La catarsis Zimmerman 23
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Dilaté mi espionaje a Úrsula presentándome en el teatro Arlequín, lugar donde se celebraba el casting de su serie.

Agazapado en una butaca de la última fila, comprobé que la sala estaba repleta de intrusos, que es como los actores llamamos a los que abordan nuestro oficio sin dedicarle ni un solo día de formación.

Todos dispuestos a conseguir un personaje en Pandemias , comedia distópica sobre una familia obligada a pasar una cuarentena en su casa debido a un virus letal iniciado en Uganda.

Una historia inverosímil, donde los gobiernos exponían su inoperancia y la sociedad demostraba un egoísmo sin precedentes.

La ciencia era aparcada por absurdas creencias convertidas en verdades absolutas y la ultraderecha sacaba rédito político de las muertes de miles de personas. Pura ciencia ficción.

Úrsula, sentada en la segunda fila, partía con ventaja.

Una audición para una actriz veterana es como una paloma muerta en mitad de la acera, algo poco relevante.

En el centro de la sala, los Gutiérrez, una especie de hermanos Wachowsky patrios, pero conformes con su sexualidad.

Habían dado el pelotazo con una serie infumable que miles de adolescentes consideraban su serie de referencia.

La primera candidata pasó desapercibida.

Era su primera prueba y eso, sobre el escenario, pasa factura.

La segunda sí me convenció. Y eso que cuando se presentó, repetía mucho la expresión «así, en general».

Irrelevante porque optaba a otro personaje y no era competencia directa de Úrsula. Justo después, llegó su turno.

—Buenos días, Úrsula. Te presentas por el papel de Rita, ¿verdad?

—Así es.

—Primero vemos el fragmento libre que has elegido y después el de la separata de la serie. ¿Qué nos vas a interpretar?

—Un fragmento de La rebelión del predicado . La escena donde Catalina acude a una iglesia para confesarse con un sacerdote.

—Estupendo.

— Brother , ¿y esa obra cuál es? —preguntó el otro hermano sin darse cuenta de que el micrófono seguía abierto.

—Tío, me abochornas. Un poco de cultura, por favor, que luego se cachondean de nosotros en redes y con razón.

—¿Empiezo? —soltó Úrsula.

—Sí, sí, cuando quieras.

Para evitar que Úrsula me intuyera desde el escenario, repté hasta la entrada y me oculté entre los cortinajes. Úrsula respiró hondo y comenzó a declamar su texto.

CATALINA

Jamás soñé que encontraría a una persona tan noble como Senén, tan honrada.

Ha asimilado mi condición con la naturalidad del que acepta que todos guardamos oscuridades.

En este aspecto no hay reproche posible.

Sin embargo, últimamente no he conseguido que Senén muestre deseo hacia mí.

De hecho, juraría que rehúye besarme, tocarme.

Siempre está ocupado. Sé que la perfección no existe, pero, por una vez, por una sola vez, agradecería que la bondad que me demuestra a diario, dejara paso a la pasión, y si me lo permite, a la lujuria .

Úrsula se quedó callada, pero al texto aún le quedaban frases antes de la réplica del sacerdote, que renegaba de la desfachatez de Catalina.

¿Se había bloqueado? ¿Acaso aquellas palabras daban sentido a su propia historia, nuestra historia?

Agaché la cabeza, avergonzado, como si todos los candidatos conocieran nuestras intimidades.

—Úrsula, ¿te ocurre algo?

—He tenido un lapsus.

—¿Quieres volver a empezar?

—Sí, eso estaría bien, volver a empezar. Perdón.

Miré el reloj y me alegré de que se acercara la hora de marcharme a otra jornada maratoniana de rodaje.

Antes me aseguré de que Úrsula salía del atolladero con su desparpajo habitual.

Recordé entonces una situación durante el ensayo de nuestra obra fin de carrera.

Desde una posición similar, me aseguraba de que Úrsula proyectara la voz para que la escucharan los espectadores de la última fila.

Qué reiterativa puede ser la vida, como diría la candidata número dos de aquel casting , «así, en general».