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Al día siguiente regresamos al hospital.
Alguien debió de reconocerme y me fotografió sentado en una sala de espera con la cara descompuesta.
A las pocas horas, la noticia ya circulaba por varios periódicos digitales, pero al no ser un actor de masas, no trascendió.
«Duros momentos para el actor Víctor Zimmerman», rezaba en la sección de noticias breves.
Ni rastro del nombre de mi madre. Mejor, respetaban su privacidad, aunque no hiciera falta porque la gente solo lee titulares.
Se trataba de la despedida periodística de la mujer que me llevaba a la cama montado en sus pies, la que estuvo a punto de fugarse con un empresario egipcio o la que me preparaba esos bocadillos interminables que devoraba en cuestión de minutos.
«La guardiana de mi fiebre», título de un artículo de El País donde un redactor reflexionaba sobre la escasez de personas dispuestas a sacrificarse por nosotros.
Durante seis días, se nos mostró el amplio abanico de caracteres que componen los equipos sanitarios: enfermeras dulces o bordes según el turno, celador guasón, médico novato con aires de superioridad, médico experto con la humildad que le faltaba al novato, auxiliares que se equivocaron de profesión o tan cuidadosas que daban ganas de adoptarlas.
El doctor Espinosa tardó dos días en pasarse por la habitación, descubriendo entonces su punto débil como facultativo, mucho peor que llamar «lentejitas» a tumores cerebrales metastásicos: su cobardía.
Si la enfermedad estaba controlada, se mostraba afable y colaborador.
Si se disparaba, arisco y esquivo. Cuando nos recomendaron sedarla, se me acercó para darme la enhorabuena por todo lo que habíamos luchado.
Buscaba hacerme sentir especial y de paso, minimizar sus carencias.
¿Luchar? Esto no es una batalla donde los dos bandos van armados y juegan sus bazas.
Solo hay dos cosas que puedes hacer ante un cáncer, diagnosticarlo a tiempo y esperar a que el tratamiento sea efectivo.
Lo demás son patrañas para hacernos creer que somos más fuertes de lo que somos.
En aquella ocasión, aparqué mi sinceridad. No tenía fuerzas para cambiar el mundo.
Aun así, el premio especial a la incompetencia recaería en el jefe de paliativos, responsable de conseguir una muerte digna para sus pacientes.
Insisto, hay características que deben ir asociadas a su oficio.
Flexibilidad para las gimnastas, valentía para los bomberos, avaricia para los banqueros…
En fin, unos mínimos. Pues bien, el de paliativos —conocía su nombre pero así suena con desprecio— nos recomendó que le retirásemos su medicación para que los órganos le fallaran antes.
No era partidario de administrar una bomba de perfusión porque «no iba a llegar».
Entre medias, ninguna palabra que apaciguara el dolor ni me aclarara qué narices era una bomba de perfusión.
Mi padrastro Braulio se atacaba al intentar descifrar a los médicos.
Pese a ser habilidoso leyendo labios, aquellos días estaba especialmente torpón.
Puede que no quisiera afrontar que estaba a punto de perder a su compañera y a la persona que hacía de puente entre nosotros.
Un día lo pillé compungido en la habitación mientras mi madre dormía, golpeando un radiador con su inseparable llave grifa.
En cuanto se dio cuenta de mi presencia, se secó las lágrimas y retomó su pose de hombre duro.
Pensaba que él sería diferente, que el hecho de no escuchar lo mantendría inmune a cualquier hábito machista.
Con todo y con eso, no descarto que se mueva por códigos más benevolentes.
Braulio no soportaba las visitas, en particular las que acudían movidas por el postureo de estar donde se debe estar en estos casos.
En un momento, se presentaron, desde Asturias, hermanas, primas, sobrinas y conocidos de mi madre con sus respectivas parejas e hijos, para que la enferma agradeciera su presencia.
Pero no había visita que sacara a mi madre de su bucle: cómo sería su muerte, si sufriría o qué ocurriría con su marido o con su hijo cuando ella desapareciera.
Por supuesto, Braulio utilizó su condición de sordo para no interactuar con nadie.
Regresamos a casa. Se negaba a morir en un hospital.
Águeda y yo nos movimos rápido para concederle su último deseo.
Quien nos viera pensaría que tramitábamos el alta para irnos a un resort o a tomar churros.
Y es que estaba tan anestesiado que el mínimo cambio lo recibía con alegría, con los innumerables matices que abarca esta emoción.
Preparé su cama con ilusión, pero lo que llegaba era un cuerpo abatido, carcomido por dentro.
Al contrario de lo que nos recomendó el psicópata de paliativos, le mantuvimos el oxígeno.
No tenía prisa para que muriera mi madre.
De hecho, pedí a Martín, un amigo enfermero, que sacara paracetamol intravenoso del hospital.
Accedió porque tenía asimilado que hay situaciones en las que el hurto pierde su significado.
El porterillo echaba humo. En dos horas, la habitación habilitada para las visitas se quedó pequeña.
Mi madre escuchaba el alboroto, el timbre, los tacones por el parqué, incluso carcajadas.
Aproveché la ocasión para darle un masaje en las piernas.
Me consolaba tratarla como si fuera a vivir eternamente.
«Esto parece una verbena», dijo quitándose la mascarilla de oxígeno.
Le pregunté si prefería que se marcharan y me contestó que no, que se conformaba con que no entraran asustados a la habitación, que se notaba que tenía la guadaña apuntando a su cuello. Cuánto iba a añorar ese humor socarrón.
Llegó Luisa, mi exrepresentante desde hacía unos meses.
No me acostumbraba a que no formara parte de mi día a día.
Al principio se negó a ver a mi madre. Prefería recordarla cuando estaba sana, pero mi madre, al escuchar su voz, insistió en verla.
Apreciaba mucho a Luisa por lo que había luchado por mí.
«Mi tercer brazo», la llamaba. El sentimiento era recíproco.
Mi madre tranquilizaba a Luisa y Luisa soliviantaba a mi madre.
Se suplían carencias. Luisa no pudo evitar emocionarse conforme caminaba por el pasillo que conducía a su habitación.
Más tarde me admitió que casi podía respirar su dolor, porque era un poco mística para el tema de las energías.
Cuando mi madre la vio, esbozó una sonrisa. La última vez que la vi sonreír.
—Luisa, gracias por venir. ¿Qué tal tu vida de jubilada?
—Más tranquila, Matilde. Estaba harta de tanto ego.
—No me extraña. Disfruta lo que puedas, que luego vienen enfermedades y mira lo que pasa.
—Lo sé. ¿Qué tal te encuentras?
—He estado mejor otras veces.
Mientras Luisa le devolvía la sonrisa con esfuerzo, mi madre me pidió que bajara la basura, su forma sutil de decirme que las dejara solas.
Al llegar a la cocina, comprobé que no había bolsas de basura que bajar, así que preparé infusiones.
Pasaron cinco minutos y Luisa seguía en la habitación.
Lo contabilicé por las manzanillas que calenté en el microondas, una por minuto.
Braulio pasó a la cocina y cogió una sin preguntar.
No nos quedaban fuerzas ni para ser políticamente correctos.
Diez minutos después y con los ojos vidriosos, Luisa salió, me dio un abrazo largo y agarró otra infusión.
Le pregunté qué tal había ido la encerrona y se limitó a decirme que mi madre era un ser excepcional y que había tenido mucha suerte de tenerla como madre.
Lo que más me impactó fue que me hablara en pasado de una persona que seguía viva.
Fue entonces cuando asimilé la gravedad de la situación y lamenté que mi madre no hubiera elegido una vida con más aristas, más plena, aunque en ese aspecto tuviera mucho que callar. Y eso fue lo que hice.
Subió Martín, mi amigo enfermero, dispuesto a administrar la primera dosis de sedación de la que ya no despertaría.
Mi madre lo sabía, por muy apagada que estuviera, así que llamó a su hermana Sofía, generando un agravio comparativo con el resto.
Salió bastante afectada de la habitación, deseosa de relatar a los demás su último encuentro.
Braulio fue el siguiente. Como olvidó cerrar la puerta, me enteré de la parte de conversación que susurraba mi madre y aprendí a decir «yo también te quiero» en lengua de signos.
Realmente se querían, por mucho que se encontraran en un segundo turno.
Treinta y siete años juntos, casi nada. Mi padre no pasó de veinte, así que Braulio no se merece lo de «segundo turno».
Aun así, me preguntaba si, en sus últimas horas, mi madre recordaría algún momento especial con mi padre.
Yo no dejaba de imaginármelos visitando el pantano de San Juan o besándose en el camerino después de una representación.
Supuse que no estaba para fantasear, solo asustada ante su destino.
Braulio le dio un beso en la frente y, desubicado, acabó sentado en un rincón del salón, tapándose la cara con sus manos.
Regresaba el hombre de esa generación de hierro cuyo llanto jamás debía exponerse.
Un trago angustioso que me tocaba cerrar.
Mi madre me llamó y a mí sí me dejó claro que cerrara la puerta.
Se quitó la mascarilla de oxígeno, en un último alarde de fuerza.
—Hijo, qué pálido estás. ¿Has comido?
—Un poco.
—Tienes que cuidarte. Si estuviera Úrsula… ¿Te ha llamado?
—No sabe nada.
—Bueno, ya se enterará. ¿Lo has pensado ya?
—¿El qué?
—Si quieres decirme lo que te preocupa. Venga, imagínate que estás…
—Ya sé lo que viene. Podría hablarte de mis demonios, pero no solucionaría nada.
—¿Y podrías ponerles cara a esos demonios?
—Probablemente sería la mía.
—Tú no tienes culpa de nada. No seas tan duro contigo.
—Lo intentaré.
—Espero haber sido una buena madre.
—Lo sigues siendo, qué manía con hablar en pasado.
—El pasado es lo único que me queda, hijo. Se me caen los ojos.
—¿Quieres descansar?
—No, porque sé que esta vez no me voy a despertar. Cuida de Braulio, por favor. Es un hombre de antes, no sabe manejarse.
—De acuerdo.
—Me voy contenta porque he podido estar cerca de ti. Verte actuar, verte triunfar. Nos vemos en tus sueños y espero que conmigo llegues al final.
—Seguro. Te quiero mucho, mamá.
—Yo también, hijo.
Abracé a mi madre sin intención de soltarla, aunque las lágrimas se amontonaran en la garganta.
Qué liberador debe ser no parar de llorar.
Martín llamó a la puerta para administrarle la primera dosis de midazolam.
Mi madre cerró los ojos y no opuso resistencia, cómo estaría.
No pude ser testigo del macabro proceso.
Por el pasillo me acompañó una tos nerviosa que no conseguí calmar con ningún remedio tradicional. Otra manera de llorar, supongo.
Nos cuesta entender la sensación de amargura porque no dejamos de confundirla con la tristeza y eso que la diferencia es clara: con la tristeza puedes convivir; con la amargura, no.
La amargura te incapacita, te absorbe la energía.
Eso sentía, amargura, y con esa carga vagué por la casa de mi madre durante tres días, hasta el instante en el que dejó de respirar.
Podría describir cada segundo de esas setenta y dos horas agónicas, pero hay sensaciones que nacen íntimas, que no permiten ser aireadas. Ni siquiera en escritos terapéuticos.