16
Siete de la mañana y mis tías ya preparaban el desayuno.
Me recordaron a Úrsula en su caserón de Tuña.
También pasé la noche sin dormir, pero sin tristezas de por medio.
Metí prisa, a las nueve nos esperaban en el crematorio.
Científicos finlandeses habían patentado un método revolucionario para incinerar un cadáver en tiempo récord.
En solo media hora podríamos llevarnos las cenizas de mi madre.
Mis tías intentaron convencerme de que, según el sacerdote de su diócesis, lo adecuado sería enterrarla.
Para sacerdotes estaba yo. Les recordé que su voluntad era la incineración y, ya que no podía cumplir sus deseos por completo, esparciríamos sus cenizas por el patio.
Se escandalizaron: que era una barbaridad, que en un golpe de viento podrían levantarse las cenizas y acabar en un matadero de cerdos…
Sus ocurrencias me reconfortaban porque eran las de mi madre, pero pasaron por el aro, porque mis tías eran más sumisas que cabezotas.
Avisé a Águeda, que seguía dormida como una ceporra.
Me dio tanta pena despertarla que nos marchamos sin ella hacia el crematorio.
Total, sobre las doce estaríamos de vuelta.
Contra pronóstico, no ocurrió nada destacable en las siguientes horas.
El funeral fue eterno, aderezado por el sermón tedioso de otro cura que aprovechaba el público para propagar sus ideas inverosímiles.
A estas alturas, seguir creyendo en Dios me resulta un anacronismo insoportable.
Mis tías rezaron para que enterrara a mi madre a la antigua usanza, pero Dios, como era natural, no las escuchó.
La acompañé hasta el final, siendo testigo de cómo las llamas la consumían.
Me centré en recordar anécdotas amables, desde cuando se echaba sal por los hombros si se derramaba en la encimera hasta cuando me llamaba por teléfono sin otro motivo que escuchar mi voz.
Hay que ver, con la de desalmados que existen y se tuvo que ir precisamente ella.
Llevó con tanta integridad su enfermedad que me preguntaba si ciertas cualidades podrían derretirse a dos mil grados.
¿Por qué no me sinceré con ella? ¿Por qué no me abrí en canal?
No era una desconocida cargada de prejuicios.
Solo una madre que buscaba entender a su hijo, porque las madres no manejan la verdad absoluta sobre nosotros.
Aprenden a adivinar del mismo modo que los hijos aprendemos a ocultar.
Veinte minutos más tarde, el calor que irradiaba aquel horno contrastaba con mi frialdad.
Seguía sin derramar una lágrima. Mi tía Sofía me rescató de mi estado catatónico.
Si había que esperar a que me dieran a mi madre en una urna, mejor rodeado de conocidos.
Agobiado, saqué el móvil para jugar una partida de damas y comprobé que Águeda estaba en línea.
—¿Estás operativa ya?
—Sí, pero tengo la boca pastosa. ¿Por qué no me habéis despertado?
—Llegábamos tarde y tú no tenías mucha intención de levantarte.
—Habré dormido diez horas, ni de pequeña. A ver si me entero de la marca del somnífero que nos dio. Te tengo que dejar —dijo fatigada.
—¿Vas andando?
—Sí, he salido a que me dé el aire. Luego te veo.
—Ten cuidado, que no me fio de nadie. Enseguida estamos de vuelta.
Nada más colgar, escuché a mis tías sollozar.
Las cenizas estaban listas. Mi madre resumida a un tarro color ocre con el membrete de la compañía Melting love (derritiendo el amor).
Insuperable. Regresamos a casa a la hora prevista.
Valoraba cada segundo que pasaba sin que ocurriera nada estrambótico o peligroso.
Como pillé a Águeda en el baño, me puse a barrer el reguero de tierra que había desde la puerta del patio hasta mi habitación.
La oscuridad de la noche nos impide ver tantas cosas…
Mis tías estaban impacientes por finiquitar ese acoso y derribo a la cristiandad.
Mi tía Emilia seguía rezando mientras mi tía Sofía nos consolaba aunque nadie se lo pidiera.
Y mi tía Esperanza —de la que aún no he hablado porque apenas la conozco— prolongaba su actitud anodina, por no decir que era simple como un cerrojo.
Sin que me vieran, abrí la urna y aparté un puñado de cenizas en una bolsa.
Durante el camino de vuelta leí que fabricaban colgantes que las incrustaban en su interior y, aunque eran horteras hasta decir basta, estaba dispuesto a encargar uno con tal de que una parte de ella pudiera acompañarme siempre.
—Víctor. ¿No quedamos en esparcir las cenizas por el patio?
—Sí, tía, eso vamos a hacer.
—Entonces, ¿por qué has hecho un hoyo en el centro?
—¿Qué dices, tía, qué hoyo?
Efectivamente, había un pequeño agujero cavado justo en mitad del jardín.
Quizá la mujer de la ducha fuera Herminia que, en complicidad con el sacerdote maquiavélico, había matado a Águeda y aprendió a imitar su voz.
En mitad de mi paranoia, Águeda salió de nuestra habitación y me pidió que me acercara.
Escondía una de sus manos detrás de la espalda.
¿Tendrá un cuchillo? ¿Habrá enloquecido y tendrá planeado descuartizarnos a todos? No salía del bucle.
—Lo he hecho yo.
—¿Tú? Con razón estaba el suelo tan sucio. ¿Y para qué?
—Para enterrar los restos de tu madre al lado de Raimundo.
—Águeda, imposible, con lo que pasó ayer…
—No se me ha olvidado. Verás, es que me he levantado obsesionada con el tema. Me daba mucha pena que tu madre no cumpliera su sueño. Y si me daba pena a mí, no quería imaginar lo que sentirías tú. Así que me he vestido y me he ido al cementerio parroquial.
—Sí, claro, y te has traído al muerto, ¿verdad?
—No, pero sí una parte de él —dijo descubriendo un dedo de Raimundo que ocultaba tras su espalda.
—¿Cómo? Madre mía. El somnífero te ha trastornado.
—Creo que ha sido lo más extraño que he hecho nunca. Menos mal que la policía ya se había ido. He tenido que saltar la baliza, meterme en la fosa y probar el miembro que se arrancaba mejor. Y ha resultado ser este dedo.
—Por favor, Águeda, que has profanado una tumba.
—No, perdona, la tumba la profanó su hermanito.
—¿Y si se dan cuenta de que le falta un trozo a la mano?
—Lo dudo. He enterrado hasta el antebrazo. Ya que me pongo a toquetear, lo hago bien. Y que ha podido entrar un gato y llevárselo.
—Hostia puta, ¿y ahora cómo les enseño el dedo a mis tías?
Ojalá el esperpento se hubiese detenido allí.
Águeda me convenció para decir que, al destapar la urna, encontramos un dedo de mi madre que, incomprensiblemente, no se había desintegrado.
Mi tía Emilia, al verlo, se desmayó, pero los demás reaccionaron como si fuera una reliquia milagrosa, una señal del cielo sobre la idoneidad del enterramiento sobre la incineración.
No lo vi venir. Mis tías comenzaron a besar aquel dedo creyendo que era de mi madre, y Braulio, influido por la enajenación colectiva, se lo pasó por su cara, a modo de caricia.
Me entraron unas ganas tremendas de reír a carcajadas.
Para evitarlo, le quité el dedo a mi padrastro y lo lancé al hoyo como el que tira una cáscara de plátano.
Las caras de Braulio y de mi tía Emilia —que volvió en sí justo para ver el dedo volando por los aires— eran un poema, pero se reservaron su opinión.
Pensarían que estaba al límite. El caso es que aceleré el ritual.
Destapé la urna y derramé las cenizas con decisión, eso sí, demostrando más sensibilidad que con el dedo de Raimundo.
Cogí la pala que había usado Águeda —que no sé de dónde la sacó— y demostré ser un experto en el arte de enterrar, ya fueran cuerpos, experiencias o sentimientos.
Braulio igualó el terreno con sus pies mientras yo colgaba una loseta en la pared del patio.
La inscripción me pilló por sorpresa: «No podemos recordarte, porque solo se recuerda cuando se ha olvidado».
La eligió mi tía Sofía. Podría haber optado por frases rancias, al estilo de «tus seres queridos no te olvidan».
Pero no, dio un paso más allá. Con razón era la favorita de mi madre.
A grandes rasgos, así sucedieron los acontecimientos.
Me hubiera encantado rematar aquella historia con la palabra fin, porque significaría que era ficción lo que contaban sus imágenes.
Tras el intento de asesinato y la ocurrencia de última hora de Águeda, lo que quedaba del día transcurriría dentro de lo esperado.
Mis familiares se diluyeron, dejando ese vacío existencial al que se queda.
Odio los domingos, está claro. Braulio se negaba a regresar a Madrid.
Le esperaba una soledad para la que no estaba preparado, así que decidió quedarse unos días en Oviedo y que la nostalgia hiciera el resto.
A Águeda y a mí nos esperaba una testificación y un largo viaje de vuelta.
A media tarde, Águeda colocaba el equipaje en el maletero y objetos que me llevé de recuerdo: un rosario, una manta áspera, álbumes de fotos antiguas y un relicario de latón dorado.
Sin criterio ninguno. Yo cerraba puertas conforme terminaba de fregar el suelo, acotando mi espacio cada vez más.
Envolví de nuevo los muebles con aquellas sábanas, que regresaran esos fantasmas que hoy incomodan más que asustan.
¿Volveré a este lugar? Como no tenía respuesta, salí al patio para despedirme.
Algo teatral, a lo que estaba acostumbrado.
Me acerqué a la losa y mi atención se centró en su frase grabada.
Aunque seguía siendo una gran opción, no terminaba de estar de acuerdo con su significado, porque sí que olvidaría.
Cada día que pasara sería más difuso que el anterior.
Olvidaría datos, anécdotas, rasgos, una amnesia acorde al devenir natural.
En la porción de cielo que encuadraba el patio, irrumpió una bandada de zarzales rumbo a un destino más apacible.
Desaparecieron en lo que duran tres parpadeos: uno, dos, tres…
una valiosa descripción de lo efímero. De repente me vino una arcada.
Eran los primeros avances de una ansiedad dispuesta a dominarme por completo.
Y cuando ya pensaba que estaría obligado a pasar la fregona de nuevo, comencé a llorar.
Un llanto repentino, similar a los de mi madre desde que le diagnosticaron la enfermedad.
¿Qué me ocurría? Yo no repito llantos, es mi seña de identidad.
Tenía una respuesta: no era un llanto reincidente porque no lo expresaba la misma persona.
No se trataba del adulto encarcelado en su prisión sin barrotes.
Podría ser el joven que nunca desenredó la compleja conexión entre su cerebro y su entrepierna; o quizá el adolescente buscando un referente paterno que le diera seguridad.
Pero no, no era ninguno de ellos. Se trataba del niño enrabietado, incapaz de entender por qué se había ido tan pronto su madre Matilde, porque las madres, mueran a la edad que mueran, siempre se van demasiado pronto.
Empezó a llover. En mi historia, la lluvia es un personaje recurrente.
«El cielo lloraba por mi madre», diría si creyera en esas estupideces.
Allí estaba, en mitad del patio, dejando que las lágrimas se mezclaran con la lluvia.
No forcé la escena, salió natural. En aquel lugar, corría el riesgo de convertirme en un tópico con patas, de los que atajan viejos conflictos tras un hecho traumático y luego se diluyen en sus promesas.
Lo cierto es que la muerte de mi madre activó varias pulsiones escondidas.
Un detonante cruel que, como no llegaba en el mejor momento, se convertía también en impreciso.
Rescaté las últimas palabras de mi madre: que intentara no culparme, como si fuera tan fácil.
Águeda me metía prisa desde fuera. En cuanto me recuperé, acudí a su encuentro con un rictus sosegado y cerré la puerta principal con la certeza de que regresaría a aquella casa.
Me monté en el coche y, sin que Águeda descubriera mi metamorfosis, continué siendo el niño que hacía lo imposible por dormir junto a su madre en las noches donde el miedo ganaba la batalla.
Y fue entonces cuando de verdad supe que aquel niño había regresado para quedarse, solo que más perdido, más solo y más triste, es decir, con la apariencia irremediable de un hombre.
L UCES, C ÁMARA … C ATARSIS.