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Puede que sea verdad, que el trabajo dignifique, te convierta en útil de cara a la galería.
Quizá por eso, la otra noche no necesité ayuda extra para dormir.
Pasé por alguien psicológicamente estable.
Parafraseando a mi psiquiatra Conchita, nuestra mente decide y ordena sobre el resto, deberíamos ser cuidadosos con ella.
Y por si fuera poco, mis lesiones físicas remitían a buen ritmo y es que hasta mis plaquetas remaban a favor del cambio.
Nunca lo confesaré, pero empezaba a alegrarme del palizón de Patricio, que sacara esa mala hostia con origen en problemas ajenos a mí y se desahogara a golpes conmigo.
De haberse comportado con civismo, nadie hubiera subido el vídeo a las redes, no me habría convertido en carnaza televisiva y ningún cineasta reputado habría encontrado en un programa sensacionalista al próximo protagonista de su película.
Miré la hora para asegurarme de que el sueño no me había jugado otra mala pasada.
Conforme bajaba las escaleras, me llegó una notificación del banco: una transferencia de los veinte mil euros pactados por participar en la película.
Se me saltaron las lágrimas. Lo curioso fue comprobar que no había recibido el ingreso mensual de mi fan anónimo, así que supuse que se enteró de que ya no necesitaría su ayuda.
Mi hada madrina se retiraba de la ecuación, ya no era útil .
También me llegó un aviso con cinco llamadas perdidas de Águeda, así como felicitaciones de compañeros a los que perdí la pista cuando dejé de trabajar.
Entre los estudios antropológicos absurdos que desarrollé durante mi bancarrota existencial, uno se relacionaba con estos seres que solo irrumpen cuando te ocurre algo positivo.
Ojo, no porque se alegren, sino porque se alimentan de tu éxito para atraerlo hacia sí.
Participan de tu energía sin pedir permiso.
Tras empaparme de tanto oportunismo, me obligué a contestar al último mensaje de Águeda, en el que me recriminaba que se había enterado de todo por la prensa.
Le pedí perdón y, como no teníamos ensayo, que me acompañara a comprar, a empezar una nueva vida.
Águeda, mucho menos rencorosa que yo, me respondió con emoticonos de flamenca.
Para festejarlo, desayuné un par de tostadas con un café acuoso que ya no sabía tan a rayos como cuando era pobre.
Luego encendí el ordenador, por fin, sin el objetivo de buscar empleo.
En mi correo, ofertas de bancos que me ofrecían créditos a bajo interés.
¿Ahora que ya no lo necesito? Quizá por eso pensaban que tenía más opciones de pedirlo.
Internet nos vigila. Tras borrar el correo basura, me saltó un nuevo mensaje de Andrea, la guionista de la película, con el asunto «cambios de guion».
Resoplé al comprobar que la mayoría de modificaciones potenciaban el erotismo entre mi personaje y mi hijastro.
Y de regalo, adelantaba que estaban preparando una secuencia nueva bastante controvertida.
¿Por qué ese empeño por sexualizar la historia?
¿Por qué la tal Andrea se permitía tantas licencias respecto al texto original?
¿Por qué Gerard no le paraba los pies con esa sinceridad tan agresiva que se gastaba?
Y, sobre todo, ¿por qué me afectaban tanto estos cambios?
¿Por qué rozaba la mojigatería? Al final me tomé el ansiolítico que me salté la noche anterior. Canté victoria demasiado pronto.
Para no amodorrarme, me puse a limpiar el salón como si acabara de recibir una transfusión.
Eliminé cada evidencia de desgana acumulada en los dos últimos años: manchas en la alfombra, posos de vasos reconvertidos en grabados…
Hasta encontré un condón usado para masturbarme, que no se me olvidara cómo se ponía desde aquel polvo (¡hace ya tres años!) con la figurinista de Un monstruo viene a verme en el servicio de los cines Capitol.
Esta anécdota me recuerda que pronto tendré que confesar a Águeda que no he mantenido una relación con ninguna Mónica, que solo era una tapadera para no explicar lo sórdida que se vuelve tu vida cuando rozas la indigencia.
Bueno, por eso y por mi tendencia a inventar personajes, fantasía heredada de mi padre.
Su preferido era doña «A», mi amiga imaginaria, seguido del aprendiz a detective, el Sr. Wilson.
Al pasar el trapo por los marcos de la pared, me detuve en sus fotos de nuevo.
Desde que supe que haría la película, me atraían como la sirena más embaucadora del océano.
Una representación fidedigna de mis cincuenta y cinco años.
La fila de arriba la reservé a la familia, destacando dos, una de bebé con mi madre atiborrándome a yogur y otra con mi padre, disfrazados de indios en un carnaval.
De la segunda fila, me fijé en una con mis compañeros de promoción en la puerta de la Escuela de Artes y Oficios.
Allí estaba, flanqueado por Úrsula y Hugo.
Lo importantes que habían sido y lo poco que sabía de ellos.
Es mi mayor defecto, dejar marchar a las personas que quiero.
Ojalá juventud y madurez pudieran fusionarse en un mismo espacio-tiempo, pero no, es una combinación imposible, una aberración de la naturaleza.
El timbre de la puerta impidió que siguiera enfrascado en mis recuerdos. No esperaba a nadie.
—Hola, soy Fran, el de Wallapop. Vengo a por la mesa.
—Ah, ¿habíamos quedado hoy?
—Sí, claro. Te mandé un mensaje para decirte que había conseguido una furgoneta para llevármela y me diste el okey.
—Pues es que no la voy a vender.
—¿Cómo? Oye, que vengo de Palencia.
—Lo siento, de verdad. Le puedo dar el dinero de la gasolina. Tengo cincuenta euros, ¿será suficiente?
—Pero qué coño…
Puse el dinero en su mano y cerré la puerta en sus narices, abochornado.
Imposible vender uno de los pocos objetos que aún tenían valor sentimental para mí y menos ahora que empezaba a remontar.
Regresé al salón, aliviado por zanjar tan rápido el asunto y seguí limpiando…
hasta que un martillo atravesó mi ventana y pasó rozándome la cara.
Me quedé privado unos segundos, pero, al no sufrir daños físicos, no avisé a la policía.
Aquel hombre vivía lejos y no tenía pinta de pertenecer a ninguna banda organizada.
Además, me lo merecía por informal. Recogí los cristales grandes, bajé la persiana y salí hacia el centro comercial.
Había quedado con Águeda y estaba lo suficientemente cabreada como para tragarse una excusa de tal calibre, aunque fuera una verdad como un templo.
Contra pronóstico, llegué el primero y decidí esperar en la puerta principal.
Algunos viandantes me reconocían, no por mi profesión, sino por mi incursión en la telebasura.
Águeda se retrasó media hora, dándome de mi propia medicina.
Me sorprendió que no se quitase las gafas de sol dentro del local, emulando a las folclóricas de los años ochenta.
Ya en la sección de electrodomésticos, tras golpearse con las esquinas de varias lavadoras y preguntarle tres veces qué le pasaba, tuvo a bien descubrirse los ojos, hinchados de haber llorado.
—Rober se ha liado con una prima hermana suya, ¿qué te parece?
—Pues que el incesto es tendencia. ¿Y cómo te has enterado?
—Me ha mandado un vídeo su prima, follando como locos. Que se grababan los muy guarros. Y hablo en pasado porque la acaba de dejar. La cabrona me lo ha pasado por despecho.
—Qué gentuza. ¿Y tú qué has hecho?
—Me he presentado en su trabajo y lo he reenviado delante de él al chat de su familia.
—Ostras, ese ramalazo vengativo no te lo conocía.
—Ni yo. Se ha puesto histérico y, como no podía pegarme porque estaba rodeado de albañiles, le ha dado un puñetazo a una columna y se ha roto los nudillos.
Águeda contuvo esa alegría pasajera de quien recibe su merecido.
—Bueno, y tú podrías contestarme cuando te llamo, que no eres el único con cosas que contar.
—Necesitaba asimilar tanta novedad. Lo siento.
—Pues yo creo que se te ha subido el éxito a la cabeza. En cuanto has vuelto a rodearte de gente interesante, yo he pasado a un segundo plano.
—Tú lo que estás es celosa.
—Rabiosa, diría yo. Mira, deberías llevarte esta cafetera con forma de cruz, como te crees Dios…
Águeda se rio con su propia broma, risa que sustituyó por un chillido cuando, en los televisores de exposición, aparecieron imágenes de la rueda de prensa que di para presentar la película.
Los trabajadores no asimilaban que el hombre que se multiplicaba en cada imagen fuera yo.
Agarré del brazo a Águeda y pasamos a la sección de muebles de salón, un requisito más apremiante que una cafetera.
Dejé que ella eligiera todo, mi capacidad de decisión estaba anulada. Y nunca tuve gusto para la decoración.
La tarde pasó rápida (con dinero, suele ocurrir) y acabamos cenando en un italiano. Hacía tanto que no podía permitirme pagar una cena que pensaba que era de esas acciones que ejecutamos una última vez sin ser consciente de que nunca volverán a ocurrir. Por fortuna, me equivocaba.
Águeda se quedó a dormir en casa para compensarla por el plantón anterior.
Nada más abrir la puerta, recordé que era viernes porque me encontré de frente con mi padrastro Braulio, que paseaba desnudo por el pasillo con un bocadillo de chorizo en una mano y su llave grifa en la otra.
Se nos fue tanto el norte que me olvidé por completo de él y sus circunstancias, pero como los del asilo tenían copia de las llaves, lo dejaron pasar y se largaron tan tranquilos.
Mira que les advertí que no podían hacer eso, que cualquier día iba a ocurrir una desgracia.
Otro dilema por resolver, porque, a partir de ese día, podría pagar a tiempo completo la residencia donde se alojaba.
Qué va, me faltaba valor. Aunque estuviera perdiendo la cabeza, a Braulio siempre le quedaría lucidez para sentirse abandonado.
Además, mi madre nunca me lo hubiera perdonado y, para ser sincero, me tranquilizaba convivir con una persona que había estado tan ligado a ella.
Revisamos las habitaciones y no, no había liado ninguna de las suyas.
Cuando se altera, se le suelta el vientre y defeca donde pilla.
Águeda enseguida entendió que debía hacerme el enésimo favor: quedarse con mi padrastro el fin de semana durante las horas de rodaje.
Le arrancamos los cristales de la ventana que se le pegaron al pie, lo acostamos y le dimos la pastilla para dormir.
Me tomé yo otra y nos sentamos en el suelo del salón.
Águeda echaba de menos a su expareja y yo no comprendía cómo una persona con tanto carácter podía sucumbir ante un niñato estúpido y consentido que presumía de cochazos comprados con su sueldo de albañil.
Un cateto con dinero. Me alegré de su ruptura, pero no lo manifesté por si retomaban la relación, algo común en entornos de maltrato.
Siempre me fascinará el poder que manejan estos descerebrados llenos de complejos.
Son ellos los débiles, los que deberían quedarse solos.
La selección natural de Darwin es una estafa.
Para mi sorpresa, fue Águeda la que se marchó a dormir sin conocer los pormenores de la película, no porque no le interesara, sino porque el llanto genera somnolencia.
Ya en mi cuarto, mi ansiedad amenazaba con presentarse a pleno rendimiento, así que encendí el portátil en busca de mi ración diaria de onanismo.
Tenía dos opciones: o saciarme con mi página porno favorita o contactar con Ramón, el guardia jurado.
No hizo falta elegir. En cuanto me vio en línea en la página de contactos, me mandó el vínculo para iniciar una sesión privada.
Me tumbé en la cama, coloqué la cámara como de costumbre para que solo se me viera hasta el mentón, e introduje mi contraseña y usuario, Floren-caliente.
En cinco segundos apareció Ramón, sentado en la cabina donde trabajaba y desnudo por completo.
Si le vieran su mujer y sus hijos… Arrancó más hablador que de costumbre, aspecto que me extrañó porque era de los que iban al grano.
Mientras meneaba su miembro sin parar, me preguntó a qué me dedicaba.
Recuerdo que esa conversación ya la tuvimos, pero no recordaba mi respuesta, así que volví a inventarme una profesión.
—Reponedor en un almacén de medicamentos.
Ramón frunció el ceño sin dejar de tocarse y yo mantuve un gesto relajado para disimular.
—Molaría ver tu cara, Floren —me soltó sin venir a cuento.
—¿Por qué? Pensé que te daba morbo así.
—Sí, pero me excita mucho más tener sexo virtual con un actor famoso. Porque eres actor, ¿verdad?
—No, no, no. Soy reponedor.
—No mientas. Te he visto esta tarde en la tele. ¡Qué sorpresa, Víctor!