La catarsis Zimmerman 10
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Mi psiquiatra Conchita me llamó a las nueve de la mañana, muy enfadada.

El primer día, me advirtió que no soportaba la impuntualidad.

Que la dejaran tirada sin dar explicaciones era un nivel superior que asociaba —y esta teoría es de mi cosecha— con ese chico del que se enamoró y nunca acudió a la cita donde oficializarían su romance.

Descargaba con sus pacientes una ira que no merecíamos.

El caso es que, con tanto ajetreo, olvidé asistir a su consulta, pero Conchita debería estar contenta, ver lo positivo de mi amnesia.

En cuanto se le pasó el enfado, le pedí un justificante para trabajar.

No puso inconveniente, aunque me aclaró que redactaría un informe neutro porque aún no se atrevía a concretar un diagnóstico.

Preguntó por mis escritos y yo respondí que solo le envié los dos primeros, que contaban hasta mi palizón.

Entonces, Conchita recordó que hablaba con un convaleciente y su tono se volvió maternal.

Le expliqué detalles de la trifulca y le adelanté lo del programa sensacionalista y la película.

No daba crédito, decía que nadie estaría preparado para asimilar tanta información.

Me preguntó si eso también lo había escrito y le dije que sí, que llevaría unas cuarenta páginas.

Sorprendida, me exigió que se las mandara por e-mail para comentarlas en la siguiente consulta.

Conchita insistió en que la escritura terapéutica ayudaría a entender mejor mi proceso y me animó a que narrara la muerte de mi madre, aunque ese asunto ya lo tratáramos en la primera sesión.

Evité mencionar las intenciones comerciales de mis escritos, no fuera a enfadarla todavía más.

Me citó para dentro de un mes. Seguro que tenía hueco antes, pero a los facultativos les encanta proyectar esa imagen de solicitados.

—Ah, Víctor, se me olvidaba. En el segundo escrito, además del palizón, comentas que sufres pesadillas recurrentes. ¿Puedes especificar en qué consisten?

—Algunas están relacionadas con mi padre y los juegos de improvisación que hacíamos. No son pesadillas como tal, pero me angustian porque me despierto antes de llegar al final.

—Entiendo, ¿y el resto?

—Otras ocurren en la casa de campo donde preparé con mis amigos los exámenes finales de la carrera. En concreto, con mi amigo Hugo.

—¿Hugo? No me has hablado de él.

—En los siguientes escritos sí aparece.

—Bien. Ya indagaremos sobre eso. Una última cuestión, lo del sexo virtual con el tal Ramón, ¿es muy frecuente?

—No, una vez por semana.

—Eso ya es bastante frecuente. ¿Y te reporta el mismo placer que con una mujer?

—Me excita más, pero cuando termino, me encuentro fatal.

—Define fatal.

—Sucio, vacío, cabreado, con sensación de soledad…, triste.

—¿Te ocurre también cuando practicas sexo con mujeres?

—No, solo con Ramón.

—De acuerdo. ¿Es la primera vez que mantienes relaciones íntimas con un hombre?

—Si a lo virtual se le puede llamar relación, sí.

—No obstante, no son cuestiones para ahondar por teléfono. Continuamos en la siguiente cita.

La conversación con Conchita me descolocó o puede que ya lo estuviera desde que Ramón me reconoció por la cam.

Conchita tenía fama de involucrarse con sus pacientes, con esa fe que sobrevive a las primeras decepciones.

Igual mantengo esta conversación en la novela, aunque le tenga que pedir permiso.

En la cocina, Águeda preparaba el desayuno.

Los dos habíamos dormido lo justo para no desmayarnos.

Mi padrastro nos obsequió con una noche de gritos psicóticos, un efecto secundario ante tanto somnífero.

Con suerte, dormiría toda la mañana y dejaría descansar a Águeda.

No le comenté nada sobre Conchita o Ramón, porque ni siquiera conocía su existencia.

Mejor no aturdirla con mis historias, bastante tenía ella.

Tanta agitación fue preludio de un día laboral extenuante.

A Gerard no le convencía el diálogo de una secuencia, así que hasta que la guionista dio con la tecla, la espera se hizo interminable.

Y eso que aún no había entrado en juego la fotografía y el sonido.

Me propuse no quejarme, no convertirme en el típico voluntario que regresa del Tercer Mundo con sus prioridades renovadas y a la semana vuelve a consumir como si hubiese inventado el capitalismo.

Mi experiencia con la inactividad debía enseñarme una lección perdurable, por estresado que estuviera.

Afortunadamente, Gerard apenas me corrigió, cebándose con Salvador: que si no vocalizaba, que si le faltaba intención…

, defectos de actor primerizo. Conforme más se agobiaba él, más me relajaba yo. Un predecible trasvase de energías.

Ensayé varias secuencias del final con María.

Aunque no era santo de mi devoción, dominaba el drama.

Eso sí, en cuanto se pasaba de reivindicativa, Gerard la frenaba en seco, coyuntura que Mariano aprovechaba para revisar su móvil.

El primer cámara, Leo, tuvo que descansar media hora por dolor de espalda.

Ese chico era tan atractivo como insípido.

Difícil negarle tres o cuatro revolcones, pero nada más.

Bromeaba con que no le compensaba ser tan alto si tenía que mirar hacia abajo a la mayoría de personas con las que trataba, que se pasaba el día encorvado.

Esa era su tara, lo irrelevante de lo que contaba.

La concesión que hizo Gerard con la caniche obesa de María acabó esa tarde cuando ladró a Antonia, la directora artística, que trasladaba objetos de formas inverosímiles para un can.

Aun así, los ladridos fueron sustituidos por gritos de la jefa de maquillaje y peluquería, Lourditas, que increpaba a una de su equipo por bajarse del proyecto en el último instante.

Era curioso, llevaba apenas unos días y ya tenía la sensación de conocerlos a todos. ¡Los artistas somos tan intensos!

Nos dieron las nueve. Algunos actores decidieron quedarse a cenar en el pueblo, ya que Mariano aseguraba con su coche el regreso a Madrid.

Llamé a Águeda para pedirle permiso y de paso cerciorar esa tendencia a la mansedumbre de mi padrastro cuando una mujer estaba a su cuidado.

No me equivocaba, suave como un guante, así que me apunté al plan.

La tasca Canela tenía fama de ofrecer la mejor carne de ciervo de la región, algo que a nosotros, ni fu ni fa.

María, desatada, exponía sus intimidades sin reparos.

Nos contó que hace cinco años se casó con un empresario veinte años más joven que ella y que resultó ser un celoso enfermizo.

Cuando María viajaba, la acribillaba a llamadas y mensajes, broncas constantes que, a su regreso, acababan en sexo desaforado.

Esa dinámica se mantuvo hasta que María regresó de un rodaje dos días antes de lo previsto y pilló a su marido en la cama con una china, una negra y una enana.

Al entrar en la habitación, las chicas dieron por hecho que María era la cuarta prostituta y continuaron afanadas en su tarea.

Su marido no se dio cuenta de su presencia porque la enana, aposentada sobre su cara, anulaba su ángulo de visión.

El resultado de aquella orgía culminó en divorcio y con María perdiendo su fortuna por confiar en pipiolos adictos a patrimonios ajenos.

Por eso tuvo que aceptar la mayoría de proyectos que le ofrecían, con independencia de su calidad.

Por suerte, acababa de estrenar una película en Francia que había arrasado en taquilla y sus números rojos se sanearon en tiempo récord.

Nosotros mantuvimos la compostura, porque la imagen de la enana cortando la visual al marido no tenía precio.

Mariano le preguntó si hacía La rebelión del predicado para recuperar capital o porque realmente le atraía el proyecto.

María reconoció que hubiera dicho que sí aunque hubiese sido un bodrio, pero que en este caso y a pesar de los desaires de Gerard, agradecía su meticulosidad.

Estaba cansada de niñatos pijos sin sesera, que eran, a la postre, los que acababan metidos en su cama.

Donde María veía virtudes, Mariano, inconvenientes.

Se quejaba de que Gerard impusiera una dinámica propia del teatro, con ensayos tan precisos que merecían formar parte del metraje final.

Aun así, Mariano nunca pretendió ser actor de cine, porque el teatro siempre fue más comprensivo con sus hechuras.

Era como tener una novia que no se fija en el físico, ya que con las mujeres nunca tuvo suerte.

Aquella frase lastimera nos activó y, por supuesto, fue María la que indagó: «Alguna te querrá», dijo con toda la intención del mundo.

Mariano nos miró con la seguridad del que conoce sus circunstancias y confesó que solo se había fijado en él una mujer, hace años, en el instituto.

Y la rechazó. Por entonces su sobrepeso era aún mayor y su autoestima estaba minada por las mofas de sus compañeros.

No había día que no se arrepintiese de su decisión.

De hecho, reconoció que seguía enamorado de su compañera.

El caso de alguien que intuye lo que le ocurre, pero lo obvia por completo. ¿De qué me sonaba eso?