La catarsis Zimmerman 19
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Rematada la jornada de rodaje, Úrsula me llamó para calcular la preparación de la cena, como cuando estábamos juntos.

Volvía a ocupar las primeras posiciones en la lista de llamadas de mi móvil.

En el vagón del metro, Águeda, con una efusividad que me superaba por completo, relataba las impresiones del primer día.

Le bastaron unas horas para enterarse de ciertos chismes, porque hay compañeros que todavía confían en los desconocidos.

Le llamó la atención Leo, el cámara. No fue recíproco, como si aquel gigante solo focalizara su atención con encuadres y filtros.

Él se lo perdía. Siempre he pensado que el físico de Águeda rezuma erotismo.

Sabe sacarse partido con su maquillaje minimalista y sus cuatro trapos de Bershka.

Aunque a nivel físico me atraía, compensaba mantener su amistad para eludir soledades.

Además, Águeda repetía con insistencia que nunca se fijaría en hombres mayores que ella, que no quería convertir su hogar en un geriátrico.

Reglas crueles que nos imponemos y que, en este caso, remaban a nuestro favor.

Tras cinco estaciones agarrados a una barra, conseguimos sentarnos.

Águeda seguía verborreica y yo dudaba si tomarme el ansiolítico que tenía entre las manos.

La pobre creía que estaba nervioso por la presencia de Úrsula en mi casa.

En ese momento, me arrepentí de que mi relación con Águeda fuera tan superflua y desequilibrada por mi parte.

Debería aclararle que me enfrentaba a un rodaje donde cada secuencia me recordaba lo cobarde e inmaduro que había sido en el pasado.

Eso por no hablar de que lo más cerca que había estado de un encuentro sexual con un hombre había ocurrido con treinta años de retraso y durante una secuencia cinematográfica.

Demasiadas explicaciones. El metro se detuvo con su brusquedad habitual.

Me bajé rápido, dejando a Águeda con la palabra en la boca. La mía se decantó por el ansiolítico.

Con la llave en la mano, a punto de entrar en mi casa, rezaba para que Úrsula hubiera percibido caridad en mi ofrecimiento y decidiera regresar a aquel hostal de dos estrellas.

El ajetreo que se oía dentro despejó mis dudas.

Dibujé la sonrisa más sincera que fui capaz.

Darío se había instalado en la habitación de abajo, supongo que para disfrutar de su onanismo en libertad.

Úrsula, para seguir la tradición, había preparado una cena excesiva, con la novedad de su máster en salsas orientales.

La mezcla de aromas reavivó la sensación de hogar, porque sí, hacía mucho que mi casa no olía a eso, a hogar (a pesar de la salsa hoisin).

Mi historia con Úrsula viene de largo. Nos conocimos en la Escuela de Artes y Oficios de Oviedo y empezamos a salir formalmente después de estrenar La rebelión del predicado , nuestro trabajo fin de carrera.

La euforia por el éxito nos ayudó a ponerle nombre a tanto escarceo y, a partir de ahí, se disiparon las dudas.

Para disgusto de nuestros padres, nos mudamos a Madrid dos años después.

Malvivimos en pisos de estudiantes con trabajos transitorios: Úrsula en una tienda de ropa y yo vendiendo enciclopedias a domicilio, en una época en la que internet todavía no había destrozado ni las ansias de conocimiento ni la hospitalidad de la gente.

Aun así, mi récord de ventas no pasó de diez enciclopedias al mes.

A mi jefe no le caía bien y me mandaba a barrios obreros con el presupuesto justo para cubrir necesidades básicas.

Afortunadamente, nos sincronizamos para cambiar nuestros destinos.

A Úrsula la ficharon en una compañía de teatro amateur que pronto despuntó con su forma genuina de tratar los clásicos y a mí me contrataron para una campaña publicitaria de Benetton.

Buscaban a chicos de físico potente, vulgar y callejero, así que, cuando conseguí el trabajo, supe lo que transmitía a los productores.

Desde aquel día me encargué de minimizar el segundo adjetivo, porque la vulgaridad solo se considera virtud cuando eres joven.

Nos casamos, una boda civil y sin invitados, lo que dio pie a comentarios malintencionados de familiares y allegados.

Desde entonces nunca nos faltó trabajo. No conseguíamos papeles principales, pero nos fuimos ganando la fama de actores solventes capaces de encarar cualquier personaje.

Vivimos juntos el inicio de nuestra época dorada.

Úrsula se regocijó en el teatro. La actuación en directo la ayudó a mejorar como actriz y, gracias a esa retroalimentación positiva, nunca abandonó las tablas.

Aportaba frescura a los personajes de Shakespeare o Lope de Vega, lejos de las interpretaciones acartonadas que se estilaban.

Personalizaba cada declamación, daba gusto escucharla, decía mi madre.

Mis comienzos fueron a la inversa, llegó antes el cine que el teatro.

Al principio solo me ofrecían roles de jovencitos atormentados, hasta que llegó Entre zorras , título de mi primer mediometraje.

Un pestiño insoportable de casi una hora que transcurría en el monte, donde un niño huérfano aprendía a sobrevivir entre animales salvajes.

Mi papel era corto, el del hijo de un ganadero sin escrúpulos que ayuda a escapar al niño de sus garras.

La crítica fue implacable y estoy seguro de que si Luisa hubiera sido mi representante por entonces, no me habría permitido participar.

Lo bueno fue que pagaban bien y a los pases de prensa acudieron productores teatrales que se fijaron en mí.

Pasábamos meses fuera de casa, en una época en la que el móvil todavía no era una prolongación de nuestra mano.

Nos importaban poco las consecuencias. Estábamos tan enfrascados en abrirnos hueco en el mundo artístico que ninguno valoraba otra opción que no fuera trabajar sin descanso.

En los periodos de giras teatrales, la pasión se imponía en cada reencuentro.

Nuestra juventud no cuestionaba que esa falta de convivencia era la que impedía que afloraran las diferencias, que eran numerosas.

Nunca hubo celos, ya fuera por confianza mutua o porque estábamos tan ocupados que no podíamos permitirnos ni una mísera aventura.

Aun así, no éramos de los artistas que usaban su sex appeal para ligar.

Quizá eso sea más propio de los músicos, concretamente de esos cantautores que no encuentran lo que buscan porque no saben lo que quieren.

Te embaucan con sus dudas existenciales, porque también son las tuyas, aunque la mayoría sean seres tristes con halitosis. Además, ser celoso no es sexy .

Un día, Úrsula me planteó que probáramos a ser padres, el primero de muchos intentos.

Puse como excusa la carga laboral, aunque nunca me creyera esos discursos pro-paternidad.

Los niños solo sirven para que nos olvidemos por completo de nosotros mismos, diría mi yo del pasado.

Ese fue el principio del fin. Si soy sincero, la responsabilidad de que la relación acabara fue mía.

Era yo el que mantenía un ritmo frenético de trabajo, validando una frase que mi madre aborrecía: «Sería capaz de sacrificarlo todo con tal de ser un gran actor».

Es cierto que la incorporación de Luisa fue un revulsivo, pero simplificarlo a eso sería no asumir responsabilidades y no es mi estilo.

Bueno, igual sí. ¿Diagnóstico? Pérdida de interés aguda.

Dejé que la relación se deteriorara a base de ningunear cada conflicto que surgía.

Úrsula se contagió de mi desidia, hasta el punto de no tener una última conversación.

Simplemente un día, al regresar de un ensayo, se había marchado.

Aunque al principio me desestabilizó —con el protocolo habitual de llamadas, reproches y pensamientos recurrentes—, asimilé los hechos como un final natural.

Sin dramas, sin gritos, la asepsia absoluta.

No me reconocía. Dejaba apagarse una relación que podía haber durado eternamente.

Y desde entonces habían pasado la friolera de diecisiete años.

—¿Qué tal la dorada? —se interesó Úrsula.

—Buenísima, aunque tiene raspas para aburrir. ¿Te acuerdas de cuando se me clavó una espina en la garganta el día antes del estreno de La taberna de los cuatro vientos ?

—Como para olvidarlo, en urgencias hasta las cuatro de la mañana y volviste cabreado porque no ibas a poder descansar suficiente.

—Me afectaba mucho la falta de sueño. Me sigue pasando.

Darío devoraba las patatas fritas que mojaba en salsa wasabi mientras chateaba con su móvil. A punto de interesarme por él, se levantó de la mesa como si acabara de ser ofendido, rumbo a su habitación.

—No lo aguanto. Tiene todos los clichés de su edad, no le falta ni uno.

—Supongo que es normal, les toca ser rebeldes.

—Joder con la rebeldía. Este no estudia porque no le da la gana.

—¿Ha repetido algún curso?

—… No, pero este año cae seguro. Se pasa el día enganchado al ordenador, a la tableta, al móvil, a cualquier pantalla.

—¿Y no has probado a quitárselos?

—La orientadora dice que no reacciona al castigo.

—Ya madurará. Y su padre, ¿qué opina?

—No lo conoce. Desapareció en cuanto se enteró de que estaba embarazada. He tenido mala suerte con los hombres.

—Lo siento por la parte que me toca. ¿Y cómo te apañaste?

—Mejor de lo esperado. La compañía de Barcelona funcionaba fenomenal. Me podía permitir dejar a Darío con una cuidadora que, si computo las horas, creo que ha ejercido de madre más que yo.

—Me imagino. ¿Y sigues en la compañía?

—No, la subida del IVA nos destrozó. En tiempos de crisis, se descarta la cultura. Aguantamos un año cobrando la mitad del sueldo y al final tuvimos que disolverla.

Úrsula empezó a morderse la uña del dedo gordo y con la otra mano se tocaba el cuello. Estaba incómoda.

—Vaya, lo siento. ¿Y cómo has sobrevivido?

—Pues gracias al paro, algo de publicidad y a la ayuda de un amigo.

—¿Solo amigo?

—Sí. Joan, mi pareja, bastante tiene con criar a su hija y pasarle la pensión a su ex. Me refería a mi amigo Carlos, el director de la compañía.

—¡Qué suerte tener amigos así! Los míos desaparecieron en cuanto dejé de trabajar y a mí el paro se me acabó hace tiempo. Ha sido una época dura.

—Podrías haberme llamado, aunque no hubiera podido ayudarte. ¿Qué pasa, que no había cerca ninguna mujer que te mantuviera?

—Mi manual de instrucciones es complicado. ¿Qué quieres beber?

—No sé, quizá un whisky .

Mientras preparaba la bebida, Úrsula alcanzó mi álbum de fotos colocado en la estantería nueva. Se detuvo en una de las páginas y su curiosidad se convirtió en la mía. Úrsula se recreaba en una foto donde los alumnos de la escuela escuchábamos las indicaciones de don Amador.

—Ay, Víctor, qué jóvenes. Lo que daría por volver atrás.

—¿Estás de broma? Yo solo volvería con la sabiduría de ahora.

—A veces es mejor la ignorancia. Y Hugo, qué cara de niño…

—¿Sabes algo de él?

—No. Me contaron que se hizo arquitecto y que proyectó varios edificios en Sudamérica, pero poco más.

—De eso estaba al corriente. Al final su padre se salió con la suya. Hace poco lo busqué por internet, pero nada. Y ni rastro de él en redes sociales.

—¿Y por qué lo buscas a estas alturas?

—No sé, por nostalgia. El rodaje me lo ha recordado.

Supongo que yo también hice algún gesto incómodo reconocible para Úrsula. El caso es que se levantó como si le costase continuar la conversación y se dirigió a la pared donde estaban colgados mis marcos con fotografías.

—¿Por qué hay un portarretratos vacío?

—No sé. Colgué las más relevantes y, cuando terminé, me sobraba uno, así que decidí dejarlo vacío hasta el siguiente momento importante.

—Llegará, con tu nueva película, por ejemplo. Anda, nuestro viaje a Egipto. Salgo fatal.

—Que va, estás muy guapa.

—Si tú lo dices… Oye, me estoy fijando que solo estoy en dos fotos.

—No es cierto, sales en otra —dije señalando la foto donde aparecían tres manos rodeando el texto de La rebelión del predicado .

—Es verdad. Pero bueno, esta no cuenta, podría ser cualquier mano.

—Pero es la tuya… y la de Hugo. Aunque no lo creas, te he echado de menos.

—¿Otra vez la nostalgia?

—Será eso, fueron muchos años juntos.

—Es raro. Antes era más fácil contemplar un eclipse que sacarte un cumplido.

—He cambiado. Pensándolo mejor, no me importaría volver a esa época, aunque no sepa lo que sé ahora. Venga, brindemos, por los viejos tiempos.

—Y por los nuevos también.

Y entrechocamos las copas, sin conocer a ciencia cierta por lo que brindaba cada uno. Después vinieron más fotos, whiskies y anécdotas, porque a veces recordar es la única forma de retomar lo que se había abandonado.