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María no escatimó en gastos y contrató un catering a la altura de su lujoso chalet aislado de vecinos.
¿Croquetas de gin tonic?, me he quedado obsoleto.
Una banda de jazz amenizaba con un repertorio que aceleraría sus compases conforme avanzara la noche.
Acudió la prensa especializada, así como actores y directores reconocidos, entre los que se encontraba Cirso Médem y Serafín Albaladejo, que no perdieron la oportunidad para hablar de negocios.
Otros con menos talento, como Ginés Olivares, deambulaba por corrillos tratando de engañar a algún guionista para que trabajara gratis en su próxima película.
Nadie se imaginó aquel despliegue. María sembraba para luego recoger.
Manejaba los hilos con su despampanante vestido rojo de encaje, que destacaba sus encantos físicos y ocultaba sus carencias psicológicas.
Su amiga Angelita estaba desatada, perdiendo la cuenta de los tiros de coca que llevaba.
Y en mitad de aquel mosaico estaba yo. Dejé a mi padrastro en la residencia, previo pago.
Le prometí que en cuanto acabara el rodaje regresaría a casa para aumentar su colesterol a base de bocatas de chorizo.
No me creyó. Cuando vivía mi madre, les di tantos plantones que ni la demencia podía borrar ese recuerdo.
Nadie esperaba a Úrsula que, sin pretenderlo, eclipsó a María en elegancia.
Le prestaron un vestido fucsia asimétrico que resaltaba su cuerpo menudo y, aunque la presentara como una amiga, la gente dio por hecho que estábamos liados.
Águeda aparcó sus prejuicios y se mostró afable con ella.
Le podía la curiosidad por conocer a una de mis parejas y quitarse la imagen célibe con la que me asociaba.
Los actores principales, junto con Gerard y Úrsula, discutíamos acaloradamente, cómo no, sobre nosotros.
En concreto, de los guionistas. Gerard confesó que le encantaría que cobraran más que nadie, porque sin guion no hay nada, insistía.
Mariano apoyaba cada afirmación de Gerard, pero era un peloteo llevadero.
Sin embargo, María ensalzaba a los actores, que eran los que daban la cara y, si una película era mala, solo recordaban al reparto, no al guionista.
Úrsula asentía por deferencia, no porque estuviera de acuerdo, la conocía muy bien.
Yo solo aporté que conocía a cientos de guionistas brillantes que, como yo, habían pasado por una crisis económica.
Y fue entonces cuando María hizo otro de esos comentarios inoportunos sin reparar en las particularidades de su interlocutor: «No serían tan brillantes».
Y se quedó tan ancha. Salvador, con un traje azul eléctrico que remarcaba cada tendón de su cuerpo, solo abrió la boca para pedirnos una foto, a lo que Gerard se negó.
Su parecido con Hugo era notorio, aunque prefería no emparanoiarme con el asunto para no pasarme la noche pendiente de él.
Úrsula se apartó, pero yo la obligué a que saliera en la foto, la primera en la que coincidíamos desde nuestro divorcio.
Comprobé que Águeda estaba integrada con Antonia, Lourditas y un Leo impasible a cualquier estímulo femenino.
Me habría animado a favorecer un acercamiento entre ambos, pero Águeda era otro muro infranqueable.
Y es que Rober andaba detrás de una segunda oportunidad.
Que iba a cambiar y demás mentiras que prometen los maltratadores a sus víctimas.
Tres horas después, los corros de amiguitos se disgregaron.
Ginés Olivares charlaba con una actriz sin respetar la distancia mínima de seguridad.
¿No estaba casado este hombre? El resto de invitados bailaban al ritmo de música electrónica cool, pinchada por un disc-jockey que parecía afroamericano, pero era de Móstoles.
Úrsula charlaba con un antiguo compañero de teatro.
No me acerqué por si pensaba que me molestaba que intimara con otros hombres, aunque mi indiferencia pudiera molestarla más aún.
Gerard hacía una hora que se había marchado, pero a cambio nos estimuló la llegada de Manuel Casas, acompañado de una rubia despampanante que no dejaba de sonreír.
Igual era una experta en retablos medievales, pero el aura de estúpida no se la quitaba nadie.
Mientras parte del equipo se hacía fotos con él, María celebraba su victoria con una copa de vino y tonteando con Salvador.
Águeda estaba cansada y quería irse, pero esa patraña no colaba.
La fiesta tenía ingredientes suficientes para atraer a una recién aterrizada.
Seguro que Rober la había llamado y ella, si Rober le dice ven…
De reojo, vi que María se me acercaba, con el moño medio desecho y con intención de martirizarme con una de sus reflexiones eternas.
Así que me hice el loco y fui directo al servicio, la primera vez en toda la noche.
Cuando estoy entretenido, se me olvida hasta mear.
Ocupado. Como mi vejiga entró en modo incontinencia de llavero, metí prisa hasta que se abrió la puerta.
Era Salvador y él sí que iba perjudicado.
Sin darme explicaciones, me agarró del brazo, me metió dentro y echó el cerrojo, porque hay personas que, aunque beban, mantienen su agilidad motriz intacta.
Pensé que me contaría algún chisme o me ofrecería otra muestra de lo plasta que se pone la gente cuando se emborracha, pero no.
Me empotró contra la puerta y empezó a besarme.
Tras unos segundos de condescendencia, lo aparté de un empujón, lo que sirvió para que volviera a la carga con más brío.
No hubo un segundo intento de detenerlo, me excité.
Nos sentamos en la bañera y, mientras Salvador se quitaba la camisa, nos caímos dentro, tirando botes de champú y crema hidratante sobre nosotros.
Los besos ya eran morreos. ¿Qué va a decir tu chica?
, repetía Salvador buscando excitarme aún más.
No me quité ninguna prenda porque estaba concentrado en esquivar las gotas de colonia Nenuco que caían sobre mi frente.
Salvador me desabrochó los pantalones y manoseó mis partes con la misma entrega con la que besaba.
¿Sería capaz de llegar hasta el final, de romper esa barrera que nadie me había impuesto?
No, mi incomodidad comenzaba a ganar la batalla al calentón, a pesar de que Salvador fuera un pulpo con mil tentáculos.
Justo cuando encontré una postura que no me provocara una lesión medular, llamaron a la puerta.
Era María, acompañada de Angelita. Tapé la boca de Salvador, pero su lengua se colaba entre mis dedos, desenfrenado por completo.
Entre lametón y lametón, escuché lo que decían afuera.
—María, estás muy guapa esta noche.
—Gracias, Angelita. Me he esmerado porque quiero liarme con Salvador. ¿Has visto qué culo tiene?
—No me he fijado, la verdad.
—Y los ojos, y esa boca. No tiene parte mala.
—Pues nada, a ver si consigues que caiga y, si no, yo misma te hago un apaño. Tú ordena que yo obedezco, soy una mercenaria.
—Angelita, lo que pasó entre nosotras fue algo puntual. Me acababa de dejar mi ex y estaba desesperada.
—Pues bien que gritabas.
—Por favor, no seas ordinaria. Anda y vete un rato a drogarte.
Cuando María golpeó de nuevo la puerta, obligué a Salvador a parar.
Le susurré al oído un plan de evacuación.
Él me respondía a voces, le tapaba la boca y volvía a chuparme los dedos, un bucle infinito.
Le empujé y por fin accedió. Salí de la bañera y eché la cortina para ocultar a Salvador.
¡Qué asco me dan las cortinillas! Abrí con la naturalidad que me permitía el tapar mi erección con las manos y la anfitriona me saludó como si no me hubiera visto en toda la noche.
Cuando se subió el vestido frente al retrete, escapé de allí, confundido por lo ocurrido, pero sonriendo al imaginarme a Salvador agazapado en la bañera y, de fondo, los ruidos corporales de su doña Inés.
Deambulé por distintas estancias para calmarme y, sin pretenderlo, me colé en la habitación de María.
No sabía que fuera una fanática de las plantas medicinales, aunque con ese ego, seguro que trataría de prolongar a toda costa su estancia en este mundo.
Desapareció la erección, pero como continuaba agitado, salí al patio.
Qué harto estaba de mis reacciones cuando hacía amago de intimar con un hombre.
¿Por qué? Nunca tuve prejuicios ni me educaron en la moral católica.
Puede que, sin la interrupción de María, hubiese roto por fin esa cuarta pared.
Tampoco descarto que me estallara el corazón en mitad del revolcón, desparramado en la bañera a lo muerte de Marat .
Entre el seto y la columna donde me apoyaba, elucubraba sobre dos aspectos: por qué cuando me excito se me quitan las ganas de mear y qué hubiera pasado hace treinta años en aquel ensayo con Hugo, de haber mantenido mi conducta permisiva del baño.
Era el momento de dar por finalizada la velada.
Convencí a Úrsula para que se quedara, que no renunciara a las posibilidades que pudiera ofrecerle aquella noche.
Y que prefería estar solo, sin más. Busqué a Mariano, dispuesto a llevarme a casa, pero se me adelantaron dos actrices más cansadas y frioleras que yo, así que cogí un taxi.
Era la primera vez en mucho tiempo. De primeras veces iba la noche.