te he dicho que iba perjudicado.
—Pues yo cuando me emborracho no me da por comer chochos, aunque no lo descarto.
—Fue él quien empezó.
—Pero tú le seguiste el juego, ¿no?
—Me aparté rápido y me fui.
—Entonces, ¿qué eres?
—El de siempre, quién voy a ser.
—Es que al de siempre tampoco lo conozco.
—Algún día hablaremos despacio.
—Víctor, llevo unos cuantos años en tu vida, he cuidado de tu madre y han estado a punto de matarnos. Si eso no es suficiente para que me tengas confianza, me pierdo.
Detrás de nosotros, Pablo esperaba a que terminara nuestro contubernio para revisar mi vestuario.
Me levanté molesto de la silla, le di a Águeda un beso de Judas y salí del set de maquillaje rumbo a mi siguiente secuencia.
Me crucé con Leo, que llevaba un ramo de flores gigante para María de algún admirador que desconocía lo pesada que era.
«Cambia la tarjeta y dáselo a Águeda, Leo.
Declárate o ella se decantará por el hombre que más daño le haga», pensé. Ah, a Pablo le dejé tirado.
En el plató, Salvador rodaba una secuencia que no pertenecía al guion teatral, corta pero de especial dificultad.
Solo, delante de un espejo, su personaje Sebastián comienza a golpearse, desesperado por no encontrar una salida a la comprometida relación con su padrastro.
Iban por la cuarta toma y yo no daba un duro por Salvador.
Le faltaba método, disciplina, puede que hasta talento y, sin embargo, se obró el milagro.
Fue un llanto sincero, aunque no tuviera claro si sus lágrimas eran de hartazgo por tanto exceso acumulado o por esa sensación de soledad tan universal.
Daba igual. Lo importante era transmitir, traspasar la pantalla, como diría Luisa.
Me imaginé a Hugo interpretando esa escena.
También habría encontrado referentes de sobra para ser creíble, pero la versión de Salvador se impuso, demostrando que en aquel cuerpo de infarto había talento real.
En cuanto Gerard alzó el pulgar, el equipo aplaudió con brío.
Salvador sonreía, se desvanecía su aureola de niñato vicioso que conseguía cada objetivo sexual que se proponía.
Surgía la devoción y, con ella, el peligro de enamorarme.
¿Acaso una felación podría ser el detonante de una historia de amor?
Claro que no. Para Salvador era solo un divertimento, por no hablar de que casi le triplicaba en edad.
¡Qué mal! En el histórico de mis fantasías, yo era el joven que flirteaba con el adulto experimentado, el que aprendía a base de decepciones.
El paso del tiempo me condenó a saltar ese rol y ser yo el vejestorio que se conformara con los jóvenes briosos que me ofreciera el destino. Es tan patético que da risa.
Debía avanzar. Mis lamentaciones me aburrían tanto como las disertaciones de María, así que me propuse ser más cercano con Salvador.
Me pasé por su camerino fingiendo casualidad, pero me salió el tiro por la culata porque ese día no lo encontré por ninguna parte.
Ahora era yo el que buscaba una reacción, un gesto que pudiera dotar de contenido.
Ostras, me estaba convirtiendo en Hugo. Por efecto dominó, desconcerté a Pablo.
Todo el día detrás de mí porque el jefe de vestuario, implacable desde la distancia, modificaba a última hora las prendas de las secuencias.
En cuanto me pilló por banda, me hizo probarme tres modelos en mitad del pasillo, con pinchazo de alfiler incluido.
Aprovechó para decirme que un hombre había preguntado por mí, que me esperaba fuera.
Por un momento, barajé que la noticia de la película llegara a oídos de Hugo y que, en un alarde de locura, aparcara sus proyectos para retomar nuestra historia donde lo dejamos.
Un gesto que hubiera clausurado tanto desatino, aunque, como era habitual, la iniciativa no partiera de mí.
Me acerqué a mi camerino a echarme desodorante, me recoloqué la ropa, el pelo —cuántas canas— y salí disparado afuera.
Se definía su contorno al final del pasillo, tras un plástico repleto de salpicones de cemento.
Lo aparté con cautela y, cuando mi pupila se acostumbró a tanta claridad, allí estaba Hugo. ¡Mierda, no! Allí estaba… Ramón.
—Qué alegría, Víctor, por fin te conozco en persona.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a verte, como ya no quieres saber nada de mí.
Lo agarré de su brazo musculado y me lo llevé a un rincón.
—Estoy liado, pero tranquilo que esta noche me conecto y retomamos.
—O podría ir a tu casa. Fui a visitarte, pero me abrió la puerta un chaval.
—¿Cómo has averiguado dónde vivo?
—Internet es mágico. No me dijiste que tuvieras hijos.
—No es mi hijo.
—¿Te van jovencitos ahora?
—No, no… Pero en mi casa no podemos hacer nada.
—Tranquilo, Víctor. En realidad, no quiero quedar. No me gustas tanto.
—¿Entonces?
Ramón se encendió un cigarro, en parte para disimular su mal aliento.
—He venido porque tengo un problemilla con Hacienda y me he dicho: seguro que mi amigo Víctor puede ayudarme, que a él le sobra la pasta.
—Pues te equivocas, Ramón, no tengo un duro.
—No mientas. Se ha publicado lo que cobras por la peli. Eso no lo gano yo en un año.
—Lo que se ha publicado es mentira y, aunque fuera verdad, no podría ayudarte.
—Te lo digo porque tengo un vídeo tuyo que seguramente no quieras que salga a la luz.
—¿Qué vídeo? Nosotros siempre nos hemos visto en directo.
—Lo sé, pero la aplicación te ofrece la posibilidad de grabarlos.
—Yo nunca he aceptado esa opción.
—Un día sí lo hiciste. Estarías muy salido y no te darías ni cuenta.
—Ramón, no voy a darte nada. Si lo subes, te denuncio, y no creo que a tus hijos les enorgullezca tener a su padre en la cárcel.
—Ay, que te creíste lo de los hijos. Eso es una milonga que me invento para poner cachondos a maricones como tú. Os excita el rollo «padre de familia». Además, si no pago a Hacienda, voy a ir a la cárcel igualmente.
—Lo único que conseguirás es darme más popularidad. Ya colgaron un vídeo de mi paliza y mira, he conseguido hacer una película.
—Una paliza da lástima, un vídeo porno gay no. Piénsalo si no quieres que tu carrera se limite a ir por platós de televisión a contar gilipolleces.
—¿De cuánto estaríamos hablando?
—Cinco mil euros nada más. Tienes una semana para pensarlo. Si llamas a la policía, alguien lo publicará por mí.
—Te veo muy organizado.
—Supervivencia lo llaman. Estamos en contacto —se despidió montándose en un coche que, si lo vendiera, tendría para pagar la deuda.
Mientras una ansiedad con palpitaciones asequibles brotaba de la nada, se me ocurrían posibles reacciones al chantaje de Ramón, todas ilegales.
Pablo me interceptó para probarme dos patrones más.
Ni me enteré, estaba desubicado. Al encerrarme en el camerino, sonó mi móvil.
Era Úrsula. ¿Le habrán dado el papel? ¿Sabrá que conozco sus secretos?
¿Lo cojo? No, es una conversación demasiado importante como para abordarla por teléfono.
«¡Víctor, rodamos en quince minutos!», gritó el regidor.
¿Cuál es la camisa buena, la de la silla o la del sofá?
Anda, ya tengo cobertura, voy a buscar a Hugo.
¿Qué apariencia tendrá? Úrsula nunca nombró su compañía de teatro.
Tendría que ir una por una. Ni de coña. «¡Víctor, diez minutos!
». Sentí un pinchazo en el pecho. Llamaré a Conchita para que me adelante la cita, esto se me está yendo de las manos.
Entonces, ¿la del sofá es la camisa buena?
«¡Pablo, Pablo!». ¿Qué hace en el camerino de María?
, si no le toca hasta dentro de tres secuencias.
¡Puta ansia! Necesito una pastilla o un tiro de la cocaína de Ángela, así por unas horas estaría exento de problemas.
Digo tonterías. Mi economía no está para enganches a drogas duras.
Mejor dos pastillas, aunque hace poco me tomé otra.
Le pregunto a Conchita. «¡Cinco minutos!
». Venga, número de Conchita. Aquí está.
¿Cuál era la matrícula del coche de Ramón? ¿0596 o 0569? Joder…
Y ya no recuerdo nada más porque, de repente, se hizo la oscuridad.