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En el set de rodaje, un Gerard efervescente daba cortes a todo el que mostrara una pizca de estupidez. Como Lourditas prefería maquillar a las mujeres por tener la piel más agradecida, Águeda se ocupó de mí. Estaba exultante, dándome detalles del reencuentro con su maltratador particular.
—Tengo unas agujetas… Es que tiene la doble «g», grande y gorda.
—Deberías prestar atención a otros candidatos menos espectaculares. Leo, por ejemplo.
—Ni hablar, no tiene sangre.
—Pero tu vida no correría peligro.
—Solo fue sexo. No tengo intención de volver con él. ¿Y tú? ¿Cómo acabó tu noche? Tienes cara de cansado.
—Me fui poco después de ti. Llevo dos días sin pegar ojo.
—¿Y eso? A ver si eres tú el que va a volver con su ex.
Por suerte, Pablo interrumpió para dar los últimos retoques a mi camisa.
No me apetecía explicar que, en veinticuatro horas, me había acostado con mi ex y casi repito con Salvador.
O que después me dio una crisis de ansiedad por establecer símiles con el pasado.
Aunque cambiara las palabras, sonaría igual de ridículo.
Debería pagar a Pablo para que irrumpiera cuando Águeda o quien fuera estuvieran a punto de indagar en mis asuntos.
La jornada fue ardua, en parte por el director de fotografía, tan cuadriculado que en cuanto Gerard pedía una toma diferente a lo pactado, colapsaba y tardaba una eternidad en reorganizarse.
Así llegaron los primeros gritos en el rodaje.
Acumulábamos un retraso de dos días que podrían convertirse en semanas si continuaba la dinámica.
Salvador y yo nos intercambiamos miradas cómplices, parapetándonos en esa «amnesia por alcohol» para justificar nuestras acciones.
De todas formas, juraría que a su corta edad había protagonizado encuentros más bizarros: sexo tántrico con hombres, mujeres, intercambios de pareja, orgías, ¿animales?
Lo que sea con tal de no quedarse atrás.
Intenté que la espera no fuera excusa para atiborrarme a ansiolíticos.
Y es que se acercaba otra secuencia erótica, la que propuse boicotear, sin éxito.
Un beso entre padrastro e hijastro con final feliz en forma de felación.
En teatro, la escena se resolvía con caricias a escondidas, suficiente para entender que entre los hombres de la casa había comenzado una relación íntima.
Vale que aquella versión quedara descafeinada, pero igual existía un punto medio entre la mojigatería del pasado y la falta de sutileza del presente.
Pasé la tarde repasando el texto frente al espejo, el antecedente a la locura.
Cuando me avisaron para rodar, Pablo se acercó a comprobar si se deslizaba la cremallera del pantalón.
Me vería cara de cordero degollado y me dio golpecitos en la espalda para darme ánimos. ¿Tanto se me notaba?
SECUENCIA 56. INT. HABITACIÓN. DÍA
SENÉN prepara con esmero su caña de pescar. Al enganchar uno de los anzuelos, escucha un ruido. Es SEBASTIÁN, que entra en la habitación y cierra la puerta con llave. De repente, se abalanza sobre SENÉN y comienza a besarlo. Una de las cañas cae al suelo.
SENÉN
Pero ¿qué haces?
SENÉN, molesto, recoge la caña y, tras un leve forcejeo, le sigue la corriente a su hijastro. Se escucha a CATALINA desde fuera.
CATALINA
Senén, necesito que me ayudes a cortar la calabaza.
SENÉN, muy nervioso, tapa la boca a SEBASTIÁN.
SENÉN
Un segundo, ahora mismo voy.
SEBASTIÁN vuelve a besar a SENÉN, y este lo aparta bruscamente.
SENÉN.
Para, esto que hacemos es aberrante. Tu madre no se lo merece.
SEBASTIÁN
Mi madre ha ejercido poco de madre, eso sí que es aberrante.
SENÉN
Porque se lo prohibieron, no porque no quisiera.
SEBASTIÁN
Mi problema es que no puedo evitarlo. Me atraes desde que te conocí. Y a ti te ocurre lo mismo conmigo.
SENÉN
Cállate.
SEBASTIÁN
Además, no tiene por qué enterarse.
SENÉN
Pero me entero yo.
SEBASTIÁN
Párame entonces.
SEBASTIÁN besa el cuello de SENÉN, y este se deja. Está cada vez más excitado.
SENÉN
Al menos deberíamos quedar en otra parte. Estamos quebrantando demasiadas normas.
SEBASTIÁN
Nunca me gustaron las normas.
SEBASTIÁN besa en la boca a SENÉN, desabrocha la camisa de su padrastro y empieza a lamer su pecho.
SENÉN pierde el equilibrio por un instante y se desplaza hacia la puerta para asegurarse que continúa cerrada.
SEBASTIÁN lo persigue y se lanza a la entrepierna de su padrastro.
Le baja la bragueta y desabrocha los pantalones.
SENÉN, desconcertado, comienza a jadear.
Gerard gritó «corten» y se acercó al combo a revisar la secuencia.
Me recompuse, aunque Salvador —que seguía agachado— me obsequiara con una cara lasciva que fingí no ver.
Le traía sin cuidado tener a medio equipo delante.
Yo bastante tenía con refrenar mis impulsos y eso que, al usar un plano corto centrado en mi personaje, se falseó tanto la posición de Sebastián como la acción de bajar los pantalones.
Gerard validó la toma, pero nos pidió un último esfuerzo: repetir la secuencia en plano cenital, lo que suponía cuarenta minutos más de espera.
Todos resoplamos. Gerard se acercó para aclararnos que, al tratarse de un plano aéreo, necesitaba que me bajara los pantalones de verdad y, sobre todo, que Salvador se acercara y manoseara mis partes.
Me quedé blanco, tanto que tuvieron que llamar a Lourditas para retocarme.
Y, para colmo, Salvador me advirtió que no se iba a cortar a la hora de tocar.
Sobraban las aclaraciones, lo di por hecho.
¡Acción! El inicio era similar a la secuencia anterior.
Salvador se agachó lentamente y agarró mis partes con ensañamiento, lo previsto.
Lo que no esperaba es que mi pene adquiriese voluntad propia, con la correspondiente sorpresa en los miembros del equipo.
Solo rezaba para que ninguno se riera y tuviéramos que empezar de nuevo.
Salvador, venido arriba por mi erección, tomó contacto real con mi miembro y a mí se me olvidó jadear.
Solo me preocupaba que mi pene se saliera de aquel calzón de apertura abotonada.
No ocurrió, creo. En cuanto Gerard detuvo la secuencia, me subí los pantalones y me aparté para no seguir exponiendo mi empalme al personal.
Puede que a Gerard no le convenciera la toma, pero seguro que la incomodidad que generó pesó a la hora de darla por buena.
Eso y que probablemente solo usara ese plano para agilizar el montaje.
Once de la noche. Final de jornada para mí.
Fui directo al camerino a cambiarme. Quedaba una secuencia, de las pocas en las que no aparecía, aunque estaba mentalizado para tanta omnipresencia.
Me cabreaba que a mis cincuenta y cinco fuera incapaz de controlar mi cuerpo, mis pulsiones, mis empalmes.
Habría huido al otro extremo del mundo, porque la idea de regresar a casa con Úrsula me resultaba igual de nociva.
Desaparecer puede ser la mejor estrategia para no hacer daño a nadie.
Llamaron a mi puerta. Era Salvador. Me propuso tomar una copa, directo, sin rodeos.
Lógico, le había dado muchas pistas. Lo malo fue que su descaro juvenil chocó de frente con mi hartazgo de cincuentón.
Le aclaré que mi objetivo prioritario era conseguir un buen trabajo en la película y que lo ocurrido en casa de María fue fruto del alcohol y de mi falta de reflejos.
Salvador, con su seguridad habitual, afirmó que me notaba cohibido.
Se acercó a mí como asesino que acorrala a su víctima, insinuando que no estaba contento con la secuencia que acabábamos de rodar, que prefería repetirla una vez más.
Sus palabras volvían a excitarme, o nunca dejé de estarlo.
Arrinconado en la pared, Salvador se agachó de nuevo y me desabrochó el vaquero.
Esta vez, debajo no había ningún calzón abotonado.
Regresaron los jadeos y estos nadie me los marcó.
Dejé que llegara hasta el final de mi secuencia y que el corten viniera marcado por otro tipo de señales.
Cuando todo terminó —muy pronto, por cierto—, sentí una mezcla de mezquindad y alivio difícil de gestionar, de esas sensaciones que evitamos desgranar por su complejidad.
Salvador se levantó y se enjuagó la boca.
Mientras mi semen resbalaba por el lavabo, recuperó un gesto neutro, alejado del niñato calienta braguetas que entró por la puerta.
Puede que se obrase el milagro y descubriera que aquella felación suponía un hito para mí.
El caso es que me pidió perdón por abordarme con tan poca delicadeza, aunque yo estuviera más agradecido de lo que llegué a expresarle.
Me atraía, no por su físico ni por su fogosidad, sino porque mis carencias eran sus fortalezas.
Por eso me recordaba a Hugo. Lástima no haber desarrollado antes este concepto de complementariedad.
Salvador salió del camerino a toda prisa y yo me quedé frente al espejo con la esperanza de reconocer al ser que rehuyó de experiencias tan excitantes, como si regresar al punto de partida fuese una opción viable.