La catarsis Zimmerman 18
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—¿Úrsula?

—Sí, soy yo, ¿tanto he cambiado?

Y tras unos segundos eternos, nos abrazamos, no sé si fruto del cariño o por ahorrarnos el apuro del reencuentro tras diecisiete años.

Llevaba el pelo corto al estilo garçon .

Me recordaba a Molly, la protagonista de Ghost, solo que yo nunca demostré la devoción de Sam.

¡Ay, Patrick Swayze, qué gran pérdida! ¿Qué hacía aquí?

¿No funcionó lo del número oculto cuando la llamé?

¿Reconoció mi respiración? Debería dejar de accionar botones que generen más dudas que certezas, otro consejo de Conchita.

—Pasa, pasa, cuánto tiempo.

—Mucho. La casa está muy cambiada.

—Sí, cuando te fuiste le di un lavado de cara. ¿Qué haces por aquí? Te hacía en Barcelona —dije, dando comienzo a una tanda de preguntas cuya respuesta ya conocía.

—Tengo casting en unos días y, como he cogido un hostal cerca, me he dicho, voy a hacerle una visita.

—¿Y por qué no me has dicho nada? Podrías haberte quedado aquí.

—Te lo agradezco, pero no he venido sola.

—Ah, entiendo, con tu pareja. Porque tienes pareja, ¿no?

—Sí, pero no ha podido venir, tenía que trabajar. Me acompaña mi hijo.

—¿Tienes un hijo?

—Darío. A muchos les sorprende, como nunca lo he expuesto en redes.

—Haces bien. ¿Cuántos años tiene?

—Quince.

—Vaya, te diste mucha prisa.

—El instinto maternal, ya sabes. ¿Y tú cómo estás?

—Te acompaño al hostal y te lo resumo de camino. Me has pillado de milagro, empiezo rodaje en tres horas.

Subí a mi habitación deseando conocer novedades de Úrsula para dejar de fingir.

Cogí el texto y ropa de abrigo; daba por hecho que la minuciosidad de Gerard haría que el rodaje se alargara hasta altas horas, y en el recinto, pese a estar acondicionado, refrescaba.

Antes de bajar, me asomé para asegurarme de que la mujer de la entrada era Úrsula.

No me creía que regresara a la que fue su casa los últimos años de nuestro matrimonio.

La pillé curioseando, con cara de asco, las láminas de renos que Águeda eligió para decorar la entrada.

Lo esperado. No tardamos en recuperar la complicidad, incluidos los dardos envenenados.

—Te llamé en cuanto me enteré de lo de tu madre. Me hubiera gustado despedirme de ella y, de paso, saber cómo te encontrabas.

—No quería hablar con nadie. Estaba cabreado con el mundo.

—Me imagino. Al menos, ahora te viene una racha positiva.

—Ya tocaba; para el trabajo tampoco ha sido una buena etapa.

—Es nuestro pan de cada día. Y encima a ninguno de los dos nos dio por tener plan B.

—Tú sí, te marchaste. Por cierto, yo también te llamé, muchas veces.

—Digamos que también estaba cabreada, aunque no con el mundo, solo contigo… Bueno, pues este es el hostal. Sube, así conoces a Darío.

—Pero rápido, el autobús sale en una hora. ¿Cómo va en los estudios?

—Fatal. Tengo un disgusto, porque tonto no es. De hecho, es un hacha con las tecnologías.

—Los chicos de ahora nos dan mil vueltas.

—No, no, este roza lo profesional. Falsificó sus notas y jaqueó las redes sociales de la chica que le gustaba. Que aparte de vago, me ha salido celoso.

Entramos en la habitación con sigilo, tanto que pillamos a Darío tocándose con un vídeo porno del móvil. El pobre lo soltó rápido y entrecruzó las piernas como una señorita de palacio. Úrsula se hizo la loca.

—Darío, es Víctor. Te he hablado de él alguna vez. Levántate por lo menos y saluda en condiciones.

Hice amago de darle la mano, pero estuve fino de reflejos y entrechoqué el puño; un gesto varonil, moderno y, de paso, higiénico.

Aunque no me apetecía, tenía que irme. Quería conocer mejor a aquel adolescente que podría haber sido mi hijo, así que hice lo que tenía planeado: saqué del bolsillo una copia de las llaves de mi casa y se las entregué a Úrsula.

Al principio se negó, pero no les di opción.

Avisé que seguramente llegaría tarde y que había confianza para que se organizasen a su gusto en las habitaciones.

Llegué por los pelos a coger el autobús.

Águeda, rodeada de desconocidos, me había acribillado a llamadas.

Se respiraba el nerviosismo del primer día de rodaje.

Para sorpresa de Mariano, Salvador y la propia Águeda, sin acompañantes a su lado, decidí sentarme solo para relajarme.

La llegada de Úrsula añadió un ingrediente extra a una receta que ya iba bien condimentada.

Águeda miraba hacia atrás para averiguar qué me pasaba, incluso me mandó un mensaje.

Me limité a darle largas, prometiéndole que luego se lo aclararía. Me mareaba usar tanto el teléfono.

La llegada al set de rodaje ayudó a redirigir mis pensamientos.

Águeda estaba eufórica por participar en la película, uno de esos deseos que nunca tuvo, pero que le ilusionaba como si siempre hubiera formado parte de su lista.

No pude hacer las presentaciones pertinentes.

A ambos nos requerían en maquillaje, así que solo hablamos con Leo, que estaba en la entrada desenredando el cableado.

Ojalá Águeda se fijara en él y se olvidara por completo de su maltratador.

La cogí del brazo y la llevé al set de maquillaje.

No estaba familiarizada con las exigencias de un rodaje y a mí casi se me había olvidado.

Dentro esperaba Lourditas, su jefa, un auténtico desastre organizativo, pero una maestra con las manos.

Como íbamos contrarreloj, Lourditas dejó que Águeda me maquillara.

Aproveché para explicarle mi autismo transitorio.

—¿Y la has invitado a tu casa?

—Me daba pena que se quedaran en el hostal.

—Y qué casualidad que aparezca justo cuando te ha salido la película.

—No seas mal pensada. Ha venido a hacer una prueba.

—No es incompatible, así tiene coartada.

—Tú has visto muchas películas de intriga.

—Esa busca enredarte. Salvo a mis parejas, calo muy bien a la gente.

—Águeda, nos divorciamos hace años y la conozco desde los dieciocho.

—Nunca terminamos de conocernos. Además, igual a Mónica no le hace gracia que metas a otra mujer en tu casa.

¡Mierda!, todavía no le había dicho que no existe ninguna Mónica.

La actriz María Polanco, lista para rodar, irrumpió en el set y cortó nuestra conversación.

El motivo merecía la pena: invitar al equipo a una fiesta de inauguración de rodaje.

Sería el próximo sábado, en su casa, aprovechando que solo había jornada de mañana y el domingo descansábamos.

Fue un alivio después de una semana tan exigente de ensayos.

Águeda alucinaba. Pablo, el de vestuario, entró para ajustarme el traje de la primera secuencia, una comida familiar en el salón de la nueva casa de Senén y Catalina, acompañados de su hijo Sebastián y su hermano Felipe.

SECUENCIA 15/INT /DÍA

FELIPE

¿Os habéis enterado de lo de ayer?

CATALINA

No, ¿qué ha pasado?

FELIPE

Han fusilado a diez bujarras del frente comunista.

SENÉN

Vaya, ¿por qué?

FELIPE

Por traidores y depravados. Ojalá no quedara ni uno.

SENÉN observa de reojo a SEBASTIÁN y continúa comiendo, pensativo.

SEBASTIÁN

¿Y cómo sabían que eran…?

FELIPE

Supongo que se les notaría o alguien daría el chivatazo.

CATALINA

Pues yo me alegro, son una lacra social.

SEBASTIÁN

Una madre soltera también lo es.

CATALINA continúa comiendo, visiblemente molesta.

FELIPE

Ni se te ocurra compararlos. Lo de esa gente es vicio, una enfermedad mental. No se pierde nada si los matan.

SEBASTIÁN

Si es una enfermedad, se podrá curar.

FELIPE

Sí, con un tiro.

SENÉN, bastante alterado, no sabe dónde meterse.

SENÉN

¿Me pasas el pan, por favor?

A Gerard le sirvió la primera toma, dándonos esperanzas de vivir un rodaje apacible.

Nos preparamos para la secuencia 32, en la que Senén y Catalina se besan en mitad del pasillo en un primer plano.

Al abrirse, se descubre a Sebastián, testigo de la escena desde su habitación.

Senén lo observa hasta que su hijastro cierra la puerta.

Con esta secuencia empezaron las interrupciones.

También mis «taquicardias en paralelo», donde mi corazón bombeaba más rápido cuanto más se fundía la ficción con mi historia.

Luces, sí. Sonido, listo. Cámara, grabando… ¡Acción!

CATALINA

Vámonos a la habitación. Sebastián está por aquí revoloteando.

SENÉN

Tengo que preparar clases. En una hora habré acabado.

CATALINA

En una hora ya estaré dormida. ¿Lo dejamos para mañana entonces?

SENÉN

Mejor, sí.

CATALINA

¿Sabes que me muero por tener un hijo contigo?

SENÉN

Sería una gran noticia, pero es complicado. Somos mayores, Catalina.

CATALINA

Confío en que Dios nos asista.

CATALINA besa a SENÉN con ímpetu.

Comencé a toser porque la lengua de María rozó mi campanilla y Gerard detuvo la grabación.

Ella se escudó diciendo que solía besar así y fue Gerard el que le recordó que en los años cuarenta no era tan común.

Hicieron falta otras dos tomas, en parte porque mi boca evitaba esa serpiente pitón a la caza de su presa.

Descanso de veinte minutos. Lourditas retocó a Salvador y Águeda a mí.

Me comentó que una mujer había entrado al set de maquillaje para coger de su neceser una bolsita con un polvo blanco.

Supuse que sería Angelita, la drogadicta oficial del equipo, aunque en un entorno de artistas tampoco podría asegurarlo al cien por cien.

Estaría alterada porque aquel día se estrenaba con dos secuencias.

Águeda me preguntó si en el mundo del cine era costumbre drogarse y yo me encogí de hombros para no contar una de esas verdades incómodas.