La catarsis Zimmerman 11
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Las cuatro horas que dormí no fueron suficientes para sobrellevar los golpes de los dos trabajadores que reparaban la ventana.

Braulio les pasaba herramientas y les divertía con sus gesticulaciones.

Como Águeda seguía dormida, aproveché para montar el resto de sillas.

Me ilusionaba que el salón estuviera tan poblado de nuevo.

Con tanta vibración, uno de los portarretratos de la pared cayó al suelo.

Era la foto de mi viaje de novios con Úrsula a Viella, un pueblo turístico perdido en los Pirineos.

Lo pasamos en grande criticando a los pijos que esquiaban en Baqueira Beret, con ese acento exagerado que utilizan los humoristas para mofarse de ellos.

Nos hubiera encantado visitar las cataratas del Niágara o los templos camboyanos de Angkor, pero por entonces ninguno de los dos había despuntado en la interpretación.

Colocando la foto, recordaba otras anécdotas positivas, ejercicio que me recomendó Conchita para tener asideros por si me rondaba la idea del suicidio.

No profundicé demasiado. La imagen de Águeda bajando las escaleras con una bata de raso de mi madre y sus gafas de sol diminutas lo eclipsó todo.

Volvía a llorar, parapetada tras los cristales.

La invité a sentarnos en el sofá aún sin desembalar, dando por hecho que los trabajadores eran ajenos a nuestra conversación.

—¿Qué te pasa? ¿Es por tu ex?

—Ojalá. Mi jefa me acaba de llamar, me ha despedido.

—¿Qué dices? ¿Por qué?

—Me escuchó en la trastienda que iba a peinar a las kuwaitíes.

La muy zorra ha llamado a la novia para decirle que contratarme era ilegal, así que la otra, que era más ilegal todavía, se ha echado atrás.

Me he quedado sin el servicio y sin trabajo.

Coño, págame mejor, que no llego ni a mil euros. Menuda racha llevo.

Cogí el móvil y escribí un mensaje a Lourditas, la jefa de maquillaje y peluquería.

—Lo peor es que me quedaré sin indemnización, porque la hija puta me grabó.

Con lo lenta que es para currar y lo espabilada que estuvo para darle al rec .

Después de ocho años haciendo moños a novias porque ella no tiene ni idea.

Un buen moño ahuecado, que es de primero de peluquería.

Pero préstame atención, que estoy jodida.

Recibí la contestación al instante y sonreí, anticipando la sorpresa:

—Mañana empiezas a trabajar.

—Víctor, no estoy para bromas.

—No es broma. Eso sí, solo dos meses, pero tendrás margen para buscar otro trabajo.

—¿Dónde?

—En la película. Mil quinientos al mes.

—No me digas. ¡Ay, que te como!

Águeda se abalanzó sobre mí y empezó a besuquearme. Se levantó y continuó con los cristaleros, que agradecieron una interacción distinta a la de mi padrastro. Se quitó por fin las gafas de sol y, eufórica, me ayudó a montar la librería que, por dos centímetros, no daba con el techo.

La mañana fluía. Braulio estuvo en su salsa, el día que más le costó volver a la residencia.

Hasta los trabajadores parecían haber olvidado que no cobrarían plus por festividad.

Encargamos una paella y unos mojitos para los cinco, sin reparar en cómo me sentaría la mezcla de alcohol y barbitúricos.

Menudo saque tenían los obreros. Se tomaron tres mojitos sin pestañear y ahí seguían, como si nada.

Sin embargo, Braulio, Águeda y yo hacíamos esfuerzos para mantener el equilibrio.

En resumen, un domingo que, gracias a la esperanza que proyectaba, parecía un jueves.

Se marcharon todos a la vez. Solo esperaba que los de la ambulancia no le hicieran a Braulio una prueba de alcoholemia.

Eran las ocho, una hora tonta. No sabía si ducharme, cenar o navegar por internet hasta que fuera tarde para retomar las dos primeras opciones.

Me decanté por internet, aunque ni busqué a compañeros ni contacté con Ramón.

Elegí referentes de mayor calado: Úrsula y Hugo.

Con Úrsula corté el contacto desde que firmamos el divorcio y no era asidua a redes sociales.

Como solo estaba seguro de que vivía en Barcelona, la rastreé en los directorios telefónicos con la esperanza de que fuera una excepción en el malogrado mundo del teléfono fijo.

Tres personas respondían al mismo nombre y apellidos.

Por supuesto, fallé los dos primeros intentos y me detuve.

¿Para qué, Víctor? La vas a llamar ¿y qué, de qué habláis después de tantos años?

¿Te vas a dejar llevar por esta nostalgia absurda que te ha entrado?

Bien, pues a pesar de que mis respuestas se contestaban con «para nada», «de nada» y «no», marqué el último teléfono con número oculto.

Tardaban en cogerlo. A un segundo de desistir, descolgaron y escuché la voz de un chico.

—¿Quién?

—Hola, pregunto por Úrsula Maldonado García.

—Está ocupada ahora mismo.

—Ah, vale. Pues lo intento en otro momento.

—Llámala a su móvil si te corre prisa porque el fijo nunca lo usamos. No sabía ni descolgarlo… ¿Quieres que le diga algo?

—Nada. Bueno, sí, dile que soy un amigo suyo.

—Escríbele un WhatsApp, que seguro que te contesta.

—Es que no tengo su móvil.

—Pues entonces, muy amigo no serás. Venga, adiós.

Mi pulsión podría haber finalizado con la impertinencia de aquel adolescente, de no ser porque el chico tampoco supo colgar.

Yo estaba a punto de hacerlo hasta que escuché una voz lejana acercándose al auricular del teléfono.

Era Úrsula y, aunque no es ético escuchar conversaciones privadas, no pude remediarlo.

—Estoy desesperada, Joan. No llego, es que no llego.

Le he pedido más horas al niñato de mi jefe, pero nada.

He tenido que sacar dinero de la cartilla de Darío, que por las marchas que lleva, no saca ni la ESO.

Así que nos volvemos a Asturias, que en el piso de mis padres no pago alquiler…

Joan, escúchame, no nos vamos a ir a tu casa.

Con tu madre enferma, ni hablar… Ni me vas a dejar dinero, que no estás para gastos.

A ver si me sale la serie de Telecinco, hago el casting en dos semanas.

El guion es una basura, pero pagan bien.

Espera. ¡Darío!, llevas dos horas jugando a la tablet , ¿te importaría parar y ayudarme a recoger?

—Ya voy.

—Ya va, dice. ¿Joan sigues ahí? Ah, pues eso, que no puedo más.

Tengo que acabar con esta angustia… No hablo de suicidio, Joan, por favor.

Soy demasiado cobarde para hacerme daño y tengo un hijo por el que luchar…

Por ti también, ya sabes que no me sale ser romántica en según qué circunstancias.

¡Uy, los girasoles! Qué secos están, espera que los riegue un poco…

Ya está. Ay, lo que daría por ser girasol, Joan…

No, no se me va la cabeza. Es solo que me encantaría limitarme a seguir el movimiento solar.

Qué preocupaciones puede tener un girasol, ¿que un día se nuble?

Al final volverá a salir el sol… Ya sé, Joan, que en mi vida también va a salir el sol.

Odio esas frases terapéuticas… No he planeado cómo lo vamos a hacer nosotros.

Evidentemente, nos veremos menos. Una relación a distancia, nos organizaremos…

Sí me importa, Joan, pero tengo que priorizar. Luego hablamos, un beso.

Fue una conversación esclarecedora. En dos minutos me enteré de que Úrsula había rehecho su vida con el tal Joan, que no pasaba por una buena racha económica y que había tenido un hijo con el mismo nombre que su actor favorito, Darío Grandineti.

Que sus reflexiones mantenían ese toque de locura realista y que tenía planeado regresar a Asturias.

Un gran resumen. A lo mejor, cuando vuelva a deambular por lugares comunes, le asaltan recuerdos similares a los míos y decide averiguar qué fue de su exmarido o de su amigo Hugo.

También puede que aprenda a convivir con la nostalgia o que directamente pase de nosotros.

¿Por qué no colgué entonces? Qué imbécil.

Y justo cuando fui a hacerlo, volví a escucharla.

—Oye, Darío, ¿quién ha llamado al fijo?

—No sé, un amigo tuyo.

—Un amigo, ¿quién?

—Ni idea.

—Y encima te lo has dejado encendido. ¿Hola? ¿Hola?

Contuve la respiración hasta que Úrsula colgó.

«¿Cómo será Joan?», me repetía en bucle.

Estaba como un yonqui con síndrome de abstinencia, así que me encaminé hacia mi segundo objetivo.

El buscador de Google reconoció su nombre.

Lo había marcado en otras ocasiones, aunque nunca con tanta perseverancia, por si me hubiera saltado algún artículo que se refiriera a él, pero qué va.

La última noticia sobre Hugo databa de cinco años atrás, en la inauguración de un centro de alto rendimiento en Brasil, y ni siquiera podía asegurar que fuese él porque la fotografía que acompañaba a la noticia era de baja calidad.

Nada más, ni rastro de Hugo. Y tampoco usaba redes sociales.

¿Quién no utiliza redes sociales hoy en día?

Vale, quizá no para colgar ideas políticas afines, fotos de lo que comes o comentarios sobre asuntos que nadie te ha preguntado, pero a nivel profesional no pueden descartarse, son útiles.

A las tres horas me harté y eso que cuando me emperro con un tema, puedo ser de una insistencia asfixiante.

Volvía a fracasar en la búsqueda de Hugo, era mi sino.

La diferencia respecto a otros intentos es que ahora la resignación no me servía.

Cuanto más me imbuía en la obra, mayor era la urgencia por saber de él.

De él, de Úrsula, de Luisa y del resto de personas que se habían apartado de mi día a día de forma tan brusca.

Invocaba a mis espíritus, sin ouija de por medio, que regresaran del más allá haciéndoles creer que me preocupaba su bienestar, cuando lo único que me importaba era que me siguieran queriendo.

Egoísmo en estado puro. Pensándolo mejor, lo que deseaba era absurdo.

¿Regresar?, si ninguno había dejado de estar presente.

Daba igual la hora del día, el lugar o lo que tuviera entre manos.

Si llamaran a mi puerta, siempre la encontrarían abierta, imponiéndose a lo banal y puede que también a lo importante.

Solo eran las once, así que me metí en las páginas de mis dos hitos recientes.

Mi palizón, con la nada despreciable cifra de cinco millones de visualizaciones —¿no se cobraba por esto?

— y mi entrevista en ¿Recuerdas quién soy?

Con tanto trasiego, no comprobé que la versión completa llevaba colgada una semana.

Mi tendencia masoquista le dio al play , saltándome los prolegómenos y el vídeo de mi presentación. Hablaba Jorge Manuel:

—Bueno, Víctor, tienes mucho que contarnos. Tu palizón, tu miseria económica. Tu biografía es de esas que la gente se va a hartar de comentar. Pero vayamos por partes. Dos años en un pozo profundo, un artista tan reconocido como tú. ¿Cómo es posible? ¿Qué pasó?

E L DETONANTE IMPRECISO.