La catarsis Zimmerman 20
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—Entonces, según usted, todo apunta a que la víctima se suicidó.

—Efectivamente, ella solita se quitó de en medio. En su escritorio ha dejado una carta, despidiéndose.

—Así es. Llegados a este punto, me asaltan dos preguntas. La primera es por qué una mujer que tenía una familia comprensiva, amigos, dinero y un marido atractivo, iba a querer suicidarse.

—A lo mejor el marido empezaba a tener barriga o se dio cuenta que sus amigos solo la querían por su dinero, o que su familia no era tan… ¿cómo ha dicho, detective?

—Comprensiva.

—Eso, comprensiva.

—Sr. Wilson, ¿insinúa que el dinero no da la felicidad?

—Claro que no, detective Striker, todo el mundo lo sabe.

—Igual ella lo descubrió mientras se clavaba el cuchillo.

—Puede ser. ¿Y la segunda pregunta?

—¿Cómo dice?

—Ha dicho que tiene dos preguntas.

—Cierto. A veces tengo lapsus de memoria, será la edad. La segunda tiene que ver con el cuchillo. Hay algo que no me cuadra.

Me desperté desnudo en mi cama tras soñar con mi padre de nuevo y sin llegar al final del sueño.

Y sí, Úrsula estaba a mi lado, igual de desnuda que yo.

Aquella noche rememoramos épocas donde lo que nos unía pesaba más que lo que nos separaba.

Nuestra historia no podía terminar con silencios.

Estábamos obligados a darnos explicaciones por nuestras reacciones, pasándonos por el arco del triunfo esa regla de comunicación que aconseja hablar de uno mismo sin machacar con reproches al otro.

Era curioso, abría un nuevo frente y, sin embargo, no sentía que se acumulara al resto, quizá porque el sexo con Úrsula nunca fue un problema.

Me calmaba que nuestra historia no tuviera recorrido más allá de aquel polvo y esperaba que Úrsula también lo entendiera así, por la absurda tendencia a pensar que nuestras cabezas están sincronizadas con las del resto de la humanidad.

Me levanté de la cama sin aportar guiños románticos y, aun así, Úrsula no me quitaba ojo.

¿Podría considerarse un gesto romántico?

«Seguro que no, quién te crees que eres», me dije.

Esperaba que Úrsula adivinara por arte de magia que mi compañero Salvador, y por paralelismo, Hugo, ocupaban un espacio importante en mi imaginario.

Por desgracia, la ansiedad regresaba conforme me lavaba la cara, ya ni avisaba.

Y con ella, la culpa por dejarme llevar, por ofrecer a Úrsula una versión obsoleta de mí.

Para compensar tanta contradicción, decidí invitarla a la fiesta que ofrecía María esa misma noche y, de paso, reintroducirla en el mundillo artístico de Madrid.

Así era mi modus operandi : cagada - culpa - premio.

Puede que por eso la naturaleza me negara la opción de ser padre.

Solo habría alumbrado engendros. Úrsula accedió, a pesar de no echar en su maleta ningún vestido acorde a las circunstancias.

Fue entonces cuando me convertí en el personaje de Richard Gere en Pretty Woman .

Dejé dinero en la mesilla de noche para que Úrsula se comprara un vestido con el que sorprenderme al llegar de trabajar.

Evidentemente, no acudiría en calidad de pareja, aunque tanto a Richard Gere como a mí, rodearnos de belleza nos aportara una seguridad a la que nos costara renunciar.

Y, de repente, un giro de guion. Úrsula rechazó mi dádiva, negándose a ser mi pelirroja de sonrisa amplia, mi prostituta.

Prefería tirar de agenda con las amistades residuales que estaban al frente de alguna boutique en Madrid antes que aceptar mi limosna.

Qué torpe, se me habían olvidado dos premisas: que cuando se trata de promocionar sus productos, los amigos nunca fallan, y que un simple polvo jamás me otorgaría tanto poder.