14
El viernes dejó de ser mi día favorito. A las once de la noche, Matilde ya no estaba.
Águeda llamó al seguro funerario mientras Braulio lloraba en la habitación, creyendo no ser visto.
El único que seguía sin derramar una lágrima era yo, no por falta de ganas, sino porque estar ocupado puede anular la emoción más básica.
En cuanto se llevaron a mi madre, mis tías se apresuraron a recoger sábanas, enseres y airear cada estancia, como termitas excitadas ante un banquete de celulosa.
Me preguntaron cuál era el siguiente paso.
Por suerte, mi madre lo dejó todo atado para impedir debates estériles: velatorio en su pueblo natal, Pola de Somiedo, misa católica e incineración.
Nos extrañó la elección del lugar, aunque allí estuvieran enterrados mis abuelos.
Mi madre nunca tuvo buena relación con ellos, que eran «muy castrantes», decía.
Promesas que nos imponemos por no defraudar a nuestros antepasados o a nosotros mismos.
Sí entendí lo de la misa. Aunque mi madre repudiaba a los sacerdotes, una vez la escuché decir: «Que trabajen ese día para mí».
A ratos me recordaba a mi padre, que le encantaba ir a bares de corte conservador para que un facha sirviera a un rojo.
Eran rebeldes a su manera y eso me hacía gracia.
Debíamos salir pronto de Madrid para adecentar la casa de mis abuelos y avisar a los vecinos.
Complicado, la pena ralentizaba mis acciones.
Un zombi jugando a ser resolutivo. Decidí irme con Águeda en su coche.
Braulio y el resto de familiares aprovecharían que el seguro funerario ofrecía transporte hasta Asturias.
Salimos dos horas antes que el coche fúnebre y el minibús.
Águeda condujo todo el viaje. Estaba más despejada que yo y, al ser sábado, no tuvo que pedir permiso en la peluquería.
Mi madre, por no molestar, calculó hasta cuando morirse.
Vimos amanecer por el camino, a la altura de Segovia.
El primer amanecer sin ella, pensé de inmediato.
Águeda me cogió la mano y la apretó. Cómo me gustaría caer en esos detalles cuando ella lo necesitara.
Llegamos a las doce, media hora antes de lo que marcaba el GPS.
Águeda conduce demasiado ligera. Era un día soleado y frío, combinación que aborrecía.
Aunque de pequeño solo estuve dos veces, reconocí la casa, la única con un portón de madera tan elevado.
Antes era una cuadra y, en el último momento, mi abuelo se empeñó en adecentarla para vivir allí.
Al entrar, comprobamos que hacía más frío que en la calle y que los muebles estaban recubiertos con sábanas blancas.
Por lo demás, la acumulación de polvo no era tan escandalosa.
En menos de una hora, el lugar parecía que siempre había estado habitado.
Tocaba repartir esquelas por el pueblo, que sus habitantes despidieran a su paisana.
Otra rareza, ver el nombre de mi madre en un trozo de papel con su fecha de nacimiento y defunción, por si no quedaba claro que hemos venido para nacer y morir.
La villa tenía unos doscientos habitantes, no tardaría en correrse la voz.
Llegamos a la plaza mayor sin cruzarnos con nadie.
Colgamos la esquela en un tablón de noticias carcomido e hicimos lo propio en iglesia y ayuntamiento.
La última la dejamos en el único bar del pueblo, que estaba bastante concurrido.
Los hombres jugaban a las cartas y las mujeres cuidaban de sus hijos o nietos, una vieja estampa.
Al entrar, empezaron los cuchicheos, y el camarero, de aspecto rancio y desaseado, nos atendió con una sonrisa mellada que se borró al pedirle permiso para colocar la esquela.
Supongo que esperaba que consumiéramos como forasteros hambrientos o que simplemente le diera mal fario.
Para asegurarnos que el camarero no tirara la esquela a la basura, desechamos el embutido pegajoso que trajimos de Madrid y pedimos raciones calientes.
Nadie nos dirigía la palabra, ni siquiera para hilar parentescos.
Salimos del bar con sensación de extranjeros sin posibilidad de ser aceptados, otra muestra de cómo nos apropiamos de los territorios y sus gentes.
Avanzados unos metros, me giré para comprobar que un cura rubio de tez pálida ojeaba la esquela.
Alzó la vista y nos hizo gestos para que nos detuviéramos.
Qué curioso es ver correr a curas con sotana.
Se presentó como el padre Damián, sacerdote del pueblo, y nos preguntó por la celebración de la misa, porque nadie lo había avisado.
Estaba harto de que las compañías de seguros lo ningunearan.
Le pedimos perdón sin tener culpa de nada y se tranquilizó.
Tras ubicarla en el árbol genealógico local, le explicamos que mi madre deseaba ser enterrada allí.
El sacerdote lamentó que la gente solo se acordara del pueblo para morir, pero nos aseguró que se encargaría de la misa y que se pasaría a media tarde a velar el cuerpo. Una preocupación menos.
De vuelta a la casa, nos recostamos en unos sillones de terciopelo azul incomodísimos.
Como no podía dormir, revisé mi móvil, con decenas de llamadas de mis tías.
En un mensaje, mi padrastro informaba que, a la salida de Madrid, el minibús se había salido de la carretera por un pinchazo.
Imposible que llegaran al velatorio de día.
De haber sido otras las circunstancias, pensaría que se trataba de una broma macabra.
Por fortuna, el coche fúnebre con el cuerpo de mi madre continuaba su recorrido, cerca ya del pueblo.
No quería ni pensar cómo estaría Braulio, con lo mal que se adaptaba a los contratiempos.
En otro mensaje, escribió que pronto saldrían en otro autobús de la aseguradora.
Águeda y yo nos quedamos noqueados, aunque al imaginarnos a mis tías dando tumbos dentro del autobús, nos dio la risa.
El coche fúnebre llegó a las cuatro de la tarde y, en un suspiro, mi madre estaba colocada en mitad del salón.
Le pedí a Águeda que levantara la tapa del ataúd, yo no era capaz.
Me costó reconocerla, la maquillaron diferente a su estilo.
Águeda quiso ducharse, dando por hecho que aquella bombona de butano desteñida seguiría operativa.
Acabó lavándose por partes con agua fría.
Durante el rato que volví a quedarme solo con mi madre, me entraron ganas de mantener la conversación que nunca tuve, resolver sus dudas —que eran las mías—, por si existía la posibilidad de que oído y cerebro siguieran conectados milagrosamente.
Marcarme un Cinco horas con Matilde , aunque me perdiera en mi propia disertación.
Braulio mandó fotos de las consecuencias del accidente.
Volví a reírme, sospechando que la muerte de mi madre hubiera eliminado la poca empatía que me quedaba.
Emulamos a los británicos y tomamos el té de las cinco, a la espera de recibir la primera visita del velatorio.
Por la ventana entraba un sol que invitaba a la siesta o a la reflexión.
Optamos por lo segundo. Águeda se arrancó a hablar de su novio Rober.
Contaba que nunca había valorado lo sexual como elemento indispensable en una relación hasta que lo conoció, y que el egoísmo sistemático que demostraba desaparecía sobre una cama, pasando a ser la persona más generosa del universo.
A Águeda le entraban escalofríos al rememorarlo.
Hizo un primer intento de indagar en mis intimidades, pero, después de Úrsula, mis anécdotas eran poco reseñables.
Ante mi hermetismo, Águeda se levantó, cogió las tazas y se dirigió a la pila para lavarlas, no podía parar quieta.
Yo no se lo impedí y fue ese ramalazo machista lo que la salvó de recibir un ladrillazo en la cabeza, porque eso fue lo que ocurrió.
Alguien desde fuera lanzó un ladrillo que rompió la ventana, impactando en uno de los sillones.
Águeda sorteó los cristales rotos y salió disparada hacia la puerta para descubrir al responsable, pero la persona que lo lanzó, además de tener muy mala baba, corría que daba gusto.
Yo no fui capaz de levantarme de la silla.
Me preguntaba qué más podía pasar, por qué la muerte de mi madre tenía que ir acompañada de tantos incidentes.
Seguro que, si estuviera viva, se reiría igual que yo cuando imagino a mis tías volando por los aires.
Águeda entró fatigada a pesar de haber recorrido solo unos metros, maldiciendo al pueblo, a sus habitantes y a su monitor de aerobic, por no ponerla en forma.
Se acercó a mí como si fuera mercancía frágil a punto de resquebrajarse, pero, al verme tranquilo, empezó a recoger los desperfectos.
Me pegué a la ventana, por si aquel desalmado aprovechaba para salir de su escondite.
En lugar de eso, vi asomarse a la vecina de enfrente.
¿Habrá sido ella? Me costaba pensar que una anciana pudiera tener tanto brío. Águeda seguía maldiciendo:
—Qué cabrones. Mira, hasta le ha caído un trozo a tu madre.
—No importa, no se va a quejar. Espera, que te ayudo.
—Déjalo, Víctor, que estás descalzo. Recojo rápido, que la gente estará al llegar.
—Lo que me extraña es que no haya nadie todavía. Son casi las seis.
—A lo mejor son más de venir por la tarde-noche. O puede que no les apetezca.
—Eso me extraña más. Esta gente no se perdería un velatorio por nada del mundo. Deberíamos preguntar a alguien.
—Deberíamos ir a la policía, ¿no te parece?
—También. Vamos, así matamos dos pájaros de un tiro.
—¿Y a quién preguntamos?
—A la vecina de enfrente, por ejemplo. No deja de observarnos. Creo que piensa que no la vemos.
—Tendrá cataratas —soltó Águeda con un trozo de cristal en la mano.