La catarsis Zimmerman 12
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Entré a masturbarme en un baño del Hospital Ramón y Cajal de Madrid.

No fue premeditado, ocurrió sin más. Acompañaba a mi madre a una revisión rutinaria de su cáncer de pulmón.

Tras extirparle el lóbulo inferior izquierdo, la enfermedad parecía controlada.

Aquella mañana, mi madre se había maquillado como si fuera a la ópera.

Se permitía ser coqueta por haberse acostumbrado a recibir buenas noticias del doctor Gómez, «el mejor de su promoción», titular acuñado por los pacientes con mejor pronóstico.

Sin proponérselo, mi madre había convertido una visita médica en un acto social, destacando con su imponente presencia entre tanta piel pálida y cabeza rasurada.

Salí del baño relajado. Los veredictos sobre la salud de mi madre me tensionaban, aunque nunca tanto como a ella.

Me crucé con dos señoras que se dirigían donde yo había experimentado mi orgía imaginaria, porque fantasear con sexo grupal era lo que más me excitaba.

Daban por hecho que regresaba de vaciar mi vejiga, me subestimaban.

Ahora que caigo, yo hacía lo mismo, porque quién me aseguraba que esas señoras no iban a enrollarse entre ellas aprovechando la quimio de sus maridos, o a meterse un buen chute de heroína para sobrellevar tanta carga…

Me acerqué a mi madre que, con sus manos entrelazadas, me preguntó dónde me había metido.

Le pedí que no me agobiara, que a ver si no iba a poder ni moverme.

Ponía los puntos sobre las íes con quien tenía confianza, mientras que quienes merecían una severa amonestación por mi parte se libraban una y otra vez.

Como llevaba puestas sus gafas de sol, no me di cuenta de que estaba llorando.

En eso se parecía a mi amiga Águeda, aunque por aquel entonces todavía no pudiera establecer esa conexión.

—¿Qué te pasa?

—Que cuando te has ido, me han llamado para la consulta.

—Joder, pero si quedaban dos pacientes delante de ti.

—Pues no han venido y he entrado.

—¿Y qué tal? Todo bien, ¿no?

—No, han visto unas manchas en el hígado y en el hueso. El médico dice que son compatibles con metástasis.

—¿Cómo?, pero si en la última revisión estabas limpia.

—La última es esta. Y de la resonancia cerebral no he querido enterarme. Me he puesto nerviosa y el doctor me ha pedido que me tranquilizase fuera, que no quiere malas vibraciones en su consulta.

—¡Menudo imbécil!, ¿pasamos?

—Pasa tú, a mí no me apetece.

A mí tampoco me apetecía comprobar que la esperanza de su curación se había esfumado en lo que dura una paja.

El doctor Gómez me recibió con un gesto de tristeza serena, aunque cualquiera experto en emociones reconocería una pose forzada.

Al mejor de su promoción le faltaban habilidades sociales.

Claro, a más horas de estudio, menos de relacionarse, una proporción que no falla.

Cuando abrió la boca fue aún peor. Me informó de que en la resonancia cerebral había detectado unas cuantas lentejitas, diminutivo que usaba para hablar de tumores metastásicos.

Podría haber asumido la noticia, de no ser porque fui yo quien insistió en hacerle un escáner cerebral.

Había leído que el tumor de pulmón tenía especial predilección por el cerebro.

El doctor Gómez conocía ese dato y, si hubiera sido su madre, la habría colmado de cuidados preventivos.

«¿Que tiene lentejitas? Se va a morir, ¿no?

Tendrías que haberle mandado la prueba mucho antes», comenté en tono desafiante.

El doctor Gómez no tuvo valor de replicarme.

Clavó sus ojos en el ordenador y prescribió las diez sesiones de radio pertinentes.

Alargó su brazo para darme el volante y pasó al informe del siguiente paciente.

Por contra, la actitud de la enfermera se acercaba a la gratitud de quien no expresa lo que siente por temor a represalias.

—Gracias. Ah, y si no quiere malas energías, me temo que se ha equivocado de profesión. Le sugiero que trabaje en un circo, de payaso, que es lo que le pega. Allí podrá rodearse de alegría y color.

El doctor Gómez, a diferencia de mis compañeros de profesión, no dio réplica a mi texto.

Se convenció de que hacía cuanto podía con tal de no martirizarse.

Salí de la consulta dando un portazo y fui directo a reclamar al jefe de oncología, que tenía pinta de no usar diminutivos para dar malas noticias.

Lo que no deduje fue que cambiar de médico me mostraría otras maneras tóxicas de abordar la enfermedad, aunque nada me habría servido.

Me irrita la gente que cree a ciegas en sus médicos, como Brígida, mi asistente de vestuario en Amar a la persona equivocada .

Cuando me oía despotricar, ella siempre los defendía con sus argumentos plagados de frases recurrentes.

Sí, esos que me importaban una mierda: «Que no generalizara, que hay médicos muy buenos; que fuera más positivo».

Yo asentía, porque Brígida decía verdades poco argumentadas, pero difíciles de rebatir.

Un día que se retrasó mi secuencia, me aclaró que su madre llevaba diez años limpia de un cáncer de mama.

De ahí su gratitud hacia los médicos. Pero no es cierto, es un pensamiento tramposo, porque Brígida no valora a las personas, sino los resultados.

Cuando le comuniqué a mi madre lo del cambio de especialista, esperaba su reacción: «¡Qué vergüenza cuando vea al doctor Gómez!

». Le preocupaba más el qué dirán que llevar con cautela su dolencia.

En ese momento eché de menos a mi padre.

Pese a su timidez, su espíritu libre se imponía a cada signo de involución.

Fue desaparecer y mi madre recuperó su esencia de chica de provincias, con dosis generosas de remilgo y cateteo.

No por falta de personalidad, sino por esta sociedad que nos desgasta de forma tan sibilina.

Y entonces fui consciente de dos realidades que me afectaban: lo que necesitaba la frescura vital de mi padre y que, igual que el oncólogo número uno de su promoción, yo también echaba balones fuera en cuanto se complicaba el asunto.

Aquel día, mi madre no desayunó churros, nuestro ritual por los buenos resultados desde que le diagnosticaron la enfermedad.

Águeda me llamó para interesarse, pero no lo cogí.

Las malas noticias, cuando nos atañen, nos resistimos a propagarlas.

Mi madre tardó días en contárselo a su marido.

Ella solo sabía lidiar con enfermedades ajenas, nada de enfrentarse a su propio ocaso.

Mi padrastro permaneció inmóvil un buen rato y solo diré que resulta impactante, hasta conmovedor, presenciar el silencio en alguien tan acostumbrado a él.

Por la tarde no fui a trabajar. Alegué gastroenteritis, por arriba y por abajo, que sonaba más contundente.

El director de la serie me apretó las clavijas, ya que al avisar con tan poco margen no podía cambiar el plan de rodaje.

Estuve a punto de acudir al set y demostrar mi capacidad de sacrificio, pero no.

Me mantuve en mi posición de falso enfermo y me dediqué a adelantar acontecimientos, una tendencia tan nociva como conveniente.

En cuanto dejé de llorar, me despedí de esa pena.

Nunca fui capaz de llorar dos veces por el mismo motivo.

Me pasó igual con mi padre. Cogí cita para esa tarde con el que por entonces era mi psicólogo, Guillermo, con la misma exigencia que el director de la serie me pedía que fuera a trabajar.

Mi madre iba a morir, en tres meses, seis, un año a lo sumo y necesitaba más que nunca apoyo profesional.

A la consulta de Guillermo comencé a ir un año antes por motivos menos acuciantes.

Mi autoestima estaba tocada por no despuntar en el cine.

El asunto tenía tan poco recorrido que acababa contando anécdotas de mi trabajo.

Él se divertía y a mí me halagaba que se interesase por mi profesión.

Y justo cuando surge un problema con enjundia, me vapulea con consejos previsibles y preguntas lacrimógenas.

De repente, no me servía, ni como profesional ni como cotilla.

Y se lo advertí, que no intentara sacarme la lágrima fácil a base de escarbar en intimidades que luego contaría en reuniones familiares.

Porque sí, Guillermo, en un alarde de camaradería, me confesó que con su mujer se saltaba el secreto profesional.

La fundadora de ese selecto grupo de personas especiales, o que convertimos en especiales, lo merezcan o no.

Él se ofendió muchísimo. Empezó a chillar, que era un desagradecido, que no le faltara al respeto, y acabó cogiéndome de la pechera.

Me zafé como pude y, antes de salir por la puerta, se convirtió en la segunda víctima de mi verborrea.

Le eché en cara que tres de sus pacientes se suicidaran en menos de cinco años.

Que uno era casualidad, dos una desgracia y tres, incompetencia.

Se lanzó rabioso hacia mí, pero, por suerte, estaba en mejor forma física que él y hui escaleras abajo sin posibilidad de darme alcance.

Así fue cómo fulminé en un solo día al entramado de médicos que me rodeaban.

Cuando frené dos manzanas después, el ahogo dio paso a la misma pena con la que llegué a la consulta.

Ningún Guillermo podría darme soluciones magistrales.

Debía atravesar solo ese lodazal. Se imponía el presente, el inicio de un devenir que por entonces ni siquiera intuía.

¿He dicho que el presente se imponía? Qué estupidez.

Era el pasado el que irrumpía en todo su esplendor.

Enérgico, contundente y sucio, como una paja.