La catarsis Zimmerman 6 #2
16%

6 #2

Almorzamos en la oficina. Gerard contrató un catering modesto para que cogiéramos confianza, como si a los artistas nos hiciera falta tocarnos las palmas.

María Polanco llevaba en brazos a su perra Patty, una caniche deforme que engullía canapés sin masticar.

Angelita hacía lo propio, solo que cada veinte minutos visitaba el servicio, levantando sospechas de que, además de drogadicta, pudiera sufrir algún trastorno alimentario.

Juani, la secretaria, aprovechó para echarnos fotos y subirlas a la página web de la productora, necesitada de incentivos tras un año en el dique seco.

Terminado el postureo, me acerqué a Mariano y Salvador, apartados en un rincón.

Mariano, sin dejar el móvil ni un segundo, me recalcó lo contento que estaba de que yo fuera el protagonista.

Le devolví el cumplido, subrayando lo que disfruté con su actuación en El cerdo.

Encarnaba al criado de una familia adinerada, obligado a tratar con honores a su mascota, un cerdo vietnamita.

Sonábamos sinceros, incluso puede que lo fuéramos.

Y es que, pese a mi lamentable situación económica, las productoras seguían invitándome a estrenos teatrales y cinematográficos.

Yo hacía lo imposible por asistir, por aquello de recordar al gremio que seguía en la brecha, aunque acudiera siempre con el mismo traje.

Salvador no perdía comba. Pretendía hacerse una foto conmigo, para que sus seguidores en redes supieran que iba a trabajar con una reliquia de la interpretación, o con el de la paliza, según la edad que tuviera el receptor.

Gerard nos comunicó que en media hora nos recogería un autobús para llevarnos al set de rodaje, una casa de principios del siglo pasado en Patones de Arriba, al nordeste de Madrid.

Qué maravilla, un proyecto ambicioso donde yo solo era una pieza más del engranaje.

Salvador aprovechó el alboroto para darme la razón respecto a lo de la foto.

No me importó, aquel día ninguna frivolidad podría aguarme la fiesta.

Llegamos a una finca de entre cinco y diez hectáreas, no sabría precisar.

Aumentaron las taquicardias. ¿Sería una cardiopatía?

Por el micrófono del autobús, Gerard explicó que tanto las escenas exteriores como interiores se grabarían en el mismo recinto, ya que contaba con caminos de tierra y asfaltados, una granja y un riachuelo donde se filmarían tomas cruciales de la película.

Además, desde el frontal de la casa se divisaba el pueblo y, por la parte trasera, el campo, lo que garantizaba los dos ambientes que pedía la historia.

Un enclave perfecto para rodar y abaratar costes.

El interior de la casa no desmerecía a su entorno, con seis estancias ambientadas al milímetro y otras dos transformadas por completo para simular una escuela y la ermita.

Gerard iba a encargarse de hacernos el tour , pero en cuanto llegó fue secuestrado por varios especialistas, así que visitamos la casa por libre.

Los pupitres de la escuela se asemejaban tanto a los de la obra que representé treinta años atrás, que me transportó a aquel escenario, a los refunfuñes de don Amador mientras Úrsula y Hugo me gastaban bromas entre bambalinas.

Me detuve en la habitación de mi personaje Senén y su mujer Catalina.

La ambientación era tan precisa que era imposible no mimetizarte con las peculiaridades de aquella época: la cama con el colchón de lana, el crucifijo, el papel pintado con motivos florales…

Hasta la caña de pescar que utiliza Senén como excusa para engañar a su mujer estaba apoyada en el armario.

Mi curiosidad era similar a cuando, en la obra, los recién casados visitan la casa por primera vez antes de comprarla.

Mi embelesamiento terminó cuando Salvador se acercó para demostrarme que pertenecía a una generación difícilmente impresionable.

—¿Esta es la habitación de nuestro primer encuentro sexual?

—Sí —respondí con timidez.

—¡Qué guay!

—¿Guay? Pues te confieso que a mí me da vergüenza. Nunca me he desnudado en pantalla y eso que, en España, los actores acabamos en pelotas a la mínima, esté o no justificado en el guion.

—A ver, me da vértigo porque soy primerizo en cine, pero por desnudarme me da igual.

—En realidad, tampoco tenemos una escena donde salgamos totalmente desnudos. Sabrán falsearlo.

Un miembro de producción nos llevó a los camerinos, construidos en una barraca prefabricada contigua al rodaje.

Los actores principales teníamos cada uno el nuestro.

Angelita, que en la película interpretaba a Jacinta, hermana de mi mujer Catalina, se quejó por tener que compartir espacio con dos madres de alumnos que apenas tenían líneas de texto.

Se conoce que los efectos de la cocaína no le permitían caer en que, por el escaso peso de sus papeles, apenas coincidirían con ella.

Pasé al mío, el más grande y mejor equipado, porque las jerarquías en el cine se manifiestan así.

Contaba con baño propio, frigorífico y sofá de tres plazas.

Cerré la puerta y fue al sentarme cuando mi cabeza volvió a cortocircuitar por la responsabilidad que se me venía encima.

Los años, lejos de endurecerme, me habían ablandado.

Saqué el móvil. Mi amiga Águeda me había vuelto a llamar y mi ansiedad recién activada decidió hacer otra llamada, no a Águeda, sino a Luisa Negrete, mi antigua representante.

Se jubiló prematuramente, harta de una profesión en la que ejercía de abogada, psicóloga, profesora, chófer, guardaespaldas y recadera.

Llevaba casi dos años sin hablar con ella, seguro que no me lo iba a coger.

—¿Luisa?

—Sí. ¿Quién eres?… ¿Víctor?

—Claro.

—¡Ay, qué alegría! Ya era hora de que te dignaras a llamarme.

—Juraría que lo hice. ¿Es que no tienes mi número guardado?

—Cuando me jubilé los borré todos. No aguantaba tanto ego.

—Vaya, gracias por la parte que me toca.

—Qué va, tú eras de mis preferidos.

—Eso se lo dirás a todos. ¿Qué tal estás?

—Feliz. Voy a clases de yoga, fitness, comida tailandesa… He ganado elasticidad y practico sexo casi a diario. ¡Y con chicos jóvenes! Y tú, cuéntame, ¿cómo estás?

—Ahora bien, pero si me hubieras hecho esa pregunta hace unos días, la respuesta habría sido diferente. Los últimos seis meses no he tenido ingresos.

—Vaya… Supuse que tras la muerte de tu madre te costaría retomar, pero nunca pensé que tanto.

—Ya sabes cómo funciona la industria. Si desapareces, te olvidan.

—Qué me vas a contar. Ni un reconocimiento me dieron por mi carrera y eso que todos saben que preparé a Josu Bardem para No es país para viejos . Hasta la idea de la peluca se la di yo. Gajes del oficio. Bueno, y si ahora estás mejor es porque has conseguido trabajo, ¿no?

—Sí, empiezo una película con Gerard Dunot.

—¡Genial! Me muero por conocerlo, aunque tenga fama de pejiguero.

—Por eso te llamaba. Me ha pillado desentrenado, necesito tu ayuda.

—Anda ya, seguro que cuando ensayes con él te pones al día.

—No va a ser suficiente, esta película tiene su miga.

—¿Es un guion complejo?

—No, me temo que el complejo soy yo.

—Está bien, llámame con antelación para que me organice y quedamos.

—Ya lo estoy haciendo.

—Pues… el lunes que viene, a las cinco. Mándame el texto para que le eche un ojo.

Llamaron a la puerta justo cuando terminé de hablar, lo que me dio a entender que aquel trabajador había escuchado mi conversación.

—Perdona, Víctor. Soy Pablo, ayudante de vestuario. Por problemas de agenda, mi jefe dirige los movimientos desde Pamplona, así que yo seré la cabeza visible. Venía a tomarte medidas, pero han venido periodistas de distintos medios y van a hacer una rueda de prensa.

—Ah, no tenía ni idea.

—Ni nosotros. Con la costumbre de subir a las redes lo que hacemos en tiempo real, se han enterado de que estabais aquí y se han presentado sin avisar.

—Vale, gracias. ¿No tendrás una camisa que te sobre por ahí?

—Si te sirve una de los años cuarenta…

—Genial, muchas gracias.

Comenzaba a dar las gracias en bucle, una actitud servil muy común en nuestra profesión.

Los periodistas ocuparon el plató de la escuela.

Resultaba chocante verlos sentados en pupitres antiguos, sosteniendo sus cámaras y móviles de última generación.

María y yo nos colocamos a ambos lados de Gerard, Salvador a mi derecha y Mariano a la izquierda de María, otra muestra jerárquica.

Ángela se quedó fuera —acumulando el enfado por lo del camerino— y a Salvador se le notaba nervioso.

Al menos en ese aspecto, mi experiencia era un grado.

Flashes , cuchicheos, manos alzadas, más flashes . Arrancaba la película, también mi metamorfosis —aunque solo fuera en la ficción— respecto al modo de enfrentarme a temores enquistados. «Lástima de energía malgastada», frase recurrente de mi madre cuando alguien pretendía evitar lo inevitable.