18 #2
En cuanto recordé cuál era la siguiente secuencia del plan de rodaje, me encerré con llave en mi camerino y me tragué un lexatín.
Nunca había rodado escenas subidas de tono y en esta ocasión debía enfrentarme a ellas cada dos por tres.
A Salvador, en cambio, se le veía tan desinhibido…
¡y dibujaba porno! Imposible competir con esas capacidades, aunque mi problema tampoco se resolvería con dosis bajas de titanio y gelatina, entre otros venenos.
Pablo llamó a mi puerta tímidamente. Me traía la ropa de la secuencia, un pijama de franela que no le quedaría bien ni a la mejor percha.
No había escapatoria. Solo esperaba que las repeticiones no minaran mi moral. ¿Me había echado desodorante?
SECUENCIA 36. INT/SALA DE ESTAR/NOCHE.
SENÉN, sentado en el cuarto de estar, corrige las tareas de sus alumnos. De repente, SEBASTIÁN cruza el pasillo en ropa interior. Al ver a SENÉN, no duda en entrar y apoyarse en la espalda del sillón donde reposa su padrastro. SENÉN disimula su nerviosismo.
SENÉN
¿Qué haces todavía levantado?
SEBASTIÁN
No puedo dormir. Es que no quiero ir a trabajar mañana.
SENÉN
Haz un esfuerzo, seguro que dentro de poco lo ves con otros ojos.
SEBASTIÁN
No lo creo. ¿Tú qué haces?
SENÉN
Corrijo ejercicios de mis alumnos.
SEBASTIÁN coge uno de los cuadernos y le echa un vistazo.
SEBASTIÁN
¿Y en qué consisten?
SENÉN
En completar oraciones. Les doy un sujeto y ellos inventan el predicado.
SEBASTIÁN
Ah, suena divertido. A ver… El trabajo de mi padre carece de interés . Mira, lo mismo que me pasa a mí. La mirada de mi madre refleja que no es feliz … Qué triste. Esta es buena: Un día de estos …
SENÉN
… haré lo que me he prohibido hacer . Esa se me ha quedado. En el fondo, a todos nos preocupa lo mismo.
SEBASTIÁN
Puede, pero, en ocasiones, saltarse una prohibición es sencillo. Deberías parar un rato, trabajas demasiado.
SEBASTIÁN comienza a darle un masaje a SENÉN en los hombros.
No parece molestarle. Pronto pasa a la zona del cuello hasta terminar en la cara, donde masajea sus sienes lentamente.
Los dedos de SEBASTIÁN acarician el mentón y rozan los labios de SENÉN, llegando a introducir el dedo índice en su boca.
SENÉN chupa el dedo de SEBASTIÁN, que rodea el sillón y se posiciona encima de SENÉN.
Coge la mano de su padrastro y la coloca en sus partes.
Ambos están muy excitados. Ahora es la lengua de SEBASTIÁN la que se pasea por la boca de SENÉN.
De repente, SENÉN, intranquilo, se detiene.
SENÉN
Para, para. Vete a tu cuarto, por favor.
SEBASTIÁN
Pensé que te gustaba.
SENÉN
Ha sido un error. Estoy cansado y no sé lo que hago. Y tu madre durmiendo… Perdóname, no volverá a pasar.
SEBASTIÁN, contrariado, se limita a obedecer. SENÉN, ya solo, se echa las manos a la cabeza, arrepentido y todavía jadeante.
Si Gerard no llega a decir «corten», me habrían tenido que llevar a urgencias.
Estaba tan agarrotado que apenas controlaba mis gestos.
Supongo que a la secuencia le vino bien que sintiera el mismo abismo que el personaje y que Salvador se desenvolviera con tanta soltura.
Él parecía el actor consagrado y yo el debutante.
Por suerte, solo repetimos el principio de la toma, justo hasta que empezaban los magreos.
Minutos después, Gerard nos llamó al combo para revisar la secuencia.
La resolvió con dos posiciones de cámara y reconozco que el resultado era menos burdo de lo que creía.
Aquel francés pejiguero tenía claro dónde colocar el objetivo para mostrar lo esencial y la toma de cámara dirigida hacia la puerta, con un Salvador en claroscuro, añadía un toque poético difícil de imaginar desde mi posición.
Le di la enhorabuena y él hizo lo propio, ajeno a los calmantes que corrían por mis venas.
Como ya había terminado, fui al camerino para que nadie notara mi ataque.
Me temblaban manos y piernas. Acabé de cuclillas en el retrete, vomitando bilis por esa manía de no comer nada antes de rodar.
Una reacción desproporcionada, lo normal.
Al equipo le quedaba una secuencia entre María y Angelita o, mejor dicho, entre mi mujer Catalina y su hermana Jacinta.
En ella, Catalina hace un comentario sobre la falta de apetito sexual de Senén, a lo que Jacinta le responde con chismorreos que circulan por el pueblo en torno a mi personaje.
Luego me enteré por Águeda que tuvieron problemas para rematar la secuencia, y es que a Angelita le costaba articular ciertas palabras.
María, que conocía a su amiga a la perfección, se la llevó al servicio y le metió los dedos en la boca para que expulsara los excesos que hubiera en su estómago. Menudo trasiego de aparatos digestivos.
Tras cambiarme, pasé por el camerino de Salvador.
La puerta estaba entornada y, al asomarme, lo pillé desmaquillándose, con el torso desnudo.
Salvador no tuvo inconveniente en dejarme pasar.
Mi visita buscaba un propósito: hacer frente común para modificar una secuencia añadida a posteriori en la que Sebastián practica una felación a Senén.
Era innecesaria, rompía con el romanticismo de la trama.
Salvador no tardó en llevarme la contraria.
Opinaba que el sexo era clave para que se engancharan los dos protagonistas, que saltarse las normas en aquella época debía ser muy adictivo.
Me sorprendió. Pensaba que su exiguo bagaje vital derivaría en una falta de criterio al respecto.
Mientras asimilaba su respuesta, Salvador aprovechó para quitarse los calzoncillos y ponerse un pantalón corto que remarcaba su miembro.
Miré hacia otro lado, aspecto que Salvador se tomó con humor.
Me preguntó con tono pícaro si me había quedado conforme, a lo que le respondí con un «más o menos» nada convincente.
Al levantarme para irme, vi entremetido en el espejo uno de sus dibujos, una escena explícita de sexo entre dos hombres.
—Me pediste que te trajera uno. ¿Te gusta?
—Umm, sí, sí, está bien rematado.
—Pues es tuyo.
—Ah, gracias. Lo pondré en… ya veré dónde. Mañana nos vemos.
—¿No te vienes a cenar? Hoy se quedan bastantes del equipo.
—Tengo visita en casa. Mañana traeré argumentos nuevos para cambiar la secuencia.
Es probable que Salvador no entendiera mi comportamiento, el de quien evitaba enfrentarse cara a cara con sus monstruos.
Una zona de confort que olía a podrido. Conforme avanzaba por esos pasillos de pladur, me arrepentía de haber ofrecido a Úrsula mi casa para quedarse.
Mi cuerpo pedía a gritos mimetizarme con la despreocupación juvenil y yo seguía sin escucharlo.
Estaban presentes las luces, también la cámara, pero faltaba que alguien cuerdo me gritara, bien pegado al tímpano: «¡Acción! ».