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Llegó el siguiente lunes. Atrás quedaba una semana de infarto donde pasé «de la oscuridad a la luz», artículo del periódico El País que se hacía eco del cambio radical que experimenté en solo siete días.
Otro periódico de línea editorial antagónica titulaba la noticia como «Un regreso de cine».
Los medios de comunicación me ensalzaban como un símbolo sobre las segundas oportunidades, los mismos que me hundieron en cuanto tuvieron ocasión.
En cualquier caso, el futuro próximo se antojaba movidito, así que ya podía acostumbrarme.
Frente a la puerta del dúplex de Luisa, estaba intranquilo.
Intuía que mi mentora no se conformaría con darme indicaciones superficiales sobre mi personaje.
Su franqueza se había forjado en la misma escuela que la de Gerard.
A Luisa la conocí durante el rodaje de Lo cerca que estaba del cielo , mi primera película como actor secundario.
Era la directora de actores y su exigencia consiguió minimizar más de un defecto de fábrica.
Hasta entonces, mi naturalidad había sido la principal baza en mis interpretaciones, pero con ella no era suficiente.
«La cámara es implacable y, si no existe conexión emocional, se va a notar», insistía.
La mayoría de preparadores te obligaban a rememorar miserias para transmitir verdad.
Y eso me machacaba. Mis vivencias eran tan limitadas que carecía de recursos.
Por fortuna, Luisa prefería indagar en una idea o sensación, aunque jamás hubieras experimentado nada semejante.
Jugaba con la imaginación y la inteligencia emocional para llegar a lo que demandaba el personaje.
Fue así como se ganó mi confianza y el prestigio entre la profesión.
Fueron veinte años fructíferos. De los quince actores que tenía en plantilla, yo era de los solventes porque actuaba bien y no daba problemas, según ella.
Hizo del trabajo mi prioridad absoluta, si no, que se lo dijesen a Úrsula.
Luisa tenía intuición para elegir proyectos que tuvieran buena acogida.
Las giras de teatro duraban al menos un año y La taberna de los cuatro vientos permaneció dos temporadas solo en la capital.
Ganamos mucho dinero juntos y, como suele ocurrir cuando pasas tiempo con una persona, sobrepasamos lo laboral para convertirnos en amigos, aunque Luisa tendiera al equilibrio para evitar toxicidades.
Mi madre le relataba batallas de cuando era pequeño y Luisa las usaba después en los ensayos.
Estaba obsesionada con mi forma de transmitir.
Que era muy creíble tanto en escena como en cine, pero algo me frenaba y no sabía explicar bien qué.
La verdad es que yo tampoco colaboré. Rehuía conversaciones que me expusieran, con esa timidez a destiempo que tanto me ha perjudicado.
Sé que le afectó la muerte de mi madre, porque Luisa, cuando le sobrepasaba un acontecimiento, demostraba una introspección poco común.
Curioso, ya que solía ser ella la que te obligaba a sacar lo acumulado.
Toqué el timbre de su puerta con el típico ritmo «pi-piriripi-pi-pi», mi seña de identidad cuando llegaba.
Luisa abrió y me abrazó dándome palmadas en la espalda, su seña.
Iba perfectamente maquillada y con el pelo teñido de un rojo cereza, menos un mechón del flequillo en azul turquesa.
Podía permitirse la combinación. A sus sesenta y muchos, conservaba la línea sin hacer dietas depurativas, pura genética.
Además, mantenía a raya la papada y la barriga, dos indicadores que nos recuerdan que la muerte acecha.
Me alegró verla, aunque no se lo dijera.
Otro indicador de mi desafección por las personas que quiero.
Al cuarto de hora ya nos manejábamos con la soltura de siempre, contando anécdotas que nunca nos atreveríamos a confesar si eran ciertas, mentiras o verdades a medias.
Desde su jubilación se acostumbró a mantener affaires esporádicos con jóvenes que contactaba por Tinder.
No esperaba la avalancha de pretendientes dispuestos a intimar con mujeres que les doblaban o incluso triplicaran la edad.
En cuestión de minutos, su aplicación colapsó con mensajes de niñatos impacientes por cumplir sus fantasías sexuales con una madurita cañón.
Cuando le confesé lo mal que lo había pasado, se echó las manos a la cabeza.
Pensaba que el no verme en ninguna película o serie se debía a una decisión personal.
Luisa me pidió perdón por desaparecer tras entrevistar a Sandro Casas, un joven actor con proyección cuyo representante no dejaba de regatear con los honorarios y porcentajes.
A la tercera salida de tono, se dio cuenta de que estaba harta de aguantar estupideces de la nueva hornada y que la única relación que mantendría con gente tan joven sería en horizontal.
Por supuesto, el tal Sandro no alcanzó sus metas y acabó protagonizando porno gay amateur, que por lo bien que pagan, nunca me atrevería a decir que fracasara.
Antes de abordar la obra, confesó que se había acordado mucho de mí y de mi madre.
Prefería dar por ciertas sus palabras y no ironizar sobre lo que debe hacer el ser humano cuando se acuerda de otro alguien.
—Desde la escuela tuve problemas con el personaje. No terminaba de entender a Senén.
—¿Qué no entendías, que un adulto se enamorara de un adolescente? Porque dadas mis circunstancias, yo no descarto que me ocurra.
—No es eso. A veces se me olvidaba que su parentesco no era de sangre. Solo veía a un padre manteniendo relaciones con su hijo.
—Ah… ¿Y qué sentías?
—Pena, indefensión, asco… Acababa bloqueado y mi profesor desesperado. Por eso temo que me ocurra otra vez.
—Eso no me preocupa, han pasado muchos años. Y que no se te olvide que partes de una premisa falsa. No era ningún incesto.
—Cierto. Debería centrarme en lo morboso de la relación. De todas formas, tampoco entendía que Senén no controlara sus emociones en un entorno tan hostil.
—Controlar una emoción puede ser tan dañino como expresarla.
—Seguramente, aunque arriesgó demasiado.
—Pues claro. La rebelión del predicado tiene ese halo romántico y, por lo que he leído, Gerard lo ha mantenido. Aunque suene hortera, por amor se asumen riesgos.
—No sé si es amor lo que siente Senén por su hijastro.
—No lo dudes. Senén no arriesgaría su bienestar por un capricho pasajero. Quiere mucho a su mujer, pero se ha enamorado de un hombre. Puede ocurrir, ¿no?
—Sí, claro, pero el verdadero acto de amor consistiría en no poner en peligro a su hijastro. En cambio, se deja llevar por sus instintos.
—Aun así, deberías dejar de juzgarlo. Senén solo busca un momento de felicidad. Muestra sus emociones en una época difícil, que es más de lo que muchos consiguen en entornos favorables. A ti te habrá pasado, imagino.
—No estamos hablando de mí.
—Estás a la defensiva. ¿Por qué? Es como si tuvieras que interpretar un personaje que se atreve a hacer algo que tú no has sido capaz de llevar a cabo en tu vida real.
Aquel ataque me desarmó. Había olvidado lo certeros que podían ser los comentarios de Luisa si mi actitud no le cuadraba.
—No me hagas caso. Son elucubraciones de vieja. Hagamos una cosa, cierra los ojos.
—Ya estás con tus dinámicas.
—Sí, las mismas que te llevaron a la nominación del Sindicato de Actores. Quiero que te centres en un momento en el que te hubiera gustado dar rienda suelta a tus emociones.
—Me temo que han sido unos cuantos.
—Pues elige uno que te ayude a comprender que, a veces, los deseos superan situaciones adversas, incluida una posguerra.
—Esto no va a funcionar.
Cerré los ojos con la certeza de que Luisa metería el dedo en la llaga el resto de la tarde.
No me costó encontrar ese instante, lo había revivido los últimos treinta años.
Y resultaba curioso comprobar cómo uno de los recuerdos que más me revolvían pudiera ser también el que tuviera el poder de calmarme.
Tuña, 5 de junio de 1986
Despejada la cocina tras el desayuno copioso, Víctor propuso ensayar varias escenas de la obra.
Úrsula, empeñada en descubrir por qué al llegar se encontró la casa sin luz, agarró su mochila y se acercó al pueblo en busca de un electricista operativo.
Prometió volver enseguida, una de esas promesas que, a pesar de su sencillez, cuesta cumplir.
Víctor y Hugo decidieron repasar escenas donde solo interactuaran sus dos personajes, decantándose por la que daba fin al primer acto.
SEBASTIÁN, hijo de CATALINA, llega desbordado a casa tras una agotadora jornada en la refinería. CATALINA salió a dar un paseo, pero su padrastro SENÉN está en casa para escucharlo.
SEBASTIÁN
No aguanto más.
SENÉN
¿Qué ha ocurrido?
SEBASTIÁN
Voy a dejar la fábrica.
SENÉN
¿Por qué?
SEBASTIÁN
La gente se ha acostumbrado a cobrar una miseria y a que los traten como a perros.
SENÉN
Ah, es eso. Te entiendo. Descubrir la resignación en los demás es duro, porque suele ser el preámbulo de la nuestra.
SEBASTIÁN
Pues yo me niego. Me he tirado diecisiete años sin poder decir quién era mi madre.
Estoy cansado de tener que moverme al son que me marcan cuatro indeseables a los que no les importo.
Si muero mañana, ninguno sentirá mi pérdida.
No puedo pasar el resto de mis días al lado de personas que se dejan humillar.
SENÉN guarda silencio mientras asimila las palabras de su hijastro.
SENÉN
Te comprendo, pero no deberías infravalorarlos. Ellos también están cansados, tanto o más que tú, solo que muchos tienen familias que alimentar, les compensa aguantar. Siguen teniendo sueños, aunque los mantengan en secreto.
SENÉN agacha la cabeza, con la mirada perdida.
SEBASTIÁN
¿Tú tienes secretos?
SENÉN
Supongo.
SEBASTIÁN
Cuéntame uno.
SENÉN
Si lo hiciera, ya no sería un secreto.
SEBASTIÁN
Entonces te ayudaré yo. ¿Por qué me espías cuando me baño?
SENÉN
¿Cómo? Yo no hago eso.
SEBASTIÁN
Ahora eres tú el hipócrita. Te doy tres segundos para dejar de serlo. Uno…
SEBASTIÁN se acerca a SENÉN.
SEBASTIÁN
Dos…
SEBASTIÁN aproxima su boca a la de SENÉN.
SENÉN
¿Qué estás haciendo? Para…
SEBASTIÁN
Tres.
SEBASTIÁN roza sus labios con los de SENÉN y da un mordisco sutil en el labio inferior de su padrastro, estirándolo hasta que se le escapa entre sus dientes. SENÉN se queda bloqueado.
Un oportuno timbre de puerta interrumpió la escena.
Víctor y Hugo permanecieron inmóviles durante segundos, alargando el silencio marcado por don Amador para aumentar el erotismo entre los dos personajes.
La respiración de ambos se aceleraba y era difícil diferenciar si eran los personajes ficticios o los reales los que empezaban a excitarse.
Hugo trató de retomar el beso —a su personaje le tocaba darlo—, pero fue abortado de inmediato por su compañero, que se dirigió bruscamente hacia la puerta principal.
Hugo mostraba su confusión mientras Víctor cruzaba el pasillo a gran velocidad.
Se detuvo y se giró buscando a Hugo, pero este se alejó, dando la espalda a su amigo.
La persona que estaba fuera volvió a llamar, esta vez con los nudillos.
Víctor, apremiado por los golpes, abrió la puerta.