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—Señor Wilson, aquí hay algo que no cuadra.
—¿El qué, detective Striker ?
—A la víctima la encontraron muerta en esta misma posición, desangrada y con un cuchillo en su mano derecha. ¿Es así?
—Cierto, desangrada, desangradísima. Estaba blanca como la leche.
—Diga mejor «demacrada» o «pálida», señor Wilson, sea profesional.
—Disculpe, no volverá a ocurrir.
—Entonces, según usted, todo apunta a que la víctima se suicidó.
—Eso es. En su escritorio ha dejado una nota, despidiéndose.
Me quedé dormido en el sillón orejero, nada apto para cuellos de cincuentón.
Volví a soñar con mi padre y su juego improvisado del detective.
Fue el último antes de que falleciera, aunque ni en sueños ni en la realidad conseguía llegar hasta el final.
Consecuencias de no asimilar la muerte repentina de un ser querido.
Si la combinación de lectura y manta era implacable, una dosis extra de ansiolítico fue el colmo.
Puedo asegurar que, antes de mi crisis, jamás me quedaba dormido en lugares distintos a mi cama.
Y, de la noche a la mañana, ya no me importaba dónde dormía, cómo vestía o lo que comía. Una dejación absoluta.
Me perdoné por no cogerle el teléfono a Águeda.
Cuando desaparece la persona que más has querido y, sobre todo, la que más te ha querido, esa orfandad te impide valorar el amor que te profesan los que siguen a tu lado.
Nadie se acerca a esa dedicación a la que estabas acostumbrado, y no sabes si lo que sienten por ti es amor o lástima.
Abrí los ojos un segundo, me molestaba la luz…
¿Luz por la ventana?… «¿Qué hora es? ¡Puf, las diez!
», justo cuando empezaba la lectura del texto.
Me levanté como un muelle roto, tirando al suelo los folios del guion que debería haber encuadernado.
Los recogí a puñados y, con una loncha de jamón pegada al pantalón desde la cena, me largué con la misma ropa del día anterior.
Como no podía devolver las llamadas perdidas de Gerard por falta de saldo, me limité a reestructurar mi vestimenta y ordenar las páginas del guion.
Me faltaban la cuatro y la setenta. La mañana prometía.
Al entrar en la oficina, Juani, pegándose una pestaña postiza, miró su reloj y me indicó dónde estaba reunido el equipo.
Antes de entrar, aguanté unos segundos tras la puerta para averiguar si habían decidido empezar sin mí, reemplazarme o criticarme.
Dos voces de mujer, sentadas cerca de la puerta, me aseguraron que, al menos, ocurría lo tercero.
—¡Qué informalidad! Una hora de retraso, Angelita. No entiendo cómo Gerard contrata a un actor al que le acaban de meter una paliza.
—Y dijo en la tele que había tenido problemas con las drogas.
—Ahí no te metas, que tú te pones fina a cocaína, Angelita.
—Que sí, María, pero eso no me impide trabajar, porque yo controlo a la cocaína, no me controla ella a mí.
—No hay peor ciego que el que no quiere ver.
Suficiente. Irrumpí en la sala pidiendo disculpas y, contra pronóstico, diciendo la verdad sobre lo ocurrido.
Agradecí que se levantaran a saludarme sin quejarse, incluidas las dos actrices que me despellejaban.
Una de ellas era María Polanco, de rostro anguloso y elegante.
Era especialista en interpretar a mujeres sufridoras, por coincidir al milímetro con su personalidad.
Por lo demás, era incapaz de ofrecer otros matices, imponiendo a los directores su criterio con argumentos personales.
Supuse que su personaje sería Catalina, mi mujer, rol en el que encajaba a la perfección.
Estuve cerca de trabajar con ella en una coproducción italiana, como padres españoles del protagonista.
No nos cogieron por la fama que nos precedía a ambos, a mí de informal y a ella de intensa, porque María tendía a contar sus intimidades sin permitir réplicas.
Al principio la escuchas por el magnetismo que desprende, pero en cuanto te acostumbras, solo deseas huir.
Por no hablar de los audios interminables que manda cuando coge confianza.
Se pregunta y se contesta, sin ningún pudor.
En una ocasión, interactué con uno de sus mensajes, como si hablara con ella en directo.
A la otra, a Ángela Power, no la conocía.
Al parecer, se inició de monologuista con el nombre de Angelita Gutiérrez.
Pronto, su naturalidad fue reclamo para productores en busca de rostros frescos y cambió su apellido por otro con gancho (y en inglés), aunque lo anglosajón no siempre sea sinónimo de modernidad.
Lo malo era que, si ya le daba a la cocaína, le auguraba un pésimo futuro, porque para basar tu trabajo en la ocurrencia o el chascarrillo, tus neuronas deben estar operativas las veinticuatro horas del día.
Gerard se acercó y me susurró al oído un nada condescendiente «como te vuelvas a retrasar, te mato».
Aprovechó para presentarme a dos de los actores principales, Mariano Serra y Salvador Fernández.
A Mariano también lo conocía, un actor achaparrado y calvo, con una expresividad ideal para roles secundarios.
No dejaba de revisar el móvil, como si esperara una llamada crucial que cambiara su destino.
Sin embargo, a Salvador no lo había visto jamás.
Por su juventud y sus rasgos —moreno, nariz respingona y mirada profunda—, supe que interpretaría a Sebastián, mi hijo en la ficción.
Su físico me recordaba al de mi amigo Hugo, encargado de hacer de Sebastián en la versión teatral.
Gerard nos avisó de que debíamos recuperar el tiempo perdido y cada uno ocupó su lugar.
—Bueno, aunque se ha hecho de rogar, ya está con nosotros Víctor Zimmerman, nuestro Senén. Bienvenido al equipo.
Los actores aplaudieron con entrega, no por mí, sino porque pronto cobraríamos una nómina. Gerard apoyó los brazos sobre la mesa, entrelazó las manos y disipó dudas:
— La rebelión del predicado no solo es una relación prohibida entre un adulto y su hijastro.
Este texto habla de la búsqueda de libertad, de vivir en coherencia con lo que uno siente, algo que sigue y seguirá vigente.
Sé que el único referente que tenéis es la obra de teatro.
Bien, pues olvidaos. Esto es cine y la cámara capta el mínimo detalle.
Necesito naturalidad, que nada suene impostado y, por supuesto, emoción contenida.
Utilizaré mucho plano corto, no podréis engañar a la cámara.
Me tomé las palabras de Gerard como un ultimátum para regresar al panorama artístico, por no hablar de que un mal producto llevaría a la ruina a una empresa entera.
No podía quejarme. Lo que me sucedía era la mejor opción posible.
Ahora solo debían entenderlo mis aurículas y ventrículos.
Gerard continuó hablando, ajeno a lo que generaba su discurso.
—Comenzamos con la segunda secuencia, que en la primera hay niños y todavía no han firmado los contratos.
Algunos padres creen que sus hijos se van a comer el mundo y llegan con muchas exigencias.
En la primera secuencia, Senén, maestro en un pequeño pueblo castellano, enseña a sus alumnos la importancia del predicado en una oración y, mientras ocurre, Senén descubre que está explicando a sus alumnos lo que ni él mismo ha sido capaz de asumir. ¿Te suena, Víctor?
—Sí, bastante —contesté sin que se notara mi incomodidad.
—En esta segunda secuencia, Senén charla con padres en la puerta de la escuela, al terminar su jornada laboral. Cuando queráis.
PADRE 1
Enhorabuena, Senén. Nos acabamos de enterar de que vas a casarte con Catalina.
SENÉN
Así es. Muchas gracias.
PADRE 2
¿Y para cuándo la boda?
SENÉN
Pues pronto, en dos meses…, digo, en dos semanas.
Primera equivocación. Mi experiencia me obligaba a aparentar seguridad y evitaba leer el texto, aunque si hubiera querido tampoco hubiera podido, porque la dichosa página cuatro descansaba plácidamente debajo de mi sofá… Perdón.
SENÉN
En dos semanas.
PADRE 1
Mira que eres de los pocos que todavía quedan libres.
PADRE 2
Eso, que soltero se vive muy bien. ¿Estás seguro?
SENÉN
Sí, no hay nada más tistre …
Me trabé con la palabra triste, una cutrez.
Mi garganta reseca derivó en tos nerviosa ante las miradas inquisitivas de María y Angelita.
Gerard empezó a sudar y, probablemente, a pensar que la decisión de contratarme fue errónea.
Respiré hondo y traté de concentrarme. Por lo que leí la noche anterior, la frase que me tocaba no se había modificado respecto al original y seguía grabada a fuego en mi memoria.
—Perdón, lo siento. ¿Puedes darme el pie?
PADRE 2
Eso, que soltero se vive muy bien. ¿Estás seguro?
SENÉN
Sí, no hay nada más triste que llegar a tu hogar y que nadie te pregunte qué tal ha ido el día.
O meterte en la cama y que nadie te dé calor.
No contar con alguien a quien mostrar tus virtudes, tus defectos.
La soledad es la peor de las circunstancias, una maldición cruel.
He visto a demasiada gente morir en soledad y no quiero eso para mí.
Al escucharme, supe que había encontrado un tono creíble y buena cadencia de dicción.
Al fin y al cabo, se trataba de una frase melancólica, y a melancolía, por desgracia, no había quien me ganara.
De repente, las dudas de los actores se transformaron en devoción, sobre todo en Salvador, el más impresionable por su falta de veteranía.
Revivía así el día de la prueba en la escuela para conseguir el personaje de Senén.
Estaban presentes Úrsula, mi exmujer, Hugo y un don Amador que alentó mis ganas de triunfar.
Lo que digo, melancolía. Gerard seguía sudando, pero su gesto reflejaba alivio. El mío también.