La catarsis Zimmerman 10 #2
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María resolvió con una frase hecha el discurso dramático de Mariano.

Se conoce que ella podía anestesiarnos con sus neuras, pero era incapaz de detenerse en las ajenas.

Usó el asunto para poner el foco en Salvador, sugiriendo que, con su físico, tendría que quitarse a las mujeres de encima.

Salvador sonrió pícaro antes de rectificar: «No te creas, me entran más hombres».

María lamentó la incomodidad que le supondría, aspecto que Salvador desmintió de inmediato, ya que se sentía igual de cómodo con ambos sexos.

Fue entonces cuando puse mis cinco sentidos al servicio de la conversación.

María, que había conseguido mostrarse como una mujer moderna y comprensiva, se retrató en su siguiente intervención:

—¿Eres bisexual? Es algo que nunca entendí.

Para mí la bisexualidad es la forma moderna de tapar la homosexualidad.

De hecho, amigos que se definían como bisexuales han acabado reconociendo su homosexualidad.

No se atrevían a dar el paso para no sentirse discriminados.

Pero vamos, que yo los acepto como son, aunque no los entienda.

Salvador se apresuró a aclarar tanto tópico, alegando que la sociedad no entendía la bisexualidad y que, lo que no se entiende, no se acepta.

Es más, admitió haber tenido encuentros sexuales con trans y que, al abordar una relación, solo veía personas.

Los ojos de María se abrían ante cada frase de Salvador.

Para quitar hierro, Mariano reprendió en tono jocoso a María por tener envidia de que Salvador pudiera ligar con un sector amplio de la población.

Ella sonrió a sabiendas de estar mostrando un espíritu retrógrado que creía controlar, aunque, en el fondo, ninguno estuviera preparado para asimilar un concepto tan reciente como la pansexualidad.

Si ni siquiera me lo reconoce el word al escribirlo.

En cuanto recuperó el aliento, María dio el último capotazo al único que quedaba por interrogar.

«¿Y tú, Víctor?». Preparé mi respuesta desde que intuí que no tendría escapatoria.

Dije la verdad, que llevaba separado diecisiete años y que desde entonces solo había tenido relaciones esporádicas.

Me adelanté a la que seguro sería la siguiente pregunta y expliqué que no había tenido hijos porque no paraba de trabajar.

Fui exhaustivo en la respuesta para zanjar mi turno lo antes posible, pero María lo enlazó con mi parón laboral y con las razones que di en la entrevista de ¿Recuerdas quién soy?

Le aclaré que no fue por drogas, como se insinuó en el programa.

Que me obligaron a mentir para subir la audiencia y que, a estas alturas, no deberíamos creer todo lo que se dice en televisión.

Mariano insistió en su papel de apagafuegos: «Lo mejor es no remover el pasado, que bastante tenemos con nuestro presente».

Aunque él no predicaba con el ejemplo, sus palabras nos destensaron.

Se levantó enérgico y propuso un brindis por el éxito de la película.

Los cuatro entrechocamos las copas, con tan mala suerte que la efusividad de Mariano rompió la suya.

Nuestra parte supersticiosa imploraba que no fuera un mal augurio.

Tres horas más tarde, Salvador y yo bajamos del coche de Mariano, ya que vivíamos relativamente cerca.

Se ofreció a acompañarme y yo dejé que lo hiciera.

En los últimos días, me habían dado una paliza y un martillo casi me atraviesa la cabeza; se trataba de un seguro asistencial.

Aproveché para conocer más datos de su corta existencia.

Me interesaba su historia o más bien sus posibles símiles con la mía.

—Estuve dudando entre hacer Arte Dramático o Bellas Artes.

—¿Se te da bien dibujar?

—Sí, hago cómics. Colaboro con una editorial estadounidense.

—Ah, pues me los tienes que enseñar.

—Pero te advierto que son muy hardcore .

Fruncí el ceño antes de concluir que se trataba de comics porno.

—Es curioso, una de las consecuencias de cumplir años es que puedes llegar a repetir situaciones.

—¿Cómo dices?

—Nada, cosas mías. Y dime, ¿cómo te sientes ante tu primera película?

—Bien, aunque hubiera preferido una historia más actual.

— La rebelión del predicado habla de la lucha por ser realmente quien quieres ser. No puede haber nada más actual que eso.

—Ya, pero es que mis padres me inculcaron esa libertad de elección. Lo tengo tan interiorizado que no concibo otra manera.

—Pero no todos han tenido la suerte de caer en un entorno favorable.

—Cierto. Es una rayada mía. No sé, quizá me habría desenvuelto mejor con una comedia adolescente, con actores de mi edad.

Me molestó que sacara a colación lo de la edad, señal de que, efectivamente, ya era mayor.

—En eso no te puedo ayudar, lo siento.

—Perdona, no es que te esté llamando viejo. Si tú eres moderno y te conservas bien. Uf, la estoy cagando.

—Un poco —dije sonriendo—. En cualquier caso, me alegra que esté siendo fácil tu experiencia. Yo había perdido la costumbre.

—¿Demasiado tiempo retirado?

—No me retiré. Mi madre falleció hace dos años y me tomé un descanso de meses. Lo que no esperaba es que se inventaran que atravesaba una depresión severa. Cuando quise volver, los productores no contaban conmigo y mi representante se acababa de jubilar, un desastre.

—¿No conseguiste trabajar en nada?

—Colaboraciones sueltas. En esta profesión te reemplazan rápido.

—Lo sé, por eso sigo dibujando, por tener otra baza si esto sale mal.

—Es increíble lo previsora que es tu generación para atajar contratiempos.

—También tenemos problemas.

—Sí, pero acabáis con ellos antes de que se enquisten. Qué envidia.

—O quizá nuestros problemas no hayan empezado.

—Puede ser. Te lo comento porque me ha gustado cuando has hablado de tu sexualidad.

—Para mí nunca ha sido un tema tabú. De hecho, no entiendo a los que ocultan su verdadera identidad. Son tóxicos y amargados.

Agaché la cabeza para no verme reflejado en aquel espejo.

—A veces no es fácil —manifesté a media voz.

—Lo dices como si supieras de lo que hablas.

—No lo descartes, somos poliédricos.

—Ya… Contigo me pasa una cosa curiosa, me salta el radar.

—¿A qué te refieres?

—A que, bueno, igual me precipito porque has estado casado y eso, pero algo me hace pensar que también te atraen los chicos.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es?

—Quizá tu mirada.

—Vaya, ha vuelto a pasar. Me has recordado a otra experta en miradas.

El desparpajo de Salvador iba en aumento. Debía cortar la conversación antes de que me apabullara por completo.

—Bueno, tuerzo por aquí. Al final de la calle está mi casa.

—Si quieres, te acompaño y nos tomamos la última.

—Otro día. Mi padrastro y mi mejor amiga me esperan. Además, estoy cansado. Gerard nos exprime bastante.

—Entonces te veo el lunes.

—Claro. Y llévate tus dibujos.

Conforme me alejaba, me volví para escanearlo hasta en dos ocasiones.

Al margen de su intuición precisa, su apariencia era tan imponente que podía atraer a una estatua: bajito pero proporcionado, piel tostada, labios generosos y unos ojos verde menta inquietantes.

Le auguraba un enorme éxito, no sé si en el cine, en anuncios de colonia o en programas basura.

Y no lo podía remediar, me recordaba a Hugo, no solo por su físico; su frescura, su naturalidad, su destreza con el dibujo.

Una versión 2.0, de no ser porque el discurso de Salvador sonaba hueco, sin esa cadencia poética del pasado.

Cabía la posibilidad de que, como Mariano, yo también cayera en la trampa de idealizar mis recuerdos, de sublimar a Hugo.

Dentro de casa me esperaba Águeda, afanada en fregar el salón. Mi padrastro se había cagado encima. Estaba a su lado, con cara de niño travieso y los pantalones manchados, a la espera de ser reprendido.

—Ha estado tranquilo hasta que le dije que regresarías más tarde.

—Se altera con los cambios. Ha perdido capacidad de adaptación.

—Yo también. Cuando le he regañado, se ha puesto un poco agresivo.

—Reacciona a la defensiva porque sabe que lo ha hecho mal.

—Me preguntaba si la capacidad de pedir perdón se pierde cuando enloqueces. Ah, y no se ha separado de esa llave. Daba miedo.

—¿La llave grifa? No te preocupes. La usaba en su trabajo, la costumbre.

—Pues yo a estas horas tengo por costumbre dormir. Te toca lavarlo, me voy a la cama.

—¿No quieres que charlemos un rato?

—Sube cuando acabes, a ver si me pillas despierta.

Perdí la poca dignidad que me quedaba al frotar los genitales de mi padrastro.

Entre restregón y restregón, trataba de abstraerme de la responsabilidad de hacer la película, de la maraña de recuerdos que traía de vuelta al presente y del hecho nada baladí de que hubiera una persona que tuviera imágenes mías practicando sexo virtual.

No lo conseguí. La sensación de angustia marcaba la pauta.

Benditos somníferos; dejaban a mi padrastro KO al instante y, en esta ocasión, los efectos psicóticos dieron una tregua.

Estaba molido, pero me negaba a acostarme.

Requería de un extra de vigilia para reordenarme, aunque en unas horas llegarían los del seguro para reparar mi ventana.

¡Un domingo! Me preparé una infusión de malvavisco con hinojo y visité la página web de Salvador, renovada tras ser contratado para la película.

Cliqueé en su sección de fotos y, entre la broza de instantáneas clásicas, encontré dos fotos en blanco y negro totalmente desnudo, tapándose sus genitales con una mano.

A punto de deleitarme con aquellas fotos, empecé a sentirme tremendamente ridículo, y cada una de mis decisiones en los últimos treinta años se agolparon como ventanas de internet abiertas por un virus malicioso.

En todas aparecía el mismo nombre: Hugo, Hugo, Hugo.

Y sí, lo admito, envidiaba a Salvador por superar obstáculos a los que yo ni me había enfrentado y encima disponía de una eternidad para equivocarse, rectificar y volver a errar.

El caso es que apagué de golpe el ordenador y me acosté, acompañado, para no variar, de mis fantasmas.

Había conseguido castrar sus aspiraciones y de repente, se mostraban hiperactivos, incisivos, dispuestos a disfrutar de una segunda juventud.