La catarsis Zimmerman 7
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Primer martes de mayo. Con mis heridas faciales a medio sanar, comenzaron los ensayos.

Bajo la supervisión de Gerard Dunot, recreábamos una secuencia inicial de la película, la boda de mi personaje Senén con Catalina.

Una mujer de mediana edad procedente de una familia adinerada y gafada en el amor.

Por fortuna, la localización del rodaje contaba con jardín y un pequeño templete que daba juego al representar una boda.

El equipo artístico, capitaneado por Antonia Cobo, remataba añadidos de marquetería.

Antonia blasfemaba cuando se dirigían a ella como «arte», una manía propia del cine de llamar a los especialistas por la labor que desempeñan en vez de por su nombre.

Antonia, procedente del teatro, no lo comprendía, ya que nadie más en el equipo se llamaba como ella.

Estábamos rodeados de frondosos cipreses Moctezuma.

Fue Pablo, el ayudante de vestuario, quien me ilustró sobre la materia; yo no entiendo de árboles.

Al fondo, debajo del templete, Salvador esperaba indicaciones de Gerard, acompañado de dos niñas gemelas.

Leo, un bigardo de dos metros y cámara habitual del francés, ajustaba el encuadre de un plano corto para un diálogo entre María y yo.

La crítica alababa el estilo de Gerard, sin conocer que la elección de cada plano no solo seguía criterios artísticos.

Además de un elevado número de dioptrías, Gerard padecía una degeneración macular galopante.

De hecho, en su último rodaje se tropezó con una grúa y se abrasó la cara con un foco.

Cruzaba dedos para no repetir calamidades.

Gerard se sentó y avisó a Salvador para que instara a las niñas a moverse al ritmo de «A la lima y al limón».

Leo se echó la cámara al hombro y grabó el ensayo.

SENÉN, sentado con CATALINA en un banco del jardín donde celebran su boda, no le quita ojo a SEBASTIÁN, que baila con sus dos hermanas pequeñas.

SENÉN

Tus sobrinos disfrutan a lo grande.

CATALINA

Sí, se les ve contentos.

SENÉN se gira hacia CATALINA.

SENÉN

Y tú estás perfecta. Qué digo, eres perfecta.

CATALINA agacha la cabeza, avergonzada.

CATALINA

Te aseguro que soy la persona más imperfecta que existe.

SENÉN

Eso es absurdo. Eres bella, trabajadora, cariñosa, noble…

CATALINA

¿Noble?… No, no lo soy.

SENÉN

¿Por qué dices eso?

CATALINA se aparta, pensativa.

CATALINA

Senén, tengo que contarte un secreto. No pensaba hacerlo tan pronto y menos en un día tan especial como hoy, pero me consume el remordimiento.

SENÉN

Me estás asustando.

CATALINA

Lo siento, pero es mejor así. Llevo diecisiete años callada y no mereces que te engañe. Sebastián no es el hijo de mi hermana. Es mi hijo.

SENÉN

¿Cómo dices?

CATALINA

Mi primer novio me abandonó cuando se enteró de mi estado. Durante el embarazo, mis padres obligaron a toda mi familia, incluida mi hermana Jacinta y su marido, a mudarnos al caserón de mis abuelos, para evitar el escarnio público. Nos ocultamos siete meses.

SENÉN

Ni siquiera sabía que habías tenido otra pareja. ¿Qué pasó?

CATALINA

Cuando di a luz, regresamos al pueblo diciendo que el hijo era de Jacinta y mi cuñado.

El primer año iba a su casa a escondidas para darle el pecho.

Por suerte, mis padres convencieron a mi hermana para que se mudara a una casa al lado de la nuestra.

El entuerto parecía controlado, hasta que, un día, mi cuñado desapareció justo cuando mi hermana estaba a punto de parir a sus gemelas.

Dicen que se fugó con una de otro pueblo.

Dos hermanas abandonadas por sus parejas antes de ser madres, como si tener un hijo fuera la peor de las desdichas. Mi hermana nunca me lo ha perdonado.

SENÉN enciende un cigarro y le da una calada, bastante serio.

SENÉN

Deberías habérmelo contado antes. Esto lo cambia todo.

CATALINA

Lo sé. Estás en tu derecho de dejarme, aunque te agradecería que no lo contaras.

SENÉN

No es eso, es que habrá que habilitar la habitación del fondo.

CATALINA sonríe, aliviada, y abraza a SENÉN con fuerza.

CATALINA

No esperaba que te lo tomaras así. Gracias, gracias de verdad. Sebastián, ven, corre.

SEBASTIÁN deja de bailar con las que, en realidad, son sus primas y acude a la llamada.

CATALINA

Senén ya conoce nuestro secreto y lo ha aceptado. Viviremos los tres juntos.

SEBASTIÁN

¿Sí? ¿Y la tía cómo se lo va a tomar? ¿Y la gente del pueblo?

CATALINA

Los del pueblo ya han tenido su ración de teatro y la tía estará encantada, te lo aseguro. Además, se ha quedado un puesto vacante en la refinería. Me lo ha confirmado su patrón esta mañana. Podrías empezar a trabajar desde el próximo lunes.

Los tres se funden en un abrazo. CATALINA besa a SENÉN, y SEBASTIÁN mira agradecido a su padrastro. En ese momento, irrumpe JACINTA, hermana de CATALINA.

JACINTA

Se os ve muy contentos.

CATALINA

Nos hemos casado, ¿te parece poco?

JACINTA

No, no. Es una gran alegría.

CATALINA

Jacinta, le he contado a Senén lo de Sebastián.

JACINTA

Ah, qué bien. Ahora podréis vivir como una familia. Ojalá se lo hubieras dicho al resto del pueblo hace años. Probablemente seguiría con mi marido, con mi familia.

JACINTA agacha la cabeza con semblante serio y se aleja, perdiéndose por el jardín.

Gerard detuvo el ensayo y exclamó un «bien» que sonaba escaso después de dos horas de trabajo, pero suficiente para alimentar nuestra autoestima. Se fue directo hacia María para darle pautas.

—María, me falta emoción en tus gestos. Has pasado de ser una mujer repudiada a tener una segunda oportunidad. Eso no solía ocurrir. Así que quiero ver esa relajación, casi… ¿cómo se dice?, un desplome, después de tanta tensión acumulada durante años, ¿me has entendido?

—Sí, por supuesto. ¿Sabes lo que ocurre, Gerard? Que no aguanto que un hombre tenga tanto poder sobre mis emociones.

—No son tus emociones, son las de Catalina.

—Ya, pero mi personaje debería reaccionar con frialdad porque los hombres que la rodean dirigen su vida. Sería un guiño moderno, ¿no crees?

—No, aquí el feminismo no tiene cabida. No me interesa reinterpretar la historia. Además, estas relaciones tóxicas continúan existiendo. ¿No conoces ninguna?

—Las mías, sin ir más lejos. Por eso agradecería ser otro tipo de persona en la ficción.

—La ficción no está para hacer terapia. Centrémonos en mostrar la sordidez de entonces. Hay muchas Catalinas por ahí. Y tú, Salvador, baila con mesura. Te mueves como un chico actual. En los años cuarenta, si bailaras así, te habrían metido preso.

Además de su sinceridad sin cortapisas, el éxito de Gerard radicaba en manejar el contexto social de dos culturas diferentes.

Tenía claro que nos movemos por sentimientos —por planos o superfluos que fueran— y sabía dónde poner el foco de atención para transmitirlas al espectador.

Es más, ya era un milagro que consiguiera emocionar a una sola persona en este siglo.

Estamos tan de vuelta de todo. Me preguntaba a cuántas personas habré emocionado con mis interpretaciones.

Pocas o ninguna. Mis personajes no cumplían esa función, aunque ahora podría resarcirme con Senén.

Y, al contrario, ¿cuántas personas han conseguido emocionarme?

Aquí la lista es generosa: mi exmujer Úrsula, mi expreparadora Luisa y mi madre, claro, aunque no pudiera colocarle el «ex» delante.

Un grupo de mujeres que ya no estaban cerca.

Ah, mi amigo Hugo también entraría en esa lista.

Perdí la cuenta de las veces que repetimos la dichosa secuencia.

En concreto hasta que María aparcó sus ideales para acatar las órdenes de Gerard.

Más le valía que se fuera acostumbrando, porque si hay algo peor que una desequilibrada egocéntrica, es un francés cegato, exigente y con una franqueza sin ningún tipo de filtro.