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La tozudez de Gerard nos obligó a echar horas extras en aquel abigarrado primer día de ensayo.
Trabajábamos una secuencia que no pertenecía al guion teatral, donde mi personaje Senén descubre a su hijastro Sebastián tomando un baño.
Gerard ajustaba encuadres con el cámara Leo, que ya empezaba a dar muestras de su meticulosidad.
Mientras, Salvador, vestido dentro de una bañera antigua, se hacía selfis con su móvil.
Aunque algo demacrado, seguro que encontraría un filtro que eliminaría sus imperfecciones.
Gerard pidió que me asomara por la rendija de la puerta y observara con interés a Salvador.
Yo obedecí pese a lo que me costaba entrar en la dinámica de trabajo. Había perdido la forma.
—Tengo que ver deseo. Recuerda, Sebastián está desnudo y su cuerpo te atrae de manera visceral.
Ya te habías fijado en él antes de casarte con tu mujer, pero al desconocer que era su hijo y mucho menos que conviviría con vosotros, pensabas que podrías controlar esa pulsión con sensatez, porque Senén es un abanderado de la sensatez… ¿Víctor?
—Sí, sí, perdona. Me he despistado.
—Centrémonos. Con lo que no contaba Senén es que el cuerpo de un hombre le atrajese tanto, que lo visceral se impusiera a lo racional.
—Quizá ese sea el problema —contestó Salvador desde la bañera—, que no estoy desnudo.
—¿Y te importaría? —preguntó Gerard.
—Qué va, ahora mismo.
Salvador se quitó la ropa como si le abrasara la piel, exponiendo un cuerpo bocetado al milímetro en algún gimnasio de barrio. Todo en armonía, en proporción, salvo por su pene desmesurado y la figura de un beso de carmín tatuado en su omóplato derecho. Gerard, ante semejante horterada, reaccionó:
—¿Un tatuaje? No dijiste nada. Eso hay que taparlo.
—Sí, sí, sin problema —contestó un Salvador, ahora sí, nervioso—. Me lo hice en una feria, iba muy borracho.
—No me extraña, aunque peor hubiera sido tatuarte un dragón o la cara de tu madre.
Leo sonrió con la ocurrencia de Gerard. Yo trataba de no distraerme con la salvajada que colgaba entre las piernas de Salvador, aspecto que tampoco pasó desapercibido para Antonia, la directora de arte, y Lourditas, la jefa de maquillaje, que se daban codazos desde un rincón.
—Víctor, ¿estás listo?
—Sí, Gerard.
—Bien, retírate y, cuando te avisemos, te asomas por la puerta.
—De acuerdo.
—¿Preparado? Ahora.
Tuña, mañana de junio de 1986. Sábado
Víctor se asomó por la rendija de la puerta del baño, inquieto por el descaro de su acción.
Allí estaba Hugo, desnudo y tarareando la melodía de «Volare» en un italiano inventado.
Víctor experimentó una erección que dejaba poco margen a conjeturas y sus piernas amenazaban con desplomarse.
Al escuchar movimiento en la cocina, se tapó sus partes y regresó a su habitación a toda velocidad.
Así, mientras Víctor se enfrentaba a sus sensaciones, el agua se deslizaba por el cuerpo de Hugo, ajeno al incendio provocado al otro lado de la puerta.
Madrid. Mayo de 2019
Me lloraba el ojo por no parpadear y Gerard seguía ensayando, seguía exigiendo:
—Más deseo, más… No tanto… Víctor, esa expresión queda blanda, más rudo… Así, ahora añádele curiosidad… ¡Eso es! Me vale, recuérdala para el día de la grabación. Hemos terminado.
Resoplé aliviado, igual que el resto del equipo que quedaba operativo.
Gerard reconocía la intensidad que imponía, pero no estaba dispuesto a ceder.
Se jugaba demasiado. Lo que son las cosas, deseaba huir y, sin embargo, no era capaz de despegarme de la puerta de aquel baño.
Salvador se levantó de la bañera sin vestirse y se dirigió a su camerino con la naturalidad de quien pasea por el parque.
Su irreverencia me excitaba. Es lo que admiro de la juventud, su capacidad para naturalizar situaciones que a nosotros nos resultaban imposibles.
Pensándolo mejor, debería dejar de idolatrarlos tanto.
Es Salvador el que demuestra esa cualidad.
Conozco a jóvenes tan acartonados que dan miedo.
Se despejó el set y allí seguía, apoyado como una gárgola en la pared de aquel baño.
En mi retina, la impronta del cuerpo seco de Salvador, y en mi cabeza, un recuerdo lejano e igual de nítido: el del agua resbalando por la espalda de mi amigo Hugo durante nuestra estancia en la casa de campo de Úrsula.
Un paralelismo inevitable. Son los recuerdos los que tienen la capacidad de bloquearme, no los desnudos integrales.
Regresaban a mi ficción los personajes principales del pasado, con la diferencia de que ahora el margen para las excusas se estrechaba.
Un plano corto con posibilidad de aumentar zoom a plano detalle.