La catarsis Zimmerman 14 #3
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14 #3

—Hay una pistola dentro —afirmó Águeda a media voz.

—¿Qué dices? Será de plomos.

—Claro, o un mechero para encender las velas, no te jode.

—Cierra el cajón y siéntate.

—Víctor, esto es muy raro.

—Igual la tiene para defensa propia. Quién te manda abrir cajones.

—El problema es que tiene un arma, no que yo sea una cotilla.

—A ver si nos da una buena noticia y acabamos con esto.

—O acaba él con nosotros.

—Águeda, por favor, no seas peliculera. Calla, que ya viene.

El padre Damián llegó con las infusiones hirviendo, acompañadas de una onza de chocolate medio derretida al contacto con la taza.

Águeda no dudó en beberse la suya aun a riesgo de abrasarse la lengua.

Yo preferí esperar, a mi estómago nunca le cayó bien lo caliente.

Llegaban buenas noticias. El hermano de Raimundo nos autorizaba a abrir la fosa y añadir las cenizas de mi madre.

Me trasladó que Raimundo nunca dejó de nombrarla, y que ojalá aquello sirviera para que descansara en paz.

Respiré aliviado, por fin algo salía bien.

El padre Damián me pidió que lo acompañara a su cuarto para firmar un documento y Águeda se quedó custodiando la supuesta arma de fuego.

En la habitación del sacerdote se mezclaba el olor a cerrado con el del incienso. Encendió su Mac —objeto que lo alejaba del voto de pobreza— y, mientras buscaba el documento, me hizo el tercer grado:

—Entonces, eres el hijo de Matilde…

—Así es.

—¿No tienes más hermanos?

—No, soy hijo único.

—Vaya, ha tenido que ser duro. ¿Sufrió mucho?

—Se dio cuenta de cómo se consumía, así que supongo que sí.

—Hay que quedarse con lo positivo. Ahora está con el Señor.

—¿Qué señor?

—Nuestro Señor Jesucristo.

—Yo es que no soy creyente. Hubiera preferido que estuviera aquí.

—Por supuesto. Todos deseamos tener cerca a nuestros seres queridos, pero por desgracia no tenemos ese poder.

—Al menos ahora podrá descansar en paz.

—Claro, de eso se trata, de descansar en paz.

La impresora, en oposición al ordenador, marcaba un ritmo pausado, impropio de la era de las tecnologías.

Me inquietaba tanto la parquedad expresiva del padre Damián como la penumbra que predominaba en cada estancia.

Supuse que habría asimilado aquella atmósfera como sus votos de obediencia y, por qué no, castidad.

—Esto ya está. Tienes que firmar en la última página. Una copia para la familia y otras dos para la diócesis y el ayuntamiento.

—De acuerdo. Esto ya lo ha hecho antes, ¿verdad?

—Alguna que otra, llevo bastantes años aquí.

—Se lo agradezco, mi madre tenía una espina clavada con Raimundo.

—Pues las espinas hay que quitárselas. Voy a reenviar el documento al hermano. Ve con tu novia, que me da cosa que esté sola en el salón.

Ni me molesté en aclararle que no era mi novia, creo que en gratitud por no confundirla con mi hija.

Cuando llegué a aquel salón-museo, me encontré a Águeda dormida.

Normal, el día había sido agotador. Traté de espabilarla, pero no me hacía caso.

Me acerqué y agité sus rodillas, pero nada, seguía dormida.

Empecé a sospechar cuando tampoco reaccionó a mis zarandeos.

Podría haber sido un accidente cardiovascular, pero nunca asocio según qué dramas con gente tan joven.

Enseguida valoré la absurda posibilidad de que el padre Damián la hubiera narcotizado, pero cómo va a hacer eso un sacerdote cristiano…

Me negué a aceptarlo hasta que un golpe en la cabeza me tiró al suelo.

Allí estaba el padre Damián con una sartén grasienta en la mano, los ojos encendidos y dispuesto a rematar lo que había empezado.

—¿Qué haces? —dije mientras se me escapaba saliva por la boca.

—Quitarme la espina clavada.

—¿Qué? —pregunté buscando el auxilio de Águeda.

—Ni te molestes, está dormida. He pensado que voy a firmarte yo el documento que necesitas para enterrar a tu madre. Al fin y al cabo, tengo la potestad para hacerlo. Raimundo era mi hermano.

—¿Cómo? ¿Y por qué no lo has dicho desde el principio?

—Prefería el factor sorpresa. He tenido que retirar las esquelas y convencer a los vecinos de que no erais trigo limpio, mucho trajín.

—¿Por qué? No nos conoces de nada.

—Pero conocí a tu madre. Me había acostumbrado a este odio que me carcome por dentro. Y, de repente, Dios me permite vengarme.

—¿Venganza? Mi madre no era una mujer de la que hubiera que vengarse.

—Tu madre se portó fatal con mi hermano.

—Solo fue una historia de amor, con principio y fin, nada más. ¿Por qué no sueltas la sartén y hablamos como personas civilizadas?

—El caso es que cuando pienso en los diez mandamientos, me cohíbo. Pero si me centro en el infierno que pasó mi hermano porque la zorra de tu madre no fue capaz de cumplir sus promesas, se me ocurren barbaridades.

—Tu hermano debía de estar tan loco como tú.

—Mi hermano se suicidó por no poder asimilar tantas mentiras. Fui yo el que lo vio sufrir durante quince años. Tu madre debería haber medido mejor sus palabras. Ahora me toca enterrar a alguien a quien quieres.

—Eso ya va a ocurrir mañana.

—Me refería a tu novia.

—No es mi novia, imbécil.

—Me da lo mismo, algo la apreciarás si está aquí contigo.

—Irás a la cárcel.

—Ya vivo en una cárcel. Por ahora, esperarás a que te toque tu turno.

El segundo sartenazo fue definitivo. Nunca había perdido la consciencia, nunca me habían anestesiado ni participé en peleas violentas. Solo un golpe limpio y experimenté la sensación de no estar. Y solo puedo decir que es maravilloso.