14 #2
Cruzamos la calle como si fuésemos nosotros los que temiéramos ser descubiertos.
Llamamos a la puerta de la vecina con fuerza, dando por hecho que, además de ciega, estaría sorda.
Al abrir, se hizo la sorprendida. Me presenté como el hijo de Matilde Herrero y también fingió no saber quién era.
Esa señora era la que se sentaba en la puerta a pelar hortalizas cuando era pequeño, solo que con menos canas, nariz y orejas.
Mi madre decía que era una cotilla profesional, que conocía cada chisme del pueblo.
—Usted no habrá visto por casualidad al que nos ha hecho esto —preguntó sin rodeos Águeda, señalando a la ventana rota.
—Uy, no sé, igual ha sido el viento.
—¿Qué viento? Si no corre nada de aire.
—Águeda, déjame a mí. Es que, verá, nos han tirado un ladrillo.
—¿Un ladrillo? Jesús, qué borriquería.
—¿Y sabe por qué no ha venido nadie a velar el cuerpo de mi madre?
—Ay, pobre. Le acompaño en el sentimiento. Igual no se han enterado.
—Hemos dejado una esquela en el bar y estaba lleno de gente.
—¿Ah, sí? Puede que no la recuerden o no quieran pasarse.
—¿Y por qué no querrían pasarse?
—A lo mejor su madre era problemática o discutió con alguien.
—Señora, mi madre nunca fue problemática.
—Que usted sepa. Su madre tuvo una vida antes de nacer usted.
—¿Qué quiere decir?
—Nada, si hablo por hablar. Seguro que en un rato se le llena la casa de gente. Me paso dentro, que está la telenovela. Vayan con Dios y lo siento.
Águeda me miraba de reojo, esperando a que alguien dijese «corten».
Lamentablemente no era ficción; era la realidad, tan irracional como de costumbre.
Regresamos a casa con el cuerpo revuelto, sin dar parte a la policía y yo confundido hasta el punto de valorar las palabras de la anciana.
¿Qué podría haber hecho mi madre que mereciera un desprecio tan grande?
Nada. Seguro que la vecina sufría demencia y existía un vándalo esquizofrénico en el pueblo, no quedaba otra opción.
Procuraba calmarme, pero a la mínima regresaban las dudas.
Hasta convencí a Águeda para poner la casa patas arriba en busca de indicios que culpabilizaran a mi madre.
Barajé conjeturas inverosímiles: que hubiera robado para comer en tiempos de posguerra, que militara en el bando republicano o, qué sé yo, que hubiera abortado.
Por favor, cómo podía pensar así con ella de cuerpo presente…
Noticias desde Madrid. Mis familiares retomaban el viaje.
Al menos mi madre sería velada, aunque fuera solo por los suyos.
Águeda y yo elucubramos un rato largo, con teorías tan descabelladas que rozaban el ridículo.
¿Y si la subestimaba como a las mujeres que iban al baño en la planta de oncología?
Seguía dando por hecho que nadie se salta su código deontológico, que solo yo gozaba de ese privilegio.
En cuanto anocheció, empezó a llover. Tantos años sin pisar mi tierra, que había olvidado lo impredecible de su clima.
Ni los consejos tranquilizadores de Águeda ni el ansiolítico que me tomé me sacaron de mi runrún.
El reloj marcaba las nueve de la noche y el cura no se había dignado a visitarnos.
Se agotaban las casualidades y me envenenaba pensando que nos podíamos haber ahorrado la paliza del viaje.
Águeda se empeñó en preparar la cena. No tenía apetito, pero ante una tortilla francesa, no pude negarme.
Era la comida favorita de mi madre, con atún y queso, bien cargada.
Un homenaje a ella entre tanto desatino.
Y justo cuando salivaba con ese recuerdo, llamaron a la puerta.
Llegaban los primeros invitados. Claro, después de cenar, tenía sentido.
Hay que ver lo rápido que normalizamos nuestras paranoias cuando surgen soluciones.
Abrí la puerta con cierta ilusión. Al otro lado, Herminia, una mujer oronda con cara de muñeca de porcelana alemana.
Aunque nunca oí hablar de ella, se presentó como una buena amiga de mi madre.
Me dio el pésame y pidió perdón por no haberse acercado antes, pero si su marido no cenaba siempre a la misma hora, se ponía nervioso.
Herminia me contó que durante el último año había retomado el contacto con mi madre, que fueron amigas íntimas hasta que mi madre emigró con dieciocho años y que no consiguió salir del pueblo, por mucho que insistió al que acabaría siendo su marido.
Tras dar por hecho que Águeda y yo éramos pareja, se acercó con delicadeza al ataúd, acarició su mejilla y comenzó a rezar.
Nosotros aprovechamos el reencuentro para comernos la tortilla en la cocina, de pie y sin apenas saborearla.
Pasados unos minutos, Herminia se acercó a nosotros y, sin mediar palabra, sacó un folio doblado de su bolso.
Era una carta escrita a mano. La letra era de mi madre.
—La recibí hace unos meses. Ya intuía que le quedaba poco.
—¿Cómo? ¿Puedo leerla?
—Claro, era su voluntad.
«Hijo, empiezo con una frase cinematográfica: cuando leas esto, ya no estaré.
Pagaría por ver tu cara, con lo poco que te gustan los giros bruscos de guion.
Ya que nunca te atreviste a contarme tus secretos, me envalentono a destapar parte de las míos.
Antes de conocer a tu padre, me enamoré de un chico de mi pueblo, Raimundo.
Solo tenía feo eso, su nombre. Era carpintero y, pese a lo que se estilaba en el pueblo, atractivísimo.
Tenía unos ojos azul turquesa que nunca he vuelto a ver.
Nos enamoramos, un flechazo de los que no te crees cuando les ocurre a otros.
Comenzamos una relación en secreto. Él tenía veinticinco años y yo diecisiete, no convenía que nadie se enterara.
Estaba dispuesta a continuar de no ser porque se lo chivaron a tu abuela y me mandó interna al convento de las adoratrices en Oviedo.
Eso sí lo sabías, pero evidentemente no fue para mejorar mi formación, sino para apartarme del pecado.
En aquella época, la educación de las mujeres no importaba.
Raimundo me escribía cartas que nunca leí porque las monjas se encargaban de retirarlas del buzón.
Si eran capaces de robar niños, imagínate el remordimiento que podrían tener por un trozo de papel.
Conseguí que recibiera una donde le prometía que en cuanto cumpliera dieciocho, regresaría al pueblo y nos fugaríamos para casarnos.
No debí hacerlo. Pronto descubrí que había otros Raimundos desperdigados por ahí, capaces de despertarme sensaciones similares.
El mundo no acaba en nuestro perímetro, aunque siempre fui más moderna en mi cabeza que en la realidad, ya me conoces.
Por suerte, el tiempo hizo que aprendiera a querer a tu padre y que aceptara después a Braulio.
Pero, sobre todo, consiguió que sublimara lo que pudo ser y no fue con Raimundo.
No cumplí con la fuga pactada, pero, para compensarlo, quiero que me enterréis con él.
Fue Herminia la que me contó que se suicidó con solo cuarenta años.
Me alegré de no estar cerca. Lo mal que lo tuvo que pasar su familia.
A Braulio contadle que es una tumba familiar.
Que es sordo, no estúpido. Gracias, hijo, espero que tú sí seas capaz de cumplir tus promesas. Te quiere, tu madre».
Consumí la carta con ansia. Lo relevante no fue que se atreviera a exponer sus secretos, sino comprobar que no se había convertido por completo en una madre clásica.
La locura que le recordaba de niño salía a relucir en forma de carta.
Por supuesto que haría lo que me pidiera.
Que te enamoraste de Raimundo, te enterramos con Raimundo.
Habría accedido a propuestas mucho más escandalosas si me lo hubiese ordenado.
Herminia me sugirió que fuera a hablar con el sacerdote, figura clave para consumar su último deseo.
Estaba harto de tanto misterio, como si todos hubieran hecho un curso exprés de suspense.
Herminia se ofreció a quedarse con mi madre mientras hablábamos con el padre Damián, lo más sensato que nos había ocurrido desde que aterrizamos en el pueblo.
Así que Águeda y yo nos pusimos los abrigos y marchamos en dirección a la iglesia.
La intensidad de la lluvia impidió que elaborásemos estrategias.
Como había luz en la casa parroquial, llamamos sin titubeos.
El padre Damián nos recibió con una diligencia que no concordaba con la aridez de su rostro.
Dentro hacía frío, al menos cumplía con el voto de pobreza.
Arrancamos a contarle la historia, sin ahondar en la opinión del cristianismo sobre abrir tumbas para enterrar a antiguos amantes.
—Entonces, padre Damián, ¿qué opina? ¿Cree que será posible?
—Es una petición delicada. Habría que comunicárselo a los familiares.
—Me imagino, pero no los conocemos.
—Creo que puedo localizarlos. Hago una llamada y les comento.
—Tutéenos, por favor.
—De acuerdo. ¿Os apetece un café o una infusión?
—Pues, quizá una manzanilla. ¿Tú, Águeda?
—Una tila.
Mientras el padre Damián trajinaba en su cocina, Águeda se levantó a ver las reliquias expuestas en una pequeña vitrina.
Yo pasé, no había partes del cuerpo, que es lo que a mí me da morbo.
Por las paredes, imágenes de cristos, vírgenes y santos mártires, una prolongación de la sacristía en el salón.
De hecho, se intercomunicaban por una puerta que recordaba lo que había cambiado la estatura media en nuestro país.
Se detuvo en un cristo envuelto en sangre.
«De lo que te ha servido tu revolución», pensé.
Mi atención se centró en escuchar la conversación del padre Damián, sin éxito.
Fue durante ese lapsus cuando Águeda, toqueteando los pomos de un taquillón barroco, abrió sin querer uno de los cajones.
Su grito sordo provocó que mi atención regresara a ella.