La catarsis Zimmerman 22 #2
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22 #2

En el autobús volví a sentarme solo, no por voluntad propia.

Salvador se había marchado con los técnicos de sonido y Águeda se quedó a inventariar material.

Lástima. Ese día sí me hubiera abierto a confesar asuntos del corazón, aunque fuera la verborrea característica de quien acaba de derribar una barrera.

Solo esperaba discreción por parte de Salvador, cuestión difícil de gestionar a su edad.

¿Se mantendría ese paralelismo entre ficción y realidad?

Lo digo porque la obra no acababa bien, por hacerme a la idea de lo que se me venía encima.

Para aislarme de tanto ruido, enchufé los cascos a mi móvil y reproduje uno de los discos que descargué en cuanto regresé al circuito capitalista, Raíz, del cantautor canario Pedro Guerra.

La primera canción, Bahía , la repetí en bucle: cielo limpio, cielo azul, como todo si estás tú.

No, no pensaba en Salvador, suelo tardar más en elaborar utopías, aunque desde aquella noche ostentara el título de mi «desvirgador masculino».

Invocaba al pasado, los años en la escuela, la ilusión por triunfar, lo perdido que estaba, lo joven que era…

Aquel cielo limpio y azul tenía que ver con Hugo y lo fácil que hubiera sido redirigir mi rumbo tras aquella conversación bajo la lluvia. Rectifico, lo fácil que parecía ahora.

Llegué a casa de madrugada, sigiloso como un ladrón de joyas.

Darío, encerrado en su habitación, seguía despierto.

Se impuso otro de mis pensamientos recurrentes: de haber cuidado la relación, habría sido mi hijo y Úrsula seguiría siendo mi mujer.

Me habría ahorrado infinidad de noches solitarias, donde nadie ponía límites a mis neuras.

Y lo peor fue que la decisión más cabal de mi vida no la tomé yo.

Fue Úrsula la que se fue, dejándome un camino abonado que desaproveché para seguir en el mismo punto que cuando nos separamos.

Cené fruta. Si pretendía jugar en la liga juvenil, debía sacrificarme.

Con el último trozo de manzana recordé que le había prometido a Úrsula ayudarla con la prueba que tenía al día siguiente.

La había defraudado tantas veces que una más no le supondría ningún dilema.

Escuché ruido en el piso de arriba. Igual todavía podía resarcirme.

Úrsula abrió la puerta y yo me escondí detrás del sillón para gastarle una broma.

Bajó las escaleras alumbrándose con la luz de su móvil y volvió a beber menos cantidad de agua de la que se echaba en el vaso.

Luego abrió la puerta de la habitación de su hijo.

—¿Sigues despierto?

—Mamá, joder, llama por lo menos.

—Duérmete, que mañana no va a haber quién te levante.

—Me he puesto el despertador a las nueve.

—Y lo apagarás para dormir hasta las doce. Te lo advierto, Darío, como no apruebes en septiembre, se te acabó el ordenador y el móvil. Vas a comunicarte por señales de humo.

—Ni de coña. Antes me pongo a currar. Te recuerdo que ya tengo…

—¡Cállate! No metas la pata, que mañana me juego que tú y yo sigamos comiendo caliente seis meses.

—¿Te ha revisado Víctor la prueba?

—No, todavía no ha llegado. Y tú, si te lo cruzas mañana, intenta ser amable con él, que estamos de ocupas en su casa.

—¿Para qué? ¿Me estás buscando un padre?

—No, tú te estás buscando una hostia.

Úrsula dio un portazo y yo opté por no descubrirme, aunque quisiera averiguar el origen de las advertencias a su hijo.

En el reflejo de la vitrina del salón, vi como Úrsula subió las escaleras al ralentí, pensativa, como una diva ajena al ritmo escénico.

A lo mejor Úrsula también se reconcomía con lo que habría ocurrido si no hubiera huido de la noche a la mañana.

Encerrada de nuevo en su habitación, me quedé detrás del sillón, dudando si recurrir a mis drogas o dejar la mente campar a sus anchas entre nostalgias y felaciones.

No ocurrió nada de eso. Seguí tarareando Bahía hasta que caí rendido al lado del sillón orejero.

En el suelo, por supuesto, solo que ahora contaba con un nuevo aliado, consecuencia directa de mi cambio de estatus: una alfombra de yute de pelo largo.

A la mañana siguiente, Úrsula se levantó temprano y, por supuesto, me despertó.

No entendía de abrir y cerrar puertas con delicadeza, otra de las costumbres que mantenía intacta.

Me encogí para esquivar una conversación trascendental, pero ni siquiera pasó por el salón.

Cogió su bolso y se lanzó en ayunas a la calle.

Conocía sus hábitos antes de una prueba.

Recoloqué todo para eliminar los indicios de mi acampada y subí a mi cuarto para recostarme en blando.

Al pasar por la habitación de Úrsula, encontré mi álbum de fotos sobre su cama y lo hojeé como si fuera un elemento novedoso.

Me detuve en las fotos de los montajes que hicimos en la escuela y no sé a qué cuento construí frases como las que mi personaje Senén enseñaba a sus alumnos para que descubrieran la importancia del predicado en una oración.

«El niño huérfano quedó impresionado con su regalo», «el payaso triste esbozó una gran sonrisa» o «la mirada del luchador desafiaba al enemigo más temible».

Esta última frase se correspondía con la foto de una obra del primer cuatrimestre del último curso, Los Centuriones , adaptación de un texto griego anónimo, de la que don Amador era fan.

Representaba una escena donde mi personaje portaba una espada en alto, a punto de asesinar a una de las mujeres que le habían traicionado.

A mi lado, mi amante Aristófanes, representado por Hugo, me observaba con devoción y orgullo.

Pensándolo bien, puede que hubiera más de una foto que mereciera ocupar el portarretratos vacío de la pared del salón.

Levanté la mirada un instante y reboté en el colchón del susto.

Darío estaba asomado en la puerta, quieto, sin parpadear.

—Joder, ¿desde cuándo estás ahí?

—Umm, unos cinco segundos. Es que mi madre se empeña en que hable contigo, por estar en tu casa y eso.

—Ah… ¿Y qué hacemos, te apetece dar una vuelta?

—Si no hay más remedio.

Me lo llevé a pasear al Retiro, un lugar manido, pero lo suficientemente espacioso para evitar aglomeraciones.

Por fortuna, solo había ancianos y corredores que adulteraban el paisaje con sus prendas fosforitas.

Yo optaría por tonos pastel, aunque se perdiera efectividad al impedir accidentes.

Darío se colocó a mi derecha y, al no cambiar de posición, estuve hablando con una mata de pelo toda la caminata.

Y encima tenía que arrancarle cada palabra con sacacorchos, aunque poco a poco fue soltándose.

—Solo he aprobado tecnología.

—¿Se te dan bien las manualidades?

—Qué va. Fotocopié las láminas de una amiga. Borré la firma y listo.

—Menudo trápala. Ya me contó tu madre que la liaste con las notas.

—Me prometió que no diría nada.

—Necesitaba desahogarse, no se lo reproches. Y tú podrías aprobar las que te quedan. Si no, te va a tocar repetir.

—No, paso por imperativo legal.

—Pero eso solo ocurre si ya has repetido, ¿no? En realidad, no sé cómo va ahora la normativa, hace años que desconecté de la escuela.

—Es verdad, tendría que repetir, sí… Me lo sacaré.

—¿Y a qué te vas a dedicar cuando termines?

—No sé, youtuber o influencer.

—Nunca recomendaría esas profesiones a un hijo mío.

Darío apartó su cortina de pelo de golpe y descubrí que su mirada pedía ayuda a gritos.

—¿Tú no tienes hijos?

—No. Con el tiempo me he arrepentido de ser tan radical con este tema. Fue la razón por la que nos separamos tu madre y yo.

—Ya, me lo ha contado. Y no solo a mí. A mis abuelos, a sus amigos, a desconocidos. Es un tema que le ha marcado.

—Suerte que después te tuvo a ti. Me da rabia. En el fondo me hubiera gustado ser referente para alguien, como tu madre lo es para ti.

—No te creas. Se le va mucho la olla.

—Es artista. Y no olvides que te ha criado sola.

—Imposible olvidarlo. Es verdad que últimamente lo ha pasado mal. Le costó dejar el teatro para trabajar en el McDonald’s.

—Ah, no tenía ni idea.

—Porque le puede el orgullo. Los actores os creéis dioses y, en cuanto os bajan a tierra, estáis perdidos.

—Igual a tu madre le avergüenza contarlo.

—A mí también me da vergüenza que sepas que falsifico notas. Y entonces, ¿qué te dijo exactamente? —preguntó Darío, regresando a su ceguera particular.

—Que había hecho publicidad y que le ayudó un amigo suyo, un tal Carlos creo recordar.

—De todo eso, solo es cierto lo último, pero no se llama Carlos, es solo su nombre artístico por rollos suyos de no sé qué.

—¿Y cómo se llama?

—Se llama Hugo, un antiguo compañero de universidad. Compró hace unos años la casa de campo de mis abuelos.

Mi sistema respiratorio se detuvo.

—¿Qué? ¿Estás seguro?

—Claro. No sé cómo se quedó con esa pocilga. ¿Qué te pasa? Estás blanco.

—¿Te importa que volvamos a casa?

—Mejor, porque me estaba aburriendo un poco.

Y así, sin esperarlo, aquel paseo intranscendente se convirtió en un festín de noticias.

Estaba impaciente por descubrir por qué Úrsula había actuado con tanta premeditación.

Nos alejamos fingiendo disfrutar del paisaje, al tiempo que me preguntaba cuántos secretos serían desvelados cada día. Desde luego, yo ya estaba servido.

En aquel parque, tal y como señalaban los artículos que se hicieron eco de mi resurgir artístico, transité de la oscuridad a la luz, mi particular catarsis.

Porque toda catarsis que se precie requiere, además de voluntad propia y de las condiciones externas adecuadas, de una buena dosis de información precisa.

Conforme salíamos por la puerta de Felipe IV, entró al recinto un corredor vestido con prendas en colores pastel. No me cuadró, mejor el fosforito.

L AS MENTIRAS TIENEN LAS PATAS MUY LARGAS.