15
Desperté en el mismo lugar y, aunque conmocionado, pude retomar el hilo de lo ocurrido.
Águeda y el padre Damián habían desaparecido.
Miré el reloj para calcular cuánto tiempo había pasado, pero la sangre que resbalaba por mi cara no me permitía enfocar con claridad.
Me incorporé con cautela por si aquella bestia seguía dentro de la casa.
Escuché un ruido afuera, un jadeo. Lo primero que pensé fue que el padre Damián, saltándose dos o tres mandamientos de golpe, estaba violando a Águeda.
Me arrastré hasta la ventana y, al asomarme, descarté esa opción.
Aquel cura del demonio terminaba de excavar una tumba.
Me levanté mareado y a punto estuve de encender la luz para ver mejor.
La torpeza de quien nunca ha sufrido un intento de asesinato.
En la cocina, cogí cada elemento punzante que me encontré: un cuchillo carnicero, un sacacorchos, unos palillos de dientes…
A día de hoy, no consigo entender que me armara con palillos.
Supongo que sufriría alguna lesión interna que se desvaneció a los pocos días.
Regresé al salón, abrí el cajón donde estaba la pistola y comprobé que, efectivamente, era un mechero para encender velas.
Fui precavido al salir de la casa, aunque la intensa lluvia ejercía de ruido blanco.
Me escondí detrás de un monumental arcángel San Miguel para ser testigo de cómo el padre Damián remataba el surco.
Se me cortó la respiración cuando cogió a Águeda de las axilas, que seguía viva porque emitía un leve ronquido.
La dejó caer en la fosa como un saco y se aseguró de que nadie lo vigilaba.
Su determinación era mi duda, otra escena que me costaba asimilar.
Cuando me decidí a lanzarme a por él, apareció por mi derecha.
Aquel tarado tenía la adrenalina por las nubes.
Forcejeamos unos segundos hasta acabar al borde de la fosa.
Me soltó y fue directo a por la pala, pero logré ponerle la zancadilla y tirarlo al suelo.
Vernos a los dos reptar debía ser un espectáculo lamentable.
A partir de ahí, mi instinto de supervivencia agotó todos los recursos.
Como el cuchillo se me había caído por el camino, empuñé el sacacorchos, pero cerrado y a oscuras no fue útil, así que le arañé un muslo y le mordí en un gemelo.
Trepé sobre él hasta inmovilizarlo, pero se revolvió y a punto estuvo de zafarse de mí.
Se me acababan las opciones. Saqué a la desesperada uno de los palillos y se lo clavé en una oreja.
Dolorido, me apartó de un codazo y me quedé desparramado en el suelo junto al resto de palillos.
Directo hacia su objetivo, alcanzó la pala y supe que no tendría escapatoria.
Demasiado aturdido para intentar un golpe de efecto.
Iba a morir un día después de mi madre, qué paradoja.
Cerré los ojos y rogué que el palazo fuera certero…
hasta que escuché un golpe que no me dolió.
Un palo impactaba en una cabeza que no era la mía, sino la del padre Damián.
Pensé que, como en las películas, Águeda consiguió despertar, salir de la fosa y vengarse de nuestro torturador.
El párroco cayó a plomo a mis pies y, detrás, la silueta de una mujer. Era Herminia, la amiga de mi madre.
—Víctor, ¿estás bien?
—Creo que sí.
—Como tardabais tanto, me acerqué para averiguar qué pasaba. No sabía a quién darle el golpe, al fin y al cabo no te conozco.
—Pues el conocido pensaba enterrarnos vivos.
—Este hombre ha perdido el norte. Es cierto que en las homilías se muestra muy radical, pero no podía imaginar que llegaría tan lejos. Enterraros con su hermano, qué sórdido.
—¿Con su hermano?
—Sí, lo enterró justo aquí, a pesar de que es un cementerio privado. En España somos corruptos hasta con las muertes. ¿Y tu mujer?
—Está en la fosa y no es mi mujer.
Al asomarnos, allí seguía Águeda, recostada de lado y ajena a la escena de terror que acababa de suceder.
Mi cuerpo seguía tenso. Temía que Herminia diera otro giro de guion y confesara que era ella la que prefería matarnos porque también se había enamorado de mi madre y no soportaba que la tratara como una simple amiga.
Por fortuna, mi imaginación se quedó en su significado.
Sacamos a Águeda y revisé la fosa por si se le hubiera caído algún objeto personal.
Entonces lancé un grito de pánico. Allí estaba el esqueleto de Raimundo al descubierto.
Herminia se apartó a vomitar y a mí me faltó poco.
¿Acaso Raimundo no tenía un seguro que cubriera los gastos de un ataúd o es que el padre Damián prefería los enterramientos austeros?
Águeda dio signos de espabilarse. Me acerqué para acelerar el proceso, con un ojo en ella y otro en el padre Damián, no fuera a despertarse.
Herminia, leyéndome la mente, le dio una patada en el costado y lo maleó como si fuera un costillar vacuno.
Cogió la pala y la lanzó lejos con decisión. ¡Qué mujer!
—¿Qué ha pasado? —preguntó Águeda.
—De todo. Herminia, ¿te encargas tú de llamar a la policía?
—Sí, claro. Ahora mismo.
—¿Qué policía? —dijo Águeda entre balbuceos.
—Te lo explico cuando lleguemos a casa.
Abandonamos el cementerio sin mostrar a Águeda su lecho particular.
Ya estaba yo para aglutinar traumas. La lluvia amainó y era hasta agradable caminar.
Aunque la cabeza me iba a estallar, juraría que había dejado de sangrar.
Águeda se quejaba de la cadera, preguntándome la causa y sin obtener respuesta.
Cerca de la casa, comenzaron a ladrar unos mastines y, casi al instante, escuchamos alboroto de gente.
Agarré a Águeda del brazo y nos apartamos en la primera callejuela que encontramos, por si eran vecinos con el encargo de rematar la venganza del padre Damián.
Escuchaba golpes de palos contra el suelo y yo ya no tenía fuerzas ni para mantenerme en pie.
Empecé a reírme, por aquello de que la risa es el hermano valiente del llanto, según mi padre.
Águeda insistía en comprender mi reacción y yo no podía aclararle nada.
Conforme el gentío se acercaba, la percepción del ruido cambió.
Ya no eran palos, sino ruedas sobre los adoquines.
Me desesperaba, y Águeda, harta de mi secretismo, salió del escondite para enfrentarse a lo que aconteciera.
—¿Qué está pasando aquí?
—Ay, hermosa, creía que no llegaba a ver a mi hermana. Estás sucia…
Reconocí la voz nasal de mi tía Emilia. Salí del callejón para darle un abrazo, además de asustarla y mancharla con mi sangre.
Braulio se unió al gesto y, de una forma lamentablemente hermosa, acabamos todos haciendo una especie de piña antiestrés.
Abrazaba a lo que quedaba de mi familia, la única opción de sentirme a salvo.
Pasada la medianoche, cada cual ocupaba su sitio.
La policía nos tomó declaración en casa de Herminia, con un marido incrédulo ante la sangre fría de su mujer.
Águeda palidecía conforme se enteraba de la odisea.
Bueno, por eso y por los tres tubos de sangre que le sacaron para averiguar la sustancia narcótica que utilizó el padre Damián, que cuando lo detuvieron parecía más víctima que verdugo.
Dentro del coche patrulla, me obsequió con el mismo semblante de odio que sirvió de germen a sus actos.
Ahora entendía por qué la mayoría de villanos de las películas de suspense eran rubios.
Me venía a la mente el perturbado que se metía el pene entre las piernas de El Silencio de los corderos o el cura de la mediocre El código Da Vinci , como si aquel color vaticinara alguna demencia.
Nos comprometimos a acudir al día siguiente a la comisaría para testificar en cuanto acabara el entierro.
Allí terminaba el recorrido de aquel psicópata, un punto final con los vecinos de testigo, que se amontonaron por decenas.
Alguno incluso se replanteó aprovechar el revuelo y pasarse por el velatorio, pero ahí fui yo el que se negó. Estábamos destrozados.
Herminia nos acompañó hasta mi casa, demostrando una actitud maternal alejada de su rol salvavidas.
Nos relató anécdotas de juventud con mi madre de protagonista.
Recalcó su valentía, pese a los impedimentos de su familia a cada decisión que tomaba.
Es curioso. Si me preguntaran por una cualidad suya, jamás mencionaría la valentía.
Y eso que demostró arrojo en sus últimas voluntades, porque la probabilidad de que la familia de Raimundo se opusiera a sus deseos era alta.
Me tranquilizó que Herminia la homenajeara.
Luego se miró el reloj como si fuera una cenicienta rural y se despidió de nosotros.
No tenía planeado acudir a la misa ni al entierro.
Lo consideraba un acto íntimo solo al alcance de los más allegados.
Además, aquella noche había arriesgado su vida y eso cansa.
Dentro de la casa, el ambiente era de calma absoluta.
Águeda y yo hicimos malabares para que nadie se enterara de lo ocurrido.
Por supuesto, el sartenazo de mi cara se convirtió en una caída fortuita contra un bordillo.
Mis tías se empeñaron en colocar velas alrededor del féretro.
Según ellas, eliminarían las malas vibraciones.
A buenas horas. Me acerqué a Braulio, sentado a los pies de mi madre con un bocadillo de chorizo en la mano.
Le acaricié la nuca y él me dio un manotazo en la pierna.
Fue todo lo que nos dijimos, más de lo que se puede expresar con palabras.
Me metí con Águeda en la habitación, aunque esa información se la omitimos a su novio Rober, que ya por entonces despuntaban sus celos enfermizos.
Además, si quedaba alguien que no pensara que fuésemos pareja, lo haría por fin.
—Víctor, deberías descansar un poco.
—Lo intentaré, pero por menos he pasado noches enteras de insomnio.
—A ver, lo que ha ocurrido hoy es para que no durmamos en décadas. ¿De verdad estuve pegada al esqueleto del tal Raimundo?
—Sí, pero mejor que no tengas ningún recuerdo.
—Casi es peor imaginarlo.
—Siento que hayas tenido que pasar por esto.
—No digas tonterías.
—Lo peor es que no voy a poder cumplir su deseo.
—Quizá sea mejor así. Raimundo estaba desequilibrado.
—Estaba enamorado. Su hermano sí que estaba loco, sin amor de por medio. Me da rabia que, ya que estoy aquí, no pueda llegar hasta el final.
—Nadie puede decir que no lo has intentado. Me caigo de sueño, será el somnífero.
En mi caso fue imposible pegar ojo, ni recurriendo a mis técnicas habituales: valeriana, dejar la mente en blanco, imaginar presentes idílicos con Hugo…