13
Ocho meses después, el pronóstico de mi madre empeoró.
El fármaco experimental para estabilizar su enfermedad no surtió efecto.
Por eso programé una despedida silenciosa.
Viajamos a Sevilla, lugar que visitó de pasada con mi padre y que se quedó con ganas de conocer más a fondo.
Me empeñé en alquilar una bici de cuatro ruedas para recorrer el parque de María Luisa, buena idea si la metástasis no hubiese alcanzado el coxis.
También me propuse dormir en su casa a menudo.
Era incómodo, porque mi madre no tenía reparos en mandar a Braulio al sofá para que me acostara a su lado y le cogiera la mano.
A él no parecía importarle, aunque su parquedad no diera pistas de sus verdaderos pensamientos.
A veces, cuando se dormía antes que yo, la observaba fijamente para que se me quedara grabada su silueta, su semblante, su olor, como si alguien hubiera dicho «¡acción!
» y yo interpretara el personaje más difícil de mi carrera.
Una de esas noches, fui yo el que empezó a perder la conciencia.
—Víctor, ¿te duermes?
—Sí, mamá, estoy cansado y mañana el plan de trabajo es terrible.
—Oye, sabes que me queda poco, ¿verdad?
—No digas eso.
—No me asusta la muerte. Pienso en ti, en cómo te irá cuando yo falte.
—A lo mejor esta noche me muero yo y ya no tienes que hacer cábalas.
—Ay, calla, hijo, no lo digas ni en broma. Me pregunto si hay algo que quieras contarme, como tiendes a guardártelo todo.
—¿A qué te refieres? Porque últimamente estoy desatado.
—A que a ratos te veo disperso, como otro que yo me sé.
—Será el exceso de trabajo.
—Qué va, hace años que te lo noto, pero ahora es más exagerado.
Mi propósito era finiquitar la conversación cuanto antes. Imposible, no con mi madre.
—¿No hay nada, además de mi enfermedad, que te esté afectando? Venga, imagínate que estás representando un monólogo y cuéntamelo.
—Mamá, que eres mi madre…
—No tu amiga, ya me quedó claro.
—En serio, no hay nada que contar.
—Nunca me hablas de él.
—… ¿De quién?
—De tu padre.
—Ah… Me he acostumbrado a no nombrarlo. Tú tampoco lo haces.
—Lo sé. Me centré en recomponer el puzle. Se fue demasiado rápido.
—¿Le echas de menos?
—Soy yo la que hace las preguntas. ¿Le echas de menos?
—Sí.
—¿Qué es lo que más echas de menos?
Me detuve adrede, como si fuera la primera vez que reflexionara sobre ese asunto.
—Pues… su dinamismo, su creatividad, su forma de enfrentarse a los inconvenientes.
—Mejor que la mía, ¿verdad?
—Diferente, aunque seguro que con los años lo he sublimado.
—¿Qué es lo último que recuerdas de él?
—Mamá, lo sabes de sobra. La tarde que pasamos improvisando.
—¿Sigues soñando con eso?
—Sí, y sigo sin poder terminarlo. Creo que no averigüé el acertijo.
—Nunca me has dicho en qué consistía el dichoso acertijo.
—Tenía que descubrir cómo había sido asesinada una mujer.
Mis últimas frases estuvieron marcadas por la somnolencia, así que no podría garantizar su veracidad.
Todavía resuena aquel «nunca me hablas de él».
Por un segundo, creí que mi madre se refería a Hugo, aunque yo jamás lo nombrara.
Nada más lejos. Mi madre no se percataba de mis emociones.
Tampoco de las de Hugo, al que apenas conoció.
Era el recuerdo de mi padre lo que la obsesionaba, y pretendía que siguiera su estela.
Menos mal que el trabajo me ayudaba a sobrellevar ese contraste tan drástico entre realidad y ficción.
Mi frialdad en el rodaje empezaba a confundirse con antipatía y pronto caló en la opinión del equipo.
A nadie se le ocurrió que mi cambio se debiera a un problema personal sin solución.
Los únicos que mostraron interés fueron los ayudantes de sonido y las maquilladoras.
A peor nómina, mayor empatía, aunque nunca podré asegurar si lo hacían porque les importara o por puro morbo.
«El dinero deshumaniza», pensé, como si acabara de descubrir América.
Las semanas previas al fallecimiento de mi madre coincidieron con unas fiestas navideñas que nunca disfruté.
Era alérgico al ideal de familia unida y, para ser honestos, la familia, fuera del primer grado de consanguinidad, no nos importa.
El fallecimiento de alguien cercano solo sirve para comentarlo y reafirmarnos en que a nosotros jamás nos ocurriría lo mismo.
Porque seríamos previsores, porque removeríamos cielo y tierra antes de perder a la persona querida, sin caer en la cuenta de que tal hazaña requiere de un elemento básico del que carecemos, dinero.
Lo único que me animaba era el objetivo macabro que me marqué: susurrar al oído de cinco niños, durante la cabalgata, que los Reyes Magos eran los padres.
Mi madre perdió el apetito muy rápido. Para los sanos era un sacrilegio que despreciara un cochinillo en su jugo o un cocido.
Me enfadaba, la obligaba a un último bocado, aunque fuera un suplicio para ella.
Es frustrante ver a tu madre consumirse por inanición voluntaria.
Sus piernas fallaban, se caía a menudo y no podía levantarse por sí misma.
La aleccioné para que no se separara de su móvil.
Mi padrastro no escuchaba las caídas y podían pasar horas hasta recibir ayuda.
Aunque las jornadas de rodaje me impedían ser una opción real de auxilio, intuía que en un futuro recurriría a estos episodios para flagelarme.
Mi madre acataba mis decisiones con resignación, la virtud más defectuosa que existe.
Ahora, en cuanto desaparecía de su campo visual, lloraba y golpeaba su sillón con la impotencia del que es conocedor de la merma de sus facultades.
Hubiera preferido que su cáncer viniera acompañado de una pérdida de raciocinio, que fuera un pack indisoluble, pero ni para las malas soluciones se alinean los astros.
En mi trabajo no encontraba sosiego para memorizar diálogos, por previsibles que fueran.
Vivía pendiente de un teléfono que se encargó de fastidiar varias tomas.
El director, que conocía mis circunstancias, no dejaba de presionarme.
Nos acercábamos a la fecha de emisión de los nuevos capítulos y el montaje estaba incompleto debido a mis ausencias justificadas.
La fama que me convertiría en un actor problemático avanzaba y ni la más impecable de las actitudes podría invertir su curso.
A un mes del fatídico desenlace, me llamó la sustituta del doctor Espinosa, que estaba de vacaciones.
Me propuso hacer un PET-TAC de cuerpo entero porque los marcadores tumorales se habían disparado.
A pesar de que estas noticias jamás deberían darse por teléfono, agradecí su preocupación de interina con oficio.
Espinosa ya había dado muestras de frialdad de trato, porque ser oncólogo y tener empatía debería ser otro pack indivisible.
Por supuesto, en cuanto regresó, anuló la prueba.
No iba a permitir rebeldías en la pirámide jerárquica.
Además, los tratamientos ya eran demasiado caros como para colapsar también la sección de radiología.
Mi madre estaba sentenciada y había que dosificar recursos para llevarse la felicitación del directivo de turno.
El Estado dejaba de invertir en esa ama de casa anónima que limpiaba hogares ajenos.
Seguro que a Espinosa le ponía cachondo jugar a ser Dios, razón principal por la que estudiaría Medicina.
En medio de tanta desafección, se unió que familiares y amigos de mi madre dejaron de llamarla, por no molestar, cuando la verdadera molestia era sentir que su entorno la daba por muerta.
«¿Por qué te llaman a ti en vez de a mí?
—preguntaba con el ceño fruncido—. Todavía puedo expresarme», decía seguido de un llanto repentino.
El proceso de desahucio había comenzado, irrefrenable.
A los pocos días, el rodaje de la serie se canceló.
Las bajas audiencias de los últimos capítulos provocaron la huida masiva de patrocinadores a programas exitosos en los que invertir.
Me alegré de la decisión, sus guiones eran bazofia.
Se repetía el proceso: la serie arrancaba con un elenco solvente para defender un producto de rápido consumo.
Tras la primera temporada, parte de los actores abandonaban y eran sustituidos por famosos casposos sin talento ni preparación, retocados por una cirugía plástica sutil pero reconocible.
Lo apropiado para una serie ambientada a principios del siglo pasado.
Eso sí, la nueva coyuntura me permitió estar cerca de mi madre, la suerte de quien no espera nada.
Cada día que pasaba era peor que el anterior y fue justo la última mañana del año cuando mi madre marcó una saturación de oxígeno inferior a ochenta.
Acudimos a urgencias con la esperanza de volver a casa para tomar las uvas, hasta que el oncólogo de guardia corroboró que el cáncer se había desatado en sus pulmones.
Ante la negativa de mi madre a quedarse ingresada, el oncólogo soltó: «Voy a dejar que se vaya porque serán sus últimas Navidades».
Ni qué decir tiene que a mi madre le ahorramos el titular.
Ya en casa, Águeda preparaba la cena. Decidió pasar «la última Nochevieja de mi madre» con nosotros en vez de con su familia o con su novio Rober.
Una amiga que había llegado para quedarse.
Entre conversaciones de relleno, mi madre suplicaba que no me dejaran solo.
Tenía claro que me quedaría desvalido sin ella.
Yo también. Su falta de egoísmo me incomodaba porque jamás podría estar a su altura.
Por suerte, llegaron las campanadas y una nueva oportunidad para atragantarnos con las doce uvas.
Me senté en el suelo, a su lado. Otra de mis despedidas.
Ninguno de los dos acabó a la par que las campanadas, cada uno por un motivo distinto.